3 de octubre de 2026

Chabolas en Ceuta y boato vaticano en París

Como llevamos varios meses en los que las noticias sobre la crisis de Ceuta ocupan la mitad de los informativos y en la última semana éstas se han disputado la audiencia con las referentes a la visita de León XIV a Francia, he visto, unas a continuación de otras, las imágenes de las míseras chabolas de los inmigrantes en la ciudad autónoma y las del boato vaticano en las celebraciones religiosas a las que ha asistido el papa.

Como decía con cierta frecuencia un buen amigo mío, da que pensar. No quisiera caer en la demagogia fácil, porque estas comparaciones se prestan a ello; pero confieso que cuando veo el contraste entre la pobreza de unos y la riqueza de otros me indigno. Pero es que, además, en este caso se cruzan por en medio los mensajes evangélico sobre el amor al prójimo, precisamente los que defiende y propaga la Iglesia.

El papa dijo en España y ha repetido en Francia que a los inmigrantes hay que tratarlos como seres humanos, un mensaje acorde con la doctrina que defiende el humanismo cristiano. Pero las palabras no son suficientes. Todavía no he visto ni un solo ejemplo de colaboración material, cuando con sus ostentaciones de esplendor y magnificencia ponen de manifiesto que capacidad para ayudar no les falta. Por supuesto, no me refiero en exclusiva a la alta jerarquía vaticana, porque aquí, en nuestros lares, tampoco he observado nada que me recuerde a la virtud teologal de la caridad.

Se me ocurre pensar que esta falta de ejemplaridad por parte de la Iglesia pueda ser una de las causas que originan que muchos de sus seguidores se muestren tan insensibles ante la miseria de los inmigrantes de Ceuta y tan proclives a su expulsión a costa de lo que sea menester. No lo sé, puede que sean figuraciones mías. Pero, lo digo una vez más, da que pensar.

Nos hemos acostumbrado a la hipocresía hasta tal punto, que da la sensación de que aceptamos las injusticias sin que nos hagan mella. Supongo que la incapacidad de resolver los problemas está detrás de esta indiferencia ante las desigualdades que nos rodean. Pero una cosa es considerarse uno impotente para ayudar y otra muy distinta no denunciar o incluso aplaudir a los que, pudiendo hacer, no mueven un dedo. Porque esto último es lo que hacen con su asistencia los que acuden a contemplar en vivo y en directo la ostentación de poder que provoca cualquier visita del papa.

Tema delicado donde los haya. Pero las imágenes de las chabolas de Ceuta, por un lado, y las de los ropajes cardenalicios en París, por otro, me han provocado una inquietud a la que necesitaba darle salida.