29 de julio de 2026

Concebidos y no nacidos

El otro día me llegó a través de cierto grupo de WhatsApp uno de esos chascarrillos que circulan por las redes y que algunos catapultan sin consideración alguna. Como conozco la ideología del aguerrido "catapultero", supuse que se trataría de algún dardo envenenado lanzado contra el hacedor de todos los males que achacan al país, es decir, contra el presidente del gobierno.

En contra de lo que suelo hacer cuando recibo alguno de estos originales y creativos mensajes, quizá porque me cogiera desprevenido, lo abrí. Para mi sorpresa se trataba de un video, en el que una mujer joven explicaba que ella iba a tener trillizos dentro de tres años. Confesaba que, aunque no había todavía mantenido relaciones sexuales con su pareja, gracias a la nueva ley aprobada en la Comunidad de Madrid sobre la protección a los “no nacidos”, suponía que bastaba con la intención de ser madre para acogerse a sus beneficios.

El sainete burlesco era una clarísima ironía crítica contra la ley promovida por Isabel Díaz Ayuso, muy divertido, por cierto, interpretado por la que supongo que debía de ser una actriz cómica. Me reí de lo lindo, al mismo tiempo que me quedé muy extrañado al observar que alguien de pensamiento político facha pudiera propagar un ataque a la ínclita presidenta de la comunidad de Madrid.

La explicación a la aparente contradicción me llegó a continuación, cuando algún otro del grupo, de pensamiento político idéntico al del provocador, razonó que posiblemente esos no nacidos y reconocidos por la ley acabarían teniendo derecho al voto, como los denostados inmigrantes y los olvidados nietos de los que huyeron de la represión franquista. Fue entonces cuando comprendí que ni el de la catapulta ni su fiel escudero habían entendido la ironía, de manera que, acostumbrados como están a los continuos ataques a Sánchez, creyeron que se encontraban ante uno más de los cientos que circulan.

A mí esta anécdota me ha hecho pensar sobre la frivolidad de algunas mentalidades, la de aquellos que están contra algo o alguien, pero no saben a favor de qué o de quién. Sorprendentemente los protagonistas de esta incursión en un grupo de WhatsApp no tenían ni idea de qué era eso de la protección social a los concebidos pero no nacidos. Sin embargo, como veían que el video atacaba algo, no dudaron en pensar que se trataba de una diatriba contra el sanchismo. ¿Contra quién si no?

Cuando se juntan la ignorancia con los prejuicios y con el fanatismo sectario surgen auténticos esperpentos. Observar como algunos se quedan con el culo de su simpleza al aire, puede ser un buen entretenimiento veraniego. Lo que sucede es que yo preferiría entretenerme con algo que tuviera un poco más de categoría intelectual. 

23 de julio de 2026

Latinismos y latinajos

Advierto desde el primer momento que este artículo va a ser algo sui generis. El otro día me di cuenta de la cantidad de locuciones latinas que utilizamos a  diario, aunque en bastantes de ellas cometamos algunos lapsus linguae. Nada tiene de particular, porque errare humanum est. Digo esto ab initio, porque es posible que en algún momento tenga que entonar el mea culpa, debido a que nunca recibí un cum laude en latín.

Sin embargo, como cuento con el bene placito de los lectores de este blog, incluso de los que se mueven extra muros de mis ideas, ¿por qué no voy a arriesgarme? Confío en que, si me pillan in fraganti, apliquen el sabio consejo de in dubio pro reo.

En cualquier caso, aunque esta divagación pueda no ser del agrado de alguien, alea jacta est. Ya no tiene remedio, porque no todo en esta vida tiene que ser serio, podemos y debemos visitar de vez en cuando el terreno de la frivolidad. Lo cual no quiere decir ni mucho menos que este estilo se vaya a convertir de ahora en adelante para mí en un statu quo.

De facto, a mí no me gusta demasiado el estilo culterano en la escritura. Lo barroco siempre me ha cansado, lo que no significa que me atraiga lo ramplón o lo simplista. Creo que aquí, como en tantos otros órdenes de la vida, se puede mover uno en la moderación. Vocabulario rico sí, pero sin extravagancias.

Por eso, lo que no quisiera es que esta reflexión mía de hoy se convierta en un corpus delicti. No están los tiempos para ir dejando huellas comprometidas. Aunque siempre me quedará la esperanza de que se me aplique el derecho al habeas corpus.

Pero es que, además, no puedo olvidarme de un consejo que me dieron hace muchos años y que he procurado seguir toda mi vida, el de carpe diem. Si hoy me apetecía soltar este juego de palabras, por qué dejarlo para mañana.

De todas formas, que nadie pierda de vista que todos en la vida practicamos constantemente y sin darnos cuenta el quid pro que. Es muy posible que haya escrito este artículo pensando en recibir a cambio algún guiño o alguna sonrisa, no porque me haya entrado un delirium tremens .

Grosso modo y sin entrar en detalles, éste, como decía al principio, ha sido un artículo algo especial. Ergo, no creo que vuelva a repetirse. 

18 de julio de 2026

¿Por qué sigo escribiendo?

Este artículo constituye el 971 de los que hasta ahora he publicado en el blog. A veces me planteo si no estaré cansando con tanta monserga a los lectores que se asoman a estas reflexiones. Debería darme igual, pero no es así. Cada vez que publico algo analizo las estadísticas que me da el sistema, de manera que si indican pocas entradas me desanimo y si por el contrario son altas me animo. No es lo mismo escribir para uno mismo que saber que hay otros que juzgan tus opiniones.

Sin embargo, es tal la necesidad que siento de poner en negro sobre blanco mis ideas, que creo que seguiría escribiendo aunque nadie me leyera. Para mí escribir significa ordenar ideas, meditar sobre su contenido, valorar su consistencia y someter a mi propia censura cuanto expongo. Al menos es lo que creo que hago, aunque me temo que muchas veces me salte mis propias normas guiado por la indignación que me producen ciertas noticias.

Otro de mis problemas es que, como estas reflexiones no son lo único que escribo, en ocasiones siento cierta angustia, la que produce el creer que no llego a todo lo que me propongo. Ahora mismo estoy inmerso en la ultimación de una nueva novela, que supongo que verá la luz en muy poco tiempo, quizá en septiembre o en octubre. De manera que tengo que hacer un verdadero esfuerzo para continuar escribiendo en el blog, aunque éste sea mi hijo literario predilecto.

Por cierto, los lectores del blog tendrán la oportunidad de leer en versión digital la novela que acabo de mencionar, aunque también me propongo publicar una pequeña edición en papel. Pero de esto ya hablaremos en otro momento.

Es muy posible que cuando llegue al artículo número 1.000 me tome un respiro, no sé si temporal o definitivo. Pero como eso será dentro de cinco meses, ya veremos qué pasa entonces con mi estado de ánimo. De momento todavía tengo fuerzas para enfrentarme a este trabajo y por consiguiente no me planteo parar, aunque quizá sí atemperar los ímpetus.

Llevo tanto tiempo escribiendo aquí, que me da pánico dejar de hacerlo. Supongo que esta sensación se parecerá un poco al “mono” de los drogodependientes, con una diferencia, que en la escritura no existe la metadona. Lo único que en este caso satisface el síndrome de abstinencia es seguir escribiendo sin parar.

Mucho me temo que lo que acabo de confesar sea un lamento producido por la pereza, por ese sopor que le entra a uno cuando está a pocos metros de la playa. A los mesetarios, como yo, los cambios de altitud les producen alteraciones en el estado de ánimo. Pero, aunque esté de vacaciones, de momento voy a seguir escribiendo,

¡Hasta ahí podíamos llegar!

10 de julio de 2026

Si yo fuera juez

Si yo fuera juez estaría preocupado ante el continuo deterioro de la imagen de la judicatura. Me revolvería en mi toga, porque sabría perfectamente que la inmensa mayoría de los jueces son gente honrada que ejerce su profesión con dignidad. Sin embargo, me preocuparía que algunos se estuvieran comportando como si fueran los amos del país, sin que las instituciones del poder judicial les paren los pies de una vez por todas.

Pero no sólo no soy juez, sino que además carezco de la formación jurídica necesaria para opinar sobre ciertos temas con soltura, aunque no me falta ni sentido común ni criterio suficiente para dar mi opinión como ciudadano libre que, por si fuera poco, vive en un país democrático. Por eso, digo y repito que las actuaciones del juez de instrucción responsable del llamado caso Begoña son inauditas. No sólo decidió tomar medidas cautelares contra la mujer del presidente del gobierno español, basándose en un hipotético riesgo de fuga, sino que, además, cuando la investigada solicita que se le devuelva temporalmente el pasaporte para acompañar a su marido a una reunión internacional, se marcha de vacaciones y deja la decisión en manos de un sustituto.

Si esto no es lawfare, que venga Dios y lo vea. Se le ve tanto la intención de hacer daño, que provoca indignación en la ciudadanía. Con estos casos a la vista, nada tiene de sorprendente que los sondeos de opinión muestren que dos de cada tres españoles crean que la justicia en España deja mucho que desear. Porque, aunque sean aislados y minoritarios, influyen en la opinión de manera muy negativa.

En un estado de derecho como es el nuestro, la corrección de estas desviaciones sólo puede proceder de la propia judicatura. Si no lo hace, si el poder judicial permite que las arbitrariedades continúen, estará contribuyendo a aumentar el descrédito de la institución. Son ellos los únicos que puede expedientar a un juez y deben hacerlo cuando, como es el caso que refiero, queda claro y manifiesto que no se está actuando con el rigor debido.

Este asunto no es baladí, ni mucho menos. Entre otras cosas porque demuestra un claro espíritu corporativista, que, si bien pudiera justificarse por la prudencia debida ante situaciones procesales delicadas, cuando se ve con claridad la mala intención no hay excusa para mirar a otro lado. Pone en entredicho todo un sistema judicial, lo que significa que contamina de manera muy peligrosa la democracia. Sin una judicatura a la altura de las circunstancias, no hay estado de derecho.

No, no soy juez. Es posible que si lo fuera me sintiera con las manos atadas por la inercia corporativa. Pero como no lo soy, no pararé de reclamar a la judicatura que pongan en orden su casa, porque se están haciendo daño ellos mismos y nos lo están haciendo a los demás.


5 de julio de 2026

La teoría del pucherazo

De esta derecha desfasada, extemporánea y rencorosa podía esperar muchas sorpresas, pero nunca llegué a pensar que se atreviera a acusar al gobierno de estar preparando un pucherazo. Parece ser que la admiración que sienten por Trump los ha llevado a imitarle en estrategias que recuerdan el asalto al Capitolio, cuando el multimillonario americano perdió las elecciones. Aquí ese estilo resulta muy estrambótico, porque a nadie en su sano juicio se le ocurre pensar en situaciones de fuerza. Entre otras cosas porque, aunque ellos no quieran reconocerlo, nuestra democracia funciona, es decir, nuestras instituciones están diseñadas para evitar situaciones inconstitucionales.

No tengo claro de dónde procede esta nueva estrategia de ataque al gobierno, si de algún expresidente popular de los que ponen los pies sobre la mesa cuando visitan a Bush o de alguno de los estrategas que aconsejan a Feijóo y a Abascal o de la ínclita presidenta de Madrid. Lo digo porque todos ellos se han expresado en términos muy parecidos, lo que dificulta conocer la autoría de esta iniciativa.

De lo que no tengo ninguna duda es de cuál es la razón de la nueva salida de pata de banco, porque no puede ser otra que el miedo que les ha debido de entrar ante la posible derrota en las próximas elecciones generales. Puede que alguno de sus sondeos internos les haya encendido una luz roja o, también, que al ser incapaces de conseguir un adelanto de elecciones teman que el tiempo juegue contra ellos.

El año pasado, cuando las elecciones extremeñas, ya hubo un ensayo general de sembrar dudas ante un posible pucherazo. En aquel caso se trataba de la desaparición de poco más de un centenar de papeletas, un suceso que luego resultó ser, según la Guardia Civil, un robo cometido por delincuentes comunes. Curiosamente, cuando los acusadores pusieron el grito en el cielo no sabían si el “pucherazo” les perjudicaba o les beneficiaba. Pero eso para ellos no tenía importancia, porque el objetivo era sembrar dudas sobre la honorabilidad del adversario.

Cuando se ha perdido el pudor y la vergüenza nunca se sabe hasta dónde puede llegar el impúdico y el desvergonzado. Son reacciones que responden a la rabia acumulada durante casi ocho años de clamar en el desierto, a la que se une el pánico a que la agonía continúe. 

Lo que sucede es que tanta desmesura se puede volver contra ellos. Los incondicionales aplaudirán cualquier falacia, por exagerada que sea. Sin embargo, a los indecisos no puede gustarles que en la confrontación se introduzcan dudas absurdas sobre el funcionamiento de las instituciones. Porque hablar de pucherazo significa descalificar a la Junta Electoral, al Tribunal Constitucional y al Congreso de los Diputados. Se trata de un aumento de la agresividad partidista que no puede dejar indiferentes a los bienintencionados.

1 de julio de 2026

Las alianzas las carga el diablo

 

Tengo un buen amigo que confiesa con cierta frecuencia que echa de menos el bipartidismo. Yo también, aunque he llegado a entender que aquellos eran otros tiempos y, sobre todo, que tiene muy poco sentido lamentarse de lo inevitable. Lo que sucede es que del bipartidismo hemos pasado al multipartidismo y, como consecuencia, al micropartidismo, es decir, a tantas formaciones políticas como líderes quieran cabalgar a lomos de unas nuevas estructuras, aunque éstas sean tan pequeñas que lo único que consigan es “dar de comer” a dos o tres diputados.

Reconozco que el bipartidismo suponía una simplificación de la realidad social. No obstante, resultaba un sistema útil. Es verdad que había algunas variantes de los dos partidos principales, con lo que el sistema gozaba de alguna diversidad ideológica. Pero dentro de esos pocos cabíamos todos. Además, dada la herencia histórica de nuestro país, estaban los partidos nacionalistas, también con dos tendencias principales y si acaso con alguna variante.

Pero desde hace unos años el esquema ha cambiado por completo, hasta el punto de convertir las Cortes en una amalgama de intereses partidistas puestos al servicio de líderes de nuevo cuño, más habladores que hacedores. Algunos de estos partidos nacen sin estructuras orgánicas que los soporten, pensando que ya se construirán con el tiempo. Por eso más de uno ha desaparecido del mapa sin dejar ningún recuerdo, mientras otros se han dividido hasta convertirse en poco más que una pequeña comunidad de vecinos.

Ahora bien, si a pesar de lo anterior las alianzas entre afines funcionaran, es posible que la estabilidad estuviera garantizada. Pero lo que sucede es que aparecen discrepancias, reales o inventadas,  para diferenciarse del otro, lo que hace imposible llegar a acuerdos, puesto que cada grupúsculo actúa pensando más en su electorado que en apoyar iniciativas de las cuales no son protagonistas.

Desde mi punto de vista, el gobierno de “coalición progresista” ha funcionado a pesar de los constantes desacuerdos o, dicho de otra manera más coloquial, aun a costa  de las “espantás” de Sumar. Se han sacado adelante docenas de propuestas, casi todas tras un doloroso parto. Pero como para ello ha sido necesaria la colaboración de otras muchas formaciones políticas, ha bastado con que una de ellas, Junts, nacionalista y cada día que pasa más de derechas, retire su apoyo para que todo se tambalee.

La cosa pinta mal para los progresistas.  Pero lo curioso es que tampoco hay unión en la derecha, por lo que la tan cacareada estabilidad que promete Feijóo no está garantizada, salvo que se disponga a tragar carros y carretas o a bendecir al "malvado" Puigdemont. desvirtuando del todo el espíritu que inspiró a los fundadores del PP. 

Con este fraccionamiento es imposible garantizar la estabilidad, de manera que tendremos que acostumbrarnos a los equilibrios inestables.