18 de julio de 2026

¿Por qué sigo escribiendo?

Este artículo constituye el 971 de los que hasta ahora he publicado en el blog. A veces me planteo si no estaré cansando con tanta monserga a los lectores que se asoman a estas reflexiones. Debería darme igual, pero no es así. Cada vez que publico algo analizo las estadísticas que me da el sistema, de manera que si indican pocas entradas me desanimo y si por el contrario son altas me animo. No es lo mismo escribir para uno mismo que saber que hay otros que juzgan tus opiniones.

Sin embargo, es tal la necesidad que siento de poner en negro sobre blanco mis ideas, que creo que seguiría escribiendo aunque nadie me leyera. Para mí escribir significa ordenar ideas, meditar sobre su contenido, valorar su consistencia y someter a mi propia censura cuanto expongo. Al menos es lo que creo que hago, aunque me temo que muchas veces me salte mis propias normas guiado por la indignación que me producen ciertas noticias.

Otro de mis problemas es que, como estas reflexiones no son lo único que escribo, en ocasiones siento cierta angustia, la que produce el creer que no llego a todo lo que me propongo. Ahora mismo estoy inmerso en la ultimación de una nueva novela, que supongo que verá la luz en muy poco tiempo, quizá en septiembre o en octubre. De manera que tengo que hacer un verdadero esfuerzo para continuar escribiendo en el blog, aunque éste sea mi hijo literario predilecto.

Por cierto, los lectores del blog tendrán la oportunidad de leer en versión digital la novela que acabo de mencionar, aunque también me propongo publicar una pequeña edición en papel. Pero de esto ya hablaremos en otro momento.

Es muy posible que cuando llegue al artículo número 1.000 me tome un respiro, no sé si temporal o definitivo. Pero como eso será dentro de cinco meses, ya veremos qué pasa entonces con mi estado de ánimo. De momento todavía tengo fuerzas para enfrentarme a este trabajo y por consiguiente no me planteo parar, aunque quizá sí atemperar los ímpetus.

Llevo tanto tiempo escribiendo aquí, que me da pánico dejar de hacerlo. Supongo que esta sensación se parecerá un poco al “mono” de los drogodependientes, con una diferencia, que en la escritura no existe la metadona. Lo único que en este caso satisface el síndrome de abstinencia es seguir escribiendo sin parar.

Mucho me temo que lo que acabo de confesar sea un lamento producido por la pereza, por ese sopor que le entra a uno cuando está a pocos metros de la playa. A los mesetarios, como yo, los cambios de altitud les producen alteraciones en el estado de ánimo. Pero, aunque esté de vacaciones, de momento voy a seguir escribiendo,

¡Hasta ahí podíamos llegar!

4 comentarios:

  1. Luis, mientras te leía me ha venido a la cabeza la imagen de un náufrago que introduce un mensaje en una botella y la lanza al mar.

    Sabe que las probabilidades de que alguien la encuentre son pequeñas. Pero también sabe que, si no la lanza, la probabilidad es exactamente cero.

    Creo que escribir se parece bastante a eso. Cada artículo es una botella lanzada al océano del tiempo. Algunas se hunden sin que nadie las vea; otras llegan a una playa lejana, quizá muchos años después, y encuentran al lector que las estaba esperando.

    Las estadísticas cuentan cuántas botellas han aparecido en la orilla. Pero nunca podrán decir cuántas han cambiado, aunque solo sea un poco, la vida de quien las encontró.

    Así que, de momento, yo seguiría lanzando botellas. Ya decidirás cuando llegues a la número mil si ha llegado el momento de descansar o si el mar aún te pide alguna más.

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    1. Fernando, afortunadamente sí recibo respuesta a muchas de las botellas que tiro al mar. Lo que me preocupa es el cansancio, por no decir la pereza. Pero, como digo en el artículo, yo sigo.

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  2. Luis, ¡no rebles!
    Angel

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  3. Ángel, no reblo ni una distancia de Planck.

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Cualquier comentario a favor o en contra o que complemente lo que he escrito en esta entrada, será siempre bien recibido y agradecido.