Reconozco que el bipartidismo suponía una simplificación de
la realidad social. No obstante, resultaba un sistema útil. Es verdad que había
algunas variantes de los dos partidos principales, con lo que el sistema gozaba
de alguna diversidad ideológica. Pero dentro de esos pocos cabíamos todos.
Además, dada la herencia histórica de nuestro país, estaban los partidos
nacionalistas, también con dos tendencias principales y si acaso con alguna
variante.
Pero desde hace unos años el esquema ha cambiado por
completo, hasta el punto de convertir las Cortes en una amalgama de intereses
partidistas puestos al servicio de líderes de nuevo cuño, más habladores que
hacedores. Algunos de estos partidos nacen sin estructuras orgánicas que los
soporten, pensando que ya se construirán con el tiempo. Por eso más de uno ha
desaparecido del mapa sin dejar ningún recuerdo, mientras otros
se han dividido hasta convertirse en poco más que una pequeña comunidad de
vecinos.
Ahora bien, si a pesar de lo anterior las alianzas entre
afines funcionaran, es posible que la estabilidad estuviera garantizada. Pero
lo que sucede es que aparecen discrepancias, reales o inventadas, para diferenciarse del otro, lo que hace imposible llegar
a acuerdos, puesto que cada grupúsculo actúa pensando más en su electorado que en
apoyar iniciativas de las cuales no son protagonistas.
Desde mi punto de vista, el gobierno de “coalición progresista” ha funcionado a pesar
de los constantes desacuerdos o, dicho de otra manera más coloquial, aun a costa de las “espantás” de Sumar. Se han sacado
adelante docenas de propuestas, casi todas tras un doloroso parto. Pero como
para ello ha sido necesaria la colaboración de otras muchas formaciones
políticas, ha bastado con que una de ellas, Junts, nacionalista y cada día que pasa más de
derechas, retire su apoyo para que todo se tambalee.
La cosa pinta mal para los progresistas. Pero lo curioso es que tampoco hay unión en la derecha, por lo que la tan cacareada estabilidad que promete Feijóo no está garantizada, salvo que se disponga a tragar carros y carretas o a bendecir al "malvado" Puigdemont. desvirtuando del todo el espíritu que inspiró a los fundadores del PP.
Con este fraccionamiento es imposible garantizar la estabilidad, de manera que tendremos que acostumbrarnos a los equilibrios inestables.

Yo también echo de menos el bipartidismo, aunque soy consciente de que la sociedad ha cambiado y ahora tienen cabida otras alternativas en el tablero político. El problema no es tanto el multipartidismo como que este sistema exige una auténtica cultura de negociación, de escucha y de diálogo, y da la impresión de que aquí seguimos demasiado condicionados por el cálculo electoral y por el qué dirán.
ResponderEliminarSiempre he pensado que, si el PP quiere presentarse como un partido moderado, como a menudo proyecta Moreno Bonilla en Andalucía, debería ser capaz de alcanzar acuerdos puntuales con el PSOE en cuestiones de Estado, del mismo modo que también el PSOE debería estar dispuesto a hacerlo cuando corresponda. Así ambos reducirían su dependencia de los partidos situados en los extremos o de formaciones cuyo apoyo responde a intereses muy concretos. No termino de entender por qué ese tipo de pactos, tan habituales en otros países europeos, aquí parecen casi imposibles.
No sólo hay en algunos cálculo electoral, también personal. Las alianzas entre afines suelen diluir la importancia de alguna de las partes y, como consecuencia, sus líderes temen "perder el puesto de trabajo". Al fin y al cabo la política no deja de ser un "modus vivendi".
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