En una de esas reuniones a las que asisto de vez en vez para encontrarme con personas de mi edad a las que hacía décadas que había
dejado de tratar, salió el otro día a relucir la figura de León XIV. Para mi
sorpresa, teniendo en cuenta que los que allí estaban confesaban ser católicos,
nada más iniciarse el debate o, mejor dicho, nada más iniciar ellos el tema empezó a caer sobre el actual papa un aluvión de juicios negativos, la mayoría
de ellos acudiendo al manido sistema de las comparaciones. Como todos los que
allí estábamos hemos conocido varios papas, a los críticos no les faltaban
figuras con las que comparar. Una de las elegidas fue la del papa Francisco, la
otra la de Juan Pablo II. Supongo que no hace falta que añada que la del
primero para denunciar en sus planteamientos señales de posicionamiento izquierdistas y la del segundo para resaltar su santidad.
Cuando me encuentro inmerso en controversias dialécticas
sobre asuntos que ni me van ni me vienen, me suelen entrar ganas de salir corriendo para no volver más. Pero como por un lado me mueve la querencia hacia
personas a las que me une un cierto pasado compartido y por otro la curiosidad
por averiguar hasta dónde se puede llegar en debates estériles, allí me quedé
como un pasmarote.
El ruido fue creciendo, los elogios a Wojtila entraron en el
terreno de sus milagros y, como consecuencia, en el elogio a la merecida dignidad
de santo que le otorgó la Iglesia; mientras que las alusiones a Francisco
empezaron a merodear alrededor de su “pasado peronista”. Pero el clímax de la
exaltación a la figura del primero se alcanzó cuando uno de los tertulianos, que
ya había apuntado maneras sobre su veneración al papa polaco, dijo algo así
como que sólo por haber acudido al Rocío durante su visita a España hubiera
merecido que lo canonizaran. Yo lo miré sin dar crédito a sus palabras, porque
en algún momento tuve la sensación de que había entrado en el terreno de la
ironía. Pero no, aquel elogio no tenía doble sentido. Era pura y llanamente una alabanza al breve pasado rociero de Juan Pablo II.
No creo que sea necesario que aclare que ese día estábamos
en vísperas de la visita de León XIV a España, cuya figura, después de las
idas y venidas a lo largo de papados anteriores, quedó muy denigrada. Al final
de este corto debate, otro de los opinantes se atrevió a decir que deje de hablar de genocidio o se le echarán encima el Mossad y la CIA.
Pensándolo bien, quizá el título de este artículo no esté
tan mal elegido.



















