Dicho esto, añadiré que estoy sorprendido por el ruido mediático, por el
derroche económico y por la incomodidad ciudadana que la visita del actual
pontífice está creando en las ciudades españolas que va a visitar. Sé que la
sorpresa procede de mi ingenuidad, porque a mis años no debería sorprenderme de estas cosas. Lo que sucede es que como me había parecido
percibir en los mensajes de León XIV un cierto tono de cercanía a los más
necesitados, todo este despliegue de mundanidad me está dejando perplejo. Una
vez más me encuentro ante la paradoja de que se den ejemplos contrarios a lo
que se predica.
Me gustaron los pronunciamientos que hizo sobre los
genocidios en marcha, porque, aunque no citara nombres por “prudencia vaticana”,
quedaba claro que se refería a las guerras en el Próximo Oriente. Es evidente
que a Trump no le gustaron sus palabras, como tampoco le han debido de gustar a
Netanyahu. Pero dichas están y ahí se quedan como mensaje papal.
Por otro lado, no me han pasado desapercibidas sus palabras con relación a la acogida de inmigrantes por parte de los países desarrollados, porque son una enmienda a la totalidad de la xenofobia y el racismo que se ocultan tras el eslogan de "Prioridad nacional", que poco a poco va introduciendo el PP en las comunidades que preside con la imprescindible colaboración de Vox. Tener en contra a León XIV no debe de ser para ellos un plato de buen gusto.
En nuestro país, la derecha y la ultraderecha, que ya se sentían incómodas con el papa
Francisco, deben de estar muy preocupadas con la deriva “izquierdista” de su
sucesor. Es curioso observar hasta que punto su ideario se está quedando trasnochado frente a los avances sociales de la Iglesia
Católica. Es cierto que éstos son tímidos, cautos y lentos, pero comparados con
el retroceso que pregonan los de Feijóo y Abascal parecen
revolucionarios.
Precisamente porque el aggiornamento de las
posiciones sociales de la Iglesia me parece digno de atención, es por lo que
cuando observo el derroche carnavalesco para recibir al papa en España me
pregunto a cuento de qué tanta pompa y boato. Comprendo perfectamente que por su condición de dirigente espiritual y por su categoría de jefe de Estado deba recibir un
tratamiento especial. Pero la dignidad protocolaria no está reñida con la
humildad, con la contención del gasto, con la sencillez y. sobre todo, con el ejemplo.
Es posible que una vez que haya oído sus mensajes sobre los
asuntos terrenales que nos preocupan a los ciudadanos mi sorpresa se diluya en
alabanzas. Pero hasta ese momento me indigna la incoherencia que observo entre lo que se predica y lo que se hace.



















