La verdad es que a mí los papeles del 23F recién publicados
no me han aportado ninguna novedad. No porque sea muy listo y supiera de
antemano lo que había sucedido, sino porque mis conclusiones habían construido
un relato muy parecido a lo que se deduce de la documentación que el gobierno
acaba de sacar del cajón de los secretos.
Como tantos españoles, viví la intentona de golpe de
estado casi en directo. TVE no televisaba la sesión de investidura de Calvo Sotelo y como consecuencia la estaba oyendo por la radio. Mi curiosidad o si se
prefiere mi interés por los asuntos políticos me tenían expectante ante los votos inciertos del PNV y de la que entonces se llamaba minoría catalana, dos grupos
nacionalistas cuyos apoyos estaban en el aire.
Recuerdo perfectamente que me encontraba solo en casa,
porque mi mujer había ido ese día a recoger a nuestros hijos al colegio y todavía no
había regresado. Cuando oí los primeros comentarios tras la entrada de los
guardias civiles en el hemiciclo, deduje que se trataba de alguna medida de
protección antiterrorista, porque mi mente no estaba preparada para procesar lo
que en realidad sucedía. Luego la emisión se cortó y me quedé en
blanco, aunque ya con la sospecha de que algo grave estaba sucediendo.
Después, a medida que fue pasando el tiempo y se fue teniendo más información, lo primero que me vino a la cabeza era que se trataba de una auténtica chapuza, impropia de unos profesionales a los que se les supone especialistas
en planificar cualquier acción que implique el uso de la fuerza. En primer lugar, unos guardias civiles bajo las órdenes de oficiales que no
pertenecían a su cadena natural de mandos. En segundo, un capitán general
que saca los tanques a la calle en Valencia, mientras en las restantes
capitanías generales nadie mueve un dedo. En tercero, un militar muy cercano al
rey que pretende ir a la Zarzuela y la Casa Real no se lo permite. Un auténtico
esperpento.
Yo nunca creí que Juan Carlos I instigara el golpe como
algunos sectores de la derecha han mantenido y siguen manteniendo, pero sí que
sus vacilaciones previas, sus conversaciones anteriores con altos mandos militares y su preocupación general por la continuidad de la monarquía le llevaran a hablar a medias tintas, a no ser lo
preciso y contundente que debería haber sido. Esos estados de incertidumbre,
de no sé no contesto, dieron lugar a que los que poco necesitaban para desenvainar los
sables tomaran su actitud dubitativa como de respaldo a la cuartelada. Los papeles recién publicados no dicen nada de esto, pero precisamente por ello me reafirmo en la hipótesis que sostuve en su momento.

Lo más interesante de tu análisis no es el golpe en sí, sino esa reflexión sobre la 'ambigüedad' del Rey. A veces, en momentos críticos, la falta de una orden tajante puede ser interpretada por otros como un consentimiento implícito, y ese 'no sé, no contesto' es lo que termina alimentando el esperpento.
ResponderEliminarNo hace falta ser un instigador directo para ser responsable por omisión, desde luego. Visto lo que vino después en el comportamiento de Don Juan Carlos I, su actuación (o su no actuación) de aquel día casa plenamente con su estilo de hacer las cosas. Es una lección de liderazgo vigente: la historia se escribe tanto con lo que uno hace como con lo que uno, teniendo la oportunidad, decide no hacer.