Cuando recorro esas calles, siempre tengo la sensación de
estar en otra ciudad, que viene a ser lo mismo que sentirme trasportado a
tiempos ya pasados, porque las ciudades en su constante crecimiento dejan de ser lo que fueron para convertirse en algo distinto. Madrid ha evolucionado en las últimas
décadas de tal forma, que resulta casi desconocido incluso para los que vivimos
en ella. Por eso, cuando ya no sólo paseo, sino que absorbo con los cinco
sentidos la vida en ese centro inalterable que tanto me atrae, pierdo un poco
el sentido de la realidad. Pisar los mismos adoquines que pisaron
Cervantes o Lope de Vega, Calderón de la Barca o Tirso de Molina, acaba convenciéndome de que estoy recuperando la verdadera esencia de la ciudad.
Por supuesto que, como soy un vapuleado andarín sediento y también
hambriento, en muchos de mis excursiones al centro termino entrando con mi
mujer en alguna de estas tabernas, para, como nos gusta decir cuando estudiamos la carta, darnos un
merecido homenaje. Tengo mis preferidas -La Taberna de Mariano es una de
ellas-, pero poco a poco voy ampliando el espectro, porque como ya he dicho la oferta
es muy amplia. No hay nada como tomar unos callos a la madrileña regados por un
buen tinto en un ambiente en el que no desentonarían ni Baroja ni Azorín, ni Ruano ni Umbral.
Pero como sigo y seguiré pateando aquellas calles mientras
mi sufrida espalda me lo permita, estoy convencido de que todavía me quedan
muchas tabernas de Madrid por descubrir.
.jpg)
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Cualquier comentario a favor o en contra o que complemente lo que he escrito en esta entrada, será siempre bien recibido y agradecido.