Los protagonistas estaban invocando la ayuda divina para
ganar una guerra que ellos habían iniciado. Por supuesto, Trump en el centro,
sentado, ensimismado, casi en éxtasis. No bailaba, no hacía el payaso de esa
manera tan peculiar que le gusta exhibir. Simplemente oraba para que las
bendiciones del cielo cayeran sobre él y le permitieran seguir atacando a los
iraníes y destruyendo la economía del mundo.
Debo reconocer que, si no fuera porque las agencias de
noticias daban aquellas imágenes como auténticas, yo hubiera pensado que se
trataba de un montaje de los enemigos del presidente de EE. UU. La inteligencia
artificial permite construir auténticos espantajos, de manera que cualquier
cosa era posible. Pero no, aquello era
real.
Invocar a Dios para ganar una guerra no es ninguna novedad.
Es más, estoy convencido de que la mayoría de los conflictos bélicos nacen de
desavenencias religiosas, donde cada una de las partes reza a su imaginaria divinidad. Por eso, siempre he pensado que si las religiones no existieran el mundo sería mucho mejor. Ahora bien, que en pleno siglo XXI un mandatario de un país desarrollado
le pida al cielo que le ayude a seguir masacrando a la población de un país
para mayor gloria de su persona, se me antoja, no ya disparatado, sino un
auténtico insulto a la inteligencia.
Por supuesto que Trump desaparecerá en algún momento y como
consecuencia las aguas volverán a su cauce. Pero el daño tan enorme que sus paranoias le está haciendo a la humanidad tardará mucho en borrarse de la
memoria de las gentes civilizadas. Cuando decía aquello de make America great
again (haz América grande otra vez), yo pensaba que la grandeza que proclamaba era positiva, que su
mensaje se refería a las condiciones de vida de sus ciudadanos. Pero qué equivocado estaba, porque su grandeza no es otra que la que le otorga
el poder militar. Su deriva caudillista está empobreciendo el mundo, incluido
en ese mundo a su país.
He vivido durante muchos años bajo la sensación de que habitaba en una zona privilegiada del mundo, donde el temor a las guerras quedaba muy
lejos. Pero ahora, gracias a dos políticos sin principios, Trump y Putin, a los
que se les une el genocida Netanyahu, empiezo a sentir la sensación de que se
está destruyendo todo lo que tras la segunda guerra mundial se había
construido. Yo no veré las consecuencias de este derrumbe, pero me
entristece pensar que, después del esfuerzo de varias generaciones por dejar
atrás el odio y las supersticiones, a nuestros hijos y a nuestros nietos les
espere un futuro tan incierto.
Espero que el dios de Trump haga oídos sordos a sus invocaciones. Si yo rezara, que no es el caso, le pediría al mío algo distinto, pero que muy distinto.













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