24 de enero de 2026

Las tabernas de Madrid

 

He contado en varias ocasiones en este blog que me encanta pasear por los barrios antiguos de Madrid, por esas calles estrechas y cargadas de historia, en cuyas esquinas figuran sonoros nombres de escritores, flanqueadas por teatros construidos donde en su día se erigían las viejas corralas de la capital del reino, sin que falten restaurantes, cervecerías ni tabernas con nombres evocadores.

Cuando recorro esas calles, siempre tengo la sensación de estar en otra ciudad, que viene a ser lo mismo que sentirme trasportado a tiempos ya pasados, porque las ciudades en su constante crecimiento dejan de ser lo que fueron para convertirse en algo distinto. Madrid ha evolucionado en las últimas décadas de tal forma, que resulta casi desconocido incluso para los que vivimos en ella. Por eso, cuando ya no sólo paseo, sino que absorbo con los cinco sentidos la vida en ese centro inalterable que tanto me atrae, pierdo un poco el sentido de la realidad. Pisar los mismos adoquines que pisaron Cervantes o Lope de Vega, Calderón de la Barca o Tirso de Molina, acaba convenciéndome de que estoy recuperando la verdadera esencia de la ciudad.

Pero es que además ese centro ofrece también refugio a los caminantes sedientos o a los andariegos hambrientos, porque cada diez metros se encuentra uno con algún restaurante, cervecería o taberna, auténticos guardianes del más puro casticismo madrileño. Por cierto, me enteré hace unos días de que ese color rojo burdeos o rojo tinto que caracteriza a estas últimas guarda una curiosa historia. Procede de una época en la que en la capital de España había tres librerías y trescientas tabernas, de manera que la pintura servía como distintivo, no fuera a suceder que los interesados analfabetos pasaran de largo. Desconozco qué habrá de realidad en todo esto, pero como el relato me ha gustado aquí lo traigo.

Por supuesto que, como soy un vapuleado andarín sediento y también hambriento, en muchos de mis excursiones al centro termino entrando con mi mujer en alguna de estas tabernas, para, como nos gusta decir cuando estudiamos la carta, darnos un merecido homenaje. Tengo mis preferidas -La Taberna de Mariano es una de ellas-, pero poco a poco voy ampliando el espectro, porque como ya he dicho la oferta es muy amplia. No hay nada como tomar unos callos a la madrileña regados por un buen tinto en un ambiente en el que no desentonarían ni Baroja ni Azorín, ni Ruano ni Umbral.

Nuestro último descubrimiento ha sido Casa Alberto, que como figura en su rótulo fue fundada en 1827, nada más y nada menos. Una larga barra muy concurrida y un pequeño comedor con apenas seis o siete mesas, envueltos en una decoración que parece extraída de otros tiempos, un servicio muy amable y atento y una buena relación precio calidad.

Pero como sigo y seguiré pateando aquellas calles mientras mi sufrida  espalda me lo permita, estoy convencido de que todavía me quedan muchas tabernas de Madrid por descubrir.

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