Empezaré diciendo que yo voté la candidatura encabezada por
Felipe González hasta en cinco ocasiones, cuatro de ellas celebrando el triunfo
en las urnas y la quinta y última lamentando la derrota. Lo digo, porque esta
circunstancia pone de manifiesto mi admiración y respeto ante una figura política
histórica que considero irrepetible. Sacó al PSOE de la clandestinidad, eliminó
de su ideario los flecos que le quedaban de la retórica “guerracivilista”, puso
en marcha una dinámica de protección social que cambió el panorama de las
clases trabajadoras en España y metió a nuestro país en Europa.
Añadiré que, como consecuencia de la impresión que me
produjeron sus mandatos y su legado, he seguido confiando en el partido
socialista que el puso en marcha, entre otras cosas porque a mi juicio su
evolución ha ido respondiendo a los cambios de escenario en la política
española. No es lo mismo tener como adversario al PP de entonces, en un
panorama rabiosamente bipartidista, que enfrentarse a la deriva ultraderechista
de los populares y a los mensajes antisistema de Vox, todo ello dentro de un
parlamento dividido en una gran variedad de tendencias, progresistas o
conservadoras, de ámbito nacional o autonómico.
De ahí viene el ¡ay! del título, porque no acabo de entender su enmienda a la
totalidad de la gestión de Sánchez. La discrepancia no sólo es legítima, sino
además beneficiosa. Pero en política hay formas, por lo que resulta
incomprensible que nos anuncie un voto en blanco, para regocijo de la derecha y
la ultraderecha y perplejidad de los progresistas moderados. Tal actitud, lo
confieso abiertamente, no tiene cabida en mi lógica.
Tampoco puedo entender sus comparaciones entre Bildu y Vox. Los
primeros, a pesar de sus antecedentes, han reconducido el independentismo vasco de
izquierdas desde la miserable violencia asesina que nos acosó durante tantos años, a la
participación democrática en las instituciones españolas. Los segundos están
dispuestos a asolar este país, en comandita con las ultraderechas europeas y el
aciago Trump. Por tanto, Felipe González debería explicar a los españoles de dónde
saca su parangón.
Mi admiración por el Felipe que yo voté en su día sigue
intacta. Pero sus inexplicables derivas de hoy me sumen en la tristeza más
absoluta.






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