Cuando por la mañana de ese viernes navideño, nada más levantarme empecé
a oír las primeras noticias sobre el ataque, me quedé desconcertado, no porque una maniobra de
este tipo no formara parte de mis previsiones, sino porque no entraba en mi
cabeza que una potencia como la atacante bombardeara a un país como Venezuela. Pero cuando horas más tarde contemplé en directo la
comparecencia de Trump ante los medios de comunicación rodeado por el coro de
palmeros que lo acompaña en estas ocasiones, me quedé petrificado. Le estaba
explicando al mundo entero que hace lo que le da la gana, que no respeta ni
normas ni equilibrios geoestratégicos y que, si hasta ahora no habíamos
aprendido la lección, ya iba siendo hora de que espabiláramos.
El continente americano es suyo -ya lo dijo el presidente
Monroe en el siglo XIX- y por tanto que nadie ose intervenir en contra de sus políticas expansionistas, de sus pretensiones colonialistas y de sus intereses
particulares. El petróleo venezolano ya no es de sus legítimos propietarios, sino
que a partir de ahora estará al servicio de la política que dicte el
todopoderoso Trump. Los ciudadanos de Venezuela dejan de ser soberanos, para convertirse en dependientes a partir de ahora de lo que decida el gran autócrata que
reside en la Casa Blanca.
Todo esto hasta podría verlo como algo muy lejano, si no
fuera porque me viene a la memoria el reparto del mundo que EE. UU. y la Unión Soviética
se hicieron tras la segunda guerra mundial. Es cierto que el escenario y los
actores son muy distinto ahora a los de entonces, pero mucho me temo que Putin
estuviera al tanto de la maniobra americana en Venezuela. Déjame a mí América y yo te
dejaré a ti Europa. No me incordies demasiado en mis pretensiones colonialistas y yo no te molestaré en
Ucrania, en Bielorrusia, en Moldavia, en las repúblicas bálticas y, si me insistes, en los antiguos países
del Pacto de Varsovia. Guardemos las formas entre nosotros y adelante con nuestros respectivos
intereses, como mandatarios todopoderosos que somos.
Supongo que a algunos de los que leen estas reflexiones mías
lo que acabo de decir les sonará a exageraciones sin fundamento. Pero tiempo al
tiempo. Europa corre el riesgo de dejar de ser la zona del mundo con el nivel
de progreso más alto, con el mejor coeficiente de respeto a los derechos humanos y con los índices de bienestar social y de ejercicio de las libertades más valorados en el mundo entero, porque ni Trump
ni Putin están dispuestos a que así sea.



















