Lo malo de estas exigencias es que, como inevitablemente transcienden
a la opinión pública, contaminan el ambiente, crean incertidumbres y, lo que es peor, son
aprovechadas por el adversario político para intentar desacreditar los posibles
pactos que se estén fraguando. No digo que no sea verdad que los
independentistas catalanes estén pidiendo lo imposible, lo que quiero decir es que saben muy bien
lo que se les puede conceder y lo que no. Pero con exigencias desmesuradas tienen más posibilidad de conseguir acuerdos razonables.
Ahora ya se está hablando de dinero, algo que a nadie debería sorprender, porque al fin y al cabo la política lleva incluida la obligación de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, y sin dinero no es posible. Creo que fue Chamberlain, un político británico conservador, quien dijo en una ocasión que la única política que existe es la aprobación de los presupuestos, que todo lo demás son adornos prescindibles. Una reflexión muy cínica, pero no demasiado apartada de la realidad.
Por eso ha vuelto a salir a relucir el nunca bien resuelto asunto de la financiación de las comunidades, lo que al fin y al cabo es política en estado puro. Lo que sucede es que la palabra dinero tiene mala prensa y da lugar a que, cuando se exige, se construyan relatos de insolidaridad, de egoísmo y de comportamientos espurios.
Sin embargo, éste es un asunto que hay que abordar, porque el reparto del dinero entre las comunidades y la contribución de cada una de ellas a la caja común nunca ha estado bien resuelto. Por tanto, que en plenas negociaciones políticas se haya puesto sobre la mesa este asunto a nadie debería sorprender. Otra cosa es que, una vez más, se esté pidiendo el oro y el moro, si se me permite la expresión coloquial. Pero que se exija resolver el problema de una vez por todas tiene pleno sentido.
Estamos asistiendo una vez más al triste espectáculo de la falta de discreción en las negociaciones. Lo que sucede es que en política los actores tienen detrás a sus votantes y como consecuencia aprovechan cualquier circunstancia para hacer méritos. Es por tanto inevitable. Ahora bien, nadie debería considerar una escaramuza negociadora como el resultado de la negociación. Tengo la sensación de que estamos todavía en los primeros capítulos y que queda mucha tela que cortar. Yo aconsejaría que contempláramos el espectáculo con frialdad, que no sacáramos conclusiones precipitadas y que esperáramos al resultado de los acuerdos para emitir un juicio.
Mientras tanto, dejemos que los negociadores negocien. España ha demostrado a lo largo de los últimos decenios madurez democrática y estabilidad institucional y, por mucho que algunos agoreros de vía estrecha amenacen, no va a desaparecer como nación. Es una cantinela tan repetida, tan estrambótica y desmesurada, que oírla en boca de algunos viejos y desfasados próceres produce hilaridad.
Menos lobos, Caperucita.


