27 de abril de 2026

La vanidad y la humildad

 

Leía yo no sé dónde el otro día que la inmadurez conduce a la vanidad y da lugar a actitudes delirantes, como la de pretender arreglar el mundo sólo con tus propias fuerzas, mientras que la madurez lleva a la humildad, a refugiarse en uno mismo. Según esta hipótesis, los primeros serían aquellos que se erigen en defensores de la humanidad y los segundos los que se limitan a cuidar  de su persona y si acaso de su parcela de responsabilidad.

Como he dicho en otras ocasiones, a mí estas declaraciones, entre la filosofía, la sociología y la grandilocuencia, me dejan tan desconcertado que no puedo evitar intentar sacar conclusiones que vayan más allá de la literalidad de las palabras. Se que es un defecto, pero no lo puedo evitar. Por eso, ahí va una reflexión.

Como suele ocurrir en cualquier faceta de la vida, nada es negro ni blanco, todo son grises. Es cierto que pretender arreglar el mundo sólo con tus fuerzas demuestra inmadurez, pero de ahí no deberíamos sacar la conclusión de que los que se preocupan de los demás sean inmaduros. De la misma manera que no deja de ser cierto que la madurez hace que uno reconozca sus propias limitaciones y en consecuencia se limite a centrarse en su área de responsabilidad, lo que no tendría que impedir que sea al mismo tiempo consciente de que tiene la obligación de no olvidarse de que vive en sociedad y por tanto obligaciones con respecto a quienes le rodean.

El mundo está lleno de megalómanos, individuos a los que su inmadurez les hace creer que están dotados de valores superiores a los normales. Sucede además que el desarrollo de esa megalomanía no suele ser gratuita, porque en el fondo sus objetivos finales son ellos mismo, es decir, lo que persiguen es la satisfacción de su vanidad.

En el otro extremo estarían los humildes cuando caen en la pobreza de espíritu o en la misantropía, de manera que sólo piensan en ellos mismos o, si acaso, en su círculo más cercano. Ellos primero, después ellos y, si queda algo, también ellos.

Yo desconfío de los megalómanos, pero también de los pobres de espíritu. Los redentores de todas las épocas siempre me han parecido locos interesados, peligrosos desequilibrados que embaucan las mentes de los ingenuos. Pero los que  profesan una humildad que los aparta del mundo también me provocan desconfianza, porque cuando se vive en sociedad hay que dejar la pulsaciones pusilánimes a un lado y afrontar con valentía la inclusión de uno mismo en la sociedad y la solidaridad con los demás.

Es cierto que no tengo muy claro que pretende explicar la reflexión que he citado al principio. Pero sí que, aunque tenga la apariencia de una lección de ética, a mí no me lo parece. Yo prefiero a los humildes con vocación de proyección social y a los líderes carismáticos que tiene los pies en la tierra.

La pregunta que me hago es: ¿existen estas dos últimas categorías o son imaginaciones mías?

2 comentarios:

  1. No sé si existen esas dos categorías, imagino que sí, pero supongo que de lo que más abundará será de lo intermedio: la persona humilde que hace que con su trabajo el mundo siga hacia adelante

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  2. La humildad a la que yo me refiero es la que lleva al ensimismamiento y a la pérdida de contacto con la realidad. Yo no creo que los eremitas, ascetas y cenobitas hayan aportado mucho al mundo.

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