Por simplificar, diré que en esto de viajar ha habido en mi vida dos
etapas, la de los viajes por trabajo y la de los que he hecho por el
puro placer de viajar. Pero, sin embargo y para ser precisos, procuré siempre
convertir los primeros en algo más que asistir a cursos y a reuniones, con clientes o sin clientes, con mi mujer o solo, porque las circunstancias que rodeaban aquellos obligados desplazamientos me
permitían lograr un buen equilibrio entre responsabilidad laboral y placer
turístico. Es más, estoy convencido de que aquellas obligaciones profesionales
me permitieron conocer un mundo que, de no haber tenido que hacerlos, quizá
nunca se hubiera despertado en mí la afición a viajar.
En los últimos años, estamos pasando una etapa de viajes “nacionales”, de esos que
no necesitas sufrir los sinsabores de los aeropuertos ni las estrechuras de
los aviones. En nuestro coche, con etapas que nunca sobrepasan nuestra
capacidad de resistencia o, si se quiere, de comodidad, hemos recorrido España
de arriba abajo y de izquierda a derecha, como dicen los que no manejan bien la
rosa de los vientos. Por cierto, alojándonos en paradores de la red de
Paradores de España, excelentes hoteles por lo general bien situados,
donde las estrellas de su clasificación se corresponden con la realidad.
De los cien paradores con los que cuenta esta cadena,
conocemos aproximadamente la mitad. Mi inclinación al coleccionismo me hizo
abrigar en un momento determinado la idea de visitar con el tiempo todos o casi todos. Pero
“tempus fugit” y, como dicen ahora los posmodernos, va a ser que no.
En cualquier caso, siempre nos quedará el buen recuerdo de los viajes que hemos hecho a lo largo de nuestra vida y sobre todo el bagaje cultural que aporta cada uno de ellos, sea en China o en Chinchón.


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