15 de junio de 2026

La Sagrada Familia y la megalomanía humana

Empezaré diciendo, para no dar lugar a interpretaciones erróneas, que me considero un admirador del modernismo que representa Gaudí y, más concretamente, de las obras de este gran arquitecto. He visitado muchas de sus construcciones y siempre he salido bajo la abrumadora sensación de que fue un genio irrepetible. Sin embargo, como voy ahora a centrarme en su obra más conocida, la iglesia de La Sagrada Familia de Barcelona, no tengo más remedio que decir que, sin menoscabo de su extraordinario valor arquitectónico, de la belleza de sus proporciones y del atrevimiento vanguardista que representa, la continuidad a lo largo de 144 años de las obras de construcción de este templo me parece un auténtico despropósito y una anacronía social, no sólo desde el punto de vista material, también del humano. 

En lo que viene a continuación no voy a hacer ninguna valoración artística, porque no es mi intención. Me voy a limitar a explicar alguna de las sensaciones que la historia de la edificación de esta basílica provoca en mi ánimo. Cuando viví en Barcelona, hace ya muchísimos años, yo era un niño al que le llegaba la onda de que, por falta de dinero, las obras de construcción de una gigantesca iglesia en el centro de la ciudad estaban paradas desde hacía tiempo. Años más tarde, me empezaron a llegar noticias de que existía una gran controversia entre los que opinaban que no tenía ningún sentido dar continuidad a su construcción y los que defendían a capa y espada que había que rematar la obra concebida e iniciada por Gaudí. Por supuesto, en la diferencia de criterios influía, entre otras cosas, el presupuesto. Pero el criterio de los segundos prevaleció, de manera que casi un siglo y medio después de ponerse la primera piedra las obras continúan.

No soy capaz, supongo que ni yo ni nadie, de saber cuánto queda por hacer o, mejor dicho, cuánto se tardará en concluir las obras, porque doy por hecho que algún día podrá declararse terminada. Ignoro por completo el coste hasta la fecha y el previsto hasta acabar. Tampoco, por supuesto, cuales son las fuentes de financiación, Pero a todas luces parece evidente que estamos hablando de cantidades ingentes, puestas al servicio de un empeño que, cuanto menos, es discutible desde un punto de vista social.

Cuando oigo hablar de alturas –parece que en este momento es el templo católico más alto del mundo- no puedo evitar que me venga a la memoria los pasajes bíblicos de la torre de Babel, cuando Dios castigó a los hombres por su soberbia. No sé por qué, pero no puedo evitar la rememoración del castigo. Puede ser, no lo voy a negar, que la comparación provenga de tanta presunción como observo a mi alrededor. ¡Vaya usted a saber!

Es muy posible que si no hubiera asistido desde la A a la Z a los actos de bendición de la torre de Jesucristo por León XIV, no se me hubiera ocurrido traer aquí estas reflexiones. Pero, como lo hice y como saqué la conclusión de que se estaba tratando la obra de Gaudí como si de un parque temático se tratara, drones fantasmagóricos y fuegos artificiales incluidos, no he podido evitar escribir sobre unas ideas que hace ya mucho tiempo que contemplo y que nada tienen que ver ni con el insigne arquitecto ni con el modernismo. Sólo con la megalomanía de los humanos

3 comentarios:

  1. Buenos días Luis. Desde que recibí este nuevo artículo ayer por la noche, he estado dándole vueltas y me ha dejado pensando y estudiando un poco.

    Logras separar con precisión el genio de Gaudí de la deriva actual del templo, tocando la clave de todo: la diferencia entre la obra de un hombre y la 'marca' en que se ha convertido.

    Tu sospecha sobre el 'parque temático' tiene una base histórica real que da para mucho. Cuando Gaudí murió, apenas se había construido una quinta parte del templo. En 1936, el incendio de su taller destruyó los planos originales, obligando a sus sucesores a hacer 'arqueología técnica' para adivinar el resto. Esto convierte a la basílica en un híbrido donde el 80% restante es una interpretación moderna, ejecutada con criterios de eficiencia industrial, no artesanal.

    Al intentar completar un sueño basado en fragmentos y cálculos contemporáneos, hemos pasado de una ambición mística a un ejercicio de ingeniería de masas. Lo que hoy atrae al turismo no es solo la genialidad de Gaudí, sino la culminación de un hito que, al ser eternamente inacabado, garantiza su rentabilidad publicitaria: ¡nada menos que 135 millones de euros anuales que dependen casi exclusivamente de las entradas! Es, en efecto, un monumento a nuestra propia capacidad técnica que ha terminado por eclipsar la esencia original del arquitecto.

    Sinceramente, después de darle vueltas, por la mañana, con la clarividencia que da el despertar, me he dado cuenta de que no has escrito solo un artículo de opinión; tienes entre manos el esqueleto de una novela fascinante. La historia de un genio incomprendido, el taller quemado en la guerra, el trauma de una ciudad y la metamorfosis de un sueño místico en una multinacional del turismo... tiene todos los ingredientes para ser un éxito. Si nadie ha escrito aún la novela sobre cómo el legado de Gaudí se convirtió en esta maquinaria, quizá es que estaban esperando a alguien con tu mirada para hacerlo. No dejes que Ken Follett o algún otro avispado se te adelante.

    ¡Muy buenos días y adelante con esa novela que está esperando que la escribas!

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Fernando. De momento, con acabar aquella que un día me encontré perdida en una estantería de mi estudio me conformaría. Ya casi la tengo.

    ResponderEliminar
  3. ¿ Qué si se repite el pasaje bíblico de la torre de Babel, cuando Dios castigó a los hombres por su soberbia? Pues claro: Puigdemont. Bueno, y Alianza Catalana.

    ResponderEliminar

Cualquier comentario a favor o en contra o que complemente lo que he escrito en esta entrada, será siempre bien recibido y agradecido.