7 de junio de 2026

Sarna con gusto no pica

 

No sé por qué he escogido este título, ya que no es sarna y, sin embargo, sí me pica. Digo que no es sarna, porque se trata sólo de ideas que a mí me parecen trasnochadas e impropias de gente culta. Por otro lado, si  añado que sí me pica, es porque me sorprende que en nuestros tiempos todavía haya quien piense como se pensaba en la Edad Media.

En una de esas reuniones a las que asisto de vez en vez para encontrarme con personas de mi edad a las que hacía décadas que había dejado de tratar, salió el otro día a relucir la figura de León XIV. Para mi sorpresa, teniendo en cuenta que los que allí estaban confesaban ser católicos, nada más iniciarse el debate o, mejor dicho, nada más iniciar ellos el tema empezó a caer sobre el actual papa un aluvión de juicios negativos, la mayoría de ellos acudiendo al manido sistema de las comparaciones. Como todos los que allí estábamos hemos conocido varios papas, a los críticos no les faltaban figuras con las que comparar. Una de las elegidas fue la del papa Francisco, la otra la de Juan Pablo II. Supongo que no hace falta que añada que la del primero para denunciar en sus planteamientos señales de posicionamiento izquierdistas y la del segundo para resaltar su santidad.

Cuando me encuentro inmerso en controversias dialécticas sobre asuntos que ni me van ni me vienen, me suelen entrar ganas de salir corriendo para no volver más. Pero como por un lado me mueve la querencia hacia personas a las que me une un cierto pasado compartido y por otro la curiosidad por averiguar hasta dónde se puede llegar en debates estériles, allí me quedé como un pasmarote.

El ruido fue creciendo, los elogios a Wojtila entraron en el terreno de sus milagros y, como consecuencia, en el elogio a la merecida dignidad de santo que le otorgó la Iglesia; mientras que las alusiones a Francisco empezaron a merodear alrededor de su “pasado peronista”. Pero el clímax de la exaltación a la figura del primero se alcanzó cuando uno de los tertulianos, que ya había apuntado maneras sobre su veneración al papa polaco, dijo algo así como que sólo por haber acudido al Rocío durante su visita a España hubiera merecido que lo canonizaran. Yo lo miré sin dar crédito a sus palabras, porque en algún momento tuve la sensación de que había entrado en el terreno de la ironía. Pero no, aquel elogio no tenía doble sentido. Era pura y llanamente una alabanza al breve pasado rociero de Juan Pablo II.

No creo que sea necesario que aclare que ese día estábamos en vísperas de la visita de León XIV a España, cuya figura, después de las idas y venidas a lo largo de papados anteriores, quedó muy denigrada. Al final de este corto debate, otro de los opinantes se atrevió a decir que deje de hablar de genocidio o se le echarán encima el Mossad y la CIA.

Pensándolo bien, quizá el título de este artículo no esté tan mal elegido.

2 comentarios:

  1. La figura del Papa, en el tablero geopolítico actual, ha quedado reducida a la de un actor político más. Resulta desolador observar cómo incluso dentro de los círculos católicos persiste esa profunda desconexión. Por un lado, una parte de los fieles anhela un pontífice que funcione como un tótem inamovible, casi un monarca medieval con aura de santidad infalible —de ahí esa fijación casi nostálgica con Juan Pablo II—; por otro, cuando el actual obispo de Roma intenta navegar la compleja realidad del siglo XXI, es atacado precisamente por sus intentos de relevancia social, descalificados de inmediato bajo la etiqueta de 'izquierdismo'.

    Es una ironía amarga: los más "aguerridos" católicos terminan siendo quienes menos escuchan lo que se dice desde la cátedra de Pedro si el mensaje no encaja en su ideología particular. Hoy día, para muchos, el Papa es simplemente una pieza más en su ajedrez mental; alguien a quien vitorear si reafirma sus prejuicios o a quien crucificar si los cuestiona. Es una lástima, porque en ese ruido constante se pierde cualquier posibilidad de diálogo espiritual real.

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  2. Fernando, gracias. En cualquier caso, lo que yo echo de menos no son diálogos espirituales sino mensajes sociales. Aunque en esta visita de León XIV se han deslizado algunas recomendaciones que afectan al día a día de los ciudadanos, el exceso de sutileza los convierte en algo de libre interpretación. Sirven para un roto y para un descosido. Hace falta más contundencia.

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