Creo que ya he confesado aquí, en este blog, que nunca he sido monárquico. No lo era antes de la reinstauración ni lo he sido en ningún momento después de que Juan Carlos I accediera a la jefatura del Estado a título de rey ni lo soy ahora. Jamás he creído en los supuestos valores añadidos que la institución monárquica aporta a la estabilidad de las naciones y por tanto no puedo aceptar intelectualmente que haya que renunciar a la república -a la elección democrátiaca de su presidente- en beneficio de la monarquía, por muy parlamentaria que ésta sea.
No obstante, voté que sí a la constitución de 1978 a pesar de que su aprobación significaba aceptar la presencia de un rey como jefe del Estado. Lo hice, como tantos otros españoles, porque la compleja situación heredada de la dictadura aconsejaba aceptar un acuerdo que nos permitiera salir de la transición sin demasiadas heridas; y la fórmula propuesta, aunque no me dejara satisfecho por completo, significaba una solución de compromiso que podía resultar efectiva.
A partir de ese momento, como he hecho con el resto de los capítulos de la actual constitución, he aceptado la Corona sin discusiones, porque soy un convencido de que sin reglas del juego claras y precisas las naciones se van al traste. Lo que no significa que, si de manera ordenada y democrática se planteara algún día esta cuestión, no me reserve el derecho de apoyar lo que en ese momento considere más idóneo.
En esa aceptación de la actual constitución
incluyo a la monarquía. Mientras
el estatus no cambie, no me permitiré una palabra que lesione la institución
como tal, aunque me reserve la opinión sobre los comportamientos
reprobables. Pero sin aspavientos, sin convertir los posibles delitos
en armas arrojadizas contra la estabilidad del país. No haré lo que veo hacer a
determinados políticos de la izquierda más radical que, aprovechando las
presuntas transgresiones del anterior titular, arremeten contra uno de los
pilares sobre los que se apoya el acuerdo constitucional, sin importarles las
consecuencias que semejante actitud pueda acarrear. Ni tampoco invocaré la
monarquía como quintaesencia de los valores patrios, como hacen los que, en el otro extremo de la actual política española, intentan apropiarse en provecho propio de las instituciones que son de todos.
No soy monárquico, insisto,
porque nunca he encontrado ningún valor que me incite a pensar que una
monarquía aporta a una nación mayor estabilidad que una república. Es más, en el
caso de un jefe de Estado elegido democráticamente, si éste delinque se le
sienta en el banquillo. Pero cuando las personas están unidas al cargo por causa
hereditaria indiscutible, resulta mucho más difícil deslindar a los que
delinquen de la institución que representan. Si un presidente de la
República Francesa, pongamos como ejemplo, fuera a la cárcel, allí, pasado el estupor inicial, todo
continuaría igual. Pero si un rey de España resultara condenado por los
tribunales, el andamiaje institucional del reino se tambalearía en su totalidad
de manera muy peligrosa. Por tanto, no encuentro ninguna ventaja en una monarquía frente a una república.
Es éste un debate que hay que manejar de manera sosegada, cuanto más lejos de la discusión oportunista mejor. Pero no es lo que ahora se está haciendo por unos y por otros. Los detractores de la monarquía, que hasta ahora no debían de haber encontrado oportunidad para poner en la palestra sus reivindicaciones republicanas, están aprovechando la lamentable coyuntura para resarcirse de sus anteriores silencios. Por su parte, la ultraderecha, que nunca fue monárquica sino todo lo contrario, aprovecha la ocasión para convertirse en el fiel escudero de una institución que ni les va ni les viene. Ninguno de los dos está haciendo nada útil por los intereses del país, que ahora están muy lejos de esta estéril discusión.
No, no soy monárquico; pero acato la Constitución Española de 1978.
Creo que somos muchos los que compartimos el contenido del artículo. Sólo añadiría que sería difícil encontrar un presidente de república que no proviniera de algún partido político, mientras que el rey debe ser absolutamente neutral.
ResponderEliminarQuerido Alfredo, los presidentes de las repúblicas democráticas siempre provienen de algún partido político. Pero, como le sucede al rey, no tienen poder ejecutivo. Por eso, si se sobrepasan en sus atribuciones o caen en la corrupción, intervienen las instituciones y lo destituyen. En cualquier caso, representan la voluntad de una mayoría.
EliminarMe ha gustado
ResponderEliminarGracias Conchi. Bienvenida al blog.
EliminarLuis, escribes sobre el posible problema del delito de un monarca, pero espero que en otra crónica lo hagas sobre el tema hereditario de la monarquía.
ResponderEliminarAngel
Querido Ángel, no ser monárquico significa precisamente no estar de acuerdo en que por ser hijo de un jefe de Estado se tenga derecho a suceder al padre en el cargo. No me parece democrático. Y en el artículo digo con toda claridad que no soy monárquico, pero que acepto la Constitución.
EliminarDe todas formas, ya que me animas, en otra ocasión volveré sobre este tema.