En primer lugar, diré que siempre he considerado que cuando
uno se mueve en terrenos de tierras movedizas corre el riesgo de hundirse en
ellas. El mundo de las consultorías es uno de ellos, porque nunca queda claro
si se traspasa esa delgada línea que separa el consejo de la intervención
directa. No es lo mismo recomendar que se siga una determinada línea de actuación
para conseguir algún beneficio procedente de las administraciones, que
intervenir directamente en la ejecución del procedimiento recomendado. Hay
bastante diferencia entre aconsejar en base a la experiencia conseguida a lo largo de los años,, que descolgar el teléfono e intervenir personalmente. Lo primero es absolutamente
legal, lo segundo significa caer en tráfico de influencias. Como esa delgada
línea es en ocasiones difícil de determinar, puede originar interpretaciones erróneas.
En el caso que nos ocupa, desconozco de momento los detalles y por tanto no
puedo pronunciarme.
En segundo lugar, cobrar por las recomendaciones que haga un consultor es
absolutamente legal. Al fin y al cabo, es un trabajo que, aunque el
conocimiento proceda de la experiencia política, no deja de ser legítimo. Si el
dinero cobrado se declara como marca la ley, percibirlo nunca será un delito. En
este caso, Rodríguez Zapatero mantiene que ha declarado hasta el último euro que ha recibido por estas actividades.
Luego está la segunda parte del problema. El
expresidente socialista nunca ha sido del agrado de la derecha española, porque
además de haber derrotado a Rajoy en las urnas en dos ocasiones, en estos momentos
constituye un sólido soporte de lo que han dado en llamar el “sanchismo”. Digo
sólido, y no exagero. porque su trayectoria política es intachable. Durante sus
mandatos no hubo absolutamente ningún caso de corrupción, los derechos de los
ciudadanos avanzaron como nunca hasta entonces, contribuyó de manera definitiva
a terminar con el terrorismo etarra y, cuando la crisis financiera atenazó las
economías occidentales, en un gesto de responsabilidad política adelantó las elecciones.
De la judicatura no voy a hablar, porque me guía el respeto.
Pero sí diré que me parece muy extraño que antes de que se hayan iniciado las diligencia,
es decir, cuando todavía el acusado no ha comparecido para declarar, se redacte un
auto claramente inculpatorio, lo que tampoco debería sorprenderme porque no es
el primero que veo en los últimos tiempos. La presunción de inocencia es algo
más que una frase.
Los palos que todavía quedan en mi sombrajo siguen intactos, pero
me da miedo encontrarme de repente a pleno sol. Tengo la piel muy blanca
y me quemo con facilidad.



















