Lo que subyace detrás de todo lo que acaba de suceder y
lleva años repitiéndose con cierta frecuencia es algo de lo que nadie se atreve
a hablar, que Marruecos no cede ni cederá en sus pretensiones
de integrar las dos ciudades autónomas en su territorio. Lo que para nosotros
es un hecho incuestionable, que Ceuta y Melilla son españolas, no
lo es para nuestro vecino del sur ni para muchos otros países del mundo, entre
ellos, no lo perdamos de vista, EE. UU. En algunos lugares se juzga la
situación como un caso de colonialismo.
Por eso, las entretelas de las relaciones de los gobiernos españoles con Marruecos son en ocasiones difíciles de entender, porque si no se tiene en cuenta lo anterior se corre el riesgo de llegar a conclusiones erróneas. La oposición debería comportarse de acuerdo con esta realidad, en vez de, como está sucediendo en estos momentos, utilizar la tensión para ganar votos. Es curioso observar como Feijóo no menciona a Marruecos, porque sabe muy bien que quizá algún día le toque la difícil tarea que ahora le corresponde a Sánchez. No sólo no le conviene crear tiranteces con nuestros vecinos, sino que, además, haciendo gala de un cinismo político tan irresponsable como falto de patriotismo, aprovecha la ocasión para culpar del ataque a los que defienden la soberanía española de las dos ciudades en vez de señalar al culpable.
Las guerras hoy ya no son como lo eran en los tiempos del
desastre de Anual. La defensa militar de Ceuta y Melilla nos llevaría a una
confrontación bélica total, en la que posiblemente no hubiera ni vencedores ni
vencidos, como está sucediendo en Ucrania o en Irán. El problema, no sólo
subsistiría, sino que se recrudecería, dejando muertos y destrucción por las dos partes. Por tanto, exigirle al gobierno “mano dura”,
no sólo es de una irresponsabilidad manifiesta, sino que además demuestra ignorancia
política.
La Unión Europea, influida por la corriente xenófoba que
recorre Europa y desconocedora de la realidad geopolítica de las complicadas relaciones entre España y Marruecos, ha dado un ejemplo de insolidaridad imperdonable. Lo de
Meloni no tiene nombre, cuando Italia cuenta con una tasa de inmigración ilegal
mayor que la nuestra. Que los turistas españoles tengan que pasar en las fronteras italianas controles
especiales cuando visitan sus ciudades clama al cielo.
Mientras tanto, Trump se relame porque sabe que se está creando
una tensión en el estrecho de Gibraltar de la que espera sacar provecho.
Netanyahu por su parte, acosado por todas partes, está encantado con la inestabilidad permanente en esta zona, intentando
ganar para su causa a un país musulmán. La jugada, a los dos, mejor no les ha
podido salir.
Lo que ha sucedido no ha sido un problema de inmigración, sino una invasión con el ánimo de provocar mayor desestabilización. Se han colado, es cierto, algunos inmigrantes, pero la inmensa mayoría de los asaltantes han vuelto a su país sin apenas incidentes. Han amagado una marcha verde sin consumarla. En definitiva, le han mostrado al mundo entero la fragilidad de estas fronteras.
Afortunadamente un gobierno responsable ha reaccionado con prudencia, sin caer en la provocación. Si hubiera habido como algunos pedían algún tipo de represión violenta, es posible que hoy a España se la estuviera tachando de genocida. Las muertes sucedidas han sido consecuencia del despropósito marroquí, no de la actuación de nuestras fuerzas de seguridad.
Mientras tanto aquí, dentro de nuestras fronteras, una oposición desnortada, desleal y rencorosa, apoyada por una ultraderecha que le está comiendo el terreno poco a poco sin necesidad de hacer demasiados esfuerzos, está apoyando con sus estrategias electorales a esta maraña de enemigos externos. Saben que con su actitud están poniendo en peligro a su país, pero les importa un comino.



















