5 de julio de 2026

La teoría del pucherazo

De esta derecha desfasada, extemporánea y rencorosa podía esperar muchas sorpresas, pero nunca llegué a pensar que se atreviera a acusar al gobierno de estar preparando un pucherazo. Parece ser que la admiración que sienten por Trump los ha llevado a imitarle en estrategias que recuerdan el asalto al Capitolio, cuando el multimillonario americano perdió las elecciones. Aquí ese estilo resulta muy estrambótico, porque a nadie en su sano juicio se le ocurre pensar en situaciones de fuerza. Entre otras cosas porque, aunque ellos no quieran reconocerlo, nuestra democracia funciona, es decir, nuestras instituciones están diseñadas para evitar situaciones inconstitucionales.

No tengo claro de dónde procede esta nueva estrategia de ataque al gobierno, si de algún expresidente popular de los que ponen los pies sobre la mesa cuando visitan a Bush o de alguno de los estrategas que aconsejan a Feijóo y a Abascal o de la ínclita presidenta de Madrid. Lo digo porque todos ellos se han expresado en términos muy parecidos, lo que dificulta conocer la autoría de esta iniciativa.

De lo que no tengo ninguna duda es de cuál es la razón de la nueva salida de pata de banco, porque no puede ser otra que el miedo que les ha debido de entrar ante la posible derrota en las próximas elecciones generales. Puede que alguno de sus sondeos internos les haya encendido una luz roja o, también, que al ser incapaces de conseguir un adelanto de elecciones teman que el tiempo juegue contra ellos.

El año pasado, cuando las elecciones extremeñas, ya hubo un ensayo general de sembrar dudas ante un posible pucherazo. En aquel caso se trataba de la desaparición de poco más de un centenar de papeletas, un suceso que luego resultó ser, según la Guardia Civil, un robo cometido por delincuentes comunes. Curiosamente, cuando los acusadores pusieron el grito en el cielo no sabían si el “pucherazo” les perjudicaba o les beneficiaba. Pero eso para ellos no tenía importancia, porque el objetivo era sembrar dudas sobre la honorabilidad del adversario.

Cuando se ha perdido el pudor y la vergüenza nunca se sabe hasta dónde puede llegar el impúdico y el desvergonzado. Son reacciones que responden a la rabia acumulada durante casi ocho años de clamar en el desierto, a la que se une el pánico a que la agonía continúe. 

Lo que sucede es que tanta desmesura se puede volver contra ellos. Los incondicionales aplaudirán cualquier falacia, por exagerada que sea. Sin embargo, a los indecisos no puede gustarles que en la confrontación se introduzcan dudas absurdas sobre el funcionamiento de las instituciones. Porque hablar de pucherazo significa descalificar a la Junta Electoral, al Tribunal Constitucional y al Congreso de los Diputados. Se trata de un aumento de la agresividad partidista que no puede dejar indiferentes a los bienintencionados.

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