25 de septiembre de 2025

Mis novecientas ocurrencias o reflexiones

 

Quienes leen estas ocurrencias o reflexiones mías -las dos palabras me sirven porque de todo hay- saben que me gusta celebrar las centenas. Este artículo hace el número novecientos –no me atrevo a escribir el ordinal, noningentésimo- de los que hasta ahora he publicado en el blog. Cuando digo celebrar, en realidad a lo que me refiero es a que estos hitos me sirven para meditar en voz alta sobre lo que aquí hago o pretendo hacer. Alcanzar metas numéricas sólo tiene la importancia de la constancia, porque cuando escribí el primero, hace ya unos cuantos años, estaba convencido de que tiraría la toalla muy pronto. Pero no ha sido así y me alegro.

Lo he dicho en varias ocasiones, este blog es la válvula de escape de mis inquietudes. No me explico cómo me deshacía de ellas antes de empezar a escribir aquí, porque ahora, lo confieso, cada vez que termino un artículo y pulso el intro siento un gran alivio, como si me hubiera quitado un peso de encima. Por supuesto que en el momento de publicar me pregunto si gustará o no; pero teniendo en cuenta que se trata de opiniones y no de dogmas, tampoco me preocupa demasiado. No todos tenemos las mismas ideas ni nadie está obligado a leer las mías ni mucho menos a compartirlas.

Voy a explicar un poco, porque alguno me lo ha preguntado, la génesis de cada ocurrencia o reflexión. Suele empezar cuando oigo o leo o veo algo que llame mi atención por algún motivo. Acto seguido elijo un título y lo apunto en el que yo llamo mi cuaderno de bitácora. Como es fácil suponer, esta primera acción puede suceder a cualquier hora del día, porque para recibir impresiones del exterior no hay horarios.

En lo que sí mantengo una cierta disciplina es en  la tarea diaria de ponerme frente al ordenador y empezar a teclear. Suele ocuparme un par de horas al día, entre las seis y media y las ocho y media de la tarde. En esto soy bastante cumplidor, aunque naturalmente al no ser una obligación inexcusable cualquier otra actividad puede obligarme a desertar de mi autoimpuesta obligación.

En la primera sesión escribo de un tirón un artículo entero, aunque evidentemente a falta de corregir la forma y el fondo, sobre todo la primera. Digo esto, porque cuando me siento frente al ordenador ya he madurado el mensaje que quiero dar y rara vez me aparto de la idea original. La redacción es otra cosa, porque uno de mis muchos defectos es un inútil perfeccionismo y, como consecuencia, nunca estoy totalmente satisfecho con las palabras elegidas.

En la segunda sesión remato la idea. Pero por lo general no publico el artículo recién acabado hasta unos días después, porque durante los siguiente lo vuelvo a leer y releer hasta que mi criterio me dice que adelante. Mientras tanto el artículo con su foto permanece como borrador en el blog. Por cierto, la elección de la foto requeriría alguna explicación, pero me limitaré a decir que Internet me ayuda mucho a escoger lo que pretendo. Hay imágenes para todo, incluso para las ideas abstractas.

Confesado lo anterior, hoy sólo voy añadir que mi intención es continuar escribiendo aquí. Dada las circunstancias, no me planteo un nuevo objetivo numérico -el millar de artículos- porque las neuronas se van perdiendo día a día y puede que llegue un momento en el que ni siquiera me acuerde de como acceder a la nube para encontrar en ella “El huerto abandonado”. Eso sí, la contraseña la tengo apuntada en un cuaderno. Otra cosa será que se me olvide en cuál.

Suma y sigue.

21 de septiembre de 2025

No es torpeza, es ineptitud

 

Siempre me ha llamado la atención la falta de rigor político que  observo en el estilo de hacer oposición de Feijóo. Al principio, cuando después de llegar a Madrid rodeado de una aureola de moderación y centralidad empezó a soltar las primeras andanadas de brocha gorda, creí que se trataba de un error de principiante que iría corrigiendo a medida que entrara en el detalle de los grandes temas de interés nacional.

Es cierto que me extrañó tanta torpeza, pero en mi fuero interno le di un voto de confianza. Me resultaba difícil aceptar que estuviéramos ante otra Ayuso o ante otro Abascal. Pero a medida que fue pasando el tiempo y fui comprobando que era incapaz de hacer oposición política en el exacto sentido de la expresión, quiero decir de plantear alternativas a las propuestas del gobierno, empecé a pensar que se trataba limpia y llanamente de impericia, quizá motivada por el hecho de que no es lo mismo administrar una comunidad autónoma que un país de tanto peso y complejidad como es España.

Luego pasé por una fase de análisis detallado de sus mensajes y descubrí que los insultos y las descalificaciones hacia Sánchez, no sólo crecían en maledicencia, sino además en frecuencia. Del dimita usted pasó primero al apelativo de ocupa de La Moncloa, después a las acusaciones de corrupción de su entorno, más tarde a señalarlo como capo de una banda de mafiosos, para acabar inculpándolo de vivir de la prostitución. Quién sabe cuál será el próximo capítulo, porque visto lo visto quizá lo acuse de haber convertido los jardines que rodean su residencia en una plantación de marihuana. 

En mis últimas reflexiones he llegado a la conclusión de que no se trata de torpeza sino de absoluta y total incompetencia. Cuando a uno le toca hablar y no sabe de qué, el truco recurrente es cambiar de tema y desviar la conversación hacia otros derroteros más sencillos. Al señor Feijóo no le he oído jamás un juicio sobre asuntos económicos, sobre empleo, sobre crecimiento, sobre productividad o sobre diversificación de la actividad económica. La razón debe de ser que no tiene ni idea de estos asuntos y, claro, entrar en debates parlamentarios cuando se está en mantillas es muy peligroso. Resulta más fácil decir que la corrupción se ha instalado en casa del presidente del gobierno que entrar en materia política.

Pero es que tampoco tiene criterio sobre las difíciles relaciones internacionales. Se limita a leer cuatro consignas que le dictan sus colaboradores y a utilizarlas como señuelos distractivos. ¿Sabemos qué opina de la guerra de Ucrania? Del exterminio del pueblo palestino de Gaza sí dice algo de vez en cuando, evasivas para eludir que estamos asistiendo a uno de los mayores genocidios que han conocido las generaciones actuales.

Mucho me temo, por tanto, que lo suyo no sea torpeza sino ineptitud. A veces me pregunto si contará con un equipo de asesores que le marquen una cierta línea política, que le vayan enseñando poco a poco el arte de gobernar. Pero la respuesta que me doy es que, si ese gabinete existe, su exclusivo cometido debe de ser asesorarle sobre por dónde puede aumentar aún más el calibre de sus groseros insultos. Porque de los temas que de verdad interesan a los españoles tampoco deben de entender gran cosa.

17 de septiembre de 2025

Sí: es genocidio

 

Cada día que pasa resulta más evidente que a los líderes del Partido Popular -de los de Vox qué voy a decir- se les hace muy cuesta arriba aceptar que la masacre continuada de palestinos en la franja de Gaza constituye un genocidio. Algunos de sus líderes, como el alcalde de Madrid, argumentan que no lo es porque genocidio fue el holocausto provocado por los nazis contra los judíos durante la segunda guerra mundial. En su lógica no cabe que lo de Palestina también lo sea, como si se tratara de una contradicción. Feijóo no razona con las mismas premisas que Almeida, se limita a utilizar eufemismos, como el último que se le ha oído, que lo que está sucediendo es una tragedia humanitaria. Díaz Ayuso ni se molesta en disquisiciones semánticas, con acusar a Sánchez de perseguir en Madrid a los judíos se queda más ancha que larga.

No tengo claro qué hay detrás de esta encubierta defensa por parte del PP de los que están masacrando a la población gazatí, aunque sospecho que, además de no querer ganarse las antipatías de Trump, esté el temor a que Sánchez logre movilizar a favor de la causa palestina a una gran parte de la población española, además de contribuir con su política de denuncias a despertar muchas conciencias europeas que por distintas causas parecen estar adormecidas. Sería un éxito político que le daría un gran prestigio, lo que a la oposición no debe de hacerle mucha gracia.

La expresión “estar al lado de la Historia”, en boca de muchos estos días y que parece sacada de un manual de proverbios o de consignas políticas, no es baladí. La magnitud de las atrocidades cometidas por los colectivos humanos no suele verse en su totalidad cuando se observan a corto plazo. Por lo general es preciso que pasen años y a veces hasta lustros para que se pueda medir su alcance, porque se necesita que el tiempo elimine los vapores de subjetividad que empañan la realidad.

Le he oído decir a Josep Borrell, ex alto representante de política exterior de la Unión Europea durante varios años, al que por tanto no se le puede negar un gran conocimiento de los conflictos internacionales, que el genocidio de Gaza constituye una de las páginas más oscuras de la historia de la humanidad. Hace unos días, durante el primer ataque para ocupar la ciudad de Gaza por parte del ejército de Israel, en poco más de seis horas de bombardeos continuos se contabilizaron hasta sesenta y cinco muertos. Sin embargo, como la noticia es recurrente, un día sí y otro también, parece como si la tragedia no acabara de calar en la conciencia de los ciudadanos europeos, como si la barbarie cometida por Netanyahu no fuera con ellos. Incluso algunos han llegado a interiorizar que se trata del derecho de Israel a defenderse.

A pesar de los altercados callejeros, de los porrazos de los antidisturbios y de los cortes de tráfico, yo aplaudo a los que con decisión y sobre todo con tenacidad han conseguido que la Vuelta Ciclista a España no acabara donde estaba previsto. Es una forma muy expresiva de poner de manifiesto el apoyo a un pueblo, el palestino, sometido a un proceso lento y cruel de aniquilamiento. Ojalá cunda el ejemplo y veamos en Europa otras interrupciones y otras muestras de solidaridad con las víctimas del genocidio.

El primer paso ya se ha dado y me siento muy orgulloso de haya sucedido aquí, en mi país.

13 de septiembre de 2025

Inmigrantes

 

Estoy convencido de que el complejo asunto de la inmigración se está tratando en Europa y en España en particular con una gran falta de realismo. Por los dos lados, por el de los que hacen del “buenismo” bandera de la defensa de los inmigrantes irregulares y por el de los que desde la xenofobia y el racismo cargan sus iras y sus odios contra cualquier extranjero que viva en nuestros países. Este tema es lo suficientemente complicado como para no tomárselo con la ligereza con la que se lo toman muchos ciudadanos. Se trata de una cuestión que afecta a los derechos humanos, pero también al futuro desarrollo económico de nuestro entorno geopolítico.

Que quede claro que yo, en cualquier caso, siempre antepondré la consideración de seres humanos que me merecen los inmigrantes a cualquier otra. Pero esta premisa no me impide reconocer que las avalanchas de inmigrantes que llegan a nuestro país y la obligada concentración de menores en centros inadecuados y mal dotados de recursos para atenderlos originen problemas de convivencia. La mayoría de los ciudadanos no sufrimos las consecuencias en primera persona, pero sabemos que hay vecindarios que viven en constante alarma por la presencia de “centros de MENAS” en su proximidad. No se me ocurre decir que se trate de delincuentes, pero qué duda cabe que cualquier grupo de adolescentes desatendidos y con niveles de formación bajos pueden potencialmente crear conflictos.

Por eso, si a la obligada defensa de los derechos humanos unimos que España para mantener su desarrollo económico necesita inmigrantes, está claro que hay que activar protocolos de asimilación y de atención adecuados. Por supuesto que estos planes cuestan dinero, pero, visto desde una perspectiva económica, el retorno de la inversión está garantizado. Los partidos políticos, en vez de enzarzarse en discusiones sectarias sobre el trato que hay que dar a los inmigrantes, deberían ponerse de acuerdo en promover políticas, no sólo de asilo, sino sobre todo de asimilación. Porque se trata de una necesidad nacional.

Lo que sucede es que ahora todo está enmascarado por la suicida confrontación entre progresistas y conservadores, los primeros defendiendo la inmigración contra viento y marea y los segundos pidiendo que se les impida la llegada a tiros si fuera necesario. No hay realismo por ninguna de las partes, porque la izquierda no debería dar la espalda a los conflictos sociales que una inmigración descontrolada puede originar ni la derecha olvidar que, además de que España necesita a los inmigrantes, son personas a las que hay que tratar como se merecen.

Pero como vivimos tiempos de turbulencias políticas, de anteposición de intereses partidistas a los que de verdad habría que atender sin miopías ideológicas y sin mezquindades sectarias, lo cierto es que no parece que ni los unos ni los otros estén dispuestos a aceptar el reto de arbitrar políticas inteligentes de asimilación para los que llegan a nuestro país con el único y legítimo propósito de mejorar su nivel de vida.

Los bosques se incendian por falta de medidas preventivas y los inmigrantes se hacinan porque nadie es capaz de entender que se trata de un fenómeno imparable al que hay que dar el tratamiento adecuado. Mientras tanto, todos a la gresca y la casa sin barrer.

8 de septiembre de 2025

El universo no tiene límites

 

En mis elucubraciones, me pregunto con frecuencia cuándo y cómo se originó el universo. La conocida teoría del Big Bang (la gran explosión) a mí no me convence, no porque niegue su existencia, ocurrida según los científicos hace casi 14.000 millones de años, sino porque mi razón me dicta que si hubo una explosión es porque algo había antes. No puede explotar lo que no existe.

Algunos resuelven la incógnita del origen del universo acudiendo a la figura del creador. Pero la pregunta que viene a continuación es quién creó al creador. Como no soy creyente, quiero decir que no acudo a interpretaciones que no admita mi capacidad de razonar, me he dado a mí mismo una respuesta, la de que el universo siempre ha existido, nadie lo creó. No sólo eso, sino que además nunca desaparecerá. El universo no tuvo principio ni tendrá final. 

Pero es que, además, creo que sus dimensiones también son infinitas. No entra en mi lógica que tenga límites, que exista una frontera a partir de la cual ya no hay universo, sólo hay nada o, mejor dicho, la nada. El universo no puede ser como esas bolas de nieve que en su día estuvieron tan de moda. Sus límites, por tanto, son inaccesibles.

Lo que sucede es que nuestra mente está poco evolucionada y no es capaz de asimilar el concepto de infinitud, porque está moldeada por experiencias basadas en la finitud. Todo tiene un principio y todo tiene un final. Sin embargo, el infinito sí está presente en las matemáticas y en la filosofía, porque sin ese concepto cualquiera de estas dos ramas del conocimiento se quedaría coja.

Decía al principio que se trata de una elucubración, y decía bien, puesto que no es más que una teoría sin bases sólidas. Pero a mí me vale para darme una contestación a la pregunta de dónde venimos o, por los menos, para que la inquietud sobre el origen del universo no me distraiga de otros menesteres más al alcance de mis entendederas. Los creyentes de cualquiera de las incontables religiones que existen y han existido en el mundo han elaborado el concepto del dios creador del universo. ¿Por qué no puedo yo elaborar mi propia teoría y aceptarla como principio?  Si hubiera que darle un  nombre podría valer el de teoría de la no creación o, más académico, de la infinitud del universo.

Es cierto que a partir de aquí surgen muchas preguntas, casi todas contestadas ya por la ciencia. Una de ellas es el origen del hombre. Darwin, con su extraordinaria teoría de la evolución dejó muy claras las cosas, aunque, como reacción a las interpretaciones que contradigan la existencia del creador, haya resurgido las teorías creacionistas, sin más justificación que la fe. Una vez más, ciencia contra fantasía.

Pero, volviendo al tema que hoy me ocupa, el universo, según mi hipótesis, ni es finito en extensión ni lo es en tiempo. No tiene límites, ha existido siempre y nunca desaparecerá. 

Ahora bien, que nadie me pida que lo demuestre.

4 de septiembre de 2025

El imperio se hunde

 

Con la palabra imperio me refiero hoy aquí al conjunto formado por los EE. UU. de América y sus aliados occidentales. Por analogía con otras etapas de la Historia, a mí siempre me ha parecido que designar con este apelativo al grupo de naciones en el que los europeos nos consideramos inscritos no se aleja demasiado de nuestra realidad geopolítica. Existe una potencia dominadora -antes Roma, ahora USA- y un emperador -antes los césares romanos, ahora los presidentes americanos-. Ni pretendo utilizar el término en sentido peyorativo ni mucho menos sentar cátedra con mi atrevimiento. Sólo que nos entendamos.

Dicho lo anterior, tengo la sensación de que nuestro imperio se está hundiendo, como le sucedió al romano. En este último caso fue debido a la debilidad de Roma, que propició la invasión de los bárbaros del norte; en el nuestro, porque la deriva populista, antidemocrática e incoherente del inquilino de la Casa Blanca nos está convirtiendo en el hazmerreír de Rusia y China.

Cuando Trump ganó las elecciones por segunda vez, confesé en este blog que confiaba en que la inercia democrática de las instituciones americanas frenara las veleidades del nuevo presidente. En mi cabeza no entraba que, por muy ajeno que estuviera de la realidad política, los jueces le permitieran comportamientos anticonstitucionales. No es que yo fuera entonces un ingenuo, sino que mi experiencia me dictaba la imposibilidad de que un inquilino de la Casa Blanca pudiera cometer desatinos de la envergadura de los que estamos viendo día tras día. En realidad, creía en aquello de que perro ladrador poco mordedor.

El espectáculo de Alaska, con alfombra roja, sonrisas de oreja a oreja y aplausos halagadores, una auténtica pantomima surrealista, se hubiera quedado sólo en esperpento si no fuera por lo que ha venido a continuación, el fracaso total de la diplomacia americana frente a la rusa. En poco menos de veinticuatro horas, Trump pasó de considerarse el triunfador de aquella jornada memorable a reconocer tácitamente que le habían tomado el pelo.

De todas las promesas sobre política exterior que hizo durante la campaña electoral no ha cumplido ninguna. Porque los sátrapas, Putin y Netanyahu, en vez de atemperar los ánimos y abandonar sus políticas expansionistas, han recrudecido los ataques asesinos a Ucrania y a Gaza respectivamente. Se han reído y se siguen riendo del emperador en su cara. Pero, lo que es peor, al comprobar que Trump no tiene nada que ofrecerles, le han perdido por completo el respeto, porque han comprobado la debilidad de su imperio.

Así empezó Roma antes de su caída. Las legiones romanas eran  poderosas y capaces de defender las fronteras del imperio, pero la ineptitud de sus emperadores fue poco a poco animando a los pueblos germánicos, empujados por los hunos, a atacar, hasta que lograron acabar con el inmenso poder de aquel imperio.

Europa, que nos guste o no es parte de este imperio, debe incrementar su autonomía frente a Washington, porque de no hacerlo corre el riesgo de hundirse con la “metrópoli”. Algunos pasos se están dando, es cierto, pero se me antojan insuficientes. Después, cuando Washington sea consciente de nuestra capacidad de decidir lo que más nos interese, podremos seguir en alianza, porque la unión hace la fuerza, pero no tendremos que seguir a ciegas los dictámenes del emperador de turno. Los castizos dicen, juntos pero no revueltos.

31 de agosto de 2025

Ciudadanos tranquilos, políticos desaforados

 

Cuando miro a mi alrededor tengo la sensación de vivir en un país desarrollado, con niveles de vida semejantes al de los países europeos que conozco, rodeado por un ambiente de libertades democráticas, entre ciudadanos pacíficos en los que la agresividad brilla por su ausencia. Sin embargo, cuando oigo a ciertos políticos pregoneros de desgracias, con el insulto permanente en la boca, llamando a la desunión y a la confrontación entre compatriotas, me parece haber salido de la realidad y haber entrado en un mundo paralelo. El contraste es tal, que me cuesta un gran trabajo entender qué está pasando.

Siempre he procurado mantener mi confianza en la actividad política -lo que no significa en los políticos-, razonando que se trata de la necesaria confrontación de opiniones para que las sociedades funciones. Sin dirigentes es imposible coordinar esfuerzos, corregir defectos y establecer prioridades. Si a lo anterior le añadimos que no todos creemos en las mismas soluciones, la necesidad de defender por encima de todo un sistema democrático está servida.

Pero cuando entro en ese mundo paralelo que señalaba arriba, cada vez que oigo descalificación tras descalificación, llamadas a la rebeldía tras llamadas a la rebeldía, mentira tras mentira, mis convicciones se tambalean. Estamos viviendo una época de actitudes canallas, de impaciencias bochornosas, de políticos macarras, de falta de sentido de Estado, de desinformación. Todo vale con tal de conseguir el poder. Parece como si el objetivo de la política no fuera el bien común, sino desplazar al que detenta el poder para hacerse con él a costa de lo que sea.

Cuando en una pelea callejera uno de los contrincantes saca la navaja, el otro puede intentar convencerlo de que se puede llegar a un acuerdo sin necesidad de transgredir las normas. Pero si el navajero no desiste de sus intenciones malsanas, a su rival no le queda más remedio que defenderse de la agresión. Lo que sucede es que posiblemente los que contemplen la escena llegarán a la conclusión de que la culpa es de los dos, cuando en realidad ha habido un agresor y un agredido que se defiende.

Salvando las distancias, lo que está sucediendo ahora en España se parece mucho a una pelea callejera. Cuando el otro día un portavoz de la Junta de Castilla-León confesó que era cierto que recursos enviados por el gobierno central para apoyar la lucha contra los incendios no habían sido utilizados por decisión de las autoridades autonómicas, después de que su presidente denunciara la falta de apoyo del Estado, estaba poniendo de manifiesto el juego sucio en que algunos apoyan su estrategia de confrontación. Por si fuera poca la desfachatez, Fernández Mañueco, en vez de dar algún tipo de explicaciones sobre la manifiesta incoherencia, decidió respaldar explícitamente las decisiones de sus colaboradores.

Otro portavoz popular, con el rostro bronceado tras sus vacaciones, cuando todavía no le había dado tiempo para tomar contacto con la realidad, acusa sin miramientos a la directora de Protección Civil nada más y nada menos que de pirómana, cuando los españoles la hemos estado viendo día tras día a través de los medios de comunicación coordinando las operaciones para extinguir los incendios forestales.

Pero insisto en lo que decía al principio: a pesar de las navajas de algunos políticos, vivimos en una sociedad civilizada y pacífica que no se merece lo que está viendo y oyendo.

28 de agosto de 2025

El hombre creó a Dios

Voy a tratar de explicar una curiosa teoría que acabo de leer en un ensayo, escrito por Juan José Millás en colaboración con Juan Luis Arsuaga -escritor y paleontólogo respectivamente-, en realidad un conjunto de reflexiones sobre los orígenes del ser humano. Por cierto, un libro especulativo, en el que la visión científica del segundo está continuamente presente, aderezada con la correspondiente dosis de buena literatura a la que nos tiene acostumbrados el primero. Ni que decir tiene que a mí me está encantando por su amenidad, pero sobre todo por la originalidad del formato.

Sostiene el catedrático de paleontología y director del yacimiento prehistórico de Atapuerca que las culturas primitivas ofrecían sacrificios a sus dioses con la exclusiva intención de alagarlos, porque el imaginario colectivo no consideraba que tuvieran ninguna influencia en el devenir de sus vidas. Eran sociedades desordenadas y caóticas, en las que los convencionalismos todavía no habían hecho acto de presencia. No había normas de conducta y primaba la ley del más fuerte. De manera que a aquellos hombres ni se les pasaba por la imaginación que sus dioses les pudiera exigir responsabilidades.

Pero a medida que las sociedades fueron evolucionando y como consecuencia desarrollando normas de convivencia, aquellos dioses, en principio tan sólo venerados, se fueron convirtiendo en dioses meticones, porque empezaron a ser considerados árbitros de los comportamientos humanos, garantes del orden y concierto social y referentes de la bondad frente a la maldad. En definitiva, las sociedades primitivas, a medida que fueron alcanzando mayores niveles de desarrollo, modificaron la concepción de sus divinidades, convirtiendo sus figuras en modelos de su ideal de comportamiento. Dicho de otro modo, los hombres fueron creando a Dios a medida de sus necesidades colectivas, como garantía de convivencia.

Arsuaga cita las sociedades precolombinas. Tenían dioses, todavía no meticones, y las religiones y sus representantes, los sacerdotes, se limitaban a ofrecer sacrificios para que las divinidades estuvieran contentas y no los molestaran. La llegada de los españoles con su Dios cristiano modificó el estatus, porque los nativos aceptaron éste y abandonaron los anteriores. En este caso, no se trató de una evolución sino de una imposición.

Es curioso pensar en que la paleontología, es decir, la ciencia que estudia la evolución de los seres vivos a través de sus restos fósiles, ayude a formular teorías que lindan con la filosofía o, como en este caso, con la teología. Pero es que basta con indagar en nuestros orígenes para que una enorme cantidad de preguntas aparezcan y, aunque nunca lleguemos a conocer sus respuestas, al menos ayudan a entender mejor el enigmático universo en el que vivimos.

Lo cierto es que la lectura de este libro me ha abierto un gran interés por la paleontología que, como tantas otras inquietudes, quizá tuviera adormecida. Lo he confesado en varias ocasiones, me considero un aprendiz de todo y un maestro de nada, porque me suelo quedar en las primeras lecciones, lo que sólo me permite considerarme un principiante frustrado. ¡Qué le vamos a hacer!

24 de agosto de 2025

El Vaticano y los vaticanistas

 

Siempre he sentido curiosidad por todo aquello que rodea a la organización de la Iglesia Católica, me refiero a los aspectos  terrenales y no a los religiosos. Como mi lógica no admite que la supervivencia de esta organización a lo largo de veinte siglos de existencia se deba a la intervención divina, hace muchos años que me  intereso por conocer los mecanismos que han permitido su continuidad a lo largo del tiempo. Por supuesto, tan vasto periodo implica haber atravesado múltiples escenarios históricos, pero no entra en mis propósitos de hoy hacer un análisis de la complicada historia de la Iglesia, ni mucho menos. Simplemente me voy a limitar a exponer algunos razonamientos sobre el periodo contemporáneo y más concretamente sobre los últimos decenios.

En primer lugar, creo que se trata de una organización muy descentralizada, a la que, con independencia de los postulados doctrinales básicos, sólo une el convencimiento de que, sin la aceptación de una autoridad indiscutible, cada una de las partes corre el riesgo de desaparecer. Esto explica la veneración y el boato místico que rodea a la figura del papa. Cismas en la Iglesia a lo largo del tiempo ha habido muchos, pero, salvo alguno, como el de oriente (siglo XI) que dio lugar a la separación entre ortodoxos orientales y católicos romanos, la mayoría de ellos han sido encapsulados y aislados por el Vaticano. Ahora sigue surgiendo alguno, pero son disidencias minoritarias con muy poca repercusión.

Como consecuencia de lo anterior, la Santa Sede, o autoridad nuclear de la Iglesia Católica, que constituye el centro neurálgico de una organización que se extiende por el mundo entero, se ha convertido en uno de los poderes terrenales más influyentes del mundo católico y no católico, porque desde ella se mueven unos poderosos hilos capaces de movilizar las opiniones públicas de muchos países.

Este poder de influencia en el comportamiento de tantos ciudadanos obliga a la Iglesia a actuar con enorme cautela, uno de sus signos de identidad, fenómeno que a su vez explica la lentitud que se observa en sus movimientos, ritmo muy difícil de entender en un mundo tan cambiante como el que nos está tocando vivir. Quizá sea éste uno de sus puntos débiles, preocupación que sin lugar a dudas guio las políticas del papa Francisco, muchas de las cuales se han quedado sólo en intenciones, porque en la curia ha prevalecido ese principio de cautela heredado de tantos siglos de andadura.

Naturalmente, detrás de todo esto se esconde una refinada diplomacia, la llamada vaticana, y una sólida situación económica, en cuyos detalles no voy a entrar porque no es ésta mi intención de hoy. Con la primera maneja las relaciones a todos los niveles a lo ancho y a lo largo del orbe; con la segunda, afianza su poder donde encuentra obstáculos insalvables. Con buenas y prudentes palabras se evitan los conflictos y con dinero se allanan las dificultades.

Ante la continua deserción de los católicos del mundo occidental desarrollado, formado por sociedades cada vez más laicas y por tanto menos proclives a las “seducciones” vaticanas, la pregunta que me hago es si la continuidad de la institución como la hemos conocido hasta ahora será posible en el futuro. Tengo la sensación de que la evangelización en el tercer mundo continua y tiene un porvenir a corto plazo asegurado; pero al mismo tiempo sospecho  que en Europa y en Norteamérica, es decir, en los países desarrollados de tradición cristiana, la influencia del Vaticano y de los vaticanistas va disminuyendo  y con el tiempo dejará de ser tan decisiva como lo es ahora. 

¿Significa esto que la Iglesia corre el peligro de convertirse en un referente espiritual en exclusiva del mundo subdesarrollado?  Si la curia no cambia el paradigma, a mí no me extrañaría.


20 de agosto de 2025

Viajeros y turistas

 

(Dedicado a mi amigo Ángel)
Tengo la opinión de que hay una gran diferencia entre hacer turismo y viajar. Es verdad que en ocasiones la frontera entre una y otra categoría no está clara, porque hay viajeros que se apoyan en el turismo y turistas que intentan convertir sus excursiones en verdaderos viajes. Yo, por ejemplo, confieso ser turista, pero me queda la íntima satisfacción de intentar siempre que me es posible convertir mis desplazamientos en viajes. Suelo estudiar antes el escenario que voy a visitar, tomo notas de lo que veo, oigo y hablo y, a la vuelta, procuro consolidar lo aprendido, en ocasiones escribiendo algunos apuntes. Pero, a pesar de todo, no puedo evitar considerarme un “simple” turista.

El viajero es otra cosa. Quizá la primera diferencia sea el amor al riesgo, a la improvisación, sin que le preocupen demasiado los inconvenientes que puedan surgir, porque las dificultades forman parte del atractivo. Esa pizca de aventura, de amor a las improvisaciones, es propia de viajeros. Los turistas, yo entre ellos, pretenden que todo esté previsto, no quieren llevarse sorpresas y huyen de los inconvenientes. Todo tiene que salir como estaba previsto, porque si no vaya chasco.

Tengo un amigo, viajero y no turista, que disfruta incluso con las trabas que en ocasiones encuentra para obtener un visado en la oficina diplomática de turno. Excuso decir que si el hotel no es el que esperaba, ¡qué le vamos a hacer!  Si le cancelan un traslado en autobús cuyo trayecto a través de la India estaba calculado en seis horas y le ofrecen otro alternativo que le obliga a estar sentado sin moverse de su asiento durante diez horas, mejor, porque así tiene la ocasión de ver más cosas y con más detenimiento. En cuanto a las visitas a los templos o a los monumentos, nada de ir en grupo tras la sombrilla de una guía, porque por tu cuenta, sin colas y sin premuras se disfruta más.

Países visita todos los que puede, pero si le das a escoger entre la civilizada Suecia y la enigmática Birmania, siempre se inclinará por ésta. La primera ofrece pocas dificultades y en la segunda te puedes encontrar de repente, en mitad de un bulevar urbano, una manada de monos en actitud poco tranquilizadora. Los viajes de una semana que suelen ofrecer los turoperadores le parecen excursiones a la Casa de Campo.  Procura no bajar de treinta días y, si puede, los alarga. Pero es que, además, repite los destinos, porque siempre le quedan cosas por ver. Un día le pregunté si le gustaba la literatura de viajes y me miró de arriba abajo con una mirada irónica que no dejaba lugar a dudas sobre su opinión. No insistí, claro. Le he oído decir, qué pena porque, como la vida es tan corta, no me va dar tiempo de ver todo aquello que quisiera. Mi amigo, ya lo he dicho, no es un turista, es un viajero.

Lo malo de viajar o de ser turista es que llega un momento que no se puede con la maleta a cuestas. A mí me está llegando, lo noto día a día. Intentaré alargarlo todo lo que pueda, pero en mi coche y con trayectos cortos. Eso sí, siempre me quedará el consuelo de decir que me quiten lo “bailao”.

16 de agosto de 2025

Puto ultraneoliberalismo

 

Pido perdón por el título que hoy he elegido, porque la palabra ultraneoliberalismo contiene demasiados prefijos, recurso literario que en mi opinión es muy poco elegante. Pero hay ocasiones en las que no me gusta andarme con circunloquios.

Lo que está sucediendo este verano con los incendios forestales tiene una causa evidente, la falta de recursos económicos dedicados a atender los servicios público. Se conocía la disminución que paulatinamente estaban sufriendo los presupuestos dedicados por algunas comunidades a sanidad y a educación, con el consiguiente deterioro de estas prestaciones sociales, pero hasta ahora poco se había hablado de lo que en estos momentos está aflorando, que los bomberos forestales trabajan en condiciones precarias y que una parte de los recursos dedicados a combatir los incendios que destruyen nuestros bosques y ponen en peligro vidas humanas y propiedades han sido privatizados en los últimos años.

Una vez más estamos asistiendo al bochornoso espectáculo de una oposición defendiendo su falta de capacidad de gestión y la merma de los presupuestos inherentes al gasto social  mediante ataques al gobierno, recurso recurrente en quienes lo único que pretenden es aprovechar cualquier catástrofe para atacar a las instituciones del Estado. Cuando se sabe que la responsabilidad constitucional de combatir los incendios forestales recae en los gobiernos autonómicos, Feijóo arremete contra Sánchez y sus ministros, a quienes acusa de no poner los recursos necesarios para combatir el fuego, como si los efectivos de la UME o de la Guardia Civil o los aviones y helicópteros de las Fuerzas Armadas no formaran parte de las instituciones del Estado. No sólo miente, sino que además pone en evidencia su ignorancia en temas institucionales. Su última ocurrencia ha sido solicitar la intervención de los ingenieros del ejército, como si éstos estuvieran preparados para realizar labores de extinción de incendios Parece como si quien aspira a ser algún día presidente del gobierno de la nación no supiera dónde empieza y dónde acaban las responsabilidades de cada una de las partes que componen el Estado.

Algún presidente de comunidad ni ha estado ni se le ha esperado en el escenario de los incendios, porque deben sobrevalorar las vacaciones y no han querido interrumpirlas. El caso de la presidenta de Madrid resulta llamativo, porque a pesar de los incendios no se ha movido de Miami hasta cuando tenía previsto, es decir, hasta cuando debía asistir a las fiestas de la Virgen de la Paloma. Pero eso sí, lanza desde Florida un mensaje de los suyos, en el que entre otras lindezas suelta que España es un país “apagado” por la incompetencia de Sánchez y, nada más llegar, se presenta en Tres Cantos para contemplar los rescoldos del incendio.

Lo de la DANA de Mazón no ha servido de advertencia a ciertos presidentes de comunidad. Al primero se le perdonó su todavía no justificada ausencia cuando se estaban ahogando más de doscientos de sus conciudadanos, concediéndole la oportunidad de redimir su ineptitud con su gestión al frente de las labores de recuperación de la normalidad tras la catástrofe. A Mañueco y a Díaz Ayuso quizá se les disculpe la sobrevaloración de sus vacaciones, porque los bosques tarde o temprano acaban rebrotando.

No, no es posible tanta hipocresía, tanto populismo y tanta incompetencia. España no se merece esto.

14 de agosto de 2025

Volantazo a la ultraderecha

 

Si algo tuvo de utilidad el último congreso de los populares de Feijóo, es que dejó las cosas mucho más claras de lo que estaban. Se sabía, porque no lo disimulaban, que representaban una opción conservadora con ideas muy próximas a las de la ultraderecha que lidera Abascal. Pero ahora, tras el discurso de clausura del presidente del PP, ya no queda la menor duda. No sólo se niega a establecer cordones sanitarios alrededor de Vox como hacen muchos de sus socios conservadores europeos, sino que además dedica a este partido palabras elogiosas, con la mente puesta en la más que probable necesidad que tendrá en su momento de contar con los apoyos de este partido xenófobo y racista.

En las declaraciones posteriores anunció a los suyos que pretende gobernar en solitario, intentando con esta afirmación quitar hierro a la más que evidente necesidad de formar un gobierno de coalición o de llegar a un acuerdo de investidura entre PP y Vox. Las encuestas, por muy favorables que le puedan ser en estos momentos de intranquilidad socialista, dejan a su formación muy lejos de una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Por tanto, blanco y en botella. Por muchas vueltas que le dé Feijóo a la situación, su destino político está inexorablemente unido a la ultraderecha.

Por si hubiera alguna duda sobre el volantazo del partido popular a la derecha pura y dura, recomiendo oír el “memorable” (Feijóo dixit) discurso de Isabel Díaz Ayuso, una extraordinaria parodia de sí misma, donde no faltaron chistes como el de "me gusta la fruta" ni insultos de calado contra el presidente del gobierno. Pero si aún así alguien no tiene claro por dónde van a ir los tiros, que recuerde el nombramiento de Miguel Tellado como número dos del PP, un político que no encaja demasiado en el concepto de centralidad que tanto le gusta repetir a Feijóo.

El PSOE reunió a su Comité Federal, en el que ha pasado página y ha pasado a Page. De lo primero queda mucho que hablar y de lo segundo nada. Se sabe perfectamente cuales son los motivos que llevan al presidente de Castilla-La Mancha a una actitud de difícil encaje en el seno de un partido que atraviesa momentos de dificultad, ganarse el apoyo de un electorado que vota izquierdas siempre que ésta no signifique demasiados avances, dicho sea con absoluto respeto a los que le eligen. Pero lo dejo aquí, porque don Emiliano y sus discrepancias merecerían un artículo monográfico completo.

En cuanto a pasar página, ojo. Una cosa es que el PSOE no se haga el harakiri como les gustaría a sus vehementes opositores y otra que camine arrastrando los pies. A mi me han parecido buenas las intenciones que manifestó Sánchez en su discurso, pero en mi opinión la cosa no puede quedar ahí. Si es cierto que está con la misma determinación que siempre estuvo, que se ponga en marcha inmediatamente. Si la hoja de servicios de su gobierno es excepcional, como dijo y repitió, que no se duerma en los laureles y que continúe adelante con las reformas emprendidas, porque queda mucho por hacer. Si, además, no se trata de resistir sino de avanzar, adelante con decisión y sin complejos. 

Señores socialistas, dejen los vítores y las aclamaciones cesaristas para los que todavía no pueden cantar victoria y pónganse a trabajar, porque los progresistas de este país no sólo les piden que agoten la legislatura, sino además les exigen que recuperen la iniciativa y vuelvan a ganar la confianza de la mayoría de los ciudadanos en las próximas elecciones.

Lo ha dicho Feijóo: "o Sánchez o yo". Y ese yo tiene dos nombres, el suyo y el de Abascal.

10 de agosto de 2025

Títulos y mentiras

 

Hay polémicas que me sugieren varios tipos de reflexiones, como es ésta, recién surgida en plena canícula, sobre los embustes de algunos políticos a la hora de presentar y registrar sus currículos universitarios, una vieja añagaza, a caballo entre la presunción inmerecida y el molesto complejo de inferioridad.

Vayamos por partes. Nunca he creído que para ejercer determinadas responsabilidades de gestión en el ámbito de las administraciones sea necesario poseer un título universitario. Se puede no ser médico y ostentar el cargo de ministro de Sanidad o, por qué no, ser ministro de Defensa y no haber pasado por una academia militar. Lo que se exige en estos casos es tener capacidad para gestionar unas complejas organizaciones, responsabilidad muy alejada de la formación que otorgan esas enseñanzas.

En el ambiente militar se utiliza la expresión “el valor se supone”, una forma de dejar constancia de que mientras no se demuestre lo contrario se está en condiciones de enfrentarse a los riesgos inherentes a la profesión. Yo siempre he pensado que la posesión de un título universitario arrastra una consecuencia parecida a la anterior, la de que en igualdad de condiciones el paso por la universidad aporta una cierta presunción de capacidad organizativa, con independencia de los conocimientos específicos que otorgue la carrera en concreto. Pero aún así, no creo que por no haber logrado el título no se esté en condiciones de ejercer determinadas responsabilidades de gestión.

Es curioso observar como en EE. UU. se valora el número de años de permanencia en la universidad, con independencia de que se hayan concluido o no los estudios. Por supuesto que la obtención del título es muy importante, pero si no lo han obtenido expresan en sus CV el tiempo y los cursos aprobados. Como es lógico, puntúan distinto un caso u otro, pero el mero paso por un centro universitario se tiene en cuenta. Si eso ocurriera aquí, muchos de estos mentirosos habrían contado la verdad, porque sus mentiras suelen estar construidas sobre carreras no terminadas.

Puede ser que, por eso, por lo de “el valor se supone” algunos aspirantes a políticos profesionales edulcoren sus historiales académicos con títulos inexistentes, con másteres imaginados o con cualquier tipo de titulación académica que aumente ante los demás su potencial capacidad para desempeñar cargos públicos. Piensan que, cuantos más diplomas confiesen, más posibilidades tienen de entrar en los escalafones de los partidos. Por eso, si no los tienen se los inventan.

La otra reflexión que me merece esta polémica es que la mentira es uno de los mayores lastres que pueden acompañar a un político, porque pone en entredicho su capacidad en cualquier ámbito de responsabilidad. Mentir, sea en lo que sea, implica siempre una falta de fiabilidad, mucho más en unas personas que piden que depositemos en ellos nuestra confianza. Sólo por eso merecen el rechazo social.



5 de agosto de 2025

Los idiomas son cultura

Voy a contar una anécdota familiar a modo de introducción. Mis padres se casaron en agosto de 1941, dos años después de que acabara la guerra civil, tiempos en los que las muestras de "exaltación  patriótica" estaban a la orden del día. La utilización del castellano era obligada y no se aceptaban extranjerismos ni tan siquiera el empleo de las restantes lenguas españolas. 

Cuando estaban redactando las invitaciones de boda para encargárselas a la imprenta, empezaron a barajar distintas palabras que les sonaban bien, como cocktail o lunch, muy de moda en la preguerra, pero absolutamente fuera de lugar en aquellos momentos de ardor guerrero. Mi abuelo materno, muy aragonés él y con un gran sentido del humor, zanjo las dudas sugiriendo que utilizaran la palabra “fritadica”.

Bromas aparte, resulta curioso observar cómo determinado tipo de personas relacionan los idiomas con el patriotismo. En España, concretamente, se da el fenómeno de que algunos consideran que la utilización de las lenguas vernáculas fomenta la desunión entre los españoles y va en contra del amor patrio. En vez de aceptar la realidad del plurilingüismo de nuestro país como un hecho cultural de origen histórico indiscutible, arremeten contra su uso.

La Constitución puso orden en este asunto, porque los padres de la carta magna fueron conscientes de que de no hacerlo se podrían crear problemas en el futuro y, como consecuencia, dejaron claro que el catalán, el vasco y el gallego son idiomas cooficiales junto al castellano. Después, a medida que fue pasando el tiempo, se establecieron regulaciones de su utilización en las reuniones oficiales, como por ejemplo en el Congreso y en el Senado. Por eso, en la última conferencia de presidentes de comunidades autónomas, a pesar de los desplantes malhumorados de Isabel Díaz Ayuso, algunos de ellos se expresaron en su idioma materno.

Es cierto que si todos hubieran hablado en castellano la comunicación habría sido más fácil, aunque yo no veo ninguna dificultad en utilizar los pinganillos. Pero lo que no podemos olvidar es que detrás de toda esta polémica hay una actitud de legitima utilización de unos idiomas que forman parte del patrimonio cultural español y que, por consiguiente, todos estamos obligados a defender porque es de todos. Oponerse a ello es tratar de deslegitimar la cultura española y crear agravios innecesarios. 

Cuando me encuentro ante estas actitudes, una mezcla de chulería y de desprecio a una parte de la población española, me doy cuenta de que la intolerancia constituye una de las lacras que más perjudican el entendimiento entre las distintas regiones de España. Producen rechazo en los afectados por la desconsideración, pero también en los que creemos que la mejor política para evitar los movimientos nacionalistas es la aceptación de las diferencias lingüísticas, lo que no significa concesión de privilegios, sino simplemente reconocimiento de un legado cultural que ha persistido a través de los siglos y ha llegado hasta nosotros.

Pero parece que doña Isabel ignora estas consideraciones y “tira pa´lante”, lo que entusiasma a algunos de sus incondicionales, aunque disguste a millones de españoles que están orgullosos de su lengua materna. Siempre ha habido separatistas y separadores, como dijo don Miguel de Unamuno.

1 de agosto de 2025

Las ciudades gruyer

Cuando era alcalde de Madrid don Enrique Tierno Galván -hay personajes a los que siempre antepondré un don a su nombre- cayó en mis manos un libro que se titulaba "Consolidar Madrid", en realidad una publicación municipal de carácter divulgativo. Se trataba de una detallada descripción de los planes urbanísticos en la capital de España, por entonces en marcha o al menos en proyecto, de cuyo desarrollo posterior he ido siendo testigo a lo largo de más del medio siglo transcurrido desde entonces. En el preámbulo, el autor o los autores anónimos describían la capital de España como un queso de gruyer, con innumerables solares vacíos tras el derribo de lo que allí hubiera habido antes o a la espera de alguna maniobra especulativa.

Un viejo chiste dice que Madrid, cuando lo acaben, quedará muy bien. Pero las obras se han sucedido y se seguirán sucediendo siempre, porque las ciudades vivas para no morir necesitan una constante renovación de sus viales y de su caserío. Como soy un entusiasta urbanita, aficionado además al urbanismo, a mí las obras y las mejoras me produce la satisfacción de comprobar día a día la transformación del entorno en el que vivo, aunque en ocasiones los retrasos de lo ya anunciado me exasperen y las calles levantadas me causen algún  que otro incordio.

Mi barrio, situado en el madrileño distrito de Retiro, cuando hace cincuenta y tantos años llegué a él era una mezcla de zona residencial en expansión, tachonada con algunos restos de antiguas instalaciones de carácter industrial. Éstas hacía años que habían empezado a desaparecer por traslado a zonas periféricas de la ciudad y han ido siendo sustituidas poco a poco por modernos edificios de viviendas u oficinas. He gozado por tanto del privilegio de ver desde las ventanas de mi casa la transformación de un barrio que ahora en nada se parece al que fue, pero cuyo desarrollo futuro ya se conocía entonces o al menos se intuía. 

Mi vivienda esta situada en la que quizá sea la manzana más grande de Madrid, entendiendo como tal un gran patio central rodeado por edificios que se asoman a cuatro calles, en este caso las avenidas del Mediterráneo, de doctor Esquerdo y de Cavanilles y la calle de Sánchez Barcáiztegui. Su superficie total debe de estar comprendida entre los doce mil y lo quince mil metros cuadrados.

Pues bien, como restos de otros tiempos, el gran patio de manzana ha estado y sigue estando de momento ocupado, por no decir invadido, por un gran almacén de poca altura y con cubierta de uralita, sostenida por cerchas, con ese perfil en dientes de sierra tan característico de los edificios industriales. Pero a esta vieja reliquia de un pasado industrial ya lejano también le ha llegado el momento, porque el ayuntamiento está procediendo a su demolición, para ser sustituido por un polideportivo cerrado de cuyo proyecto no tengo apenas datos, sólo algunos avances, como que no sobrepasará la altura del actual tinglado y que dispondrá de una cubierta ecológica ajardinada. 

Para mí esta actuación municipal, que mejora sustancialmente la estética del entorno que me rodea, culmina aquel proceso que ya se había iniciado en los años setenta y que nunca creí que algún día vería terminado. 

Mi barrio, al menos, ya no parece un queso de gruyer.


28 de julio de 2025

Genocidio exterminador

 

Hay asuntos que ya he traído aquí en varias ocasiones y que es muy posible que siga trayendo de vez en cuando. Al principio, cuando, tras los atentados de Hamás en octubre de 2023 Israel inicio los ataques contra Gaza, casi nadie se atrevía a tachar las operaciones militares de genocidio. Pero, a medida que ha ido pasando el tiempo, ya son pocos los que todavía justifican la barbarie desatada contra los palestinos que viven en aquella zona. Sin embargo, la extrema derecha internacional, encabezada por Trump, sigue justificando la masacre y las derechas de algunos países eluden entrar en descalificaciones abiertas, escurriendo el bulto de las responsabilidades como suelen hacer en tantas ocasiones.

A la situación actual se le queda pequeña la calificación de genocidio, porque a lo que estamos asistiendo es a una auténtica operación de exterminio de todo un pueblo. Al fuego destructor de los tanques y los cañones israelíes se han unido en los últimos meses las muertes por inanición de una población que ni siquiera puede acercarse a la escasa ayuda humanitaria que le llega, porque el ejército de Israel, siguiendo las consignas de Netanyahu, apoyado desde el despacho oval por Trump, no contento con el genocidio perpetrado endurece los ataques en una clarísima operación para conseguir que los palestinos de Gaza desaparezcan de la faz de la tierra.

Al instinto exterminador de los actores activos de la tragedia se une el silencio cobarde y vergonzoso de los países de occidente, temerosos de herir los intereses de EE. UU., representados éstos en aquella conflictiva zona por Israel. La tímida actitud de unos, la abierta complicidad de otros y la incapacidad de la mayoría permite que el genocidio exterminador continúe y que los exterminadores campen por sus respetos. Ni siquiera el papa es capaz de pronunciar una palabra condenatoria, más allá de genéricas y alambicadas peticiones de paz y alguna solicitud de explicaciones cuando una iglesia católica fue alcanzada por los ataques israelíes.

Yo, como la inmensa mayoría de los ciudadanos, asisto cada día a través de la televisión a la masacre, a la imagen de niños depauperados, de ciudadanos blandiendo cacerolas para hacerse con algo de comida, de cuerpos destrozados extraído de los escombros. Me revuelvo en mi asiento y me pregunto si no me estaré convirtiendo con mi silencio en un aliado más de los genocidas. Un sentimiento de impotencia me invade y, lo que hasta ahora nunca me había sucedido, me doy cuenta de lo inútil de las protestas, de la imposibilidad de frenar esta ola desatada de violencia mientras Trump esté donde está y Netanyahu continúe al frente de su país.

Es tremendo, pero la sinrazón ha llegado a unos extremos de ignominia que me recuerdan otros tiempos ya pasado. Y entonces me pregunto, ¿no será que Atila y Al Capone han vuelto formando un frente destructor para saciar sus intereses.

Sólo me queda el consuelo inútil de denunciar desde aquí el genocidio exterminador.


24 de julio de 2025

Mal de muchos, preocupación de sabios

Me había propuesto no entrar durante la temporada estival en temas de carácter político, pero resulta que el caso Montoro me ha hecho dar un brinco en mi cómodo sillón veraniego, abrir el ordenador y ponerme a escribir. Siento renegar de mis buenas intenciones, pero es que no lo puedo remediar. Que un ministro de Hacienda haya utilizado el gobierno primero y el parlamento después para, mediante la aprobación de leyes que bajan los impuestos a las grandes corporaciones, obtener a cambio pingües beneficios, es de tal indecencia que me resulta imposible permanecer callado. Este escándalo significa que el Estado en su conjunto ha maniobrado para robar a los españoles. Se podrá contar como se quiera, pero mi interpretación es esa. Bajar los impuestos a los ricos para favorecer sus intereses es condenar al resto de los ciudadanos a disponer de menos recursos económicos y por tanto de menos prestaciones.

A mí la corrupción me preocupa venga de donde venga y aquí en este blog ya lo he manifestado en varias ocasiones. Pero, permítaseme la distinción, no es lo mismo que proceda de mangantes desaprensivos a que se arbitre a través de la manipulación fraudulenta de las instituciones del Estado. En el primer caso hay que poner a los delincuentes en manos de los tribunales y desear que éstos hagan justicia. Pero aprobar leyes para obtener dinero como contraprestación a los beneficios obtenido por los más poderosos del país es corrupción institucional, cuya categoría sobrepasa a la individual porque afecta a un partido en su conjunto. No, no es lo mismo el caso Cerdán y compañía que el de Montoro con la colaboración de un gobierno y de un grupo parlamentario completo, los dos en este caso del PP.

Dice Feijóo que él no ha nombrado a nadie que haya delinquido y que esa es su tarjeta de presentación. Pero parece ignorar que es el presidente de un partido que había amparado la corrupción en grado superlativo durante años y en consecuencia que está al frente de personas que colaboraron en las políticas anteriores. Lo han encumbrado aquellos que ya estaban en el partido cuando se produjo la “megacorrupción” de Montoro. Ha subido al estrado del último congreso del PP rodeado de los presidentes Aznar y Rajoy, que le han arropado con su "autoridad". Le guste o no le guste, no puede escurrir el bulto como pretende. Muchos electores no le van a perdonar el escándalo.

Pero es que además esto no ha hecho más que empezar y queda mucha película por delante. Vox se debe de estar frotando las manos y la izquierda ya prepara las armas políticas que nuestro ordenamiento constitucional pone a su disposición: comisión de investigación en el Congreso y respuestas contundentes cada vez que algún portavoz popular pronuncie la palabra corrupción. Porque ya no se trata de "y tú más", sino que se ha puesto de manifiesto que han perdido la condición necesaria para dar lecciones de decencia.

A mí me parece que lo sucedido marca un punto de inflexión y, aunque los calores estivales aminoren de momento la repercusión de las tropelías de Montoro y de los gobiernos del PP, el verano pasará y el otoño llegará.

21 de julio de 2025

Una experiencia religiosa

 

Cuando se vive inmerso en una sociedad con arraigadas tradiciones religiosas como es la nuestra, seas o no creyente te ves obligado con frecuencia a asistir a ceremonias organizadas por la Iglesia católica. Yo, a pesar de ser un descreído convencido, asisto a ellas con el respeto debido, no a lo que representa el rito en concreto, pero sí a los creyentes que me rodean. Entre estos ceremoniales están las bodas, los funerales y también, cómo no, los bautizos.

Hace poco he asistido a uno de estos últimos. Como suele sucederme cada vez que me encuentro rodeado de algún boato religioso, sea del carácter que sea, presto mucha atención a los detalles. En esta ocasión el oficiante era un sacerdote colombiano, párroco de un pueblo de la llamada España vaciada, que con su inconfundible acento nos largó una lección propia de catequistas, sin que faltaran preguntas a los que nos sentábamos frente a él. Lo curioso es que algunos de los que allí estaban, envalentonados ante el reto de responder correctamente, contestaban con entusiasmo. “¿Por qué nos bautizan nada más nacer?”, inquirió en un momento determinado el oficiante. “Para convertirnos en hijos de Dios”, contestó una entusiasta asistente que quizá se acordara de lo que predicaba el catecismo del padre Ripalda. A punto estuve de intervenir y apostillar que, según la doctrina actual, hijo de Dios somos todos por el hecho de haber nacido. Pero me acordé de aquello de zapatero a tus zapatos y guardé silencio.

Estoy leyendo un libro de Javier Cercas -creo que ya lo he mencionado en otro artículo de este blog- que se titula “El loco de Dios en el fin del mundo”, una mezcla de ensayo periodístico y de libro de viajes. Como versa sobre la visita que el papa Francisco realizó hace no demasiado tiempo a Mongolia -viaje al que asistió también el escritor-, a lo largo de sus páginas van surgiendo muchas de las conversaciones que mantuvo éste con personalidades vaticanas, sobre asuntos de carácter laico o religioso o filosófico. Uno de ellos, bastante recurrente a lo largo del escrito, es la falta de actualización de los mensajes de la Iglesia católica, muchos de ellos anclados en otros tiempos, completamente anticuados y que no aportan ninguna novedad a quien los oye.

En este libro, la expresión "hay que sacar a la Iglesia de las sacristías" se repite con mucha frecuencia, una manera de decir que el clero está obligado a abandonar la vieja retórica religiosa para cambiarla por mensajes actualizados. A los feligreses lo que les interesa hoy es el punto de vista de la doctrina cristiana respecto a la inmigración, a la lentitud en los avances sociales, a la galopante corrupción entre los políticos, a la pedofilia, a la violencia machista, a la falta de igualdad de oportunidades, a la intolerancia cada vez más extendida en los países occidentales, al papel de la mujer en la Iglesia. Pero de eso los predicadores, salvo honrosas excepciones, poco saben y por consiguiente nada dicen. Prefieren repetir hasta la saciedad los "mensajes evangélicos” que aprendieron en los seminarios, sacándolos de contexto muchas veces, porque para ellos comprometen menos que entrar en discusiones sobre temas "terrenales".

El papa Francisco intentó acabar con esta manera de hacer las cosas, lo que no significa que cambiara los dogmas como algunos de sus numerosos detractores sostienen. Era consciente de que de otra forma los países desarrollados continuarían perdiendo creyentes, porque el mundo avanza por caminos cada vez más separados de lo que enseñaba el viejo catecismo.

De todo, hasta de una ceremonia al viejo estilo clerical, se pueden sacar conclusiones.

17 de julio de 2025

El padre Baudilio

Hay veces que uno, sin proponérselo, se encuentra con regalos inesperados. El otro día oí una entrevista en un programa de radio que, no sólo me hizo pasar un rato agradable, sino que además me ha hecho meditar durante algún tiempo sobre alguno de los comentarios que se hicieron. La hora era la del desayuno, la emisora la SER, el presentador Javier del Pino -al que acompañaba el escritor Juan José Millás, su habitual colaborador- y el entrevistado un sacerdote oblato, el padre Baudilio.

Para que se entienda mejor el contexto, explicaré que Millás acababa de confesar que estuvo en un seminario durante tres años de su vida, entre los quince y los dieciocho, del que lo invitaron a salir al detectar que en realidad no tenía ninguna vocación. A su director espiritual no le debían de gustar demasiado las ideas que plasmaba en su obligado diario de seminarista y le propuso que abandonara. De hecho, el escritor se declara en la actualidad ateo.

El padre Baudilio había sido compañero suyo durante aquellos años y en la actualidad continúa ejerciendo su vocación. Se recordaban y entablaron una conversación que, como ya he dicho, me pareció interesantísima, la de dos personas muy preparadas e inteligentes, uno creyente y el otro ateo. Millás preguntó al religioso si seguía creyendo en Dios y la respuesta fue que por supuesto. No contento, el escritor insistió: ¿pero en aquel Dios que nos enseñaban? La respuesta fue tan tajante como la anterior: algo rectificado.

En un momento determinado, cuando hablaban de teología, Millás explicó que Borges consideraba que esta disciplina pertenece al género de la fantasía, opinión a la que el oblato no contestó. Me hubiera gustado conocer su idea, pero sólo oí el silencio. Yo nunca había oído hablar de esta frase del gran escritor, pero desde mi modesto conocimiento de la materia en cuestión coincido completamente con él. Nunca he sabido si se estudia teología para encontrar la verdad o para quedarse uno más tranquilo con sus creencias. Supongo que rodearlas de enciclopedismo ayuda mucho a mantenerse en el convencimiento de que se está en la verdad.

Después hablaron de las vocaciones, para confirmar los dos algo que todos sabemos, que ahora la mayoría de las órdenes religiosas se nutren de seminaristas procedentes de países del tercer mundo. Millás dijo algo así como que parece como si ahora las religiones fueran cosa de pobres. En mi opinión también lo fueron antes, porque al fin y al cabo se trata de una profesión con una buena salida laboral. 

La parte final de la entrevista la dedicaron a la literatura actual. Hablaron de “El loco de Dios en el fin del mundo”, el último libro de Javier Cercas, y de “Ese imbécil va a escribir una novela”, escrita por el propio Millás. El padre Baudilio, que se declaró lector empedernido, había leído los dos y no le faltaron elogios. Cuando acabó la entrevista me metí en Internet y se los encargué a Amazon. En su lectura estoy en estos momentos y cuando acabe quizá me atreva a dar mi subjetiva opinión.

Hay veces en los que uno se encuentra con regalos inesperados. Éste ha sido uno de ellos.

12 de julio de 2025

La desesperación de don Alberto

 

El espectáculo parlamentario del pasado día 9 de julio en el Congreso de los Diputados fue de los que se mantendrán gravados en la memoria colectiva durante mucho tiempo. En un momento en el que el PP parecía estar en la cresta de las olas demoscópicas, la gigantesca torpeza de su líder deshizo en unas horas de debate lo que parecía un buen momento para la formación conservadora. Rompió de manera bronca y agresiva todos los puentes que pudieran unirlo a otros partidos y ensució el panorama político con alusiones personales impropias en alguien que pretende llegar a ser presidente del gobierno español. Abandonó la prudencia y cayó en la más sórdida de las desmesuras.

Supongo que sus resortes mentales se dispararon como consecuencia de la inseguridad que lo rodea. A pesar de que los batacazos del PSOE le estaban poniendo a huevo el panorama político, en su fuero interno debía de pesar como una losa la más que evidente dependencia de Vox, los que pretenden expulsar a ocho millones de inmigrantes, sin cuyo concurso sabe que no podrá llegar a gobernar. Si a ello le unimos que de forma tácita los “socios” de Sánchez estaban otorgando a éste mediante sus intervenciones en la sesión parlamentaria un claro voto de confianza, todo hace pensar que sus esquemas se derrumbaron de repente y lo arrastraron a la más zafia de las ignominias.

Aficionado como soy a los debates parlamentarios, jamás había visto antes una manera tan indigna de comportamiento. Confieso que llegué a sentir vergüenza ajena cuando Feijóo acusó a Sánchez de haber sido beneficiario de la prostitución en su familia y que, cuando mi vista recorrió la bancada popular y observó el griterío jubiloso de los suyos ante la infame acusación, sentí tristeza al comprobar que en mi país se pudiera haber llegado a tamaña bajeza moral.

Yo sé que lo tiene difícil, porque su partido está solo. No me pasa desapercibido que el futuro político de Núñez Feijóo pende de un hilo, porque si no consigue gobernar los suyos se lo quitarán de encima como se quitaron a Casado. Lo que no acabo de entender es que un hombre que consiguió varias mayorías absolutas en Galicia gracias, entre otras cosas, a su fama de político moderado, esté cayendo ahora de una manera tan espectacular en el esperpento. Porque lo suyo del otro día no se ve con facilidad ni en las llamadas repúblicas bananeras.

Al día siguiente, supongo que abrumado por la cantidad de llamadas de atención que debió de recibir, no se le ocurrió mejor justificación que alegar que su información sobre los antecedentes prostibularios del presidente del gobierno procedía de la prensa, así en abstracto, sin dar más datos. Lo que sucede es que cuando se cae en errores políticos de este tipo, cuando el subconsciente lo lleva a uno a cruzar las líneas que separan la decencia de la indecencia, es difícil rectificar y, como consecuencia, con torpes intentos de justificación agrava más la situación.

Pero, don Alberto, se ponga usted como se ponga la ha cagado. Mire por el retrovisor a Vox que cada vez se le aproxima más y saque conclusiones. Los electores, puestos a elegir entre dos opciones que cada vez se parecen más, suelen elegir la que consideran genuina y no las imitaciones. 

En cualquier caso, los progresistas de este país le deben de estar agradeciendo que haya puesto  usted en evidencia tanta bajeza. Si ahora dice lo que ha dicho, qué no hará y dirá si llegara a gobernar.