15 de junio de 2022

El oso Paddington y la monarquía

Cómo no, he visto el video que se emitió en el Reino Unido con motivo de la conmemoración del septuagésimo aniversario de la coronación de la reina Isabel II, en el que aparece la soberana británica tomando el té con el oso Paddington, el popular personaje de los cuentos infantiles que creó en los años cincuenta del siglo pasado el escritor británico Michael Bond. Debo reconocer que el diálogo entre la reina y su simpático acompañante ha levantado en mí más de una sonrisa, en primer lugar porque soy de los que celebran el humor inglés, pero además porque no he podido evitar la “comparación odiosa”. ¿Alguien se imagina a un rey español, al de ahora, al anterior o a cualquier otro, en una actitud parecida, posando en un video exhibido por RTVE en horas de máxima audiencia? Yo no, por mucho que lo he intentado.

Oí el otro día por radio a un comentarista sostener que en España esta situación no se podría dar nunca, porque carecemos de iconos parecidos a lo que representa el oso Paddington en el Reino Unido. Me quedé perplejo ante esta afirmación, porque en mi opinión lo que nunca hemos tenido son monarcas capaces de resistir una exposición pública de carácter tan festivo como la que nos mostraron los británicos hace unos días. Aquí, un “tea party” como el de Isabel y Paddington, no sólo no hubiera hecho ninguna gracia, sino que habría servido de mofa y escarnio contra la institución.

Quizá alguno de los que lean estas líneas esté pensando en que nuestro carácter no se presta a bromas de esta índole. Yo, sin embargo, creo que la razón no está en nuestra idiosincrasia, sino en la relación afectiva que une al pueblo español con la Corona. Desde siglos, los monarcas españoles se han aislados de sus ciudadanos por barreras físicas y protocolarias, como si una nube intencionada de ocultación los protegiera del contacto con el pueblo. El hermetismo y la opacidad informativa los ha mantenido siempre alejados de la opinión pública, lo que, además de propiciar en ocasiones actitudes deplorables por parte de la realeza -en las que hoy no voy a entrar porque no es el tema-, ha devenido en que sus figuras no estén presentes en el imaginario colectivo. No es algo de ahora, es la herencia de nuestra Historia.

La monarquía británica sí ha conseguido romper esas barreras de aislamiento, al menos desde el punto de vista psicológico. No digo que la reina Isabel se codee con sus subditos o que no mantenga la distancia protocolaria debida, sino que ha conseguido con su comportamiento que el pueblo británico la acepte como algo suyo, lo que en definitiva es lo que da valor a una institución de carácter simbólico como es la monarquía. Si los lazos de comunicación entre el soberano y el pueblo no existen, el valor de la figura real se diluye, pierde fuerza y tiende a desaparecer.

Mucho me temo que esta situación de aislamiento sea irreversible. En España, hasta los monárquicos más fervientes no sienten esos lazos con la Corona de los que hablaba hace unas líneas, porque en la institución monárquica sólo ven una garantía de que sus privilegios se mantengan, o al menos creen que con ella están más seguros que con aventuras republicanas. Pero esa no es la razón que debería moverlos, sino la de conseguir esa conveniente permeabilidad de arriba abajo y de abajo arriba que ahora no existe.

Como no soy monárquico, no voy a ponerme ahora a defender a la casa de Windsor. Pero sí me veo en la obligación de reconocer que así se deben hacer las cosas y no como se hacen aquí. No sé si el oso Paddington es monárquico o no, pero tomando el té con la reina y chupeteando la tetera le ha hecho un gran servicio a la institución.

11 de junio de 2022

"Whatsapéa" que algo queda

Cuando hace más de treinta años leía algunos libros sobre el mundo de la intercomunicación social por medios telemáticos que se nos avecinaba, no podía imaginarme lo que con el tiempo ha sucedido. En aquella época ya empezaban a usarse algunas redes en los ámbitos corporativos, pero todavía su disponibilidad no llegaba a la población en general. Aquellas intercomunicaciones internas tenían nombres dispares, aunque muchos se referían a ellas con el genérico de intranet. El ordenador personal, aunque ya hubiera hecho su aparición hacía tiempo, era una herramienta muy poco extendida en el entorno doméstico, porque las comunicaciones eran caras y todavía muy poco desarrolladas dede un punto de vista tecnológico. Además, los teléfonos móviles inteligentes aún no habían hecho su aparición.

Desde entonces han pasado varios lustros y las cosas han cambiado por completo. Los PC se han extendido por todas partes y pocos son ya los que no llevan en su bolsillo un smartphone. De ser los móviles unos dispositivos diseñados exclusivamente para comunicarnos por voz desde cualquier lugar donde nos encontremos, se han convertido en pequeños ordenadores personales con infinidad de aplicaciones que nos aportan comodidad, independencia y en muchas ocasiones seguridad. Salvo algún reluctante -ya sabemos que hay gente “pa to”-, pocos son ya los ciudadanos que no los utilizan.

No creo exagerar si digo que no podría prescindir ahora de mi móvil inteligente. Me apoyo en él para infinidad de tareas que antes me llevaban demasiado tiempo y que ahora resuelvo en pocos minutos y de manera inmediata. Pero, sin embargo, soy poco amigo de las redes sociales, no porque no entienda su atractivo para determinado tipo de personas, sino porque a mí no me aportan nada. Quizá se trate de un prejuicio, pero me transmiten la sensación de que me obligarían a una dependencia que quiero evitar a toda costa. Además, tengo la sensación de que fomentan el exhibicionismo narcisista y la consiguiente pérdida de intimidad.

Pero sí utilizo con relativa frecuencia el whatsapp, porque se trata de un recurso de comunicación inmediato, que ayuda en muchísimas ocasiones a informar con una rapidez que de otra manera sería imposible de conseguir. Pertenezco a alguno de esos grupos que se forman alrededor de algún común denominador, de familia o de amistad o de cualquier otra índole.  Lo que sucede es que en algunos de ellos me he visto obligado a darme de baja, porque hay usuarios que los utilizan para “rebotar” informaciones que ellos consideran importantes, cuando por lo general no son más que pamplinas “culturales” o, lo que es peor, diatribas de intencionalidad sectaria.

En el caso de la supuesta divulgación cultural, sucede que por lo general estos mensajes, repetitivos hasta la saciedad, no suelen enseñarnos nada que no supiéramos o que no esté al alcance de cualquiera. En el de los mensajes sectarios, el emisor da por hecho que todos los componentes del grupo comparten su subjetivo punto de vista, cuando no tiene por qué ser así. Juegan con la ventaja de que somos muchos los que no estamos dispuestos a enviarles algo de signo contrario, porque significaría ponerse a la misma altura de su zafiedad.

Cuando leía aquellos libros hace años, me imaginaba un futuro prometedor, en el que la intercomunicación acercaría más a las personas. Siempre me ha gustado la ciencia ficción, aquella que partiendo del nivel de conocimientos del momento elucubra sobre su desarrollo futuro. Pero lo que entonces parecía muy lejos todavía se ha convertido en muy poco tiempo en una aplastante realidad, que va mucho más allá de lo que yo podía imaginar. Ha mejorado la intercomunicación social de forma categórica, qué duda cabe, pero ha puesto en manos de la sociedad unas herramientas que mal utilizadas pueden convertirse en auténticos explosivos.

Definitivamente, a mí no me gusta el uso que se hace, por parte de algunos, de las redes sociales.

7 de junio de 2022

Asturias patria querida

Se lo había prometido a alguno de los lectores habituales de este blog y voy a tratar de cumplir con mi palabra. Acabo de hacer un viaje de seis días con mi mujer al Principado de Asturias y, aunque de manera apretada, me propongo contar algunas de mis vivencias. Por razones obvias no puedo extenderme demasiado, pero trataré de resumir lo que más me haya llamado la atención.

Como ya he contado en alguna ocasión, intento salir de vez en vez a recorrer aquellos rincones de España que nunca había visitado antes o que, de haberlo hecho, fue un poco de pasada. Entre ellos estaban los Picos de Europa, ese imponente macizo de la cordillera cantábrica que se asienta sobre tres provincias españolas, las de León, Asturias y Cantabria. El lugar elegido como campamento base ha sido el parador de Cangas de Onís, un lugar situado junto al río Sella, abrigado por uno de sus meandros.

El tiempo ha sido bueno, aunque los nubarrones y las tormentas nos hayan acompañado en ocasiones, pero sin impedirnos hacer ninguno de los itinerarios programados, entre ellos los desfiladeros del río Cares y el impresionante Parque Natural de Ponga. En el primero nos detuvimos en Carreña, un pequeño pueblo perteneciente al concejo de Cabrales, donde hicimos un alto en el camino para comer, además de darnos tiempo para caer en la tentación de comprar el consabido queso. En el restaurante, una camarera, a la que empecé tratando de usted, me reprendió por ser tan etiquetoso, cuando yo era mayor que ella. Una curiosa observación que, a partir de ese momento, me llevó a tutear a todo aquel a quien superara en edad -es decir, a casi todos-, dejando a un lado mi costumbre de utilizar el usted. El mundo avanza en una dirección, aunque nos empeñemos en mantenernos en nuestras arraigadas costumbres.

Al Parque Natural de Ponga, un paraje de los que impresionan por su majestuosidad, llegamos otro día desde Cangas, siguiendo el curso del río Dobra, un afluente del Sella que desciende majestuoso desde la provincia de León. Una simpática señora, a la que habíamos conocido dos días antes cuando visitábamos la recóndita aldea de Vis, nos había explicado que se trata de uno de los ríos mas “verdes” de España, al que todavía no le llegan vertidos de ningún tipo. Lo cierto es que lo contemplamos desde alguno de los numerosos miradores por los que pasamos y comprobamos que la limpieza de sus aguas ofrecía una completa transparencia, sólo rota por la espuma que se formaba al romper el agua contra las rocas.

En Beleño -la capital del concejo de Ponga-, la responsable del centro de interpretación del parque nos recomendó un par de rutas senderistas, acordes con nuestras ya mermadas capacidades físicas. Elegimos una de ellas -la del mirador de las Bedulas-, que, a través de una pista poco recomendable para mi coche, nos llevó a un lugar enclavado entre los grandes picos del macizo, que ese día se podían contemplar sin que las nubes lo impidieran. En las praderas que recorrimos a pie durante más de una hora trotaban manadas de caballos salvajes completamente sueltos, retozando a su antojo sin que nuestra presencia los inquietara, aunque a mi mujer no le hiciera demasiada gracia la suya.

Otro día, cuando caía la tarde, contemplamos en el Sella a un grupo de niños que daban clases de piragüismo, si es que así se le llama a esta afición. El río bajaba caudaloso, aunque con grandes remansos que permitían descender sin demasiados sobresaltos. La presencia de grupos de colegiales en este viaje ha sido bastante frecuente, lo que demuestra que las actividades extraescolares cada día están más extendidas. En Covadonga, un enclave entre montañas que navega entre la realidad y el mito, vimos otro grupo de niños y niñas de 8 o 9 años de edad, absolutamente disciplinados, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de sus profesores. Estas escenas a mí me llenan de satisfacción, porque me hacen pensar en un futuro esperanzador basado en una educación que vaya más allá del enciclopedismo memorístico. Un tema, por cierto, candente en la actualidad.

Por cierto, en una oquedad dentro de la gruta de Covadonga se puede contemplar la supuesta tumba de don Pelayo, con una inscripción en un castellano arcaico, en la que a trancas y barrancas pude leer que fue quien inicio "la restauración de España". Todos los pueblos del mundo tienen derecho a conservar e incluso a presumir de sus leyendas históricas. Pero lo menos que se puede pedir es que los vestigios que intentan justificarlos contengan un mínimo de rigor. La sepultura de Covadonga espanta por su falsedad. He consultado el origen de la losa y parece que data de finales del XVIII o principios del XIX. Un insulto a la inteligencia de los visitantes.

En este viaje, me ha llamado la atención que en la mayoría de los restaurantes en los que comimos los camareros fueran casi todos extranjeros, africanos, sudamericanos o centroeuropeos. Incluso en los pueblos más apartados, oír acentos o dejes de otras latitudes ha sido una constante. Buenos profesionales, eso sí, porque, tratándose de un lugar tan turístico, la exigencia de calidad es extrema. Gente amable, servicial e integrada, otro asunto muy interesante, sobre todo ahora cuando se intenta poner orden en las condiciones laborales de tantos trabajadores de origen extranjero que nos ayudan a crear riqueza.

Aunque tuvimos tiempo para explorar la costa este del Principado -Rivadesella y Llanes- y la más occidental de Cantabria -San Vicente de la Barquera y Comillas, con visitas en esta última localidad al antiguo seminario de los jesuitas y a El Capricho de Gaudí, una de sus obras de juventud, hoy no me queda espacio si quiero cumplir con mis propias restricciones de extensión. Supongo que, como no me gusta dejarme nada en el tintero, y este viaje ha sido rico en experiencias y descubrimientos, otro día volveré a retomar el hilo. En cualquier caso, como muestra un botón, al menos de momento.