El escándalo ha sido tal, que en veinticuatro horas los
portavoces de la comunidad han pasado de justificar el despilfarro a poner en
venta este inmueble y cuatro más situados en la Gran Vía, explicando que el
dinero recaudado se destinará a paliar las consecuencias de los devastadores
incendios. No dan demasiados datos, ni cuánto ha costado este bodrio transaccional,
ni a qué estaban destinados los pisos del centro de Madrid, ni las razones por las que de repente, sin
mediar palabra, donde dije digo, digo Diego.
A mí esta historia no me sorprende nada, porque la inscribo dentro
de la sensación de impunidad que envuelve muchos de los movimientos de Ayuso: turismo
en Méjico disfrazado de viaje de carácter oficial, con conflicto diplomático incluido;
participación de su jefe de gabinete en los manejos fiscales de su novio y
reuniones de gobierno en “la casita”, a cuarenta y cinco kilómetros de Madrid. Absoluta,
como digo, sensación de impunidad.
En cualquier caso, a doña Isabel no se le mueve una onda del
peinado. Tan acostumbrada está a que sus seguidores aplaudan todo aquello que
diga o haga, que las críticas le resbalan sin mojarla. Lo de la corrupción no
va con ella, eso es cosa de otros lares, de gente progre y mal educada. Lo suyo
es “peccata minuta” comparado con las barbaridades del rival, que por cierto no
es su adversario directo en la comunidad que preside, sino nada más y nada menos que el presidente del
gobierno.
A mí me parece vergonzoso todo esto. No puedo entender que los movimientos especulativos de Ayuso no le pasen factura. Me resulta inimaginable que no se
hayan presentado ya denuncias por el despilfarro del dinero que pagamos todos
los madrileños. Me abochorna que los de su partido miren para otro lado, no les
vaya a suceder lo que a Pablo Casado.
Pero sobre todo se me revuelven las tripas cuando veo a ciudadanos normales, a
los que considero honrados en sus comportamientos habituales, defender a toda
costa la continuidad en el cargo de la actual presidenta de la CAM.



















