29 de marzo de 2026

Más de lo mismo y más de los mismos

 

Tentado he estado de encabezar la reflexión de hoy como “Batacazo tras batacazo”, pero al final he contenido mis impulsos. A un progresista como yo no le entra en la cabeza lo que está sucediendo desde hace unos años con la llamada izquierda a la izquierda del PSOE. Un castizo diría que no dan pie con bola, pero como a mí me gusta la rigurosidad dialéctica prefiero decir que a todos ellos les sobra personalismo y les faltan ideas. Lo peor, además, es que con sus disparatadas peleas, con sus intentos de protagonismo y con su falta de realismo, le obligan a la izquierda moderada, léase PSOE, a maniobras que terminan perjudicándola.

Ahora que tenemos una derecha salida de madre, que ni sabe ni contesta, cuando podría sacarse una gran ventaja en intención de voto con respecto al PP porque éste no es un país que esté hecho para veleidades fachas, resulta que las izquierdas se desnortan, pierden el sentido de la realidad y se dedican a “marcar territorio”, no vaya a ser que los pocos que todavía conservan sus escaños vayan a perderlos. Al fin y al cabo, la política para algunos no deja de ser un modus vivendi. Pero es que, por si fuera poco lo anterior, el estilo de algunos de sus dirigentes es tan patético, en el sentido de tan triste que induce a la risa, que estamos asistiendo a una auténtica carnavalada de despropósitos.

De esta esperpéntica situación no se libran ni los socios del PSOE en el gobierno. Cuando surgió Sumar, yo contemplé su creación como un intento de corregir los entuertos políticos a los que nos tenían acostumbrados los de Podemos. Aunque la posición de Yolanda Díaz me parecía más radical de lo que yo creo que debe ser el progresismo democrático, al mismo tiempo veía en ella un intento de abandonar el populismo demagógico y jugar en serio. Pero lamentablemente me equivoqué. Su debilidad electoral los ha llevado a defenderse patas arriba, con lo cual los arañazos le llegan a la izquierda en su conjunto.

La pregunta que me hago ahora es qué es Sumar. Ni tienen líderes reconocibles ni estructura orgánica ni tan siquiera un ideario político claramente diferenciado del de los que le disputan el espacio electoral. Por eso, porque no es más que humo, están desapareciendo poco a poco del escenario político español. El espectáculo del plante en una reunión del consejo de ministros figurará, para regocijo de las derechas de este país, en los manuales de cómo no se deben hacer las cosas.

Se oyen ahora muchas voces escandalizadas por la situación que proponen pactos y alianzas, listas conjuntas y revisión de líderes. Sin embargo, todos estos intentos se me antojan cantos de cisnes, intento desesperado de enmendar errores o gritos de sálvese quien pueda. Un auténtico desbarajuste que me recuerda al camarote de los hermanos Marx.

Es una pena, pero así veo las cosas de tristes. Más de lo mismo y más de los mismos. Deberíamos empezar a entonar aquello de “que vienen, que vienen, taca-taca-tá” o, como alternativa piadosa,  “al que Dios se la de, san Pedro se la bendiga”.

25 de marzo de 2026

Mucho ruido y pocas nueces

 

Con este título me refiero a la continua cantinela de la oposición (mucho ruido) y a la escasa consistencia de sus propuestas políticas (pocas nueces). No sé muy bien como funciona el proceso de elaboración de sus argumentarios políticos, pero puedo imaginármelo.

Pongamos un ejemplo. Pedro Sánchez celebra un consejo de ministros en el que se anuncian medidas de carácter social para hacer frente al deterioro económico que origina la guerra de Trump y Netanyahu. Inmediatamente, las cabezas pensantes de Génova dan la señal de alarma, porque evidentemente se trata de un conjunto de decisiones de carácter social que será bien acogido por la población en general, algo que es necesario contrarrestar sobre la marcha, no vaya a suceder que el presidente del gobierno gane prestigio.

En esa misma reunión, alguien cita el barullo que se originó antes de que se iniciara la reunión del consejo, cuando los ministros de Sumar se negaban a participar en el mismo si no se tenían en cuenta sus planteamiento sobre las políticas de vivienda. No importa, dice uno de los pensantes del PP, que al final los dos partidos que  conforman la coalición se pusieran de acuerdo en forma y fondo; lo que hay que destacar es que “la primera guerra que deben parar es la que tiene lugar dentro del propio gobierno”.

Los demás aplauden la genial idea y la transmiten hacia arriba, es decir a Feijóo, a Tellado y al resto de querubines de la corte conservadora responsables de transmitir sus ingeniosas propuestas. Ya se encargarán ellos, porque están muy entrenados, de añadir las distintas salsas que aderecen el argumentario.

En Vox, menos dados a la utilización de sofisticados eslóganes, se limitarán a proclamar que Sánchez ya está otra vez distrayendo a la opinión pública con disparates para tapar sus corrupciones. Nadie les tiene que decir a los portavoces lo que deben decir, porque al tratarse de una estrategia unidimensional, de esas de pensamiento único, es fácil que se acuerden. Pero es que, además, si a alguno se le ocurriera proponer cualquier variación, sería tachado de traidor y expulsado inmediatamente del partido. Al líder supremo no se le discute ni una coma. Hasta ahí podíamos llegar.

Ahora que los jefes de gobierno europeos aproximan sus posiciones a las que defendió Pedro Sánchez desde el primer momento sobre la guerra de Irán sin que le temblara el pulso, veremos como reaccionan los muñidores de ideas de Génova, porque no lo tienen fácil. Lo más probable es que callen o inventen relatos paralelos para quitar importancia al merecido prestigio que el presidente del gobierno se gana día a día en los foros internacionales.

Lo seguidores del líder supremo de la ultraderecha lo tienen más fácil. Su argumento seguirá siendo el de siempre, para qué variarlo: Pedro Sánchez no sabe ya qué hacer para tapar la corrupción que le rodea.

21 de marzo de 2026

Las guerras imposibles

 

Un viejo chiste gráfico, creo que una de aquellas entrañables viñetas de Antonio Mingote o quizá del inolvidable Forges, representaba a lo lejos un hongo atómico y en primer plano dos soldados atrincherados contemplando la explosión nuclear, mientras uno le decía al otro algo así como “todo esto está muy bien, pero hasta que lleguemos nosotros... ".  El mensaje estaba claro, las guerras no se ganan mientras no se ocupe el territorio enemigo. Mientras tanto se destruye y se mata, pero si al contrincante le queda un mínimo de aliento la guerra continúa.

Trump, con su calenturienta imaginación, debió de pensar en algún momento que lo de Irán iba a ser muy parecido a lo de Venezuela, no sé si por ingenuidad o por ignorancia o por las dos cosas a la vez. Parece ser que los altos mandos militares le habían aconsejado no provocar un conflicto como el que proponía, consejo que el todopoderoso inquilino de la Casa Blanca desestimó, para embarcarse en una aventura de la que parece no saber cómo salir.

Otra cosa es Netanyahu, que en realidad es el verdadero instigador de la locura a la que estamos asistiendo. Israel no necesita ocupar el territorio iraní, ni tan siquiera conseguir un cambio de régimen. Lo que pretende y está consiguiendo es provocar inestabilidad en la zona, ampliar los asentamientos en las zonas limítrofes y debilitar a sus enemigos. Sabe perfectamente que Irán está ahí y seguirá estando. Pero en su política de ganar tiempo ha involucrado a los EE. UU., liderados ahora por un auténtico ignorante de la realidad internacional.

Esta guerra en mi opinión no ha hecho más que empezar, porque, mientras las tropas terrestres no ocupen los centros neurálgicos de Irán, algo impensable, el conflicto continuará. Irán tiene una extensión de 1,648 millones de kilómetros cuadrados, lo que equivale a más de tres veces la superficie de España. Pero es que además, por muchos enemigos internos que tenga el régimen de los Ayatolás, los pueblos, cuando se sienten atacados, se unen contra el enemigo común, en este caso EE. UU. e Israel.

Estamos asistiendo a un cruce de falsas informaciones, como sucede en todas las guerras, porque desmoralizar al enemigo siempre ha sido un arma muy poderosa. Pero la realidad, al menos la que se deduce de la información que nos llega, es que Trump se ha metido en un berenjenal del que no sabe salir, ya que hacerlo lo desprestigiaría ante la opinión pública norteamericana, aún más de lo que ya está. Creía que se iba a apuntar una victoria fácil que añadir a su palmarés, pero le está saliendo el tiro por la culata.

Lo curioso de todo esto es que no haya tenido en cuenta las derrotas de Vietnam o de Afganistán, que nadie le haya advertido de que hay guerras que no se pueden ganar, porque la victoria no sólo depende de la capacidad militar de quien ataca, sino de las condiciones geoestratégicas del enemigo.

Como Irán no es Venezuela, dentro de muy poco hablaremos de Cuba. Yo ya tengo preparada la pluma.

17 de marzo de 2026

Hay que saber decir no a los matones

 

Ahora que se ve incapaz de controlar el estrecho de Ormuz, Trump pretende involucrar a la OTAN en su guerra particular, por supuesto amenazando a los que no obedezcan las instrucciones de la gran potencia con derramar sus iras contra ellos. Aunque parece que los miembros de la alianza muestran sus reticencias a entrar en una guerra que no es la suya, los titubeos de algunos me hacen pensar que se pueda producir una gran fractura en la alianza. Pedro Sánchez, cuya posición en este asunto ha quedado clara desde el primer momento, ha vuelto a recordar que España no colaborará en conflictos bélicos que no estén amparados por la legalidad internacional. Ante todo, coherencia.

Confesaré que yo voté SÍ en el referéndum que convocó Felipe González para que los españoles decidiéramos si entrábamos en la OTAN. Lo hice, porque consideraba entonces y sigo considerando ahora que se trata de una alianza de carácter defensivo. Pertenecer a un grupo de aliados que unen sus fuerzas para hacer frente a las amenazas externas otorga una cierta sensación de seguridad. Lo que sucede es que, ahora, el ínclito morador de la Casa Blanca, en su deriva belicista, intenta cambiar el espíritu fundacional del tratado, nada más y nada menos que para convertirlo en un club de títeres a su servicio.

Lo cierto es que Trump se ha metido con sus ataques a Irán en un auténtico berenjenal, del que ahora no sabe cómo salir. Irán no es Venezuela, ni mucho menos. Es cierto que EE. UU. posee una capacidad destructiva impresionante, pero eso no significa que pueda vencer en una guerra de estas características, como no pudo en Vietnam ni en Afganistán. Destruirá sus infraestructuras, matará centenares de iraníes y dejará en la miseria a  millones de personas. Pero ganar la guerra, en el exacto sentido de la palabra, no está en sus manos.

Netanyahu, sin embargo, a quien considero el verdadero inductor de este disparate, sí conseguirá sus objetivos, afianzar la siempre expuesta seguridad de Israel, aumentar y consolidar los asentamientos en las regiones limítrofes y aglutinar a sus compatriotas alrededor de su figura. En realidad, el mandatario israelí no necesita ganar la guerra contra Irán. Le basta con debilitarlo y a ser posible dejarlo moribundo durante unas decenas de años. Es la estrategia  para sobrevivir cuando se vive rodeado de enemigos.

Por cierto, cuando oigo a determinados dirigentes políticos de la extrema izquierda vociferar contra nuestra pertenencia a la OTAN y contra las bases de utilización conjunta, no tengo por menos que pensar en que confunden defensa con agresión. Estamos en la alianza para defendernos si procede y hemos llegado a determinados acuerdos con EE. UU. porque lo consideramos un aliado. Otra cosa muy distinta es lo que está sucediendo ahora con Trump. Pero una cosa es hacer frente a los matones que nos quieren meter en sus guerras ofensivas y otra muy distinta destruir toda una organización defensiva, en la que estamos mucho más involucrados de lo que algunos piensan.

OTAN sí y guerras ilegales no. No hay absolutamente ninguna contradicción.

14 de marzo de 2026

Los malvados también rezan

 

Uno está acostumbrado a la hipocresía que circula por determinadas esferas políticas, nacionales o internacionales. Pero, a pesar de estar habituado a los rezos de los que asesinan y masacran a las poblaciones de tantos y tantos lugares del mundo, confieso que la foto de Trump, rodeado por su corte de acólitos, con los ojos cerrados y las manos de algunas de sus colaboradoras sobre sus hombros para transmitirle sus bendiciones, superó cualquiera de las especulaciones que yo hubiera hecho hasta entonces sobre hasta dónde puede llegar la falsedad humana

Los protagonistas estaban invocando la ayuda divina para ganar una guerra que ellos habían iniciado. Por supuesto, Trump en el centro, sentado, ensimismado, casi en éxtasis. No bailaba, no hacía el payaso de esa manera tan peculiar que le gusta exhibir. Simplemente oraba para que las bendiciones del cielo cayeran sobre él y le permitieran seguir atacando a los iraníes y destruyendo la economía del mundo.

Debo reconocer que, si no fuera porque las agencias de noticias daban aquellas imágenes como auténticas, yo hubiera pensado que se trataba de un montaje de los enemigos del presidente de EE. UU. La inteligencia artificial permite construir auténticos espantajos, de manera que cualquier cosa era posible.  Pero no, aquello era real.

Invocar a Dios para ganar una guerra no es ninguna novedad. Es más, estoy convencido de que la mayoría de los conflictos bélicos nacen de desavenencias religiosas, donde cada una de las partes reza a su imaginaria divinidad. Por eso, siempre he pensado que si las religiones no existieran el mundo sería mucho mejor. Ahora bien, que en pleno siglo XXI un mandatario de un país desarrollado le pida al cielo que le ayude a seguir masacrando a la población de un país para mayor gloria de su persona, se me antoja, no ya disparatado, sino un auténtico insulto a la inteligencia.

Por supuesto que Trump desaparecerá en algún momento y como consecuencia las aguas volverán a su cauce. Pero el daño tan enorme que sus paranoias le está haciendo a la humanidad tardará mucho en borrarse de la memoria de las gentes civilizadas. Cuando decía aquello de make America great again (haz América grande otra vez), yo pensaba que la grandeza que proclamaba era positiva, que su mensaje se refería a las condiciones de vida de sus ciudadanos. Pero qué equivocado estaba, porque su grandeza no es otra que la que le otorga el poder militar. Su deriva caudillista está empobreciendo el mundo, incluido en ese mundo a su país.

He vivido durante muchos años bajo la sensación de que habitaba en una zona privilegiada del mundo, donde el temor a las guerras quedaba muy lejos. Pero ahora, gracias a dos políticos sin principios, Trump y Putin, a los que se les une el genocida Netanyahu, empiezo a sentir la sensación de que se está destruyendo todo lo que tras la segunda guerra mundial se había construido. Yo no veré las consecuencias de este derrumbe, pero me entristece pensar que, después del esfuerzo de varias generaciones por dejar atrás el odio y las supersticiones, a nuestros hijos y a nuestros nietos les espere un futuro tan incierto.

Espero que el dios de Trump haga oídos sordos a sus invocaciones. Si yo rezara, que no es el caso, le pediría al mío algo distinto, pero que muy distinto.

10 de marzo de 2026

Hay que mojarse o la impunidad de Trump

 

Posicionarse ante la situación creada en el mundo por el binomio Trump-Netanyahu con el ataque a Irán no es fácil, porque, al ser tantos los matices y circunstancia que concurren en la situación, se corre el riesgo de perderse uno en la maraña de explicaciones que habría que dar antes de emitir una opinión. Sin embargo, a pesar de las dificultades, yo voy a dar la mía sobre el ataque y sobre la tensión creada por Pedro Sánchez con EE. UU al negar que los aviones americanos que intervienen directamente en el conflicto despeguen de las bases españolas de utilización conjunta. Como dicen los castizos, hay que mojarse. 

Empezaré diciendo que, por encima de cualquier circunstancia que concurra en el caso, yo no creo que pueda ni deba justificarse una agresión como ésta. Es cierto que el régimen de los Ayatolás es digno de la mayor de las condenas morales que se puedan hacer. La obligada sumisión de las mujeres a una doctrina religiosa extremista es inaceptable, como también lo es la dictadura impuesta por un sistema teocrático que no respeta los derechos humanos de una población de más de noventa millones de habitantes. No lo digo ahora, sino que mantengo la misma posición desde finales de los setenta, es decir, desde la época de Jomeini, el fundador de este sistema político.

Ahora bien, intentar cambiar un régimen bombardeando un país no tiene ningún sentido por varias razones. La primera, porque el uso de la fuerza, con la consiguiente pérdida de vidas humanas, es aberrante. En segundo lugar, porque con la derrota se podrá descabezar un sistema, pero no acabar con un régimen. La Historia está plagada de intentos fallidos, que nos demuestran la imposibilidad de eliminar lo que cuenta con el respaldo de una gran parte de la población. Sin ir más lejos, acordémonos de Afganistán. Lo que sucede es que ni a Trump ni a Netanyahu les mueve el interés por restituir las libertades en Irán. Son otros muy distintos sus intereses, unos de tipo económico y otros de supuesta seguridad. 

Por otro lado, volviendo a la posición del gobierno español, una cosa es colaborar con los que atacan un país y otra muy distinta defender el área geopolítica a la que se pertenece. Desde Rota y Morón despegaban aviones cisterna que abastecían a los cazabombarderos que machacan a la población iraní. Los dos buques de guerra enviados a Chipre, encuadrados en una operación auspiciada por la Unión Europea, se dirigen allí para colaborar, si fuera necesario, en la defensa de nuestras fronteras. No hay absolutamente ninguna contradicción.

Otra cosa es que este envío le sirva a la Casa Blanca para presumir de que ha doblegado la voluntad de Sánchez, a los ínclitos Feijóo y Abascal como excusa para continuar insultando al presidente del gobierno y a la extrema izquierda española para repetir sus utopías pacifistas. Al primero le mueve la soberbia, a los segundos la frustración que arrastran desde hace tiempo y a la tercera sus contradicciones.

En cuanto a las posibles represalias económicas, por supuesto que asustan. Ahora bien, estoy completamente seguro de que el riesgo está muy medido y de que la sangre no llegará al río. Otra cosa muy distinta es la crisis que se nos avecina por culpa de la insensatez de Trump. Pero ésta también la sufrirán ellos, lo que por supuesto no me consuela.

Me atrevería a decir, una vez más, que Sánchez sabe lo que hace en política internacional. Me pongo a temblar cuando pienso que quizá algún día este papel les corresponda a Feijóo y a Abascal, que ni siquiera hablan inglés.

6 de marzo de 2026

Se sienten, ¡coño!

Antes de entrar en el tema de hoy, pido perdón por el título elegido. Yo nunca lo hubiera dicho así. Habría elegido otra forma, como por ejemplo “siéntense, ¡coño!”. Pero al golpista le salió de esa manera y ya es tarde para darle lecciones de oratoria. Menos mal que utilizó la interjección más adecuada al ridículo espantajo que iba a protagonizar a continuación. Ninguna otra hubiera casado mejor.

La verdad es que a mí los papeles del 23F recién publicados no me han aportado ninguna novedad. No porque sea muy listo y supiera de antemano lo que había sucedido, sino porque mis conclusiones habían construido un relato muy parecido a lo que se deduce de la documentación que el gobierno acaba de sacar del cajón de los secretos.

Como tantos españoles, viví la intentona de golpe de estado casi en directo. TVE no televisaba la sesión de investidura de Calvo Sotelo y como consecuencia la estaba oyendo por la radio. Mi curiosidad o si se prefiere mi interés por los asuntos políticos me tenían expectante ante los votos inciertos del PNV y de la que entonces se llamaba minoría catalana, dos grupos nacionalistas cuyos apoyos estaban en el aire.

Recuerdo perfectamente que me encontraba solo en casa, porque mi mujer había ido ese día a recoger a nuestros hijos al colegio y todavía no había regresado. Cuando oí los primeros comentarios tras la entrada de los guardias civiles en el hemiciclo, deduje que se trataba de alguna medida de protección antiterrorista, porque mi mente no estaba preparada para procesar lo que en realidad sucedía. Luego la emisión se cortó y me quedé en blanco, aunque ya con la sospecha de que algo grave estaba sucediendo.

Después, a medida que fue pasando el tiempo y se fue teniendo más información, lo primero que me vino a la cabeza era que se trataba de una auténtica chapuza, impropia de unos profesionales a los que se les supone especialistas en planificar cualquier acción que implique el uso de la fuerza. En primer lugar, unos guardias civiles bajo las órdenes de oficiales que no pertenecían a su cadena natural de mandos. En segundo, un capitán general que saca los tanques a la calle en Valencia, mientras en las restantes capitanías generales nadie mueve un dedo. En tercero, un militar muy cercano al rey que pretende ir a la Zarzuela y la Casa Real no se lo permite. Un auténtico esperpento.

Yo nunca creí que Juan Carlos I instigara el golpe como algunos sectores de la derecha han mantenido y siguen manteniendo, pero sí que sus vacilaciones previas, sus conversaciones anteriores con altos mandos militares y su preocupación general por la continuidad de la monarquía le llevaran a hablar a medias tintas, a no ser lo preciso y contundente que debería haber sido. Esos estados de incertidumbre, de no sé no contesto, dieron lugar a que los que poco necesitaban para desenvainar los sables tomaran su actitud dubitativa como de respaldo a la cuartelada. Los papeles recién publicados no dicen nada de esto, pero precisamente por ello me reafirmo en la hipótesis que sostuve en su momento.

Lo pienso ahora y lo pensé entonces. El rey no estuvo a la cabeza del golpe, pero le faltó el coraje necesario para haber cortado por lo sano antes de que se produjera.

2 de marzo de 2026

La verdad, la razón y la ilustración. ¿Dónde están, que no las veo?

 

Este título tan redondo lo tomo prestado del comentario que le oí a una tertuliana radiofónica hace unos días. Estaban hablando de los falsos relatos inventados por algunos políticos, de los bulos sin fundamento que circulan por las redes y de la falta de conocimiento de la realidad que se observa en determinadas esferas políticas de nuestra sociedad. Su frase completa fue: “A mí solo me mueven la verdad, la razón y la ilustración”. Me pareció tan expresiva, que la apunté inmediatamente para desarrollar a partir de ella una reflexión.

Vivimos tiempos de mentiras, de falsos relatos, de acusaciones infundadas, de paranoias conspirativas y de negacionismo militante. Se trata de una especie de bola de nieve que empezó a rodar hace unos años y que desde entonces no hace más que crecer y crecer. Puede ser que su origen no fuera premeditado, sino consecuencia de que los que ostentaban el poder en aquel momento, cuando vieron que el pueblo soberano los apartaba y los sustituía por otros, reaccionaran con una virulencia tal que diera origen al núcleo de la bola y que, después, tras comprobar que los efectos que causaba su rodadura les favorecía, no sólo no quisieran pararla sino que por el contrario decidieran mantener su caída libre y como consecuencia su engrosamiento.

Desde que la democracia volvió a España hemos vivido situaciones políticas de todo tipo. Por la Moncloa han pasado presidentes de los dos partidos mayoritarios, unos mejores y otros no tan buenos. A su vez, hemos sufrido o disfrutado de jefes de la oposición que han ejercido su labor opositora con mayor o menor maestría. Sin embargo, a pesar de los diferentes climas políticos que se han ido derivando de quienes estuvieran en el banco azul o en la oposición en cada momento, no se había visto hasta ahora un envenenamiento de la vida política tan exacerbado como el que se vive ahora. Ni hay verdad, ni se utiliza la razón ni se acude a las enseñanzas de los maestros.

En estos momentos, en el panorama político español, en vez de los valores que señalaba la tertuliana que me ha prestado el título de este artículo, prevalecen la mentira, la irracionalidad y la ignorancia. Pero lo peor de todo es que estos nuevos principios se están convirtiendo en los fundamentos de una nueva estrategia política, la de demonizar al adversario.

Sin embargo, en esta reflexión no quisiera caer en la equidistancia, porque no es lo mismo insultar que responder al insulto. Cuando una oposición enfurecida y salida de madre no sabe hacer crítica política sin esgrimir la descalificación, al descalificado le quedan pocos recursos y no tiene más remedio que recordarle al descalificador que no está en condiciones de dar ejemplo, porque arrastra precisamente los vicios que achaca a su rival.

Por cierto, es tal el nivel de los insultos y la frecuencia con la que se pronuncian, que he empezado a anotarlos en mi “cuaderno de bitácora”, sin olvidarme de apuntar la fecha y el autor, Es muy posible, a no ser que la reiteración me aburra, que algún día los publique en este blog. No servirá absolutamente de nada, pero yo me daré la satisfacción de denunciar que Abascal llama aprendiz de tirano a Sánchez o que Feijoo considera que la publicación de los documentos del 23 F es una cortina de humo para tapar la corrupción del presidente del gobierno.

¡Manda huevos!