28 de enero de 2024

La fachosfera

 

Quien me conoce sabe que me gusta coleccionar palabras nuevas. El neologismo que hoy he escogido como título de este artículo lo leí el otro día en un artículo y me llamó la atención. El vocablo “fachosfera” contiene todos los datos necesarios para deducir su significado: facho de facha o fascista y esfera de ámbito de aplicación. No está, que yo sepa, todavía aceptado por la Academia, pero tal y como van las cosas no creo que tardemos mucho en verlo en los diccionarios.

A mí, además de llamarme la atención esta ocurrencia lingüística, me parece muy útil para describir ese mundo al que hace referencia, el de la derecha radical, una manera de pensar y comportarse con tantos componentes que no es fácil resumir. Porque los que pertenecen a la “fachosfera”, no sólo son conservadores, sino que reúnen un conjunto de características que los hace inconfundibles. Veamos.

Hablan de paguitas cuando se refieren a las ayudas sociales. Les encantan las romerías, no importa el santo o la virgen o la ermita. Dicen que los inmigrantes transmiten enfermedades o quitan puestos de trabajo o importan delincuencia. Cuando hablan de otras razas distintas de la suya, utilizan expresiones despectivas.  Los subsaharianos son negros. Los magrebíes, moros. Los latinoamericanos, sudacas o panchitos. Además, los homosexuales son maricones o sarasas o invertidos, cuando no enfermos. Los feministas, machorros. La tauromaquia, un arte excelso, no importa ni el maltrato animal ni la exposición del torero a la muerte como quintaesencia del espectáculo. El País, un periódico comunista. La Sexta, al borde de la revolución bolchevique. La SER, una escuela de anarquistas. Los manifestantes, un atajo de terroristas. Suma y sigue.

Pero con este nuevo vocablo se ahorran descripciones. Con decir que pertenece a la “fachosfera” está todo resumido. Para qué gastar más tinta.

Si la “fachosfera” se va ampliando poco a poco, es porque, entre otras cosas, constituye una especie de válvula de escape de las frustraciones. No hay mejor desahogo que el que brindan los estereotipos cuando se utilizan como peleles inertes. Ya lo dice el proverbio, caña al mono. No sé si será verdad, o sólo una leyenda urbana, pero me han dicho que en algunas empresas japonesa les dejan a los empleados unos muñecos de trapo para que les den patadas y puñetazos, mientras piensan  que se trata de un jefe en concreto.

La “fachoesfera” tiene muchos peleles imaginarios donde elegir. Políticos, medios de comunicación, tendencias sexuales, razas, inmigrantes, feministas. Sin embargo, carece de convicciones propias. Los que pertenecen a ella son “anti” de todo aquello que les suene a progreso, una palabra que por cierto para ellos es como mentar la bicha.

Sí: la “fachosfera” existe, como existe la estratosfera y la litosfera,

24 de enero de 2024

Recuerdos olvidados 4. La visita al catedrático

 


Cuando terminé el curso de Preuniversitario, no tenía claro qué carrera quería estudiar. A veces pensaba que me gustaría licenciarme en Derecho, para después opositar para notario o para registrador de la propiedad o para otra de esas profesiones que se me antojaban de postín. Sin embargo, la insistencia de mi padre en que me matriculara en alguna ingeniería era tan grande, que me veía incapaz de ignorar sus deseos. Tenía la sensación de que me atraían más las palabras que las máquinas, la lengua que la física, aunque no estaba muy seguro de que aquello fuera cierto. Me debatía en la indecisión.

Al final me di por vencido y decidí hacer caso a la insistencia paterna, pero no tenía ni idea de qué rama de ingeniería elegir. Un día mi madre me dijo que un primo suyo, al que yo no conocía, era ingeniero agrónomo y, además, catedrático de la Escuela de Madrid, y me propuso que le hiciéramos una visita.

El portal de aquella casa, en la calle del Príncipe de Vergara -entonces del General Mola-, me pareció suntuoso. Nos abrió la puerta una doncella uniformada y con cofia, algo que ya por aquellos tiempos era difícil de ver. Nos acompañó a una sala de espera, un cuarto de estar amueblado con sabor clásico, pesadas cortinas estampadas, butacones tapizados con un intenso color carmesí y cuadros de firma en las paredes. Una gran lámpara en el techo, a esas horas de la tarde apagada, imponía su presencia. Mi madre y yo nos miramos con gestos de complicidad, los de ella trasluciendo la satisfacción que sentía al observar los signos de confort de la casa de su primo, los míos entre sorprendidos y algo impresionados.

La visita, que duró casi una hora, se centró en la elección de mi futura carrera. No hubo tiempo para hablar de otras cosas, salvo alguna cortés pregunta acerca de las respectivas familias.

-Qué quieres que te diga -me dijo el primo de mi madre, sonriente-. A mí me ha ido muy bien. Eres tú el que tienes que valorar tu capacidad y tus ganas. No voy a negarte que la carrera es dura y larga. Dos cursos previos selectivos para ingresar, que la mayoría de los alumnos los aprueban en tres o cuatro años, y luego, si consigues superarlos, cinco de carrera. Eso sí, tal y como están las cosas hoy en día, te puedo asegurar que todo el mundo sale colocado.

Aquella visita sirvió para sacarme de la incertidumbre. Como me daba lo mismo Caminos que Industriales que Navales que Aeronáuticos o que Montes, ¿por qué no Agrónomos? Con 17 años recién cumplidos, por muy mal que se me dieran las cosas, a los 24 o a los 25 sería ingeniero. Después, Dios diría.

A lo largo de mi vida me ha acordado muchas veces de aquella visita con mi madre. Marcó un hito en mi existencia, porque, aunque nunca ejercí como ingeniero agrónomo, gracias al título obtenido tras aquella decisión me coloqué, nada más acabar la carrera, en una empresa que nada tenía que ver con la agricultura, IBM, una multinacional americana líder en el mundo de la informática, lo que por supuesto me obligó a un reciclaje total.

El carrusel de la vida da muchas vueltas. Hay veces, y creo que éste es un buen ejemplo, que más vale dejarse llevar por las circunstancias, por los vientos que soplan, que empeñarse en hacer caso a tus impulsos, sobre todo cuando éstos tampoco tienen demasiada consistencia. En mi caso, como insinuaba el primo de mi madre, nunca he encontrado ninguna razón para arrepentirme de aquella elección. Aunque no veía el camino que entonces emprendía, ya sabemos que éste se hace al andar.

19 de enero de 2024

No es un laberinto, es democracia

 

El otro día le oí decir a Núñez Feijóo que Pedro Sánchez se había metido en un laberinto, refiriéndose a las dificultades que tiene el gobierno para sacar adelante sus propuestas parlamentarias. Lo decía -dentro de la retahíla de improperios y descalificaciones que suele prodigar al presidente- a propósito de las negociaciones con Junts para que apoyara los decretos ley que se aprobaron hace unos días en el Congreso.

Supongo que cuando se acaban los argumentos, cuando a tu gabinete no le da tiempo de idear nuevas acusaciones, hay que acudir a las ya utilizadas hasta la saciedad, como es el hecho de que el dibujo parlamentario presente serias dificultades a la hora de gobernar, algo que sabemos todos desde el día siguiente al de las elecciones, cuando conocimos la composición de las Cortes. Lo que no dice Núñez Feijóo es que este parlamento le otorgó al señor Sánchez la investidura y, que, a pesar de su “laberíntica” composición, aprobó hace unos días dos de los tres decretos que se sometían a debate.

Lo sabemos, no hace falta que lo diga Núñez Feijoo. Esta legislatura no va a ser cómoda para el gobierno, ni mucho menos. Pero resulta que las dificultades proceden del resultado de la decisión democrática de los españoles en su conjunto. De todos, de los que apoyan a los partidos que a la derecha le parecen homologables y de los que votan a los que él eliminaría de la faz de la tierra.

La composición de las cámaras legislativas no es la ideal para el gobierno progresista, eso es cierto. En el Congreso se tiene que apoyar en partidos independentistas y, en algunos casos, de manifiesta ideología conservadora. En cuanto al Senado, ni siquiera tiene mayoría. Lo que sucede es que, a pesar de las dificultades, siempre hay terreno para negociar. Otra cosa es que, si en algún momento se le pusieran condiciones inaceptables, tendría que decir que no y, en consecuencia, perder algunas propuestas legislativas. Con eso cuenta el señor Sánchez, como ha confesado en más de una ocasión.

Lo que sucede, además, es que ese variopinto panorama parlamentario, ese batiburrillo político tiene un elemento en común: que no quieren ver gobernar a quien se ha convertido en valedor de la ultraderecha y, como consecuencia, temen que si accede a la presidencia acabe con los avances de todo orden que se han conseguido en España en los últimos años. Doy por hecho que algunos de esos partidos no estarán de acuerdo con el señor Sánchez en muchas cosas, pero al utilizar una lógica política muy elemental inclinan la balanza del lado que al presidente del PP no le gusta.

Núñez Feijóo no debería llevarse tantos berrinches. Tendría que mantener la calma y no andarse con prisas. Yo le recomendaría que revisara sus estrategias, cambiara el tono y se despojase de la nefasta influencia de la ultraderecha, la que tiene dentro de su partido y la otra. Quizá, de esa manera, le llegue su oportunidad, como les llegó en su día a los señores Aznar y Rajoy. 

Intentar sacar adelante tus propuestas y llegar hasta donde se pueda es hacer política. Lo demás es fanfarria vocinglera.

15 de enero de 2024

La barbarie no es ni de derechas ni de izquierdas

 

Como los argumentarios de los partidos políticos son inacabables, hace poco en el del PP surgió una nueva consigna, añadir en los ataques a Pedro Sánchez la acusación de amigo de los terroristas de Hamás. Son mensajes que nacen en los "think tank" de los cuarteles generales de las formaciones políticas, se extienden con facilidad a través de los medios de comunicación y de las redes sociales y a veces, no siempre, consiguen su propósito de hacer daño al adversario. Esta última acusación, concretamente, surgió cuando los presidentes saliente y entrante de la UE visitaron a Netanyahu en Israel. Desde entonces estoy siguiendo su evolución casi como si estuviera preparando una tesis doctoral, porque creo que se pueden extraer muchas enseñanzas sobre la manipulación mediática de nuestros días. 

Tachar de indiscriminada, desproporcionada y sangrienta la respuesta israelí a los ataques terroristas de Hamás era algo que hasta hace poco nadie discutía, entre otras cosas porque cualquier ciudadano del mundo desayuna a diario contemplando en los noticiarios la barbarie desencadenada sobre Gaza, un auténtico genocidio. Sin embargo, de repente hemos pasado a que algunos medios y algunos núcleos de opinión consideren que defender la aplicación del derecho internacional en Palestina es cosa de peligrosos izquierdistas amigos de Hamás. Yo no había visto un esperpento tan patético en mi vida, y mira que ésta ha dado ya mucho de sí. Lo decente, según estas derecha y ultraderecha, es ponerse del lado de los genocidas, de los asesinos de niños, mujeres, ancianos y civiles desarmados, argumentando que Israel tiene derecho a defenderse. Menuda falacia.

El maniqueo en esta ocasión transciende los límites de la lógica, porque viene a sugerir algo así como que si eres de derechas tienes que estar con Israel, caiga quien caiga, y si de izquierdas con Hamás, hagan éstos lo que hagan. No caben según los promotores de la consigna términos medios, no existen para ellos soluciones como la defendida por Naciones Unidas, la de reconocer la existencia de dos estados independientes, con fronteras perfectamente definidas y respetadas por las dos partes. Una solución que por cierto lleva proponiendo la comunidad internacional desde que nació el conflicto en el año 1948 y que Israel no ha aceptado nunca de buen grado, quizá porque deba de ser consciente de que la falta de consistencia de los argumentos que se utilizaron cuando nació como estado eran muy discutibles y, como consecuencia, vive bajo el constante temor a que algún día lo barran del mapa.

Pedro Sánchez se lo dijo al gobierno israelí en Tel Aviv cara a cara y lo repitió después cuando regresó a España. No sólo eso, también condenó una vez más los ataques terroristas de Hamás. Pero los "ideólogos" conservadores, en sospechosa coincidencia con los de VOX, decidieron coger el rábano por las hojas y crear un nuevo frente contra el presidente del gobierno. Es verdad que ya está perdiendo fuelle, porque, como su imaginación no cesa de parir afrentas, a continuación empezaron a tomar forma las denuncias de la futura entrevista entre el presidente del gobierno y Puigdemont.

Tampoco le auguro a esta última consigna demasiada permanencia en escena, porque ahora se están recreando en las dificultades parlamentarias del gobierno, rasgándose las vestiduras como si se tratara de una novedad. O, lo que ya es rizar el rizo de la ignominia, que Sánchez dice que quiere levantar un muro que divida a España en dos.

Volviendo al conflicto de Gaza, resulta indignante que se intente hacer política chica a partir de un genocidio. Deben de quedarles pocos argumentos a los que idean estas consignas, cuando tienen que recurrir a acusaciones tan miserables, como la de que este gobierno es amigo de los terroristas de Hamás.

Estos chicos de la derecha extrema y de la extrema derecha no se andan con chiquitas. Manda huevos, como diría el ínclito.

11 de enero de 2024

El quinto jinete del apocalipsis: la amnistía

 

A los cuatro jinetes del apocalipsis, la guerra, el hambre, la peste y la muerte, les ha salido, a decir de algunos, un hermano pequeño, la amnistía. Llevaban siglos cabalgando en solitario, aterrorizando a la humanidad, y desde hace unos meses parece que se les hubiera unido un inesperado compañero de cabalgadura. No creo que la Historia llegue a retener el nombre del advenedizo, porque para estas cosas es muy seria, pero de momento se pasea con ellos tan campante.

Reconozco que cuando los sucesos del 1 de octubre de 2017 yo me sentí tan preocupado como indignado. Llevaba tiempo observando la mala gestión que hacía el gobierno conservador del conflicto separatista catalán y cuando éste estalló me sentí abrumado. Una parte de España no había entendido el alcance del movimiento separatista y los radicales optaron por hacer frente a lo que consideraban una afrenta con un referéndum ilegal. He vivido muchas crisis políticas en España, pero ésta se me antojó quizá la más grave de todas ellas.

Después vino la aplicación del artículo 155 de la Constitución, la huida de algunos de aquellos políticos catalanes al extranjero y el proceso y condena de los que se habían quedado aquí. Yo, aunque el que se hubiera llegado a aquella situación de tensión me llenaba de preocupación por lo que suponía de aumento de la quiebra entre una parte de España y el conjunto de la nación, consideré acertadas las medidas. El daño estaba hecho y sólo cabía en aquel momento achicar el agua y mantener la nave a flote. Después, ya se vería.

Desde entonces han pasado seis años. Un nuevo gobierno, liderado por un partido que había apoyado sin paliativos las medidas del anterior, inició con cautela un nuevo estilo de relaciones institucionales, alejándose en lo posible de los ataques frontales y fomentando el diálogo. Seis años que, por cierto, han cambiado por completo el ambiente separatista, no porque hayan desaparecido los que defienden la independencia, sino debido a que una gran parte de ellos ha empezado a entender que la ruptura unilateral es imposible.

Ahora el gobierno progresista ha dado un paso más en dirección a la concordia, el de proponer una ley de amnistía, no para que sirva de trofeo a los separatistas, como gritan algunos, sino para facilitar el avance hacia una solución negociada, que como tal, si progresa, no dejará completamente satisfecha a ninguna de las dos partes, pero que podría permitir una convivencia pacífica, un avance hacia la reconciliación, hacia el abandono por parte de unos de las políticas centralistas y exclusivistas y propiciaría, al mismo tiempo, la reconducción de las pretensiones secesionistas hacia un autogobierno real y efectivo. España no se rompería y muchos catalanes verían colmadas sus aspiraciones de que se considere a Cataluña como una entidad política con personalidad propia, dentro del conjunto del Estado español, como sucede en tantos países democráticos del mundo.

La amnistía no es un fin, sino un medio para resolver un problema político. Pero, sobre todo, no es un nuevo jinete del apocalipsis, como la tildan los que con sus estrechas miras políticas no ayudan a resolver uno de los mayores problemas que tiene España, el de que alguna de sus partes no se sienta identificada con el conjunto de la nación, al mismo tiempo que una parte de ese conjunto no quiera entender la realidad.

7 de enero de 2024

Recuerdos olvidados 3. El TBO, escuela de lectura

Siempre me he considerado un buen lector, no sólo en cantidad, también en calidad. Es cierto que he pasado por muchas etapas, desde la novela al ensayo, aunque deba confesar que nunca conseguí entrar en la poesía como a mí me hubiera gustado.
 
Muchas veces me he puesto a pensar en cómo me llegó a mí la afición por la letra impresa, cuando ni mi formación universitaria tiene nada que ver con el lenguaje ni mis profesores durante la secundaria hicieron nada que yo recuerde por fomentarla. Todo lo contrario, las recomendaciones que entonces recibía pasaban siempre por los clásicos del Siglo de Oro, una manera como otra cualquiera de disuadir a un niño de la lectura. Aunque mucho me temo que esto sea algo que ni ha cambiado ni tenga trazas de cambiar.

Mi afición, en realidad, empezó con la lectura de tebeos, eso que ahora llaman comics. Cuando tenía 11 años y cursaba segundo de bachillerato del plan de aquella época, vivíamos en Barcelona. Un día llegó a casa un vendedor de suscripciones que había llamado mi padre para encargarle el ABC -periódico que lo acompañó hasta el final de su vida-; y, cuando ya habían rellenado y firmado el correspondiente impreso, el avispado comercial, que me había visto revolotear por los alrededores, me preguntó si no querría yo algo para leer con regularidad. Ni corto ni perezoso le contesté que me gustaría recibir el Pulgarcito, el Jaimito y el TBO, publicaciones infantiles semanales de aquellos tiempos.  

Mi padre, que siempre demostró un gran interés por todo aquello que en su opinión afectara a nuestra educación, debió de considerar en aquel momento que los tebeos podrían fomentar en mí la afición a la lectura, y, sin pensarlo demasiado, le dijo al vendedor que añadiera aquellas publicaciones al encargo que le acababa de hacer. 

Recuerdo perfectamente que durante los dos años que permanecimos en Barcelona, yo esperaba con ilusión todas las semanas la llegada de los tebeos. Estoy convencido de que aquellas lecturas infantiles, que a pesar de su intrascendencia y trivialidad obligaban a pensar en el contenido de las palabras, fueron el origen de una afición que me ha acompañado toda la vida como algo imprescindible. Después de aquellas historietas vinieron otras sin demasiadas pretensiones -Diego Valor, El Cachorro, Hazañas Bélicas-, para muy pronto dar el salto a Emilio Salgari, a Julio Verne y a otros amenos escritores de lectura fácil. 

Durante muchos años devoré con pasión los libros de la colección Austral. Recuerdo que sus portadas tenían colores distintos dependiendo del contenido, verde para los ensayos y azul para las novelas, entre otros. En mi caso, durante los años universitarios, cuando la inquietud por aprender urgía, en las estanterías donde guardaba mis libros dominaba el verde, con algunas excepciones azules. Y desde entonces no he dejado de leer. Aunque la vida no esté en los libros, como alguien dijo, ayudan a entenderla.

Lo cuento, porque muchas veces he pensado que si no se hubiera producido aquella visita de un vendedor de suscripciones, quizá nunca hubiera llegado a ser un habitual lector, como he sido desde entonces. 


NOTA BENE. Como hoy toca hablar de libros, no puedo dejar de recomendar a mis amigos el que acabo de leer, "Mi querido hermano", escrito por Joaquín Pérez Azaústre y editado por Galaxia Gutenberg, un ensayo biográfico novelado de los hermanos Machado que, en mi opinión, no tiene desperdicio.


3 de enero de 2024

Recuerdos olvidados 2. La fuga del internado

 

Hay una circunstancia en mi vida, por cierto muy poco frecuente en la mayoría de los estudiantes, que consiste en que cursé las enseñanzas primaria y secundaria hasta en seis colegios distintos, no porque me expulsarán por mala conducta o por alguna otra razón inconfesable, sino debido a las características que rodeaban la profesión de mi padre. Sus cambios de destino obligaban a toda la familia a trasladarse a otro lugar, lo que traía como consecuencia una nueva ciudad, un nuevo colegio, unos nuevos profesores y unos nuevos compañeros. Nunca sabré si aquellos traslados favorecieron o dificultaron mi formación. Prefiero pensar que todos ellos me aportaron alguna experiencia y quizá, por tanto, un poco más de conocimiento sobre la vida que me esperaba por delante.

Uno de esos colegios fue un internado en las estribaciones de los Pirineos catalanes, que ocupaba el antiguo monasterio de Santa María del Collell, completamente aislado en mitad de un impenetrable bosque situado entre Bañolas y Olot. Fue durante el curso 1951-52, cuando todavía no había cumplido los diez años y estudiaba el entonces llamado Ingreso al Bachillerato. Compartía habitación con mi hermano Manolo, dos años menor que yo, un privilegio que nos deparaba una cierta intimidad. De aquel curso retengo muchos recuerdos, casi todos agradables, porque a esa edad cualquier anécdota se convierte en pura aventura. Salvo el frio que se nos metía en los huesos y que todavía hoy al rememorarlo me hace tiritar. En aquel enorme edificio del siglo XVII no había calefacción, salvo alguna estufa de leña o carbón repartida por aquí y por allá, cuyas calorías apenas nos rozaban la piel.  Los sabañones eran una seña de identidad del alumnado, a pesar de que los pasamontañas nunca nos abandonaban.

Mi hermano y yo, cuando después de cenar nos recluíamos en nuestra habitación, antes de dormirnos nos entreteníamos soñando despiertos. Uno de esos sueños, muy recurrente, era escaparnos del internado y volver a casa andando, recorriendo la misma carretera por la que un taxi nos había llevado al colegio el primer día desde Gerona, sin reparar en que habíamos tardado casi una hora en recorrer unos cuarenta kilómetros. No nos preocupaban las posibles dificultades, no temíamos las inclemencias del tiempo, nos daba igual que nevara o lloviera. Los pasamontañas, las bufandas, los guantes y las solapas de nuestros chaquetones subidas hasta las orejas nos protegerían contra cualquier dificultad que pudiera sobrevenir durante el trayecto.

Tampoco nos importaba demasiado cuál sería la reacción de nuestros padres cuando apareciéramos en casa, porque dábamos por supuesto que ante el hecho consumado ya no habría marcha atrás. A veces, cuando nos asomábamos por la ventana del dormitorio y contemplábamos la impenetrable oscuridad que rodeaba el colegio, nos asaltaba alguna duda; pero inmediatamente reaccionábamos para darnos ánimos el uno al otro y disipar temores.

Un día me puse enfermo, supongo que fue una simple gripe. Me llevaron directamente del aula a la enfermería, un anexo separado del edificio principal, que contaba con calefacción y que regentaban unas monjas. Allí estuve ingresado durante tres o cuatro días, al cuidado de aquellas enfermeras, hasta que me dieron el alta y regresé a clase. Todo lo bueno se acaba en la vida, una lección que quizá aprendiera por primera vez en aquella ocasión.

Nadie le había comunicado a mi hermano que yo estaba enfermo. Él, el primer día, cuando por la noche vio que no llegaba al dormitorio, no preguntó por las razones de mi ausencia y no hubo un alma caritativa que le informara de mi situación. Se debía de haber formado una idea de las causas y para qué indagar.

Cuando el día de mi alta, ya por la noche, me vio llegar a la habitación, me miró con cara de sorpresa y un gesto de frustración mal disimulado y me soltó: ¿pero no te habías escapado?

30 de diciembre de 2023

Recuerdos olvidados 1.- Alambradas en las calles

 

Este artículo forma parte del borrador de un ensayo que escribí hace unos años sobre algunos de mis viejos recuerdos, un libro que nunca publiqué y que guardaba en el fondo de un cajón de mi escritorio. Es posible que a partir de ahora vaya "soltando", de vez en vez, en este blog, alguna de estas vivencias. Son pequeñas anécdotas que me han ido sucediendo a lo largo de mi vida y que, de alguna manera, han influido en mi manera de ver el mundo. Hoy, a continuación, va la primera de ellas.

                                                               

Hay situaciones en la vida que se quedan grabadas en la memoria a fuego. Era verano de 1961, todavía no había cumplido los 19 años y un cambio de destino de mi padre me llevó a pasar las vacaciones veraniegas en Sidi Ifni, la capital de la entonces provincia española del mismo nombre. Habían pasado pocos años desde que se acabaran las agresiones del “ejercito irregular" marroquí y el territorio, muy reducido en extensión desde los ataques, permanecía en paz.

En un ambiente colonial como aquel resultaba muy fácil hacer amigos, siempre dentro de la llamada población europea, porque con la nativa había muy pocas ocasiones de intimar. Yo ya por entonces sentía una fuerte tentación por conocer cualquier entorno distinto a los que estaba acostumbrado y el que se respiraba allí me llamaba mucho la atención. Quería hacer amigos musulmanes y no sabía cómo.

La oportunidad me vino a través del “mancebo” de una de las farmacias de la ciudad, hijo de un suboficial indígena del Grupo de Tiradores de Ifni, muy españolizado y por tanto de fácil comunicación. Digamos que se llamaba Regrari. Un día le hablé de mi curiosidad y me propuso una cena moruna en casa de un primo suyo. Lo hablé con un par de amigos de los que acababa de conocer y con mi hermano Manolo por aquello de ir acompañado. Unos días después, cuando ya había anochecido, nos dirigimos los cuatro por las solitarias, mal iluminadas y estrechas calles del barrio musulmán, en busca de la dirección que me había facilitado Regrari.

Recuerdo que me llamaron la atención las alambradas que de trecho en trecho cruzaban las calles, dejando sólo un angosto paso junto a las fachadas de los edificios, lo que obligaba a un recorrido en zigzag bastante incómodo. De vez en cuando nos cruzábamos con alguna patrulla de soldados con sus fusiles al hombro, sin duda una medida disuasoria para evitar que la población musulmana saliera de sus casas por la noche. A nosotros nos miraban con curiosidad, conscientes de que éramos europeos, con toda probabilidad hijos de militares españoles.

Cuando llegamos, nos esperaba Regrari junto a nuestro anfitrión y otros dos musulmanes, todos de edades aproximadas a las nuestras, entre los 17 y los 20 o 21. En las paredes fotos del Mohamed V, a la sazón rey de Marruecos, y en algún rincón alguna bandera marroquí. Nos sirvieron una cena muy típica, en la que no faltó ni el cuscús ni los dátiles ni los dulces. Tampoco el vino, porque, como nos dijeron con la sonrisa en la boca, hacían una excepción en nuestro honor.

Después tuvimos una larga conversación, en la que poco a poco fuimos desbrozando los temas que a mí me interesaban, sobre todo el que atañía a su posición personal con respecto a la situación colonial. Como el ambiente se había relajado y allí se respiraba amistad y concordia, nuestro anfitrión, al que recuerdo de piel muy oscura, nos confesó que él, que por edad no había participado en los combates de hacía unos años, era partidario de la integración de Ifni en el Reino de Marruecos.

Recuerdo algún carraspeo, alguna mirada al suelo y algún ligero rictus de sorpresa por parte de mis amigos, que inmediatamente se superaron gracias a que la conversación continuó de manera civilizada, aunque sin abandonar en ningún momento el tema que habíamos iniciado. Yo, picado por la irremediable curiosidad que siempre me ha acompañado, me atreví a preguntar si no percibían en sus situaciones personales las mejoras “civilizadas” que aportaba la presencia de España en el territorio. Uno de ellos se encogió de hombros y me dijo algo así como que esas ventajas no anulaban la sensación que les embargaba por considerarse “ocupados”.

Yo no me sentí incómodo en absoluto. Es más, recuerdo el momento como una de esas situaciones que despiertan en la conciencia ciertos resortes de liberalidad, que ponen de manifiesto la razón que tenía el poeta cuando dijo aquello de todo es según el color.

Por eso lo ha retenido mi memoria y por eso lo cuento hoy aquí.

26 de diciembre de 2023

Los berrinches de don Alberto

 

Debe de ser muy difícil mantener esa actitud de cabreo continuado que muestra el líder del PP cuando habla del gobierno y, concretamente, de Sánchez. Una vez le oí decir a alguien que no hay nada tan desagradable como perseverar en la hostilidad con los que te rodean y estoy convencido de que tenía razón. Puede que para algunos sea una válvula de escape de sus frustraciones, pero para la mayoría sólo es un estado anímico que desequilibra la conducta de quien lo sufre. Don Alberto, a tenor de sus expresiones cuando habla del gobierno de España, debe de estar pasándolo muy mal. Va de berrinche en berrinche y tiro porque me toca.

La retahíla de agravios que dice sufrir no se detiene, todo lo contario aumenta con sus quejas. Si protesta porque el presidente del gobierno dice que se va a reunir con Puigdemont, Sánchez le contesta que no una sino las veces que sea menester; además, no sólo con el líder de Junts per Cataluña, también con el de ERC. Si la oposición desbanca de la alcaldía de Pamplona, mediante un democrático voto de censura, a sus aliados de UPN, se lo toma como agravio personal y retrasa su cita en la Moncloa, soltando la lindeza de que se trata de un pacto encapuchado. Sólo cuando repara en que resultaría insólito que el jefe de la oposición rechazara la invitación al diálogo que le hace el presidente del gobierno, acepta, pero pone la condición de que el encuentro sea en las Cortes y no en el despacho oficial de quien le cita, ganándose la respuesta de que para ti la perra gorda, chascarrillo que aumenta sus berrinches.

Bromas aparte, cuando no se aceptan las derrotas pasa lo que pasa. En vez de iniciar una oposición constructiva para el país, Feijóo ha entrado en un bucle de pataletas que rayan en la llorera y el sofocón. El otro día me preguntaba a mi mismo, sólo a título de planteamiento teórico, que si quisiera cambiar de voto y considerar la posibilidad de otorgárselo en las próximas elecciones al señor Feijóo, no tendría ni idea de qué estaba eligiendo, porque hasta ahora no he oído ni una sola propuesta, sólo críticas a eso que el presidente del PP llama "sanchismo".

Quizá le estén aconsejando que continúe con la táctica del insulto y el menosprecio, porque no encuentren otra manera de hacer oposición. A estas alturas me sorprende la persistencia, porque parece evidente que por ahí lo único que consiguen es incordiar como lo hacen las moscas cojoneras, aunque se dejen la salud en ello. Pedro Sánchez es un político muy duro de roer, tiene muy claras sus ideas, le respalda un programa progresista muy del gusto de millones de españoles y, aunque la oposición no lo vaya a reconocer, cuenta con el respeto de muchos de los líderes más importantes de Europa. Mientras que a Feijóo sólo se le conoce por sus refunfuños en contra de la amnistía.

La democracia, para que sea efectiva, necesita una buena oposición. Pero lamentablemente hoy no la tenemos ni buena ni regular, sólo el vocerío de sus frustraciones, que no cesa ni en Navidad.

21 de diciembre de 2023

Las uvas de la alegría

 

No me tengo por personas demasiado amiga de celebraciones tradicionales, santos, cumpleaños o aniversarios, entre otras cosas porque me suelen aburrir por falta de originalidad. Como consecuencia, tampoco soy aficionado a participar en festejos populares o de sabor folclórico. La repetición de unos mismos patrones una vez y otra y otra y así hasta la saciedad me resulta difícil de digerir, no ahora, cuando ya sabemos que con los años uno tiende a volverse cascarrabias, sino desde siempre. Los que me conocen bien saben que esta rareza forma parte de mi carácter .

Sin embargo, siempre he contemplado la llegada de la Navidad con optimismo. Supongo que aquí mis neuronas hacen una excepción. Algún mecanismo de mi mente relaciona esta festividad cristiana con el concepto laico de solidaridad y no me duelen prendas reconocer que me gusta celebrarla de acuerdo con unos protocolos repetitivos, que se han ido formando a lo largo del tiempo sin que ni siquiera me diera cuenta.

La Navidad para mí, aun desprovista de cualquier significado religioso, se ha convertido como decía arriba en la fiesta de la solidaridad, de la comunicación con los demás, de la empatía. No me importa reconocer que la celebro rodeado de todos esos fetiches y rituales que suelen prodigarse durante estos días, desde los abetos con guirnaldas de luces de colores, que le quitan espacio a la comodidad, pasando por estrellas de oriente abandonadas por aquí y por allá sobre cualquier mueble que se preste a ello, hasta un Papa Noel en la puerta de entrada, que con su bonachona presencia da la bienvenida a los visitantes. Puestos a hacer una excepción, que no falte de nada.

Tengo además una lista de “contactos”, a muchos de los cuales no veo desde hace años, que me sirve como guía de llamadas de felicitación, no vaya a ser que se me olvide alguno. Felicitar a los amigos por Navidad lo único que pretende es mantener los vínculos afectivos con las personas que han formado o forman parte de nuestro entorno y cumplir con una simpática etiqueta social. Por tanto, considerar que hacerlo no tiene ningún sentido, porque la felicidad hay que desearla todos los días del año, es dar trascendencia a lo que no es más que una ritual social sin importancia. Lo digo, porque alguna vez he recibido un corte inesperado de alguno que se extrañaba de que le felicitara el día 24 de diciembre.

Además, por supuesto, tomo las uvas de ritual al compás de las campanadas de Nochevieja, rodeado de todos los míos, entre risas y alboroto, para después, deglutido con dificultad el último hollejo, iniciar la ronda de besos familiares. Una función repetida años tras años, donde no caben sorpresas, porque al fin y al cabo de eso se trata, de no salirse del guion de las tradiciones. Alguno de mis amigos me ha dicho que hace ya unos años que dejó de hacerlo, noticia que por cierto me dejó algo triste.

Pues bien, llegados a este punto de mis confesadas debilidades, sólo me queda desearos Feliz Navidad a los que leéis estas ocurrencias mías y, cómo no, todo lo mejor para el próximo año. Os aseguro que alguno de mis brindis con cava estará dedicado a vosotros.

17 de diciembre de 2023

De emergentes a efímeros

 

A pesar de que no ha transcurrido demasiado tiempo desde que nacieron los entonces llamados partidos emergentes -Ciudadanos y Podemos-, a mí me da la sensación de que todo aquello sucedió hace una eternidad. Del primero de los dos, del flamante partido conservador liderado por Albert Rivera, poco hay que decir. Simplemente que apareció como una estrella fugaz, que atravesó un periodo de ascenso vertiginoso, que se estancó en sus propias contradicciones y que se extinguió rodeado por el silencio y la indiferencia del electorado. Dentro de unos años nadie se acordará de su efímera existencia. En su día dije, y hoy lo vuelvo a repetir, que en política las marcas blancas no suelen triunfar; sólo, si acaso, sembrar el desconcierto durante un breve periodo de tiempo. El electorado termina dándose cuenta de que la pólvora ya estaba inventada.

Lo de Podemos requiere un análisis más detallado. Nació intentando dar nuevos bríos a Izquierda Unida, que a pesar de sus numerosas transformaciones no conseguía levantar cabeza en las elecciones generales. Su leitmotiv fue desde el principio sacudir los cimientos del partido socialista, que a su juicio se había acomodado a la alternancia y no defendía con la contundencia necesaria los intereses de las clases más desfavorecidas de la sociedad. Desde el primer momento utilizó un lenguaje agresivo, de corte populista, tachando de casta a los partidos ya existentes. Sus principios se basaban en decisiones asamblearias, para que no quedara la menor duda de que ellos eran algo distinto a los demás.

De la misma forma que Ciudadanos intentó sobrepasar al PP en número de votos, aunque nunca lo lograra, Podemos eligió como meta de sus aspiraciones erigirse en el sustituto del PSOE. Con el voto de censura contra Rajoy, motivado por las implicaciones del partido conservador en diversos asuntos de corrupción, y después de dos elecciones consecutivas, entró a formar parte de un gobierno progresista presidido por Pedro Sánchez. Con esta irrupción en la política institucional empezó una nueva etapa, durante la cual sus ministros se convirtieron en los pepitos grillo del consejo de ministros. No contentos con las legítimas discrepancias que surgían en las deliberaciones a puerta cerrada del gabinete gubernamental, en cuanto salían a la calle pregonaban a voz en grito sus desacuerdos, alimentando las críticas de la oposición.

Una de sus ministras, Yolanda Díaz, decidió cambiar el estilo bronco y malcarado que caracterizaba a sus compañeros de formación por otro más amable y cercano a sus aliados, más útil a los intereses de los programas que compartían los dos socios de la coalición y, sobre todo, más pragmático, aunque sin abandonar su radicalidad progresista. Eso la llevó a liderar una nueva formación, Sumar, que, aunque no se anunciara así, era la sustituta del ya debilitado Podemos.

Nuevas elecciones, nueva coalición, ahora entre el PSOE y Sumar, y espantada de los cinco escaños de Podemos que figuraban en las listas de la formación liderada por Yolanda Díaz. Todo lo cual, por cierto, instrumentado con la misma música de fondo que los acompaña desde que salieron a la palestra, la de si no fuera por nosotros el mundo de los trabajadores seguiría sin referente político. Irene Montero, en una de sus últimas comparecencias públicas para anunciar que se presentaba a las elecciones europeas, dijo algo así como que no se iban a conformar con las migajas que les dejaba el bipartidismo, Lo de migajas lo dice ella, pero en cualquier caso si alguien les ha dejado algo es el electorado. No sabemos que pueda suceder a partir de ahora, pero dados los antecedentes de su comportamiento todo hace temer que puedan convertirse una vez más en un freno en vez de un estímulo para las políticas progresista.

Lo dicho, de emergentes a efímeros.

13 de diciembre de 2023

Rasgarse las vestiduras

Siempre he considerado que cuando se juzgan las decisiones políticas no caben los mismos razonamientos éticos o morales que se utilizan en otros entornos. Intentaré explicarme para que los que lean estas líneas no me interpreten mal y concluyan precipitadamente que soy un amoral. Lo que quiero decir es que si la política es el arte de lo posible se debe en primer lugar a que se persiguen objetivos que no siempre están al alcance de la mano, y, en segundo, a que en ocasiones no es posible avanzar hacia las metas propuestas sin contar con aliados que refuercen numéricamente tus posiciones parlamentarias. Lo que en definitiva obliga a un constante cambio de estrategias y a una refundición de tus planteamientos iniciales con los de los de tus aliados circunstanciales.

Supongo que con esta somera explicación ya nadie dudará de lo que quiero decir y, sin lugar a dudas, reconocerá en este preámbulo dónde quiero llegar. Pensar, como algunos sostienen, que los cambios de mensaje de los políticos vulneran los principios morales, es hipócrita o es ingenuo. No se trata de que el fin justifique los medios, sino de que para defender las premisas fundamentales de tus programas es necesario adaptarse constantemente a las circunstancias. Lo contrario, negarse a la flexibilidad, puede ser conveniente en otros menesteres, pero no en política.

Vayamos al grano. En este controvertido asunto de la amnistía a los separatistas catalanes, se puede decir que es un error, como le he oído a muchos, una opinión muy respetable que sólo el tiempo confirmará o desmentirá. Pero entrar en consideraciones de carácter moral o ético no tiene ningún sentido, cuando las circunstancias políticas han cambiado, no sólo las relativas a la aritmética parlamentaria, sino incluso la actitud del mundo separatista. Estamos en el terreno de lo posible en cada momento y el arte de gobernar no se basa en ciencias exactas.

Además, en política nunca se debe perder de vista las alternativas, porque en definitiva es un juego de opciones. Si la coalición progresista -PSOE y Sumar- no hubiera conseguido el apoyo de los demás grupos, nadie tiene la menor duda de que se habría dado paso a un gobierno del PP y de VOX en comandita, lo que para muchos millones de españoles hubiera significado una alternativa muy poco apetecible. Le he preguntado a algunos votantes habituales del partido socialista que no ven con buenos ojos la ley de amnistía si les hubiera gustado ese panorama y la respuesta ha sido “claro que no”. ¿Entonces?

Las decisiones políticas no se pueden medir con la vara con la que se miden comportamientos análogos en otros entornos. Lo que sucede es que es fácil utilizar la comparación cuando conviene a los intereses de los políticos, como está sucediendo en estos momentos con los ataques furibundos al donde dije digo, digo Diego. Debe de ser que no les quedan otros recursos para atacar al rival. 

9 de diciembre de 2023

La vida real y la mediática

Es curioso observar la diferencia tan abismal que existe entre las preocupaciones reales de los ciudadanos y las que transmiten los políticos en sus constantes proclamas y diatribas. Mientras que la inmensa mayoría de los españoles percibe tranquilidad y normalidad a su alrededor, los líderes políticos se empeñan con inaudita insistencia en amargarnos la vida con peroratas alarmistas, sólo expresadas para favorecer sus intereses personales o de grupo. Lo que sucede es que, tan insistente es el ruido, que en ocasiones contagian a unos cuantos ingenuos y bienintencionados.

La realidad social de nuestro país es que se puede salir a la calle sin preocupaciones, que se vive en paz, sosiego y democracia. En la inmensa mayoría de los ciudadanos no hay crispación, ni siquiera la ligera sospecha de que esto pueda explotar en cualquier momento. La gente se afana en seguir viviendo sus vidas y cuando medita sobre los discursos alarmistas que recibe de los políticos a través de los medios cree no entender nada. No puede ser, piensan muchos, que con lo que veo a mi alrededor pueda ser cierta tanta amenaza de la convivencia pacífica.

Yo procuro sustraerme del contagio pesimista gracias a un intencionado distanciamiento de lo que dicen unos y otros, porque no quiero dejarme impresionar ni por los agoreros ni por los vendedores de humo. Es más, creo que gracias a ello me puedo permitir tomarme a chunga muchas de esas amenazas, en las que no encuentro ningún fundamento. Cuando, pongamos un ejemplo, le oigo decir a Aznar que España corre el riesgo de romperse, no puedo evitar la carcajada. O cuando Isabel Díaz Ayuso nos explica que Pedro Sánchez la ha tomado con los madrileños, tengo que hacer un gran esfuerzo para apartar de mi expresión cualquier atisbo de cachondeo, no vaya a ser que los que me rodean me tomen por chiflado.

Supongo que los pregoneros de los cataclismos que nos amenazan dan por hecho que así, calentando el ambiente, conseguirán recuperar el poder con más facilidad que si jugaran el juego de la realidad y asumieran el papel de oposición que les ha encomendado el parlamento, nada más y nada menos que el pueblo soberano. Creo que se equivocan con tanta hipérbole, con tanta sobreactuación, porque puede suceder que la ciudadanía acabe dándose cuenta de que lo que dicen no son más que invenciones ajenas por completo a la realidad. 

La ciudadanía tiene otras preocupaciones, las del día a día. Sólo percibe una amenaza, la de su supervivencia, y sólo tiene las inquietudes de mejorar en calidad de vida, de sacar adelante a sus familias y, en muchos casos, de llegar a fin de mes. Cuando oye hablar de dictaduras, de fraude electoral, de ponerse al lado de los terroristas de Hamás, no puede evitar torcer el gesto y pensar aquello de déjense de payasadas y aterricen en la realidad. Porque son canciones que nada tienen que ver con su propia realidad. Vamos, que toda esta feria de despropósitos que ha montado la oposición, al ciudadano de a pie se la sopla.

5 de diciembre de 2023

Leonor

 

Me sugería hace unos días un buen amigo, habitual visitante de este blog, que escribiera algo sobre mis impresiones respecto a la princesa de Asturias. Le contesté que reflexionar sobre asuntos que puedan rozar el dilema Monarquía-República me produce una cierta incomodidad intelectual, porque, aunque como ya he confesado aquí en más de una ocasión me considero republicano, mientras la forma de estado no cambie en la Constitución me mantendré fiel a la ley fundamental, me guste o no. No sólo fiel, también respetuoso con la familia real en la medida de lo posible. Lo que no significa que si algún día me convocaran a un referéndum, acudiría a votar República.

Hecha esta primera consideración a modo de introducción, diré que he visto en televisión con interés todos los actos en los que participó la heredera al trono hace semanas. Me refiero concretamente a la jura de bandera en la Academia Militar de Zaragoza, al desfile del día 12 de octubre, a la comparecencia ante las Cortes para jurar la Constitución, a la ceremonia de entrega del collar de Carlos III y a la inauguración de la legislatura. Digo con interés y no exagero, porque en mi caso no sólo se trataba de analizar el comportamiento de una persona destinada a ser reina, sino que además suponía una ocasión magnífica para husmear en el ambiente político que se respira en estos momentos en las instituciones, aunque fuera a ojo de pantalla.

De la princesa Leonor como persona no voy a emitir ni un juicio ni medio, porque carezco de información. Pero sí me atrevo a opinar que en estos actos su figura, siempre desde mi punto de vista, transmitió disciplina, buena disposición y espíritu de servicio. Sé muy bien que los estrictos protocolos que rodean a la heredera encorsetan su comportamiento; pero teniendo en cuenta su juventud, y por tanto su inevitable espontaneidad, cualquier observador atento puede sacar conclusiones sobre su actitud. 

En cualquier caso, y hablando de protocolos, creo que a las ceremonias citadas les sobró boato y ostentación en bastantes momentos. Soy consciente de que aquellos actos desde un punto de vista histórico son trascendentes; pero si se pretende acercar la familia real a la ciudadanía, empiezan a sobrar besamanos, genuflexiones y zalamerías. La mujer del cesar no sólo debe ser honesta, también debe parecerlo. Tanta magnificencia resta credibilidad e incluso crea desconfianza.

Una de las conclusiones que he sacado de las últimas apariciones en público del rey Felipe VI es que intenta pasar página del poco edificante comportamiento del monarca anterior, que sirvió para debilitar a la monarquía. España no es un país monárquico, porque los reyes nunca han contado con las simpatías incondicionales de los ciudadanos de a pie; de manera que cualquier erosión de la imagen real crea convulsiones. Juan Carlos I se puso el mundo por montera y creó una crisis de credibilidad muy profunda; sus herederos están obligados, no sólo a distanciarse de la imagen del emérito, sino además a predicar con el ejemplo. Va en ello la supervivencia de la institución.

Si el sentido de una monarquía, como dicen sus defensores, es el de servir de símbolo de unión, es del todo imprescindible que los que la representan estén a la altura de las exigencias. Los símbolos deteriorados, rancios y polvorientos desunen en vez de unir, porque a nadie le gusta la fealdad ni las antiguallas. Pero es que, además, están obligados a dar ejemplo. No se puede olvidar que en España nunca ha habido fervor monárquico. En el mejor de los casos, sólo una indulgente indiferencia.

Como resumen, a mí me ha parecido observar en el comportamiento de la joven heredera la aceptación del compromiso de ser útil a la nación. No es más que una impresión subjetiva. Ojala no se trate de un espejismo. Porque cuando la monarquía zozobra, y la Historia nos ha dejado numerosos ejemplos lamentables, pone a toda la nación patas arriba.

Eso, en una república no sucede. Elecciones, nuevo presidente y a pasar página sin sobresaltos.


1 de diciembre de 2023

Los pecados capitales

Hace mucho que no reviso el catecismo, no sé si porque prefiero no enfrentarme a sus constantes acusaciones o porque haya perdido confianza en sus postulados. El padre Ripalda debía de ser bastante exigente con su propia conducta y como consecuencia extendió sus imposiciones a los catecúmenos. Porque, una vez revisados los pecados capitales, he llegado a la conclusión de que no estamos hablando de dicotomías -sí o no-, sino de facetas de la conducta humana que admiten muchas graduaciones.

Pongamos la pereza como ejemplo. Me pregunto dónde acaba y dónde empieza. A mí, concretamente, hay muchas cosas que me dan pereza, por las que no muevo un músculo del cuerpo para resolverlas. Me tengo por diligente, por persona muy poco amiga de rehuir responsabilidades, pero a veces prefiero olvidarme de ciertas obligaciones y mirar para otro lado.

Hablemos de la avaricia. Queda muy bien, incluso a veces resulta espectacular decir aquello del dinero no da la felicidad. Pero cuando vemos que nuestra capacidad económica puede soportar los gastos a los que nos llevan algunos caprichos, nos sentimos más contentos que unas castañuelas. De la misma manera que nos embarga la frustración cuando el presupuesto no alcanza.

En cuanto a la ira, si no nos cabreamos de vez en vez por las estupideces que nos rodean, corremos el riesgo de acumular tanta bilis que terminemos enfermos. En muchas ocasiones parece recomendable abrir la válvula de los improperios y soltar adrenalina. Un grito a tiempo resulta muchas veces liberador de las tensiones acumuladas.

Supongo que si hablo de una buena fabada o de un sabroso cocido o de una pasta al dente, no habrá quien a estas alturas de esta torpe reflexión no adivine que voy a referirme a la gula. En mi opinión, si tu aparato digestivo no te da guerra, si tu propensión a engordar está controlada y si tu tensión arterial se mantiene dentro de unos límites aceptables, no hay nada que te impida gozar de una suculenta comida, de esas de relamerse los labios. Incluso, por qué no, de repetir.

Cuanta vece hemos oído decir aquello de la envidia sana, una manera de suavizar el escozor que nos produce desear tener algo que otros tienen. ¿A quién le hacemos daño cuando pensamos en que nos gustaría disfrutar de las comodidades que le brinda un buen coche al vecino o en el piso confortable de un conocido?

Lo de la soberbia es harina de otro costal. Porque si uno no tiene confianza en su talento, si no se halaga a sí mismo de vez en cuando, quién lo hará? Para hablar mal ya están los demás. Yo creo que en la vida hay que sentirse seguro, no hay que arrugarse. Es más, nunca sobra una cierta arrogancia y andar con la cabeza alta.  

He dejado para el final la lujuria y vaya usted a saber por qué. ¿Dónde empieza la exacerbación del deseo carnal y acaba el instinto sexual? ¿Dónde termina el mandato de nuestros instintos y empieza el pecado? Ni lo sé, ni me lo pregunto. Porque aquí si que entramos en un terreno que, como dicen los eruditos, más vale no menear.

De manera que, a pesar de las doctas enseñanzas que nos dejó el turolense Ripalda hace unos siglos, yo me declaro inocente.

27 de noviembre de 2023

Un libro demoledor: "Todos lo sabían"

 

Acabo de leer un libro que cayó en mis manos casi por casualidad. Se titula “Todos lo sabían”, con el subtítulo de “Juan Carlos I y el silencio cómplice del poder”, y está escrito por el polifacético periodista José García Abad y editado por Esfera de los libros. Como digo en el encabezamiento de este artículo, su lectura me ha resultado demoledora, porque más allá de la pormenorizada narración de los escándalos que ha protagonizado el rey emérito durante su reinado, las 341 páginas del ensayo constituyen una historia detallada del comportamiento de una determinada clase social española, la formada por todos aquellos que de una u otra manera han rodeado al monarca.

Desde la primera línea queda claro que el prestigio de don Juan Carlos I está empañado por un comportamiento muy alejado de su obligación institucional de dar ejemplo. Aunque es cierto que el español de a pie perdona con facilidad los devaneos de alcoba, no lo hace con los enjuagues económicos. En este libro se pone de manifiesto que en el caso que nos ocupa esas dos facetas del comportamiento han ido unidas con solidez, la avaricia y la lujuria.

No voy a entrar en detalles, porque de todos son conocidos. Pero sí diré que de este libro se desprende desde el primer momento la absoluta impunidad que ha rodeado su protagonista desde el principio de su reinado, porque todos, desde los presidentes de los sucesivos gobiernos que se han ido sucediendo, hasta los jefes de los servicios secretos, pasando por los jueces que han investigado las causas en las que don Juan Carlos se ha visto involucrado, han permitido con su silencio, cuando no con la colaboración necesaria, un estado de cosas que llega a lo inverosímil, por no decir a lo esperpéntico.

Explica el libro que en algunos casos este silencio cómplice se ha debido a la cautela necesaria en los políticos cuando tratan los temas que rodean al jefe del Estado en una monarquía. Pero es que, a lo largo de su lectura, uno va convenciéndose cada vez más de que no ha sido cautela institucional, sino miedo a enfrentarse con el monarca y correr el riesgo de perder el estatus alcanzado. La inviolabilidad de la figura real, amparada por la Constitución, crea una especie de concha protectora alrededor del rey, que repele las tentaciones de afearle la conducta, aunque ésta sea tan fuera de lo esperado como la que se narra en el libro.

No estamos hablando de nimiedades económicas, sino de una auténtica fortuna acumulada a través de “regalos” interesados procedentes de mandatarios extranjeros o de empresarios de cualquier lugar. Eso sin contar con la utilización de fondos reservados para preservar el buen nombre de su majestad o para facilitar acomodo a sus amantes o para satisfacer los caprichos y exigencias de sus concubinas.

Supongo que lo que se cuenta en el libro no a todo el mundo le producirá el mismo efecto que me ha causado a mí. Los habrá que digan pelillos a la mar o que son habladurías de rojos o que por qué no se resaltan sus contribuciones a la estabilidad de la nación o que al fin y al cabo es un hombre como los demás. Sí, habrá de todo. Pero a mí me ha reafirmado en una idea que guía mi pensamiento político desde que era muy joven, la de que estos escándalos no se hubieran dado en un presidente de la república o, de darse, habría acabado con sus huesos en la cárcel y no en Abu Dabi.

Es un libro de lectura recomendable para todos aquellos que sientan interés por el funcionamiento de nuestras instituciones.

22 de noviembre de 2023

Cruces de Borgoña y águilas bicéfalas

 

Después de haberse pasado la vida intentando adueñarse en exclusiva de la bandera de España, parece ahora que a los de la ultraderecha les resulta insuficiente y necesitan más. Últimamente han empezado a aparecer en las manifestaciones “patrióticas” docenas de cruces de Borgoña, un distintivo que caracterizaba a los ejércitos imperiales españoles siglos atrás, una cruz de San Andrés en cuyos brazos se aprecian nudos de ramas cortadas. En algunas de ellas, por si fuera poco, con el águila bicéfala del emperador Carlos V superpuesta. Como decía un buen amigo mío cuando algo le sorprendía, da que pensar.

En las alteraciones del orden público que se han vivido en las calles en las últimas semanas, no sólo se exhiben cruces de Borgoña, sino además antorchas encendidas. Dos símbolos, el del imperio añorado y el del fuego destructor.  La exaltación y el exterminio, todo unido a favor de quimeras fascistas, de ensoñaciones enfermizas, de la destrucción de la convivencia. Por supuesto que no era lo único que los aguerridos de la ultraderecha exhibían, porque también se han podido ver adoquines arrojadizos y, sobre todo, muchas capuchas encubridoras de la cobardía. Toda una exhibición de la parafernalia ultra, de los que añoran la noche de los cristales rotos.

Si esta ultraderecha, aleccionada por sus líderes y consentida por los dirigentes conservadores, ha llegado a estos extremos de esperpento se debe a que están desesperados. A Vox las encuestas no le van bien, el desprestigio ensombrece las figuras de sus líderes y están rabiosos. Si no fuera porque estamos en Europa, protegidos por un club demócrata muy poco amigo de veleidades golpistas, estos vándalos no cesarían hasta intentar romper la convivencia. Sus mentes, nada proclives a la palabra y al razonamiento, los conduce por la única senda que conocen, la de la dialéctica de los puños y las pistolas. Brazo en alto, “caralsoles” y pedradas.

Pero lo peor de todo esto es que cuentan con la complicidad del PP, algunos de cuyos líderes nadan en la complacencia, justifican las manifestaciones en aras de la defensa de España y tildan a sus adversarios políticos de poco menos que de haber vendido su alma al diablo. No hacen absolutamente nada para parar los desmanes, porque en el fondo les gusta revolcarse en el fango del río revuelto.

Tengo muchos amigos conservadores y alguno de ellos más que eso. Cuando sale este tema en cualquier conversación se callan o bifurcan a otros menesteres o dicen aquello de y tú más. No están cómodos con lo que sucede, porque una cosa es ser de derechas y otra muy distinta reventar las calles. Como se han quedado sin una formación política que represente de verdad el conservadurismo moderado, están perdidos. Sólo les queda o el silencio o culpar a Pedro Sánchez de todas las desgracias que padece la humanidad.

Este país se merece otra derecha, un partido conservador que sirva de contrapeso a las en algunos casos exageraciones reivindicativas. Pero no un Frente Nacional al estilo de los fascismos que campearon por Europa en las primeras décadas del siglo pasado.

Los conservadores moderados se han quedado huérfanos y buscan con denuedo amparo.

18 de noviembre de 2023

Habemus presidente

La sesión de investidura de Pedro Sánchez ha tenido, a mi modo de entender, muchos momentos dignos de mención. Pero como los detalles son conocidos por todos, voy a limitarme a reflexionar hoy aquí sobre mis impresiones personales. Creo que en general se trató de un buen ejercicio de democracia, sólo roto en algunos momentos por ciertas salidas de tono y por algunos gestos discordantes. En cualquier caso, para los que nos apasiona la palabra, venga de quien venga, fueron pocas las intervenciones que no despertaran interés político.

Del protagonista principal, del candidato, poco voy a decir. Simplemente que sus mensajes respondieron a lo que se esperaba de él, un resumen de sus intenciones de continuar con las reformas iniciadas en la legislatura anterior y una explicación del alcance de sus pactos con los que le han apoyado. De su principal oponente, Núñez Feijóo, tampoco ninguna sorpresa. Réplica a la defensiva, con el marchamo de absoluto rechazo hacia quien había acabado con sus aspiraciones de conseguir la presidencia del gobierno.

Me llamó la atención el tono comedido de los partidos nacionalistas. Si bien es cierto que ninguno de ellos mostró gran entusiasmo al justificar su apoyo a la investidura, no lo es menos que el tono fue de confianza en el futuro. Todos dejaron claro que no firmaban un cheque en blanco, pero también todos con mayor o menor claridad expresaron sus intenciones de hacer política dentro de la legalidad vigente. Lo resalto porque, en contra de los que algunos opinan, quedó claro y manifiesto que se sumaban al juego político del Estado, sin menoscabo de sus aspiraciones de autogobierno; lo subrayo, porque me gustaría pensar que estamos en el inicio de una nueva manera de hacer las cosas.

Ahora la pelota está en el tejado del gobierno. Poco a poco iremos viendo las verdaderas intenciones de unos y de otros, de los que desde las altas instancias de la nación proponen ahondar en el autogobierno de las nacionalidades históricas sin menoscabo de la unidad de España y las de los que en algún aciago momento optaron por la unilateralidad y crearon una de las mayores crisis de nuestro estado en los últimos años.

La amnistía, la espinosa y controvertida decisión de Pedro Sánchez, escogida por la derecha y por la ultraderecha como late motiv de su oposición a la investidura del candidato, no es más que un instrumento para enfriar la tensión, ganar confianza los unos en los otros y propiciar el entendimiento entre todos los españoles. Porque el fin es otro, el de conseguir que todos, sin excepción, nos sintamos cómodos dentro de nuestra nación, para lo cual nunca debería ser un obstáculo que algunos defiendan que su región o su autonomía es también una nación.

Si a esa estructura nacional hay que llamarla nación de naciones, yo no tendría ningún inconveniente en admitirlo. Entre otras cosas, porque si nación es el conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común, es un hecho incuestionable que la española se formó por la unión de otras anteriores a su existencia. La Constitución lo reconoce así cuando habla de “nacionalidades históricas”.

13 de noviembre de 2023

Hipocresía galopante

 

Una vez más acudo al diccionario para asegurarme de que utilizo la palabra correcta. Parece ser que hipocresía significa fingimiento de cualidades, sentimientos, virtudes u opiniones que no se tienen. Pues bien, cuánto hipócrita galopa en las filas conservadoras en estos momentos. Los repetidos hasta la saciedad eslóganes de España se rompe, que grita ahora José María Aznar hasta desgañitarse, producen escalofríos cuando recordamos que él para gobernar cedió treinta millones a los nacionalistas catalanes, suprimió los gobiernos civiles de todas las provincias de España y retiró la Guardia Civil de Tráfico de Cataluña para sustituirla por los Mossos. Eso sí, alegando que con esas concesiones garantizaba la estabilidad de España durante los siguientes cuatro años.

Pero como para algunos, una vez puestos a exagerar, qué más da ocho que ochenta, no contentos con la amenaza de la ruptura de nuestro país, ahora ciertos líderes conservadores tildan a Sánchez de dictador y de golpista. Isabel Díaz Ayuso incluso se atreve a opinar que lo que está sucediendo es tan grave como lo que aconteció el 23F. Cuca Gamarra, por su parte, con esa media sonrisa que la caracteriza, nos informa de que el próximo gobierno de Pedro Sánchez será ilegal, porque nace de unos pactos que no son legales. Y no contento con lo anterior, ya metido en la dinámica del esperpento, Alberto Núñez Feijóo no deja de gritar a los cuatro vientos que quien ganó las elecciones fue él y no los que ahora van a formar gobierno.

Si no fuera por las cicatrices que estas actitudes histéricas dejan en la sociedad, sería para tomárselo a guasa. Pero cuando los que están obligados por su representatividad institucional a moderar el lenguaje sacan los pies del plato, no es risa lo que produce, sino tristeza. Estas derechas de ahora no están a la altura de las circunstancias, les han entrado de repente unas prisas acaloradas por recuperar el poder y no reparan en el daño que hacen a nuestra convivencia. Están rompiendo, sin querer o queriendo, el pacto constitucional que tanto esfuerzo costó construir después de la dictadura.

Yo confío en la fortaleza de nuestras instituciones y, como consecuencia, no tengo la menor duda de que estas locuras se quedarán en agua de borrajas. Pedro Sánchez explicará en el Congreso el alcance de los pactos conseguidos, será investido presidente del gobierno dentro de unos días, conformará un gobierno progresista y se pondrá en marcha una nueva legislatura. El Constitucional estudiará los recursos que se le presenten, si es que se le presentan o si es que los admite a trámite, y dictará sentencia; y si hay que corregir algo se corregirá. Y la oposición se tendrá que centrar en lo que le corresponde en democracia, en defender sus opiniones en el parlamento y no en inundar las calles de enloquecidos vociferantes envueltos en banderas anticonstitucionales o de otros tiempos.

Pero en la sociedad española quedará el regusto del mar de fondo que los populares y los de la ultraderecha al unísono han creado durante estos meses, un sabor a desesperación, a frustración, a revancha y a odio, que tardará algún tiempo en desaparecer.

¡Cómo echo de menos aquella derecha respetuosa con la democracia y con la Constitución que aceptaba la alternancia sin aspavientos! Pero se tomaron muy en serio aquello de la derechita cobarde y se lanzaron al monte de las revueltas callejeras, de los gritos y de los insultos. 

10 de noviembre de 2023

La letra chica de Pedro Sánchez

 

Hay fuentes inagotables de inspiración, sobre todo para los que, como me sucede a mí, intentan captar las estulticias al vuelo. El otro día, la ínclita presidenta de la Comunidad de Madrid advirtió a la concurrencia de que había que estar atento a la letra chica de las intenciones de Pedro Sánchez, porque, según explicó, no sólo pretende ser investido presidente, sino que además está preparando todo un programa de gobierno para la próxima legislatura. Elemental, querida mandataria. Esta pretensión, aunque a usted le produzca una alarma inusitada, honra al candidato, puesto que pone en evidencia que lo que pretende es gobernar durante otros cuatro años y continuar avanzando en el desarrollo de un programa progresista.

Al hilo de esta reflexión, si las negociaciones se han alargado en el tiempo se debe precisamente a que no se trata de un simple reparto de concesiones, sino de llegar a acuerdos que sean un compendio de las aspiraciones de todo el arco parlamentario, a excepción de los populares y sus aliados de la ultraderecha, que se han autoexcluido hace mucho tiempo de cualquier intento de concordia. Pero es que además estos pactos deben cumplir escrupulosamente con la legalidad vigente, porque de otra manera no pasarían los preceptivos filtros institucionales. Dicho de otra manera, parece que será un proyecto de carácter nacional, transversal si se prefiere, donde se tendrán en cuenta asuntos sociales, económicos e identitarios. No olvidemos que en este compromiso interviene fuerzas conservadoras y progresistas, y partidos de ámbito nacional y de clara tendencia nacionalista.

Precisamente ese alcance de carácter nacional es lo que más inquieta a los que les alarma la letra chica. Como lo han visto venir, se han inquietado y se han ido agarrando a todo aquello que pudiera desprestigiar a los negociadores. No han estado nunca dispuestos a aceptar que sus rivales consigan aglutinar a tantas tendencias y tan distintas, a tantos sentimientos y tan dispares. Cuando piensan en el posible éxito de una maniobra de esta envergadura se solivianta. No hay más que oír sus lamentaciones para entender sus cuitas. Sólo con verlos gritar en las calles con antorchas amenazadoras y a pedradas contra la policía se entiende lo que les sucede.

Ahora, inquietos por las consecuencias de sus llamadas a ocupar las calles, intentan desmarcarse de los vientos que han sembrado y de las tempestades que están recogiendo. Lo hacen a regañadientes, mirando para otro lado y siempre con derivadas adicionales para intentar repercutir la violencia en las víctimas. La culpa es de la policía o de Marlasca. Los culpables no son ellos, sino los que defienden las sedes del PSOE. Ellos, dicen, se manifiestan en las calles porque están indignados con el "ocupa" de La Moncloa, que, ¡ojo!,  puede repetir mandato.

Hay que entenderlo. Si a Pedro Sánchez este gran pacto le sale bien, será un triunfo político de tal calado que dejará a la oposición bastante desmantelada y muy lejos de mantener aspiraciones de gobierno a corto plazo. Lo que sucede es que, desde mi modesta opinión, se están equivocando en la estrategia elegida. Tanto ataque al adversario, con alusiones peyorativas hacia los partidos que podían llegar a formar parte de esa coalición, han actuado como catalizador del pacto en vez de como disolvente. Ha provocado la unión, porque ha puesto de manifiesto la existencia de un frente conservador intransigente e intolerante, en el que la ultraderecha juega un papel definitivo y de cuyos ataques, por tanto, tienen que defenderse.

Yo no voy a dar consejos a los dirigentes del Partido Popular, y no digamos a los de Vox, entre otras cosas porque no me harían caso. Pero si me decidiera a darles uno, les recomendaría paciencia y templanza, dejar pasar este momento muy poco favorable para ellos sin aspavientos y esperar a ver que sucede después de la investidura, porque fácil para el gobierno progresista no va a serlo.