Empezaré diciendo que en mi opinión la logística ha
funcionado perfectamente, lo que no deja de ser un éxito del conjunto de las distintas administraciones. Ha costado mucho dinero, eso sí, pero ese derroche no me impide
reconocer que el resultado en términos de eficacia organizativa haya superado las expectativas que se tenían. Me congratulo, porque al fin y al
cabo es una muestra de que vivo en un país desarrollado en el que las
instituciones funcionan.
Los baños de multitud, tanto los lúdicos como los
religiosos, me han parecido desmesurados. El papa ha jugado su papel con
discreción, pero las muchedumbres hipnotizadas por su presencia se han
comportado con ese “fervor fanático” que suele aderezar este tipo de
manifestaciones multitudinarias, cuando no se distingue bien dónde acaba lo
humano y empieza lo sagrado, dónde termina lo mundano y se entra en el
terreno de las creencias religiosas. Es verdad que en estos casos es muy
difícil separar el polvo de la paja, pero a mí los excesos de cualquier tipo me
suelen dejar mal sabor de boca.
Quizá uno de los hitos al que he prestado más atención haya
sido el discurso del papa en el Congreso de los Diputados. Aunque no puedo olvidar que la
diplomacia vaticana se caracteriza por nadar y guardar la ropa, en esta ocasión sus declaraciones me han parecido excesivamente cautelosas. Es cierto que
ha mencionado la multilateralidad, la agresividad dialéctica, las guerras injustas, los movimientos
migratorios y la armonía entre empresarios y trabajadores, pero a mi entender
con muy poca concreción.
Precisamente por eso, a la salida de aquella sesión todos los partidos
políticos decían sentirse satisfechos. En realidad no era cierto que lo
estuvieran, pero la ambigüedad les permite no darse por aludidos. Hasta
Santiago Abascal escurrió el bulto, soltando aquello de una cosa es la teoría sobre
la inmigración -con la que según sus palabras estaría de acuerdo- y otra la práctica, la
de la prioridad nacional, con el consecuente abandono de las prestaciones sociales a los inmigrantes y la expulsión de éstos a sus países de origen o a donde fuere necesario.
Lo cierto es que vuelvo a darme cuenta de que soy un ingenuo. Pedirle al papa que se comprometa más es algo así como solicitarle que deje a un lado la diplomacia vaticana, uno de los pilares sobre los que se basa la permanencia a lo largo de los siglos de la institución que representa. Pero, como tenía puestas ciertas esperanzas en su compromiso, no tengo más remedio que confesar mi decepción.
Dejo para otra ocasión dar mi opinión sobre los actos de bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, porque creo que merece la pena que haga algunas consideraciones, así como de la visita a las islas Canarias, que no debería pasar desapercibida.



















