En lo que viene a continuación no voy a hacer ninguna
valoración artística, porque no es mi intención. Me voy a limitar a explicar
alguna de las sensaciones que la historia de la edificación de esta basílica provoca
en mi ánimo. Cuando viví en Barcelona, hace ya muchísimos años, yo era un niño
al que le llegaba la onda de que, por falta de dinero, las obras de
construcción de una gigantesca iglesia en el centro de la ciudad estaban paradas desde hacía tiempo. Años
más tarde, me empezaron a llegar noticias de que existía una gran controversia
entre los que opinaban que no tenía ningún sentido dar continuidad a su
construcción y los que defendían a capa y espada que había que rematar la obra
concebida e iniciada por Gaudí. Por supuesto, en la diferencia de criterios
influía, entre otras cosas, el presupuesto. Pero el criterio de los segundos
prevaleció, de manera que casi un siglo y medio después de ponerse la primera
piedra las obras continúan.
No soy capaz, supongo que ni yo ni nadie, de saber cuánto
queda por hacer o, mejor dicho, cuánto se tardará en concluir las obras, porque
doy por hecho que algún día podrá declararse terminada. Ignoro por completo el
coste hasta la fecha y el previsto hasta acabar. Tampoco, por supuesto, cuales
son las fuentes de financiación, Pero a todas luces parece evidente que estamos
hablando de cantidades ingentes, puestas al servicio de un empeño que, cuanto
menos, es discutible desde un punto de vista social.
Cuando oigo hablar de alturas –parece que en este momento es
el templo católico más alto del mundo- no puedo evitar que me venga a la
memoria los pasajes bíblicos de la torre de Babel, cuando Dios castigó a los
hombres por su soberbia. No sé por qué, pero no puedo evitar la rememoración del castigo. Puede ser, no lo voy a negar, que la comparación provenga de tanta
presunción como observo a mi alrededor. ¡Vaya
usted a saber!



















