Puede ser que la reflexión que viene a continuación pueda sorprender a más de uno. Pero como me sale del alma no me voy a reprimir. A mí la expectación colectiva que ha despertado el eclipse me parece inusitada, impropia del siglo XXI. Puedo entender que llame la atención, pero no que se organicen excursiones colectivas, que se movilicen recursos especiales de protección civil y que no se hable de otra cosa en los medios de comunicación durante una temporada.
Como estoy pasando unos días dentro de la franja geográfica “privilegiada”
por el fenómeno -en Castellote (Teruel)-, he recibido llamadas de amigos
interesados en saber dónde lo iba a ver. Cuando he contestado que me limitaría
a observar desde la terraza de mi casa la oscuridad que se produjera, porque
la orografía del terreno me impedía ver el eclipse directamente, he percibido actitudes de extrañeza, acompañadas de justificaciones de su interés.
Frases como “esto no se ve más que una vez en la vida” o “el espectáculo tiene
que ser sorprendente” han confirmado su decepción ante mi apatía.
Como suele ocurrir con estas hipnosis colectivas, la
picaresca ha hecho su inevitable acto de presencia, porque basta con que las masas se
movilicen tras cualquier reclamo para que los pícaros se pongan en marcha.
Gafas fraudulentas de las que en vez de proteger la retina aumentan la
peligrosidad de los rayos solare o, por el contrario, ocultan por completo la
visión del fenómeno; venta de entradas en lugares especiales para disfrutar con
comodidad del eclipse: precios astronómicos en hostelería, etc. etc.
Lo dicho, una especie de hipnosis colectiva,
Lo anterior lo había escrito antes de que se produjera el eclipse.
Lo que viene a continuación son reflexiones posteriores, que por cierto no sólo
no contradicen lo que pensaba entonces, sino que coinciden.
Todavía no he oído a nadie que me diga que la experiencia ha
sido fantástica y menos que ha estado a la altura de sus expectativas. Por el
contrario, curiosa reacción, quejas, o porque no se hizo
completamente de noche, o porque duró muy poco, o porque la muchedumbre lo
abrumaba, o porque los forestales le impidieron pasar y tuvo que dar un rodeo,
o…
Yo, que sólo vi desde la terraza el anochecer repentino, sí
saqué una conclusión, la de que el cerebro humano se acostumbra de tal manera a
los procesos naturales del universo, que cuando se produce alguna alteración “antinatural”
se incomoda. A mí aquella oscuridad sobrevenida me provocó una cierta desazón,
hasta el punto de que tuve que preguntarle a los que me rodeaban si ellos
también se estaban quedando ciegos.
Me han dicho que habrá uno nuevo el siglo que viene. Creo que no me va a merecer la pena esperar a verlo.

Yo si lo vi y tengo preparado un artículo para mí blog que podrás leer en breve. Yo sí me desplacé unos kms. para verlo en la playa. Realmente fue un buen espectáculo.
ResponderEliminarPero realmente todo lo que se montó previamente fue exagerado, pero hay que vender como sea, incluso los espectáculos inusitados que la Naturaleza nos ofrece muy de vez en cuando