20 de enero de 2026

Blancanieves y los veintisiete enanitos no es un cuento

 

Las comparaciones son odiosa. Ni Trump es Blancanieves ni los países que componen la Unión Europea son enanitos. Pero como me gustan los títulos estrambóticos, ahí se ha quedado. 

En esta deriva “trampista” -ya sabemos que en inglés la u de Trump se pronuncia como una a muy cerrada-, se alzan voces que exigen el enfrentamiento directo con la gran potencia norteamericana o, por el contrario, la sumisión más absoluta a sus mandatos. Sin embargo, también los hay que con los pies en la tierra proponen manejar la situación con calma y mesura, sin levantar demasiado la voz, haciendo valer nuestras ventajas y poniendo en evidencia sus debilidades. Estos últimos son aquellos que anteponen la razón a los instintos, la cabeza al corazón. Algunos, los que de esto entienden, llaman a esta actitud pragmatismo.

El envío de tropas europeas a Groenlandia, un tema que cuando escribo estas líneas está en candelero, hay que entenderlo en sus justos términos y no lanzar las campanas al aire de la demagogia. De tener alguna utilidad, sería estrictamente simbólica, porque a nadie en su juicio se le ocurre pensar que los países europeos planteen un enfrentamiento bélico con EE. UU. Ahora bien, desde mi punto de vista, hay símbolos que pueden ser incluso contraproducentes para los que los exhiben. No lo digo porque la presencia de tropas europeas en aquel territorio vaya a provocar un cataclismo, sino por el riesgo de que resulte una medida en cierto modo ridícula. Bastaría con que los americanos reforzaran su presencia militar en la base que allí tienen con fuerzas superiores a las europeas, para que los que han tomado la iniciativa se quedaran fuera de juego.

Yo comprendo perfectamente que el gobierno español, sin que lo haya descartado de entrada, esté pensando qué hacer. Antes de recurrir a “mostrar la bandera”, es conveniente utilizar la diplomacia, un arte que no se limita a sentarse en una mesa y dialogar, sino que incluye ofertas y contraofertas, soluciones intermedias, compadreos, repartos y, sobre todo, sutiles amenazas que le hagan pensar al otro que ojo con lo que hace.

El gobierno español dice que estaría dispuesto a enviar tropas bajo el paraguas de la OTAN o de la UE, una condición que se me antoja imposible. En la OTAN está EE. UU. y la UE no se encuentra por desgracia lo suficientemente unida como para decidir una iniciativa como ésta. Por tanto, la condición es una elegante manera de decir que ya veremos, dando largas.

Que EE. UU. pretenda controlar el ártico entra dentro de la lógica más aplastante desde el punto de vista del equilibrio estratégico mundial. Los llamados pasos del noroeste se están abriendo como consecuencia del cambio climático y las nuevas rutas se convertirán en vitales para la economía global. Pero lo que no tiene sentido es que para ello pretenda anexionarse un territorio que no es suyo, cuando podría invocar la defensa conjunta de los intereses occidentales bajo el amparo de La OTAN. Es posible, no lo niego, que en su deriva egocéntrica esté pensando en abandonar la alianza atlántica, pero, si así fuera, la Unión Europea podría jugar su mejor baza. Si hay que romper, rompamos ya y juguemos cada uno sus cartas defensivas por separado.

Sospecho que a los responsables militares de la defensa norteamericana esta iniciativa no les gustaría nada. Porque Europa aporta mucho a la seguridad conjunta, en capacidad industrial, en territorio, en población y, también, como potencia militar.

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