Conocí a Pepe en 1953, cuando uno de los cambios de destino
de mi padre me trasladó junto a mi familia a Barcelona. Él era algo mayor que
yo, pero mi estatura nos igualaba; ya se sabe que, vencidos los
obstáculos de la diferencia de edad, lo demás depende de la voluntad. Lo cierto
es que desde el principio trabamos una buena amistad, favorecida por el hecho
de que vivíamos a escasos metros el uno del otro, en el enorme recinto del
Hospital Militar de Barcelona, hoy desaparecido como tal. Además, aunque en
cursos diferentes, los dos estudiábamos en el mismo colegio, el de La Salle Josepets, junto a la plaza de Lesseps, también desaparecido como todo aquello que me trae buenos recuerdos.
A esa edad, cuando las futuras personalidades se está formando, la influencia de los amigos suele ser decisiva. Lo cierto es que, aunque no sabría explicarlo, algo de Pepe hay en mí y algo de mí supongo que había en Pepe. Como anécdota contaré que, cuando su deterioro cognitivo había avanzado hasta convertirlo casi en un ser ajeno al mundo que lo rodeaba, si su mujer, en un alarde de cuidado exquisito de la memoria, le mencionaba a su amigo Luis, él contestaba Luis Guijarro Miravete.
Contaré una anécdota de las muchas que retiene mi memoria. Cuando él empezaba la carrera de medicina y yo todavía no había acabado la segunda enseñanza, paso un mes de agosto con nosotros en Castellote. En aquel momento se estaba reconstruyendo la iglesia de San Miguel, un templo gótico construido durante la primera mitad del siglo XV e incendiado durante la guerra civil. Como al levantar el suelo fueron apareciendo infinidad de esqueletos de religiosos enterrados allí cuando las costumbres de la época lo permitían, mosén Adolfo, el párroco de entonces, le ofreció a mi amigo que dispusiera de cuantos huesos quisiera para beneficio de sus estudios. Pepe volvió a Barcelona con una maleta cargada de osamentas. Afortunadamente, no se le abrió durante el viaje.
Las circunstancias de la vida bifurcaron nuestras trayectorias, debido entre
otras cosas a que vivíamos en lugares distintos y distantes. Pero al cabo de muchos años, cuando yo empecé mis aventuras literarias, con motivo de la
presentación de uno de mis libros en Barcelona reanudamos el contacto. Desde
entonces, Pepe, su mujer, Lines, mi mujer y yo nos hemos visto en
varias ocasiones, reanudando aquella amistad de hacía tantos años.
Los reencuentros con amigos al cabo de los años suelen
producir en ocasiones ciertas desilusiones, porque la memoria retiene fotos fijas y la
película de la vida nos cambia a todos. Pero puedo asegurar que ese no fue el caso
de mi amigo Pepe, con quien desde el reencuentro hablaba con él como si no
hubieran pasado los años. Diferencias de pensamiento sí, pero las amistades
arraigadas envían muy pronto los pelillos a la mar.
Amigo Pepe, descansa en paz.

Qué importantes son los amigos
ResponderEliminarPero mucho me temo que por lo general no se les da la importancia que tienen.
EliminarCuando un amigo como Pepe se va, es inevitable sentir que nos quedamos un poco más solos en este mundo; se nos va un testigo de nuestra propia vida.
ResponderEliminarMe quedo con esa imagen de la maleta cargada de huesos en Castellote: es una escena maravillosa, digna del mejor Berlanga, que logra arrancarnos una sonrisa incluso en un momento tan triste.
Fernando, la anécdota de la maleta es de las muchas que podría contar de Pepe. En mi libro Pinceladas, que me consta que has leído, recojo algunas más.
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