En un país desarrollado como el nuestro, con unos índices de bienestar altos en comparación con los del mundo en general, caben mal las proclamas radicales. Una cosa es defender la igualdad de oportunidades, el feminismo, la tolerancia hacia las minorías, el apoyo a las capas sociales más necesitadas; pero otra, muy distinta, mantener el lenguaje proletario de la revolución industrial. Las clases medias en España y en otros países de Europa han mejorado considerablemente su situación económica en los últimos decenios, por lo que nada tiene de particular que hagan oídos sordos a determinados soniquetes reivindicativos. Pueden entender que persista la lucha por el progreso social, pero no les encajan los mensajes, exagerados o no, que no reflejen su propia realidad.
Pero es que, además, esa izquierda a la que me refiero no
mantiene un mensaje coherente con la realidad del mundo. Ione Belarra, ante la
flagrante violación del derecho internacional por parte de Trump, pide que
Europa “haga algo”, pero al mismo tiempo está en contra de que los países que
componemos la Unión Europea invirtamos más en defensa. No se entiende muy bien
qué se puede hacer contra una gran potencia militar si no se puede hablar
con ella desde una posición similar. El buenismo no sirve casi nunca de nada, pero en
este caso es completamente inútil.
Si las clases medias dejan de oír, como decía arriba, las
proclamas radicales, se inicia un proceso de desafección al progresismo, el
efecto contrario al deseado por los fundadores de Podemos. Si además la
izquierda moderada, el PSOE, se ve obligado a pactar con ellos para salvar los
muebles del desastre, la cosa se complica aún más, porque la tendencia a confundir
la izquierda útil con la inútil está servida.
La aparición de Sumar fue un intento de moderar la deriva de Podemos,
pero, como sucede con los movimientos políticos especulativos, la iniciativa
devino en conflicto entre los unos y los otros. Al fin y al cabo, a los líderes de estos partidos
minoritarios les mueve el ansia de sobrevivir como puedan, con el único propósito de
lograr tres o cuatro escaños, por supuesto ocupados por los promotores de las
maniobras de supervivencia. No olvidemos que el ejercicio de la política es para algunos un
modus vivendi como otro cualquiera.

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