La calle es de todos, no de los gobiernos centrales ni de
los autonómicos ni de los ayuntamientos, diría yo en contraposición a la
bravuconada de don Manuel. Pero eso no significa que la ciudadanía tenga
derecho a ejercer la violencia callejera, a lanzar piedras contra los que en la
acera de enfrente gritan consignas distintas a las suya, a incendiar coches o a
destrozar el mobiliario urbano. Es verdad que se trata de grupúsculos minoritarios,
cuyos hilos mueve no se sabe bien quién. Sin embargo, hacen tanto ruido que
llegan a crear en la conciencia de los ciudadanos la
sensación de que se trata de revueltas incontenibles.
En un artículo anterior me atrevía a condenar estas
actitudes y a advertir de que son un magnífico combustible para las calderas
reaccionarias, puestas a presión estos días ante las próximas elecciones. Si
hay algo que caracteriza a los conservadores de cualquier parte del mundo es
su fervor por el orden y la tranquilidad, aunque ya
sabemos que lo que algunos llaman tranquilidad viene de tranca.
De la misma manera que los exabruptos, los insultos, las
injurias y las ofensas desmedidas que prodigan los conservadores en cualquiera
de sus mítines a Pedro Sánchez perjudica ante muchos españoles la imagen de los
vociferantes, la violencia callejera daña la de los progresistas. Por eso,
insisto, sería bueno que las cortaran de raíz, no me refiero a hacerlo mediante intervenciones de la
policía, lamentablemente inevitables en algunos casos, sino a la pedagogía que
deberían utilizar los líderes de la izquierda.
Es curioso observar cómo los mensajes preelectorales van cambiando de acuerdo con la evolución de los acontecimientos. Por un lado, a la bochornosa visita de Milei, con sus carcajadas estridentes y sus endulzados abrazos, ya se le está sacando punta, por el otro nada tiene de particular que a las pedradas se les saque jugo. Por supuesto que no es lo mismo que el líder de la populista ultraderecha argentina insulte al presidente de un gobierno elegido democráticamente, que un indeseable grupo de menores manejados por no se sabe quién juegue a hacer la revolución en la calle. Pero las bocinas suelen funcionar muy bien, sobre todo cuando las utilizan aquellos que no tienen nada que proponer, salvo recortes.




















