Ahora bien, respetar no significa tragar. El rey emérito, no
sólo se comportó en su momento como un defraudador de hacienda, como un desaprensivo
comisionista y como un vulgar mujeriego, sino que además pasea sus vergüenzas sin
ningún recato a lo ancho y largo de la geografía española. Con el libro que
acaba de publicar pretende reconciliarse con la Historia,
intento absurdo, con aires bastante patéticos, porque no sólo no lo consigue,
sino que además queda señalado como un personaje que tan seguro está de su intocable dignidad regia que se pone el mundo por montera o, dicho de otra forma no menos coloquial, le importa un bledo la institución que hoy encarna su hijo y sucesor.
No olvidemos que una de las consecuencias que acarrea su estrafalario
y ridículo comportamiento es que perjudica a la Monarquía.
El libro recién publicado y el esperpéntico vídeo que ha lanzado para promover
su venta lo dejan a la altura de un auténtico mercachifle. Si no fuera porque se sospecha que no es capaz de entender el alcance de su
torpeza, uno diría que le han contratado los republicanos para que les ayude a
expulsar del trono a su sucesor. Mayor ataque a lo que dice defender no cabe.
Pero volvamos al principio de esta reflexión: monarquía o
república. Lo importante ahora debe ser que Felipe VI se comporte con la
dignidad de un monarca constitucional, al que se le exige como institución
simbólica que de ejemplo de bonhomía, que no
se suba al pedestal al que algunos intentan elevarlo, que actúe con la
prudencia que corresponde a su obligada situación de neutralidad política, es decir, que no
provoque el rechazo de los republicanos ni el alago empalagoso de los
monárquicos.
Si lo hace así, si cumple con sus verdaderas obligaciones
constitucionales, “puede servir”, puede ayudar a la concordia, al buen
entendimiento entre los españoles y entre las partes de España. Si no, si sigue
las tortuosas veredas por las que ha transitado el emérito, acabará en algún
Abu Dabi perdido entre los oropeles de los sátrapas del petróleo.
Tengo la sensación que el actual rey ha aprendido la
lección de lo que no se debe hacer. Es cierto que es sólo una impresión
derivada de las formas que observo y no un auténtico convencimiento. Prefiero pensar que está bien preparado, que dispone de un buen bagaje intelectual y que no se
deja llevar por los impulsos. Quizá la parte griega de su sangre, la que ha
heredado de su madre la reina Sofía, le induzca a no “borbonear”,
a no sacar los pies del plato. Ojalá, porque este país ya está harto de tanto
desatino regio.

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