7 de enero de 2026

Miedo me da o pongamos las barbas a remojar

La violenta intrusión del poder militar de EE. UU. en Venezuela y la  subsiguiente “extracción” de Maduro me han producido sentimientos encontrados. Por un lado, que un dictador populista deje de serlo me llena por completo de satisfacción. Sin embargo, que una potencia hegemónica en el mundo actual no respete las normas del derecho internacional, no sólo me provoca un rechazo absoluto, sino que además me deja completamente desconcertado. Trataré de explicarme.

Cuando por la mañana de ese viernes navideño, nada más levantarme empecé a oír las primeras noticias sobre el ataque, me quedé desconcertado, no porque una maniobra de este tipo no formara parte de mis previsiones, sino porque no entraba en mi cabeza que una potencia como la atacante bombardeara a un país como Venezuela. Pero cuando horas más tarde contemplé en directo la comparecencia de Trump ante los medios de comunicación rodeado por el coro de palmeros que lo acompaña en estas ocasiones, me quedé petrificado. Le estaba explicando al mundo entero que hace lo que le da la gana, que no respeta ni normas ni equilibrios geoestratégicos y que, si hasta ahora no habíamos aprendido la lección, ya  iba siendo hora de que espabiláramos.

El continente americano es suyo -ya lo dijo el presidente Monroe en el siglo XIX- y por tanto que nadie ose intervenir en contra de sus políticas expansionistas, de sus pretensiones colonialistas y de sus intereses particulares. El petróleo venezolano ya no es de sus legítimos propietarios, sino que a partir de ahora estará al servicio de la política que dicte el todopoderoso Trump. Los ciudadanos de Venezuela dejan de ser soberanos, para convertirse en dependientes a partir de ahora de lo que decida el gran autócrata que reside en la Casa Blanca.

Todo esto hasta podría verlo como algo muy lejano, si no fuera porque me viene a la memoria el reparto del mundo que EE. UU. y la Unión Soviética se hicieron tras la segunda guerra mundial. Es cierto que el escenario y los actores son muy distinto ahora a los de entonces, pero mucho me temo que Putin estuviera al tanto de la maniobra americana en Venezuela. Déjame a mí América y yo te dejaré a ti Europa. No me incordies demasiado en mis pretensiones colonialistas y yo no te molestaré en Ucrania, en Bielorrusia, en Moldavia, en las repúblicas bálticas y, si me insistes, en los antiguos países del Pacto de Varsovia. Guardemos las formas entre nosotros y adelante con nuestros respectivos intereses, como mandatarios todopoderosos que somos.

Supongo que a algunos de los que leen estas reflexiones mías lo que acabo de decir les sonará a exageraciones sin fundamento. Pero tiempo al tiempo. Europa corre el riesgo de dejar de ser la zona del mundo con el nivel de progreso más alto, con el mejor coeficiente de respeto a los derechos humanos y con los índices de bienestar social y de ejercicio de las libertades más valorados en el mundo entero, porque ni Trump ni Putin están dispuestos a que así sea.

Mientras tanto, sigamos estúpidamente despellejándonos como gallos de pelea y continuemos con los estrechos y miopes nacionalismos separadores. ¡Qué más quieren ellos!

Del dislate de Groenlandia hablaremos otro día.

4 de enero de 2026

La realidad y la percepción

Aunque cabe suponer que realidades sobre un asunto concreto no hay más que una, lo cierto es que pueden existir infinidad de percepciones sobre el mismo Lo que acabo de decir debería ser cierto en cualquier entorno del pensamiento, pero donde no cabe la menor duda sobre su veracidad es en el terreno de la política. No me refiero a lo que dicen los políticos, porque en este caso no se trata de percepciones sino de interpretaciones interesadas, sino a lo que perciben los ciudadanos de a pie cuando piensan sobre la realidad que los rodea. La economía va bien, porque así lo reflejan las estadísticas, pero la cesta de la compra cada vez es más cara y los jóvenes recién incorporados al mercado del trabajo no ven la posibilidad de comprarse un piso. La realidad es una, la percepción otra.

Por eso, cuando oigo a los portavoces del gobierno defender que la economía va muy bien, sé que no mienten, pero creo que se equivocan al no tener en cuenta la percepción de los ciudadanos. Les falta la pedagogía necesaria para convertir su mensaje en una llamada de esperanza sobre el futuro. Mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos sólo se puede lograr con una economía fuerte, de manera que al menos las bases se están poniendo. Si el crecimiento fuera más lento y los niveles de empleo no aumentaran día a día, las cosas serían mucho peor. El problema de la vivienda es cierto y muy grave, pero requiere un tratamiento específico y siempre será mejor resolverlo bajo el paraguas de una buena situación económica que en bancarrota. Por cierto, resulta curioso que los que utilizan políticamente este asunto contra el gobierno, desde sus virreinatos autonómicos boicoteen las medidas que se van aprobando. Es de una hipocresía que asusta.

Los que saben aprovechar muy bien las percepciones son los partidos de extrema derecha del mundo entero, porque en definitiva aquellas nacen de los mensajes populistas. Los menores no acompañados (MENAS) son un peligro, porque como no tienen nada que hacer y además carecen de educación ciudadana se dedican a violar por las esquinas. No se trata de una realidad, pero sí es fácil convertir el eslogan en percepción.

Trump nos dice que quiere hacer grande a su país otra vez (make America great again), como si ninguno de los presidentes que le antecedieron no lo hubieran querido. La realidad es muy distinta de lo que trasluce el mensaje, porque lo que de verdad pretende el inquilino de la Casa Blanca es poner al mundo patas arriba, algo que le beneficia a él a corto plazo, pero que posiblemente desequilibrará la economía mundial de tal manera que el resultado se volverá contra EE. UU. La realidad es una, que la globalidad tiene una inercia incontenible, y la percepción otra, que la política de Trump hará más felices a sus ciudadanos.

Lo malo de todo esto es que las percepciones terminan convirtiéndose para muchos en sus realidades, una de las razones del auge de los populismos. La ultraderecha avanza en el mundo occidental a pasos agigantados, porque los electores cambian las realidades que los rodean por percepciones.

Pero no, no es lo mismo lo que sucede en realidad que lo que se percibe como real sin serlo.