15 de junio de 2021

Neologismos de nuevo cuño

Como suelo hacer a veces, he consultado en el diccionario de la Academia la palabra neologismo, no porque no estuviera seguro de su significado, sino como consecuencia de que cuando me meto en camisa de once varas me gusta ser preciso. No debo permitirme caer en errores de bulto, porque hay quienes andan a la caza del gazapo.

Neologismo significa exactamente “Palabra o expresión de nueva creación en una lengua”. Además los académicos, como aclaración, añaden que pueden surgir por composición o derivación, como préstamo de otras lenguas o por pura invención. Pues bien, de neologismos de pura invención va el artículo de hoy.

Hace unos días tuve una curiosa experiencia. Una española, residente desde hace muchos años en países de habla no española y de sólida formación humanística, me confesó que cada vez que volvía a España se encontraba con nuevas expresiones en nuestro idioma, cuyos significados eran para ella totalmente desconocidos. Los cambios que para los que vivimos aquí pasan casi desapercibidos, porque los vamos asimilando sin darnos cuenta, a los que retornan y se sumergen de nuevo en la lengua española hablada les llaman la atención, unas veces por su originalidad y otras por su vulgaridad.

Aunque me considero un purista del idioma español y tolero muy mal su constante degradación, reconozco también que los idiomas están vivos y que son los hablantes quienes los van modificando. Añadir nuevas expresiones, siempre que no atenten contra las normas gramaticales, es absolutamente aceptable, porque en realidad es así como se ha ido formando el idioma que hablamos en estos momentos. La persona que he citado arriba, si en vez de haber nacido en el siglo XX, procediera del XVII, hubiera necesitado, no ya una aclaración sobre el significado de algunos neologismos, sino un traductor que no se moviera de su lado.

Decía arriba que los neologismos llamaban la atención unas veces por su originalidad y otras por su vulgaridad. Asegurar que “va a ser que no” para negar algo me parece un retorcimiento del lenguaje muy ramplón, por mucho que quienes usan la frase se consideren graciosos. De la misma manera que expresar aquello de “sí o sí” para enfatizar una afirmación me produce la sensación de carencia de vocabulario, de falta de viveza en el habla. Son puras invenciones absolutamente innecesarias. Quien las dijo por primera vez pudo ser original en su momento, pero los que las repiten constantemente tienen muy poco de singulares.

No quiero ni pensar qué opinará la persona citada arriba cuando oiga “currante” o “colegui” o “trullo”, o esas otras de “segurata” o “bocata”. Quizá piense que, mientras ella ha estado fuera de nuestro país, aquí nos haya invadido alguna potencia extranjera que, entre otras cosas, nos ha impuesto su idioma. No creo que se le ocurra pensar que se trata de neologismos, sino que por el contrario llegará a la conclusión de que nuestro idioma anda enfermo.

En cualquier caso, esto de la vulgaridad de los neologismos es un pecado venial si los comparamos con la progresiva degradación de nuestro idioma. ¿Cómo se puede aceptar que probos presentadores de radio o televisión digan a sus corresponsales en directo que tienen que cortar la comunicación porque no los escuchan? Ignoran el exacto significado del verbo escuchar, que en un alarde de ignorancia confunden con el oír, cuyo sentido es diferente. En realidad, lo que le están diciendo a su compañero de trabajo es que son tan mal educados que han dejado de prestarles atención. Aunque seguramente el aludido, en vez de tomárselo a mal, le dirá a su técnico de sonido: “a ver si arreglas esto porque en el estudio no me escuchan bien”.

No sé por qué me meto en estos temas del hablar, cuando soy consciente de que el deterioro de nuestro idioma no hay quien lo arregle ya. Puede que no sea más que el derecho al pataleo.


11 de junio de 2021

Indulto no es amnistía

Aunque el título que he elegido hoy pueda sugerir que voy a entrar en consideraciones de carácter jurídico, nada más lejos de mi intención. En este sentido sólo recordaré que, mientras que una amnistía trae consigo la desaparición del delito cometido, el indulto se refiere exclusivamente a la condonación de la pena impuesta, pero el condenado continúa siendo el causante de aquél, de tal manera que si volviera a delinquir se convertiría en reincidente. Esto deberían tenerlo muy presente aquellos que ahora proclaman a los cuatro vientos que los condenados por el procés catalán se van a ir de rositas. Fueron condenados por los tribunales de justicia y podrían volver a serlo.

Pero, como decía arriba, no es de esto de lo que quiero hablar hoy, sino de la conveniencia o inconveniencia de que el gobierno vaya adelante con su intención de indultar a los condenados por sedición. Es un asunto en el que, si no se entra en consideraciones previas, se corre el riesgo de que cualquier discusión se convierta en bizantina o se atasque antes de comenzar el debate.

El clima de enfrentamiento de una parte de la población catalana contra el Estado español es un hecho incuestionable. No se trata de algo nuevo, sino de una situación latente que emerge de vez en vez, exaltando las sensibilidades de los separatistas, por un lado, y movilizando en contra a la sociedad española en su conjunto, por el otro. Es una vieja herida en la cohesión de nuestro país que a lo largo de la Historia se ha cerrado muchas veces, pero siempre en falso. Es un cáncer político que si no se extirpa de una vez por todas seguirá golpeando nuestra convivencia sin cesar, con el consiguiente perjuicio para todos, sin excepción.

Los indultos, si por fin se produjeran, van encaminados a disminuir la tirantez, a crear un clima de distensión que propicie un diálogo constructivo. Es una iniciativa política de gran envergadura, que persigue abrir un diálogo que ayude a cauterizar las llagas y a avanzar en la búsqueda de una solución definitiva, hacia un pacto de gran alcance que satisfaga las reivindicaciones identitarias de los catalanes y garantice la unidad de España.

No se trata de una utopía, sino de algo perfectamente posible. Entre los dos extremos, el de la ruptura total y el de la centralización absoluta, hay un gran trecho que recorrer. Pero para ello hace falta, no ya generosidad y magnanimidad como reclaman algunos, sino inteligencia. En este difícil asunto sobran emociones y faltan razonamientos. Por las dos partes, por supuesto, porque flaco favor se haría a las negociaciones si se fuera a ellas con el convencimiento de que la razón asiste a unos o a otros. No debe haber líneas rojas a priori, sino el  propósito de encontrar una solución que satisfaga a todos.

Los inconvenientes son muchos, porque alcanzar un pacto de carácter estable no gusta a los extremistas de ninguno de los dos lados, ni a los separatistas recalcitrantes ni a los centralistas intolerantes. Tanto unos como otros preferirían continuar en la batalla cainita, donde creen satisfacer mejor su radicalidad. La paz social no va con los beligerantes de uno o de otro signo. Prefieren la turbulencia social, un caldo de cultivo en el que consideran que se desarrollan mejor sus instintos belicosos, sus odios y sus prejuicios.

Lo peor que se puede dar en política es la inoperancia, dejar que las cosas sigan como están y no entrar en el terreno de las asperezas. Es una actitud muy cómoda, por supuesto, pero que, no sólo deja los problemas sin resolver, sino que además permite, por dejadez, que se vayan agravando hasta convertirlos en irresolubles. Un gobierno responsable tiene la obligación de no eludir sus obligaciones y enfrentarse a situaciones no deseadas, por difíciles que sean. No puede esconder la cabeza bajo el ala y esperar a que sean otros los que resuelvan los entuertos.

Tengo la sensación de que así lo ha entendido Pedro Sánchez. Yo le doy un voto de confianza y le deseo mucha suerte, porque la va a necesitar. Le espera un aluvión de ataques de uno y otro lado del conflicto, haga lo que haga y tenga el éxito que tenga. Pero si logra sellar un acuerdo razonable que sin romper la unidad de España acomode las aspiraciones identitarias catalanas en el Estado español, el país en su conjunto se lo reconocerá.

Cruzo los dedos para que así sea.

6 de junio de 2021

Se les ha caído el muñeco

Le oí decir hace un tiempo a un político español, cuando en el transcurso de una entrevista en la SER le preguntaron sobre las consecuencias que la salida de Trump traería a la ultraderecha, que se les había caído el muñeco. Me hizo gracia la expresión y por eso la traigo aquí. El anterior presidente de los Estados Unidos se había convertido en una especie de ídolo venerado por algunos y de personaje de comic a imitar por muchos otros. Mientras estuvo en el poder, sus constantes salidas de tono estimulaban a una gran masa de ciudadanos de mentes conservadoras y comportamientos primitivos, no sólo dentro de su país, también en otros muchos del llamado mundo occidental, entre ellos España.

Es cierto que el muñeco se  ha caído o, mejor dicho, que la democracia se lo ha quitado de encima. Sin embargo, mucho me temo que el paso de Trump por la política haya dejado un sedimento de mal estilo, de hosca agresividad, de inconformismo antisistema y de división social con tintes “guerracivilistas” que perdurarán en EEUU durante muchos años y que intentarán resurgir del ostracismo en cada ocasión que puedan o cada vez que se les dé la más mínima oportunidad. Los estereotipos en política, los populismos simplones, las políticas de trazo grueso suelen tener muchos adeptos, porque son fáciles de asimilar, como les sucede a las corrientes sociales de cualquier tipo que se abren paso a toque de corneta. No hay nada más efectivo para movilizar a los durmientes que llamar a rebato. Las mentes se obnubilan y los instintos animales se desatan.

Joe Biden tiene ahora una labor ingente por delante para reparar los daños causados. Como la política es el arte de lo posible (algo que deberían tener muy presente algunos de nuestros políticos), no podemos esperar milagros durante el mandato del nuevo presidente. Sin embargo, sus primeros movimientos parecen indicar que el actual presidente se ha propuesto desde el primer momento deshacer los entuertos más importantes que dejó como herencia su antecesor. Volver a la disciplina del Acuerdo de París de 2016, que Trump había abandonado como si el calentamiento global no afectara a su país, ha sido una de sus primeras decisiones. Además, ha dejado claro que se propone recuperar el buen tono en las relaciones con Europa, completamente destrozadas por el anterior mandatario, obsesionado con su “America first”. Y, por si fuera poco, ha decidido que subirá los impuestos a los ricos y que promoverá toda una ristra de medidas de carácter social.

El “impeachment” no fue adelante por falta de apoyos del partido republicano. Sin embargo, Trump tiene abiertas varias causas en los tribunales cuyos resultados pudieran todavía perjudicarle más que la inhabilitación política. En cualquier caso, a mí me cuesta creer que vuelva a presentarse como candidato dentro de cuatro años, no sólo por su  edad, también porque durante este tiempo saldrán a relucir muchos de los errores que cometió, algo que en democracia se termina pagando.

Habrá que observar qué sucede ahora en el partido republicano, que se encuentra en estos momentos inmerso en una enorme duda, si deshacerse por completo de la imagen que dejó el anterior presidente o por el contrario aprovechar el tirón popular que en su momento provocó Trump y cabalgar a lomos del “trumpismo”. Supongo que, como en botica, habrá de todo. Pero yo me inclino a pensar que, aunque en el senado hayan impedido el “impeachment” en un intento de salvar algunos muebles del incendio, poco a poco se vayan desprendiendo de su memoria. Y sin alientos procedentes de las filas conservadoras, el tiempo acabará borrando la triste memoria del paso de este estrambótico personaje por la Casa Blanca. No olvidemos que los extremos suelen ser desprendimientos provocados por las inoperancias de la moderación. No hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar lo que digo, porque aquí también disponemos de nuestros propios muñecos y muñecas, para que no nos falte de nada.