Sin embargo, como cuento con el bene placito de los
lectores de este blog, incluso de los que se mueven extra muros de
mis ideas, ¿por qué no voy a arriesgarme? Confío en que, si me pillan in
fraganti, apliquen el sabio consejo de in dubio pro reo.
En cualquier caso, aunque esta divagación pueda no ser del
agrado de alguien, alea jacta est. Ya no tiene remedio, porque no todo en esta vida tiene que ser serio,
podemos y debemos visitar de vez en cuando el terreno de la frivolidad. Lo cual
no quiere decir ni mucho menos que este estilo se vaya a convertir de ahora en
adelante para mí en un statu quo.
De facto, a mí no me gusta demasiado el estilo
culterano en la escritura. Lo barroco siempre me ha cansado, lo que no
significa que me atraiga lo ramplón o lo simplista. Creo que aquí, como en tantos
otros órdenes de la vida, se puede mover uno en la moderación. Vocabulario rico sí, pero
sin extravagancias.
Por eso, lo que no quisiera es que esta reflexión mía de
hoy se convierta en un corpus delicti. No están los tiempos para ir dejando
huellas comprometidas. Aunque siempre me quedará la esperanza de que se me
aplique el derecho al habeas corpus.
Pero es que, además, no puedo olvidarme de un consejo que me
dieron hace muchos años y que he procurado seguir toda mi vida, el de carpe
diem. Si hoy me apetecía soltar este juego de palabras, por qué dejarlo para mañana.
De todas formas, que nadie pierda de vista que todos en la
vida practicamos constantemente y sin darnos cuenta el quid pro que. Es muy posible que haya escrito este artículo pensando en recibir a cambio algún guiño o alguna sonrisa, no porque me haya entrado un delirium
tremens .
Grosso modo y sin entrar en detalles, éste, como decía al principio, ha sido un artículo algo especial. Ergo, no creo que vuelva a repetirse.



















