Este año también brindaré, pero no al estilo de Ayuso. Dejaré
a un lado a los demonios y procuraré acordarme de los ángeles. Claro es que yo
no dispongo de un asesor de chistes fáciles y además mi sentido del humor tiene
límites, los que me marca la prudencia. Las chirigotas para los carnavales y la
elegancia para los brindis.
Pero a pesar de que, como he dicho arriba, mi voluntad me lleva a abrir un paréntesis navideño de paz, sosiego y tranquilidad, mi mente no para. Es tanta la hipocresía que veo a mi alrededor, tanta la indiferencia ante la desigualdad, tanto el olvido de los muertos en Gaza o en Ucrania o en tantas guerras a lo largo y ancho del mundo, que si cayera en el olvido no me lo perdonaría a mí mismo.
Dice la frase bíblica “paz a los hombres de buena voluntad”
y, desde hace siglos, se repite una y otra vez; de manera que de tanto
manoseo uno llega a aborrecerla por inútil, sobre todo cuando se la oyes decir
a los promotores de las guerras, a los que amenazan las fronteras, a los que
desprecian por completo las vidas humanas, a los que expulsan a los inmigrantes
como si de ganado se tratara, a los que desalojan a los “okupas” de sus
precarias viviendas sin ofrecerles alternativas, a los que desmontan la sanidad
pública para que algunos hagan negocio, a los que facilitan la enseñanza privada
en perjuicio de la pública, a los que…
Volvamos a la Navidad, que si no me embalo. Yo ya he puesto
el belén, el árbol y el papá Noel en la puerta de mi casa, símbolos que me
acompañan desde hace decenios. También he cerrado mi programa navideño, el de todos
los años, porque soy persona de costumbres tradicionales, según unos, o de
usanzas rutinarias en opinión de otros. Pero lo más importante es que sé que estaré
rodeado de todos los míos, que habrá turrón, vino y chistes, que me pasaré un
pelín en lo de las copas, pero que me sentiré feliz. Porque la Nochebuena se viene, la Nochebuena
se va y… No sigo porque de lo que viene a continuación prefiero no acordarme.
Soy consciente por supuesto de la artificialidad de toda esta simbología,
pero no me importa mantenerla y fomentarla. Se trata, como decía arriba, de un
paréntesis, de un intento de desviar la mente de lo cotidiano, porque no sólo
de la inquietante realidad vive el hombre.
Una vez más, ¡Feliz Navidad y mucha suerte en 2026 a todos!

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