El otro día me enteré de una serie de noticias que, aunque
nada me sorprendieron acostumbrado como estoy al surrealismo, debo reconocer que me soliviantaron una mijita, utilizando
una expresión muy gaditana. La primera fue el anuncio por parte de la
presidenta de Extremadura de que habían robado en un pueblo de su comunidad las papeletas enviadas por correo, lo que según ella significaba que
el gobierno de la nación estaba perpetrando un pucherazo electoral. Por
supuesto, los portavoces de su partido no tardaron en repetir el eslogan a los
cuatro vientos, anunciando con redobles de tambor que la democracia en nuestro
país corre peligro. La Guardia Civil y Correos aclararon inmediatamente que en
realidad se trataba del robo de una caja fuerte que contenía 14.000 euros y 120 papeletas electorales. Según las mismas fuentes, desde octubre se
habían producido varios atracos en oficinas de esta entidad con el mismo modus
operandi, lo que a todas luces indica que se trata de actos cometidos por
una banda de vulgares rateros.
Ese mismo día nos enteramos de que han salido a relucir varios
casos de acoso machista perpetrados por diferentes miembros destacados del PP, como el del alcalde
de Algeciras y senador por este grupo, como el del presidente provincial de Badajoz, como el de un exedil
del PP en Rivadavia o como el del exalcalde de El Pinar (Granada). Además, los
telediarios nos traen la noticia de que el primo (¿nepotismo?) y chofer de María Guardiola,
presidenta de Extremadura, ha sido cesado al trascender que estaba condenado
por malos tratos a su pareja. Naturalmente, el partido que preside Alberto Núñez
Feijóo explica que en unos casos no eran conscientes y que en otros se estaban
aplicando los protocolos internos para depurar responsabilidades. Asegura que sus casos no son de la misma naturaleza que los del PSOE.
Todo esto sería lamentablemente sólo una serie de tristes anécdotas
que demostrarían que el machismo sigue vivo en nuestra sociedad en cualquiera
de sus niveles, si no fuera porque los populares, siguiendo la consigna de
Aznar “el que pueda que haga”, han pretendido convertir los casos de acoso del PSOE en
exclusivos de este partido. Lo que sucede es que cuando no se eligen bien los
argumentos para la confrontación política, a veces sale el tiro por la culata.
Supongo que, como decía yo aquí hace unos días en otro artículo,
a lo largo del tiempo que todavía nos queda hasta las próximas elecciones
generales se irá poniendo en evidencia el sinfín de triquiñuelas que la
oposición está utilizando para “descabalgar” a Sánchez. Los incondicionales de
las derechas y ultraderechas españolas no las reconocerán, porque la ceguera es muy mala
consejera. Pero es muy posible que ese sector de la izquierda, que ha visto
tambalear sus convicciones en los últimos meses por culpa de los corruptos y
los acosadores, reaccione y valore en sus justos términos las maniobras que los de Feijoo y Abascal han fraguado y siguen fraguando para recuperar el poder a costa de lo que sea.
Así mismo, confío en que los que componen esa ancha franja de votantes de centro, que son en realidad los que en las elecciones inclinan la balanza en uno u otro sentido, se den cuenta de lo que está sucediendo y no se dejen engañar por los señuelos neoliberales. Nuestro país no se merece un retroceso en prestaciones sociales ni en libertades democráticas.






