Es curioso observar cómo tantos lo dilapidan, o porque
no son consciente de su importancia o porque sus obsesiones los llevan a no
valorarlo en su justa medida. Cuando oigo a personas de poco más de cincuenta años anhelar
la llegada de la jubilación, me hago cruces, porque de su ansia se deduce que
estarían dispuestos a que el tiempo que les queda hasta entonces -en el ejemplo
que he puesto unos quince años- transcurriera en un tris tras, sin pena ni
gloria. Les puede más el hartazgo que les produce el quehacer diario, que el
valor del tiempo que todavía tienen por delante.
Hay quienes en vez de disfrutar del presente, recurren a un futuro por llegar, que ni existe ni
se sabe cómo será cuando llegue, si es que llega. En sus mentes soñadoras se
inventan un escenario a medida de sus gustos, lo recrean a su antojo y se
imaginan que ya están en él. Esta actitud no sería causa de sorpresa si a la vez aprovecharan y disfrutaran del tiempo que esta transcurriendo ante sus ojos. Pero
lo que suele suceder es que no disfrutan del presente y se refugian en un futuro
que no existe.
Otra cosa son los viajes soñadores al pasado, que aunque
nunca volverá forma parte de nuestra existencia. Los recuerdos pueden resultar
una buena ayuda para entender mejor el presente, porque permiten reflexionar
sobre cómo hemos llegado a lo que ahora somos. Naturalmente arrastran una
dificultad, la de concluir que nuestro ayer fue un desastre o, por el contrario, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero, aun así, pueden ayudarnos a corregir entuertos, no los de
entonces, me refiero a los de ahora.
Pero sin perjuicio de que recurrir a la memoria para recrearnos
en ella puede ser un motivo de satisfacción, lo recomendable es vivir el presente minuto a minuto, con los
cinco sentidos puestos en él. Hay que verlo, oírlo, saborearlo, olerlo y tocarlo. Puede que
alguna de las sensaciones que recibimos no nos guste, pero forman parte de la
realidad, que siempre será nuestro punto de partida para mañana. Permanecer ajenos a nuestro día a día, sea éste satisfactorio o
desastroso, no sólo no sirve absolutamente de nada, sino que además nos lleva a
una especie de muerte en vida.
No deberíamos dejar pasar nuestra existencia entre ensoñaciones irreales; vivámosla haciendo frente a la realidad, porque no sólo pasa muy deprisa sino que además es muy corta. El pasado ya no existe y el futuro está por llegar y no es más que una entelequia. Sólo disponemos del presente.
Hay días que me levanto con pretensiones de filósofo.

Hacía mucho tiempo que no estaba tan de acuerdo con una reflexión como la descrita, la gente piensa que va a vivir para siempre y que lo mejor está por venir en lugar de disfrutar del ahora. Una bella y acertada opinión desde mi punto de vista
ResponderEliminarAnónimo, me alegra la coincidencia.
EliminarEs más, Luis, yo creo que el pasado no se ha ido; sigue existiendo en nosotros, habita en nuestras raíces. Y sobre el futuro, aunque sea una entelequia, es lícito proyectar la imaginación: soñar con esa parcela, con el cultivo de rosas o la paciencia del bonsái... pero, mientras tanto, la clave es poner empeño y motivación en lo que se hace hoy.
ResponderEliminarMi padre me dio una vez una lección que todavía me resuena: “Hijo, lo que importa es que lo que hagas, lo hagas bien. Es preferible ser el mejor zapatero remendón que el peor de los ingenieros”. Esa búsqueda de la excelencia en lo pequeño es, para mí, la mejor forma de habitar el presente.
Hubo un tiempo en que soñaba con recorrer las fuentes del Amazonas; hoy, mi selva es un buen libro y mi aventura es plantar unos cuantos árboles en mi jardín. Al final, se trata de eso: de saborear lo que tenemos entre manos.
Por cierto, estos textos filosóficos, junto a tus recuerdos, son lo que más disfruto de tu blog. Los análisis políticos son certeros, pero confieso que personajes como Trump, Netanyahu o Putin me producen un hartazgo enorme. ¡Ojú! Prefiero mil veces perderme contigo en estas reflexiones sobre el tiempo.
Gracias Fernando. Pero mucho me temo que seguiré hablando de Trump, porque escribir me ayuda a reflexionar y el ínclito lo merece.
EliminarEl problema de muchos es que no saben en que emplear el tiempo.
ResponderEliminarAlfredo, sin duda. Tener aficiones alternativas a lo que constituye o ha constituido tu ocupación principal es fundamental.
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