Vivimos tiempos de mentiras, de falsos relatos, de
acusaciones infundadas, de paranoias conspirativas y de negacionismo militante.
Se trata de una especie de bola de nieve que empezó a rodar hace unos años y
que desde entonces no hace más que crecer y crecer. Puede ser que su origen no
fuera premeditado, sino consecuencia de que los que ostentaban el poder en
aquel momento, cuando vieron que el pueblo soberano los apartaba y los
sustituía por otros, reaccionaran con una virulencia tal que diera origen al
núcleo de la bola y que, después, tras comprobar que los efectos que causaba su
rodadura les favorecía, no sólo no quisieran pararla sino que por el contrario
decidieran mantener su caída libre y como consecuencia su engrosamiento.
Desde que la democracia volvió a España hemos vivido
situaciones políticas de todo tipo. Por la Moncloa han pasado presidentes de
los dos partidos mayoritarios, unos mejores y otros no tan buenos. A su vez,
hemos sufrido o disfrutado de jefes de la oposición que han ejercido su labor
opositora con mayor o menor maestría. Sin embargo, a pesar de los diferentes
climas políticos que se han ido derivando de quienes estuvieran en el banco
azul o en la oposición en cada momento, no se había visto hasta ahora un envenenamiento de
la vida política tan exacerbado como el que se vive ahora. Ni hay verdad, ni se
utiliza la razón ni se acude a las enseñanzas de los maestros.
En estos momentos, en el panorama político español,
en vez de los valores que señalaba la tertuliana que me ha
prestado el título de este artículo, prevalecen la mentira, la irracionalidad y la ignorancia.
Pero lo peor de todo es que estos nuevos principios se están convirtiendo en los fundamentos de una nueva estrategia política, la de
demonizar al adversario.
Sin embargo, en esta reflexión no quisiera caer en la equidistancia, porque no
es lo mismo insultar que responder al insulto. Cuando una oposición enfurecida
y salida de madre no sabe hacer crítica política sin esgrimir la descalificación, al
descalificado le quedan pocos recursos y no tiene más remedio que recordarle al
descalificador que no está en condiciones de dar ejemplo, porque arrastra
precisamente los vicios que achaca a su rival.
Por cierto, es tal el nivel de los insultos y la frecuencia
con la que se pronuncian, que he empezado a anotarlos en mi “cuaderno de
bitácora”, sin olvidarme de apuntar la fecha y el autor, Es muy posible, a no ser
que la reiteración me aburra, que algún día los publique en este blog. No
servirá absolutamente de nada, pero yo me daré la satisfacción de denunciar que
Abascal llama aprendiz de tirano a Sánchez o que Feijoo considera que la
publicación de los documentos del 23 F es una cortina de humo para tapar la
corrupción del presidente del gobierno.
¡Manda huevos!










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