Lo malo de este alarde de matonismo no son las palabras, sino las intenciones. Han
mamado en las tetas de la violencia dialéctica y ya se sabe que la línea que
separa las palabras de las acciones es muy delgada. Forma parte de su ADN,
entre otras cosas porque confunden valor con agresividad y debate con refriega.
Por eso, no les hacen ascos al uso de la violencia.
Lo que está sucediendo en estos momentos con la
ultraderecha, ese auge que parece que los va a llevar a conquistar el universo,
no es nuevo sobre la faz de la tierra. Se trata de uno de
tantos fenómenos cíclicos, en estos momentos favorecido por la presencia de ciertos líderes
internacionales que han llegado a la política a lomos de la demagogia y el
populismo. Que el actual presidente de los EE. UU. se levante por la mañana
meditando sobre qué país atacara ese día, favorece mucho la proliferación de
pequeños caudillos a lo largo y ancho del mundo, imitadores de su todopoderoso
ídolo.
España no se libra de este fenómeno. Una escisión en el Partido
Popular, fundado durante la transición por un ministro de la dictadura, que hasta es momento navegaba por aguas relativamente moderadas, dio lugar al nacimiento de
Vox, con un líder fanfarrón, presuntuoso y jactancioso a la cabeza, un antiguo
militante del PP que, como no debía de encontrar hueco acorde con sus aspiraciones caudillistas,
se vio impulsado a crear su propio espacio, en el que nadie le pudiera hacer
sombra.
Pero es que el nacimiento de un rival procedente de su propia matriz ha
obligado al PP ha radicalizar su ideología, hasta tal extremo que ahora es muy difícil distinguir la antigua derecha de la nueva ultraderecha. Por eso, ya sin pudor de ningún tipo, nos anuncian a bombo y platillo una
alianza poselectoral tras las próximas elecciones generales.
Todavía no se les ha visto ni a uno ni a otro, ni a Feijóo ni a Abascal, con motosierras en la mano. Pero al paso que vamos no me extrañaría que algún día contemplemos esa escena. Es tanta la agresividad que emana de sus bocas, que diera la sensación de que ya no tienen suficiente desahogo con las palabras. El próximo paso pudiera ser la exhibición de utensilios esperpénticos.
Pero hay otro síntoma que identifica a las ultraderechas de cualquier parte del mundo, plantear dudas sobre la limpieza de las elecciones, no se sabe si para sembrar cizaña o para curarse en salud ante una posible derrota. Abascal ya ha empezado con esta cantinela, por supuesto sin aportar prueba alguna, inventando conspiraciones procedentes del exterior, maquinadas para mantener a Sánchez en el poder.
Es que son como niños.



















