1 de julio de 2026

Las alianzas las carga el diablo

 

Tengo un buen amigo que confiesa con cierta frecuencia que echa de menos el bipartidismo. Yo también, aunque he llegado a entender que aquellos eran otros tiempos y, sobre todo, que tiene muy poco sentido lamentarse de lo inevitable. Lo que sucede es que del bipartidismo hemos pasado al multipartidismo y, como consecuencia, al micropartidismo, es decir, a tantas formaciones políticas como líderes quieran cabalgar a lomos de unas nuevas estructuras, aunque éstas sean tan pequeñas que lo único que consigan es “dar de comer” a dos o tres diputados.

Reconozco que el bipartidismo suponía una simplificación de la realidad social. No obstante, resultaba un sistema útil. Es verdad que había algunas variantes de los dos partidos principales, con lo que el sistema gozaba de alguna diversidad ideológica. Pero dentro de esos pocos cabíamos todos. Además, dada la herencia histórica de nuestro país, estaban los partidos nacionalistas, también con dos tendencias principales y si acaso con alguna variante.

Pero desde hace unos años el esquema ha cambiado por completo, hasta el punto de convertir las Cortes en una amalgama de intereses partidistas puestos al servicio de líderes de nuevo cuño, más habladores que hacedores. Algunos de estos partidos nacen sin estructuras orgánicas que los soporten, pensando que ya se construirán con el tiempo. Por eso más de uno ha desaparecido del mapa sin dejar ningún recuerdo, mientras otros se han dividido hasta convertirse en poco más que una pequeña comunidad de vecinos.

Ahora bien, si a pesar de lo anterior las alianzas entre afines funcionaran, es posible que la estabilidad estuviera garantizada. Pero lo que sucede es que aparecen discrepancias, reales o inventadas,  para diferenciarse del otro, lo que hace imposible llegar a acuerdos, puesto que cada grupúsculo actúa pensando más en su electorado que en apoyar iniciativas de las cuales no son protagonistas.

Desde mi punto de vista, el gobierno de “coalición progresista” ha funcionado a pesar de los constantes desacuerdos o, dicho de otra manera más coloquial, aun a costa  de las “espantás” de Sumar. Se han sacado adelante docenas de propuestas, casi todas tras un doloroso parto. Pero como para ello ha sido necesaria la colaboración de otras muchas formaciones políticas, ha bastado con que una de ellas, Junts, nacionalista y cada día que pasa más de derechas, retire su apoyo para que todo se tambalee.

La cosa pinta mal para los progresistas.  Pero lo curioso es que tampoco hay unión en la derecha, por lo que la tan cacareada estabilidad que promete Feijóo no está garantizada, salvo que se disponga a tragar carros y carretas o a bendecir al "malvado" Puigdemont. desvirtuando del todo el espíritu que inspiró a los fundadores del PP. 

Con este fraccionamiento es imposible garantizar la estabilidad, de manera que tendremos que acostumbrarnos a los equilibrios inestables.