Como decía con cierta frecuencia un buen amigo mío, da que
pensar. No quisiera caer en la demagogia fácil, porque estas comparaciones se
prestan a ello; pero confieso que cuando veo el contraste entre la pobreza
de unos y la riqueza de otros me indigno. Pero es que, además, en este caso se cruzan
por en medio los mensajes evangélico sobre el amor al prójimo, precisamente los que defiende y propaga
la Iglesia.
El papa dijo en España y ha repetido en Francia que a los
inmigrantes hay que tratarlos como seres humanos, un mensaje acorde con la
doctrina que defiende el humanismo cristiano. Pero las palabras no son suficientes. Todavía no he
visto ni un solo ejemplo de colaboración material, cuando con sus ostentaciones
de esplendor y magnificencia ponen de manifiesto que capacidad para ayudar no les falta. Por
supuesto, no me refiero en exclusiva a la alta jerarquía vaticana, porque
aquí, en nuestros lares, tampoco he observado nada que me recuerde a la
virtud teologal de la caridad.
Se me ocurre pensar que esta falta de ejemplaridad por parte de la Iglesia pueda ser una de las
causas que originan que muchos de sus seguidores se muestren tan insensibles
ante la miseria de los inmigrantes de Ceuta y tan proclives a su expulsión a
costa de lo que sea menester. No lo sé, puede que sean figuraciones mías. Pero,
lo digo una vez más, da que pensar.
Nos hemos acostumbrado a la hipocresía hasta tal punto, que
da la sensación de que aceptamos las injusticias sin que nos hagan mella.
Supongo que la incapacidad de resolver los problemas está detrás de esta
indiferencia ante las desigualdades que nos rodean. Pero una cosa es
considerarse uno impotente para ayudar y otra muy distinta no denunciar o
incluso aplaudir a los que, pudiendo hacer, no mueven un dedo. Porque esto último es
lo que hacen con su asistencia los que acuden a contemplar en vivo y en directo
la ostentación de poder que provoca cualquier visita del papa.
Tema delicado donde los haya. Pero las imágenes de las
chabolas de Ceuta, por un lado, y las de los ropajes cardenalicios en París, por
otro, me han provocado una inquietud a la que necesitaba darle salida.

A mí siempre me han resultado ostentosos los viajes papales y, en general, toda la curia y el boato romano. Es un espectáculo que no encaja con mi forma de entender la caridad que siempre ha predicado la Iglesia católica. Ese despliegue de lujo, solemnidad y pompa no me casa con el mensaje evangélico que dice defender. Lo veo excesivo, grandilocuente y, en ocasiones, hasta teatral. Por eso entiendo perfectamente la inquietud que te ha provocado ese contraste.
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