Quizá lo que sucedía entonces era que, al estar nuestra
sociedad muy encerrada en sus fronteras, el contacto con los
extranjeros no existía, salvo el que se tenía con los rubios del norte de Europa,
que no sólo no molestaban, sino que por el contrario adornaban nuestras playas
con cierto aire de modernidad y exotismo. Pero eso ha cambiado por mor de la
inmigración, de tal manera que la intolerancia, soterrada hasta el momento en
el que ciudadanos de países con problemas económicos empezaron a llegar a
España, ha surgido por todas partes.
La regularización de inmigrantes que ahora propone el gobierno
responde al reconocimiento de la realidad. Porque ese medio millón de personas
ya residen en España, casi todas ellas trabajando de forma ilegal, sin contratos
de trabajo y como consecuencia sin derecho a percibir prestaciones sociales, exactamente igual a como lo hacían los esclavos en los aciagos días de la esclavitud. Por tanto, están contribuyendo a nuestro desarrollo económico y a que nuestro país progrese, pero
en el más miserable limbo social.
Es curioso y al mismo tiempo deprimente observar como la
derecha y la extrema derecha, con mayor intensidad y menor disimulo en la
segunda que en la primera, pero cada vez más cerca las posiciones de unos de
las de los otros, han sacado los sables de la intolerancia de sus vainas para
esgrimirlas contra la medida regularizadora y contra sus patrocinadores. No les
importa la opinión de las organizaciones católicas, entre ellas la Conferencia
Episcopal, porque su espíritu religioso debe de ser el de con flores a la virgen que
madre nuestra es o el de incienso y gregoriano en las misas catedralicias,
pero no el del humanismo cristiano.
Por eso, porque sus mentalidades están más cerca del Ku Klus
Klan que de Vicente Ferrer o de Teresa de Calcuta, piden a gritos que se expulse a los emigrantes
que violan a nuestras hijas, que quitan el trabajo a los españoles, que
ocupan nuestros edificios en ruinas y que -esto ya es el colmo de la
incultura- si se les regulariza dará votos a la izquierda, porque la confusa ignorancia de los que así piensan los
lleva a no distinguir regularización de nacionalización, en este último caso con derecho al voto.
¡Qué equivocado estaba yo cuando creía que en España no
había racistas ni xenófobos!




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