Pues bien, estas obras, que se iniciaron en junio rodeadas
de una enorme polémica vecinal, porque la conspiranoia de algunos los alertaba de que la
retirada del amianto nos iba a envenenar a todos, avanzan poco a poco para reconvertir aquella cicatriz urbanística en un polideportivo que, aunque desconozco el
proyecto porque el ayuntamiento no lo publica, doy por hecho que mejorará
sustancialmente el entorno. Como soy un apasionado de las
reconversiones urbanas, sigo día a día la evolución de los trabajos a través
de las ventanas de mi casa, desde las que se domina perfectamente un panorama que permite hacerse una idea de cómo quedará el enorme patio de manzana cuando las obras estén terminadas por completo, supongo que en un año
o poco más.
Tengo vecinos que hubieran preferido que aquella vieja
estructura, reliquia de unos tiempos ya superados por la reconversión
urbanística de la ciudad, no se hubiera tocado, en parte porque no debe de
preocuparles la estética y también como consecuencia de que han debido de imaginarse que los ruidos no les iban a dejar vivir en paz. Sin embargo, a mí, sobre
todo en esta época del año con las ventanas cerradas para no pasar frío, no
sólo no me molestan, sino que se me antojan una música celestial que anuncia a los cuatro vientos que
la profunda transformación de la ciudad ha llegado hasta la puerta de mi casa.
Pero es que, además, siempre me ha parecido muy interesante que los edificios que
por alguna razón han perdido la utilidad para la que fueron construidos se
reconviertan para otros cometidos. Me encanta visitar antiguas fábricas o viejos
mercados transformados en lugares de ocio o en museos o en espacios para cualquier otro
cometido. Tengo la sensación de que se reutiliza una construcción que en su momento requirió un esfuerzo creativo y otro nada desdeñable de
trabajo, ninguno de los cuales se debe desperdiciar.
El caso al que me refiero arriba no es el mismo, ya lo sé. Pero como a través de las obras
estoy descubriendo día a día que parte de la estructura original se mantendrá
para sobre ella reconstruir lo nuevo, mi imaginación me lleva a considerar que
estoy ante un nuevo Pompidou o ante una nueva estación de Atocha o ante un nuevo mercado del Born. Soñar no cuesta dinero.
Lo cierto es que estas obras me tienen expectante. Cuando se acaben y si el resultado es como espero que sea volveré a escribir algo aquí. Mientras tanto seguiré asomándome a la ventana cada día para disfrutar de un espectáculo que me tiene enganchado, elucubrar sobre los próximos pasos que se van a dar e imaginarme cómo acabará. Porque, aunque he buscado el proyecto hasta debajo de las piedras, parece como si el ayuntamiento lo ocultara. Sólo sé que será un polideportivo, cuya cubierta consistirá en una plataforma ecológica.
Qué le vamos a hacer si soy un urbanita enamorado de mi ciudad.

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