Cuando la Organización Mundial de la Salud, un organismo
perteneciente a la ONU, le encarga a España que gestione la repatriación de los
embarcados en el crucero afectado por el hantavirus, algunos patriotas de
hojalata se rasgan las vestiduras y arremeten contra el gobierno español. En
vez de sentir el orgullo de pertenecer a un país en el que la máxima autoridad
mundial en materia sanitaria confía plenamente, entre otras cosas porque dispone de las infraestructuras necesarias para enfrentarse a un reto como éste, prefieren aprovechar la
delicada coyuntura para hacer política de vía estrecha.
Por si fuera poco, cuando todavía se estaba estudiando el plan de acción, algunos voceros de la oposición, por no llamarlos vocingleros, se lanzan a acusar al gobierno español de falta de transparencia informativa. Ni siquiera son capaces de esperar a los
comunicados oficiales, que naturalmente no pueden improvisarse dada la gravedad
de la situación. En vez de colaborar en la imprescindible labor de no alarmar, se lanzan a fomentar la intranquilidad, el desasosiego y la inquietud entre los españoles, como auténticos saboteadores.
El señor Clavijo, presidente del gobierno de Canarias, en
rueda de prensa celebrada mientras el comité de crisis estaba reunido en Moncloa, acusa a
todo aquel que se mueva de estar actuando sin contar con él. Si no fuera porque
se notaba que la estulticia se le escapaba por todos los poros de la piel, yo
me hubiera desternillado de risa al ver su patética protesta. Supongo que no
debe de tener demasiado claro cuales son las competencias de su administración y cuales las de la central.
Otro de los habituales portavoces del Partido Popular, Elías Bendodo, al
mismo tiempo que el señor Clavijo se despachaba en alharacas, pedía la dimisión
de la ministra de Sanidad. Sorprendentemente, solicitaba al presidente del
gobierno que la destituyera y tomara él personalmente el control de la situación. Supongo que
su jefe le reprendería a continuación por el alarde de confianza en Pedro
Sánchez, porque Feijóo, al mismo tiempo, seguía insistiendo pertinazmente, como hace sin descanso desde hace
varios años, en que el que debe dimitir es el secretario general del partido
socialista.
Ni siquiera en los momentos en los que la más elemental de
las cautelas recomienda al menos guardar silencio, algunos son incapaces de
abandonar la mezquindad o, como decía arriba, la política de vía estrecha. Debe
de ser porque no saben hacer Política con mayúscula.
Cuando escribo esto, la repatriación de los embarcados ya se ha puesto en marcha, con el beneplácito de la OMS y la colaboración de todos los países afectados. Pero miedo me da que algún día sean estos señores de la oposición los que tengan que gestionar situaciones tan delicadas. Dios nos coja confesados.



















