Tengo la sensación de que esta victoria de la izquierda, en
un país tan extenso y por consiguiente de tanta importancia geoestratégica como es Brasil,
puede significar un brusco frenazo en el resurgir de la ultraderecha en el
mundo. De momento significa que durante cuatro años más Brasil continuará
fuera de la órbita de Trump, máximo representante de la ultraderecha internacional, tocado de lleno en estos últimos comicios.
Es difícil de entender el vertiginoso aumento de votantes de
la ultraderecha en los últimos años. Supongo que responderá a causas muy
distintas en cada país o en cada región del mundo. Pero es muy posible que
entre esas causas haya algún factor común, quizá la búsqueda de algo distinto a lo actual, porque la
ingenuidad e ignorancia de algunos les hace pensar que con abrazar el autoritarismo se resuelven
los problemas.
Sólo pensar que esté aumentando el número de personas que
preferirían vivir bajo los dictámenes de un tirano en vez de bajo el amparo de
las libertades democráticas me produce escalofríos. Me cuesta tanto creerlo que
prefiero pensar que los votantes de la ultraderecha no son conscientes del
riesgo de apoyar doctrinas totalitarias, sino que ven a sus representantes como
a cualquier otro líder demócrata. No perciben el peligro o prefieren no
percibirlo.
Por eso, ante un panorama tan desolador, cuando observo la derrota de un totalitario apoyado por la oligarquía tecnocrática y la victoria de un progresista demócrata me congratulo. Pienso, o prefiero pensar, que los errores de Trump, de Milei y de tantos otros líderes fascistas se están poniendo al descubierto y que empiezan a surgir señales de cambio de tendencia. La situación económica mundial que ha creado el ataque perpetrado por Israel y los EE. UU. contra Irán ha puesto de manifiesto que los dictadores, aunque se disfracen de demócratas, son peligrosos. Ante este panorama, Abascal y su inseparable Feijóo no deben de tenerlas todas consigo.
Ojalá no me equivoque y de verdad estemos ante un cambio de mentalidad.
