Sin embargo, la palabra hablada, la conversación, aunque
tenga el inconveniente de la improvisación y por tanto de decir en algún momento lo que no se
pretende, tiene la gran ventaja de que los malentendidos se pueden corregir
sobre la marcha. En estos casos se acude a aquello de "no me he expresado bien" o,
como recurso alternativo, "déjame que me explique".
A pesar de todo, yo prefiero escribir, aunque es cierto que
no le hago ascos a la conversación, sino todo lo contrario, porque me gusta el lenguaje hablado. Sé por supuesto que con lo escrito corro el riesgo de haberme
expresado mal, y ahí queda mi torpeza, pero prefiero correr este riesgo a que,
en la dialéctica improvisada, no sepa salir de mis propios enredos. Lo he
pensado muchas veces y he llegado a la conclusión de que me siento más seguro
frente a un teclado que frente a un interlocutor. ¿Timidez? ¿Falta de seguridad? Puede ser.
Pero vayamos a lo que quiero ir. Como éste es un asunto que
desde hace mucho tiempo ha llamado mi atención, no sólo leo y me fijo en cada
palabra, en cada coma y sobre todo en la intención que subyace tras cada
frase, sino que también encuentro un gran atractivo en oír a los oradores de
turno, sean éstos tertulianos profesionales, analistas de lo político o políticos de pura cepa.
De los primeros diré
que, siendo como son profesionales de la opinión hablada, atienden más a decir
que a explicar. Tienen su turno en la tertulia y no les cabe más solución que
hablar y hablar. Les pagan para eso y cuanto más digan, sea lo que sea, mayor será su caché.
En cuanto a los llamados analistas, me refiero a los que se
supone que saben de qué están hablando, suelo sacar la conclusión de que mejor
sería que lo escribieran a que lo hablaran. Es cierto que de todo hay y por
tanto sería absurdo generalizar, pero también es verdad que son muy pocos los
que, además de dominar la materia que se trate, la saben explicar de viva voz.
Por último, los políticos, que merecen una consideración
aparte. El lenguaje de los políticos es muy curioso, porque entre otras cosas
procuran desviarse por los senderos que les interesa. No estoy diciendo que
mientan, aunque mentirosos los hay a centenares, sino que se ciñen a un guion
preestablecido. Es raro que improvisen y mucho más que no aprovechen los
micrófonos para decir lo que quieren y no para explicar lo que a sus oyentes
les interesa. Entre ellos hay muy buenos oradores y también bastantes incapaces
de mantener un discurso durante un cierto tiempo, porque se confunden, se les
traba la lengua o se van del tema con facilidad. Pero peor es cuando escriben,
porque es ahí donde a muchos se les nota la falta de base intelectual.

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