9 de noviembre de 2025

Palabras, palabras y palabras

Quien lea mis ocurrencias sabe, porque lo he confesado en varias ocasiones, que me gusta escribir. Me gusta porque estoy convencido de que la reflexión previa a la escritura permite cuidar los mensajes, pulirlos, refinarlos y acercarse a la verdadera intención de lo que se pretende decir. Sin embargo, la palabra escrita adolece de un inconveniente, que las ideas en ocasiones no quedan debidamente reflejadas o pueden ser mal interpretadas. No hay nada como escribir con cierta frecuencia para que uno se dé cuenta de que lo que acabo de decir es cierto.

Sin embargo, la palabra hablada, la conversación, aunque tenga el inconveniente de la improvisación y por tanto de decir en algún momento lo que no se pretende, tiene la gran ventaja de que los malentendidos se pueden corregir sobre la marcha. En estos casos se acude a aquello de "no me he expresado bien" o, como recurso alternativo, "déjame que me explique".

A pesar de todo, yo prefiero escribir, aunque es cierto que no le hago ascos a la conversación, sino todo lo contrario, porque me gusta el lenguaje hablado. Sé por supuesto que con lo escrito corro el riesgo de haberme expresado mal, y ahí queda mi torpeza, pero prefiero correr este riesgo a que, en la dialéctica improvisada, no sepa salir de mis propios enredos. Lo he pensado muchas veces y he llegado a la conclusión de que me siento más seguro frente a un teclado que frente a un interlocutor. ¿Timidez? ¿Falta de seguridad? Puede ser.

Pero vayamos a lo que quiero ir. Como éste es un asunto que desde hace mucho tiempo ha llamado mi atención, no sólo leo y me fijo en cada palabra, en cada coma y sobre todo en la intención que subyace tras cada frase, sino que también encuentro un gran atractivo en oír a los oradores de turno, sean éstos tertulianos profesionales, analistas de lo político o políticos de pura cepa.

De los primeros diré que, siendo como son profesionales de la opinión hablada, atienden más a decir que a explicar. Tienen su turno en la tertulia y no les cabe más solución que hablar y hablar. Les pagan para eso y cuanto más digan, sea lo que sea, mayor será su caché.

En cuanto a los llamados analistas, me refiero a los que se supone que saben de qué están hablando, suelo sacar la conclusión de que mejor sería que lo escribieran a que lo hablaran. Es cierto que de todo hay y por tanto sería absurdo generalizar, pero también es verdad que son muy pocos los que, además de dominar la materia que se trate, la saben explicar de viva voz.

Por último, los políticos, que merecen una consideración aparte. El lenguaje de los políticos es muy curioso, porque entre otras cosas procuran desviarse por los senderos que les interesa. No estoy diciendo que mientan, aunque mentirosos los hay a centenares, sino que se ciñen a un guion preestablecido. Es raro que improvisen y mucho más que no aprovechen los micrófonos para decir lo que quieren y no para explicar lo que a sus oyentes les interesa. Entre ellos hay muy buenos oradores y también bastantes incapaces de mantener un discurso durante un cierto tiempo, porque se confunden, se les traba la lengua o se van del tema con facilidad. Pero peor es cuando escriben, porque es ahí donde a muchos se les nota la falta de base intelectual.


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