La idea de que la vida es absurda supongo que
procede en último extremo de la teoría de la evolución. Si como sostienen los
evolucionistas el ser humano procede de innumerables mutaciones sucedidas a lo
largo de millones de años, a partir de que la casualidad diera lugar a que un
conjunto de elementos químicos formara el fundamento de una primera estructura
biológica, que duda cabe de que si estamos aquí no obedece a otra razón que al
azar o, si se prefiere, a una eventualidad.
Si es así, qué sentido tiene la vida que no sea el de que
formamos parte de una constante transformación o evolución. Ni hemos escogido haber nacido ni vivimos persiguiendo
otro objetivo que no sea el que nos dicta el sentido de la supervivencia, que
por cierto es también consecuencia de la evolución.
Otra cosa es que, a medida que la evolución ha ido progresando,
ese instinto de supervivencia haya creado civilizaciones, culturas,
comportamientos y actitudes ante la vida. Por cierto, unas asegurando su
sinsentido y otras tratando de justificarlo. Pero esta dicotomía o, mejor
dicho, ese amplio espectro de pensamientos no es el objetivo de este artículo.
Sigamos con Camus cuando dice que la vida, aunque no tenga
ningún sentido, hay que vivirla. Volvemos a la misma idea de antes, a la del
instinto de supervivencia, que, como ha quedado dicho arriba, procede de la
propia evolución. Porque este impulso no sólo nos lleva a defendernos contra la
adversidad, sino además a tratar de mejorar constantemente nuestras condiciones
de vida, en todos los sentidos que estas palabras implican.
Como decía, dos profundas reflexiones concatenadas en una
misma expresión, a cuál más interesante. Dos motivos de análisis profundo, para
filosofar o para entretener o para las dos cosas a la vez,
Por cierto, voy a desempolvar de mis estanterías La peste,
una novela de Albert Camus que leí en su día y que me entusiasmó. Se me ha
abierto el apetito “existencialista”. Qué le vamos a hacer.




















