De este cambio de intención, de carácter casi pendular, se pueden extraer muchas conclusiones, pero hoy he decidido centrarme en algunas de ellas, concretamente en las causas que han llevado a las fuerzas progresistas a esta situación de debacle. Por supuesto son varias. No sería justo cargar las tintas en una sola.
En primer lugar, qué duda cabe de que, cuando se gobierna, quien está al frente de las decisiones se quema. Pero es que, además, en el caso que nos ocupa Pedro Sánchez ha sido el foco sobre el que han caído todas las iras de las fuerzas reaccionarias, que ni siquiera lo han apoyado en las cuestiones llamadas de Estado. El “cuanto peor, mejor” ha flotado sobre el panorama político español durante los últimos años de una manera tan descarada, que ha puesto de manifiesto el odio enfermizo de los reaccionarios, por un lado, y su falso patriotismo, por otro.
Los casos de corrupción no han ayudado, por supuesto, porque,
aunque algunos de ellos puedan ser meros inventos de los interesados en el
desprestigio, algunos, como los de Ábalos y Cerdán, son de antología. Es verdad
que en el otro lado sucede lo mismo, pero no es mi propósito entrar hoy en
comparaciones.
Hablemos ahora de la izquierda a la izquierda. Cuando a partir
del 15 de mayo de 2011 los llamados indignados empezaron a socavar las bases
del centro izquierda que representaba el PSOE, sin programa propio, sin
estructura funcional conocida, con improvisaciones continuas y eslóganes
populistas, se inició un proceso de descomposición imparable. Yo lo vi venir y lo dije aquí,
no porque sea muy sagaz, sino porque era evidente. Pero muchos votantes del
PSOE, insatisfechos con la para mí inevitable lentitud de las reformas, dieron
la espalda a la mesura reformistas y cayeron en las garras de la demagogia.
La composición de la sociedad española no permite
convulsiones volcánicas, sino la continua gota que horada la roca. Esta
izquierda a la que me refiero, en vez de seguir el consejo del viejo proverbio
que reza “vísteme despacio que tengo prisa”, prefiere aquello otro de “asaltar
los cielos”. Les resulta más fácil hablar de castas que analizar
la composición variopinta y compleja de nuestra sociedad. Total: palabrería y
pocos hechos. Como consecuencia: ceder el paso a la coalición reaccionaria.
Del Frente Amplio y de los personalismos de sus líderes
hablaremos otro día, porque ¡anda que no hay cosas que contar!




















