El envío de tropas europeas a Groenlandia, un tema que cuando escribo
estas líneas está en candelero, hay que entenderlo en sus justos términos y no lanzar
las campanas al aire de la demagogia. De tener alguna utilidad, sería
estrictamente simbólica, porque a nadie en su juicio se le ocurre pensar que
los países europeos planteen un enfrentamiento bélico con EE. UU. Ahora bien,
desde mi punto de vista, hay símbolos que pueden ser incluso contraproducentes
para los que los exhiben. No lo digo porque la presencia de tropas
europeas en aquel territorio vaya a provocar un cataclismo, sino por el riesgo de que resulte una medida en cierto modo ridícula. Bastaría con que los
americanos reforzaran su presencia militar en la base que allí tienen con
fuerzas superiores a las europeas, para que los que han tomado la iniciativa se
quedaran fuera de juego.
Yo comprendo perfectamente que el gobierno español, sin que
lo haya descartado de entrada, esté pensando qué hacer. Antes de recurrir a
“mostrar la bandera”, es conveniente utilizar la diplomacia, un arte que no se
limita a sentarse en una mesa y dialogar, sino que incluye ofertas y
contraofertas, soluciones intermedias, compadreos, repartos y, sobre todo,
sutiles amenazas que le hagan pensar al otro que ojo con lo que hace.
El gobierno español
dice que estaría dispuesto a enviar tropas bajo el paraguas de la OTAN o de la
UE, una condición que se me antoja imposible. En la OTAN está EE. UU. y la UE
no se encuentra por desgracia lo suficientemente unida como para decidir una iniciativa como
ésta. Por tanto, la condición es una elegante manera de decir que ya veremos,
dando largas.
Que EE. UU. pretenda controlar el ártico entra dentro de la
lógica más aplastante desde el punto de vista del equilibrio estratégico
mundial. Los llamados pasos del noroeste se están abriendo como consecuencia
del cambio climático y las nuevas rutas se convertirán en vitales para la
economía global. Pero lo que no tiene sentido es que para ello pretenda
anexionarse un territorio que no es suyo, cuando podría invocar la defensa
conjunta de los intereses occidentales bajo el amparo de La OTAN. Es posible,
no lo niego, que en su deriva egocéntrica esté pensando en abandonar la alianza
atlántica, pero, si así fuera, la Unión Europea podría jugar su mejor
baza. Si hay que romper, rompamos ya y juguemos cada uno sus cartas defensivas
por separado.
Sospecho que a los responsables militares de la defensa
norteamericana esta iniciativa no les gustaría nada. Porque Europa aporta mucho
a la seguridad conjunta, en capacidad industrial, en territorio, en población
y, también, como potencia militar.

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