14 de agosto de 2021

La culpa fue del cha-cha-chá

Confieso que fui y sigo siendo un gran admirador -ahora se dice fan- de aquel conjunto musical de la movida madrileña que se denominaba Gabinete Caligari. Entre todas sus canciones, había una que me ha inspirado el título de este artículo, en la que se culpaba al cha-cha-chá de ser el culpable del principio de una relación sentimental, intensa y apasionada, de la que por cierto no se conoce el final, o al menos yo no lo conozco.  En su momento llegué a aprenderme la letra, pero al cabo de tantos años sólo retengo en la memoria el sonoro estribillo que le da título: “ La culpa fue del cha-cha-chá”.

Pues bien, parece que ahora, para el neoliberalismo económico, brioso, rampante y rebosante de vigor, la culpa de todos los males que asolan España procede de la subida del salario mínimo, por un lado, y de los vergonzosos ERTE, por otro. Los empresarios se arruinan -dicen- porque tienen que pagar más a sus empleados y -continúan- como consecuencia el paro sube; y los trabajadores -erre que erre- se refugian en las cómodas subvenciones del Estado y no dan un palo al agua.

Asistí el otro día a una conversación -de la que me inhibí porque así me lo dictó mi siempre en alerta sentido de la prudencia-, en la que algún que otro convencido conservador defendía el manido argumento de la derecha que sostiene que los salarios altos terminan perjudicando a los trabajadores; mientras que otros contertulios, de tendencia progresista, sostenían lo contrario, que si no se fuerzan las subidas salariales los trabajadores seguirán perdiendo poder adquisitivo y los empresarios mejorando sus ganancias. Me hizo gracia que algo tan antiguo en las discusiones entre progreso y reacción se pusiera sobre la mesa en el transcurso de un aperitivo veraniego, aunque es cierto que de algo hay que hablar, aun en verano y con calor.

Precisamente, en esta cuestión tan elemental, pero tan trascendental, está la distinción entre mentalidad de derechas o de izquierdas, en lo que se crea y defienda sobre la siempre inevitable tensión entre trabajo y capital. Todas las restante argumentaciones que se suelen poner sobre la mesa, el orden, la patria, la defensa de los valores religiosos, etc, etc, no son más que alegatos interesados, más o menos extravagantes, para desviar la atención sobre lo importante, quizá porque algunos no se atrevan a reconocer su verdadera posición en la defensa o, mejor dicho, en la no defensa de los derechos de los trabajadores. Lo periférico es llamativo, lo sustancial compromete demasiado.

Patriotas y no patriotas, religiosos y laicos, creyentes y ateos, gentes de orden y facinerosos hay en todas partes, en la derecha, en la izquierda y entre los mediopensionistas, porque son características que tienen más que ver con la personalidad individual que con las ideologías políticas. Lo que sucede es que resulta más fácil atacar al contrario por estos asuntos que por la defensa de la igualdad de oportunidades o de los derechos de los más necesitados. Nadie en su sano juicio mostrará ante sus electores que lo que de verdad pretende es suprimir los ERTE o congelar los salarios. Si lo hiciera, no lo votaría ni el Tato.

Dejémonos de monsergas y llamemos al pan pan y al vino vino, y no culpemos de las dificultades del país al cha-cha-chá.

 

10 de agosto de 2021

España es una terraza

Quizá sea porque todo el monte me parezca orégano después de la angustia sufrida como casi todos los habitantes del planeta durante los meses más agudos de la pandemia, pero lo cierto es que estoy observando en nuestra sociedad un dinamismo espectacular. Como les sucede a tantos españoles, llevo unas semanas viajando, por el puro placer de viajar, a lo largo de las carreteras de nuestro país, después de una larga temporada de sedentarismo forzado; y allá donde voy veo las carreteras con mucho tráfico y las calles de los pueblos y ciudades  llenos de terrazas hasta la bandera (es un símil), con las mesas ocupadas hasta los topes (aunque las mesas no tengan topes).

A mí esto me llena de optimismo, porque es sin duda un síntoma de resurgimiento económico, de optimismo ante el futuro y de confianza en que lo peor de la pandemia ha pasado y nos enfrentamos a un futuro muy prometedor. El dinero se está moviendo y eso es bueno. El turismo exterior ha fallado por culpa de los rebrotes, pero el interior ha crecido con una fuerza que nadie, ni los más optimistas, pronosticaban. Se nota alegría, pero sobre todo confianza.

Puede ser que el optimista sea yo, pero no me importa. Prefiero creer que la ciencia está venciendo a la pandemia, que nuestra economía ha resistido el embate y que las fuerzas económicas y sociales de este país han aprendido la lección de que nuestro sistema productivo no puede basarse sólo en la construcción y el turismo, como algunos de nuestros políticos parecen seguir creyendo, quizá porque sus entendederas no den para más. La implantación de nuevas tecnologías, el desarrollo de fuentes de energía alternativas, la lucha por el mantenimiento del equilibrio ecológico, la puesta al día de nuestras industrias y tantas otras oportunidades están ahí, llamando a gritos a los inversores, a los capitales de dentro y fuera de nuestras fronteras.

Este gobierno está apostando por todo esto. Sin embargo, una oposición encerrada en sus rencores y complejos sigue hostigando con denuedo, en vez de contribuir mediante la aportación de propuestas constructivas a crear el clima de confianza que se necesita para no espantar al capital. Con un mensaje de profecías catastróficas, atacan por todos los flancos abiertos en la lucha por el progreso, contribuyendo, o al menos intentándolo, a que las intenciones de los que ahora nos gobiernan fracasen, porque de esa manera los electores los llamarán a ellos para que rediman al país.

En cualquier caso, y esa es la buena noticia, el gobierno parece no amilanarse. Sabe que no va a cambiar la estrategia de acoso y derribo que utiliza la oposición y confía en que tanta palabrería y tanta vulgaridad se queden en meros juegos de artificio, con mucha sonoridad, con alarde de fanfarrias y con espectacular cohetería, pero sin contenido. Es una pena lo que la oposición está haciendo, pero hay que contar con ello.

Sin embargo, yo estoy convencido de que, pese a lo que rezuman algunos por todos los poros de su cuerpo, nuestro país cuenta con una sólida base para salir de esta última crisis con brío y fortaleza. Y si no, al tiempo.

5 de agosto de 2021

Tengo el corazón "partío"

Me considero una persona razonablemente preocupada por la conservación del entorno medioambiental. Digo razonablemente preocupada, porque siempre he huido de los extremismos, sean éstos del signo que sean. El ecologismo “militante”, el que defiende que la defensa de la naturaleza prima sobre el desarrollo de la sociedad, nunca me ha convencido. Siempre he creído que se puede lograr un equilibrio entre progreso tecnológico y conservación de la naturaleza, eso que ahora algunos llaman crecimiento sostenible.  Otra cosa es que sea muy difícil encontrar el fiel de la balanza, porque siempre habrá, por un lado, quienes intenten ganar dinero talando árboles y destrozando la naturaleza; y, por el contrario, los que se opongan a que se tracen carreteras o se construyan embalses.

Ahora, con el fomento y desarrollo de las energías renovables -eólicas y solares-, se ha incrementado la polémica entre los dos extremos, el de los que se oponen a rajatabla y el de los que las defienden a capa y espada. Los primeros no quieren ver ni en pintura que los paisajes se pueblen de molinos gigantescos y de paneles solares, porque es evidente que alteran la belleza natural de nuestros campos. Los segundos, ajenos por completo a las preocupaciones ecologistas, y sólo pensando en las ganancias que estas fuentes de energía puedan reportar a sus comarcas o pueblos -cuando no a ellos personalmente-, miran para otro lado y, si se hiciera lo que pretenden, no quedaría un metro cuadrado de la superficie disponible sin algún molino o panel.

Afortunadamente, entre estas dos posturas tan divergentes e irreconciliables existe una tercera, la de los que, convencidos de la necesidad de que estas fuentes de energía deben ir sustituyendo poco a poco a las convencionales, defienden al mismo tiempo que hay que elegir cuidadosamente los lugares donde se instalan, para evitar en lo posible el impacto visual de su presencia. Naturalmente, esto último exige inversiones adicionales, entre otras cosas porque al restringir el espacio disponible se encarece el acceso, además de porque la limitación de espacio limita al mismo tiempo la extensión de las instalaciones y por tanto el beneficio económico.

Cerrarse al progreso de la sociedad nunca ha sido una buena política, porque implica poner coto al aumento del bienestar de los ciudadanos. Lo que sucede es que el bienestar no sólo se mide por la disponibilidad de energías más baratas y menos contaminantes, sino también por disfrutar de un entorno cuidado y de unos paisajes cuanto más naturales mejor. El equilibrio no es fácil, qué duda cabe, pero sí posible.

Para ello es necesario, una vez más, desarrollar  unas leyes reguladoras que ahora no existen. En este asunto, como en tantos otros, sucede que los avances van más deprisa que el poder legislativo. Hace falta definir perfectamente las limitaciones de extensión de las instalaciones, los lugares donde se puedan erigir  y las obligaciones contraídas por los explotadores de las mismas. Y, por otro lado, medir también las oportunidades económicas que generan, comparándolas con las que se pueden perder por culpa de la invasión de generadores eólicos y paneles solares. Pero, a pesar de todo, siempre habrá quien se oponga y siempre quien las defienda. Porque este es un antiguo tema de debate que, en vez de solucionarse por la vía de la reglamentación civilizada, algunos pretenden dejarla en mera discusión bizantina.

Ahora, en las comarcas de la provincia de Teruel -es un ejemplo que tengo cerca- se discute si renovables sí o si renovables no. Parece como si nos hubiéramos olvidado de que estas mismas comarcas fueron en otro tiempo cuencas mineras, con muchas instalaciones a cielo abierto que destruyeron en parte el entorno natural. Eso sin olvidar la contaminante central térmica de Andorra y las actuales explotaciones para obtener caolín, que están desmontando el paisaje y que se están llevando a camionadas las arcillas turolenses a otras tierras. Y todo esto sucedió y sigue sucediendo porque en definitiva son iniciativas que arrastra el desarrollo económico y que, no lo olvidemos, generan riqueza.

No podemos ni debemos oponernos al progreso, pero sí exigir que se clarifique la legislación que regula estas actividades para evitar desmanes medioambientales. Progreso sí, pero civilizado.