26 de febrero de 2026

Identidad nacional, cultura, burka e intolerancia

 

Lo del burka que aparece en el título no es más que un añadido para crear expectación, porque en realidad de lo que pretendo hablar hoy es de la identidad nacional en relación con la cultura, por un lado, y con la intolerancia, por otro. Lo digo, porque no quiero que la reciente polémica sobre la prohibición del uso en España de esta prenda femenina que usan algunas etnias afganas me distraiga de mi propósito de hoy, que no es otro que reflexionar sobre los manejos que algunos hacen con "lo nuestro", para en realidad blanquear su intolerancia a los inmigrantes. Vayamos por partes.

Que nos sintamos orgullosos de nuestra identidad nacional y de nuestra cultura es lógico. Formamos parte de un colectivo que comparte unas tradiciones y unas costumbres, de manera que, aunque sólo sea por un prurito de diferenciación frente al resto de la humanidad, sentimos la satisfacción de disponer de nuestras propias características. Pero que ese sentido le sirva a algunos para justificar el rechazo a los diferentes, no es otra cosa que disfrazar la intolerancia de patriotismo.

Se observa con mucha frecuencia la utilización de los conceptos de identidad nacional, tradición y cultura para justificar la xenofobia. En los últimos tiempos, desde que la ultraderecha campa por sus respetos, no hay día que no aparezcan en determinados medios de comunicación alusiones a los perjuicios que los inmigrantes pueden causar en nuestras venerables costumbres. Vienen a decir que, si continua la llegada de inmigrantes, terminaremos contagiados por sus primitivas costumbres y caeremos como consecuencia en un profundo abismo cultural.

Claro está que, incluso en tan censurable actitud, hay clases, quiero decir clases de inmigrantes, porque a la xenofobia se le une su hermano gemelo el racismo. Para los xenófobos no es lo mismo un venezolano que un subsahariano, un rumano que un magrebí. Porque, además de la condición de extranjero, para los intolerantes pesa otra, la del color de la piel.

Los movimientos migratorios han existido siempre. La riqueza no está repartida por igual sobre la superficie de la tierra y parece lógico que los pobres pretendan igualar sus condiciones de vida a las de los ricos. La tensión creada por esas diferencias es tal que las migraciones nunca desaparecerán y, a no ser que se blinden las fronteras con campos de minas -permítaseme la exageración-, los inmigrantes seguirán llegando a nuestras costas y a nuestros aeropuertos sin que nadie pueda evitarlo. En otras épocas de la humanidad lo hacían al galope de sus caballos y con los sables desenvainados; ahora a la chita callando y con el mayor sigilo posible.

Dada esta realidad, en vez de acudir a falsos razonamientos sobre perdidas de identidad, deterioros de la cultura y otras pamplinas por el estilo, lo que las sociedades ricas deberían hacer es encauzar en la medida de lo posible la llegada de inmigrantes, por supuesto sin vulnerar los derechos humanos; pero sobre todo establecer políticas activas de asimilación, lo que no significa hacerles tragar nuestras costumbres y nuestra manera de ser, sino enseñarles las normas que permiten nuestra convivencia. No hace falta que les gusten nuestras tradiciones, pero por elementales razones de coexistencia, deben acatar nuestro ordenamiento jurídico y nuestra constitución, como lo hacemos los españoles. En caso contrario, para eso están los tribunales de justicia.

Más racionalidad y menos visceralidad.

22 de febrero de 2026

Amistades peligrosas o las cosas no son como eran

 

Con este título no voy a referirme ni a la conocida novela de Choderlos de Laclos ni a la película basada en ella ni a ningún grupo musical que ostente tan sonoro nombre. Lo que me propongo hoy aquí es reflexionar sobre la amistad pura y dura, porque mi propensión a la nostalgia, ese sentimiento de tristeza por haber perdido algo que todavía retiene la memoria, me ha llevado en varias ocasiones a intentar recuperar viejas amistades perdidas en el túnel del tiempo, con bastante decepción al comprobar los resultados del intento.

Yo ya sé que la culpa es mía y no de ellos, porque mi ingenuidad me lleva en ocasiones a considerar que el paso del tiempo no altera la realidad que conocimos en su día, que todo sigue igual, que la edad de las personas poco influye en los caracteres y, sobre todo, que el desarrollo de las personalidades a lo largo de la vida no cambia en nada lo que un día fuimos.

No voy a entrar en detalles, porque no quisiera herir susceptibilidades por culpa de mi torpeza. Lo voy a dejar en abstracto, tarareando la música, pero sin pronunciar la letra. Supongo que de esa manera se podrá entender lo que quiero explicar, por aquello de que a buen entendedor con pocas palabras basta.

Cuando al cabo de muchos años de haber perdido el contacto con los que en otros tiempos fueron tus amigos intentas recuperar los lazos que a ellos te unían, te sueles encontrar con que la trayectoria de sus pensamientos los ha alejado de los tuyos, a veces situándolos en posiciones, no ya lejanas, sino opuestas. Pero lo peor no es eso, sino que tu mente, anclada en unos recuerdos difusos, tiende a agrandar las diferencias porque le resulta inconcebible que haya podido producirse tal mutación. En realidad, es una reacción motivada por el olvido, porque no recordamos bien como eran tus viejos amigos ni tampoco como éramos nosotros mismos. Estamos construyendo un modelo falso de discrepancias sobrevenidas, cuando posiblemente ya existieran en su momento.

Pero volvamos a la nostalgia y a ese intento de recuperar el pasado. Cuando después de reanudar el contacto con tus viejos amigos te encuentras con algo muy distinto a lo que creías que te ibas a encontrar, sobreviene la decepción. Lo cual significa que empiezas a considerar que tu nostálgico intento de volver en cierto modo al pasado, no sólo no te ha dado las satisfacciones que presumías, sino por el contrario te ha traído algún disgusto, aunque sólo sea por no haber encontrado lo que esperabas.

Como no me gustaría dejar esta reflexión en términos quejumbrosos, voy aprovechar estas líneas para contar una anécdota muy reciente que contrasta mucho con lo anterior. Una de mis viejas amistades recuperadas al cabo de muchos años de distanciamiento, un amigo de la infancia, está en estos momentos sumido en una profunda decrepitud senil, de tal forma que ni reconoce a nadie ni puede vivir sin el constante auxilio de terceros, en primer lugar el de su mujer. Pues bien, el otro día, en un voluntarioso intento de hablar por teléfono con él, cuando me identifiqué como Luis Guijarro, me contestó al segundo: ¡ah!, sí, Luis Guijarro Miravete.

Ni que decir tiene que, aunque sé que se trata de un reflejo vegetativo, su respuesta me emocionó. Hay recuerdos que, a pesar del deterioro cognitivo, prevalecen.

18 de febrero de 2026

Unir o desunir a la izquierda. ¿Qué pretenden estos chicos?

 

Lo que está claro, no creo que nadie lo niegue, es que de un tiempo acá el conjunto de la izquierda en España se mueve como un pato mareado. Desde que volvió la democracia a nuestro país, ha habido una izquierda parlamentaria a la izquierda del PSOE, primero representada por el Partido Comunista y más tarde por Izquierda Unida. Pero el 15 de mayo de 2011, tras la manifestación convocada por los que más tarde se denominarían Podemos, la situación dio un cambio brusco, porque la muchachada que lideraba Pablo Iglesias no venía a ocupar el lugar de Izquierda Unida, sino a competir abiertamente con el PSOE. 

Yo lo dije en aquel momento y algunos me tacharon de catastrofista; pero hoy, a la vista de lo que está sucediendo, no tengo por menos que reafirmarme en el convencimiento de que los recién llegados iban a perjudicar al progresismo y como consecuencia a las clases trabajadoras. Recuerdo que entonces sostenía que la pólvora ya estaba inventada y que para despertar al PSOE no había que enfrentarse a él, sino mover el árbol desde dentro para que se cayeran las hojas secas, porque me daba cuenta de que ese lenguaje desfasado de las castas y otras zarandajas por el estilo no tenía cabida en una España que se estaba modernizando poco a poco y que empezaba a caminar por las sendas de una democracia cada vez más consolidada y con un nivel de vida en continuo crecimiento.

Aquella izquierda recién salida del horno acusaba al PSOE de haberse centrado demasiado y como consecuencia de estar abandonando a los más desfavorecidos, ignorando que una gran parte de sus votantes eran progresistas de centro, nada amigos de mensajes revolucionarios ni del lenguaje de las barricadas ni de contraproducentes precipitaciones en los avances sociales. Dice el refrán, vísteme despacio que tengo prisa.

Pero todo esto que estoy contando ya es agua pasada. Podemos ha desaparecido prácticamente del panorama político español, aunque haya habido intentos de reanimarlo mediante la creación de Sumar. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Ahora, cuando tras las estrepitosas derrotas en las autonómicas de todos los partidos de izquierdas, incluido el PSOE, se levantan voces diciendo que hay que hacer algo para evitar que llegue el retroceso social, los que lo proponen siguen en lo mismo, en la desunión, en una falta de realismo que tira de espaldas al más templado. En vez de reconocer la realidad del sustrato electoral de nuestros días, poco amigo de proclamas redentoristas, se empeñan en reeditar el pasado, enfrascados en discusiones banales, sólo preocupados por quién irá en los primeros puestos de las listas electorales.

Cuando oigo a Ione Belarra o a Irene Montero me hago cruces. Utilizan el mismo lenguaje que utilizaba Dolores Ibarruri en la guerra civil, con la diferencia de que desde entonces han pasado noventa años. De la misma manera, me resulta increíble que una vicepresidenta del gobierno actual, Yolanda Díaz, se dirija a la prensa para poner de manifiesto sus desacuerdos con la política del gobierno de coalición. Una cosa son las legítimas discrepancias entre partidos y otra muy distinta desmarcarse de las acciones que propone el consejo de ministros al que pertenece.

Señores de la izquierda a la izquierda del PSOE, así no van a ninguna parte. La pólvora ya estaba inventada y funcionaba, pero sus anacrónicas veleidades la están inutilizando. Por eso, mucho me temo que ese fascismo que tanto temen nos llegue sin que nadie haga algo útil por remediarlo, mientras ustedes siguen enfrascados en discusiones de vía estrecha. Lamentablemente, se lo habrán ganado a pulso.

Ojalá me equivoque.

14 de febrero de 2026

¡Ay!, Felipe del alma

 

Vamos a ver si me explico. El “Felipe” al que me refiero en el título no es otro que Felipe González. “Del alma” es una expresión coloquial, hiperbólica y figurada, que por lo general expresa admiración, cariño y respeto. Por último, “¡ay!” suele ser la interjección que se utiliza para expresar ciertos estados de ánimo, por lo general susto, queja, tristeza o sorpresa. De manera que este párrafo de La Revoltosa me viene que ni pintado para encabezar mi opinión sobre las últimas declaraciones del expresidente del gobierno español.

Empezaré diciendo que yo voté la candidatura encabezada por Felipe González hasta en cinco ocasiones, cuatro de ellas celebrando el triunfo en las urnas y la quinta y última lamentando la derrota. Lo digo, porque esta circunstancia pone de manifiesto mi admiración y respeto ante una figura política histórica que considero irrepetible. Sacó al PSOE de la clandestinidad, eliminó de su ideario los flecos que le quedaban de la retórica “guerracivilista”, puso en marcha una dinámica de protección social que cambió el panorama de las clases trabajadoras en España y metió a nuestro país en Europa.

Añadiré que, como consecuencia de la impresión que me produjeron sus mandatos y su legado, he seguido confiando en el partido socialista que él puso en marcha, entre otras cosas porque a mi juicio su evolución ha ido respondiendo a los cambios de escenario en la política española. No es lo mismo tener como adversario al PP de entonces, en un panorama rabiosamente bipartidista, que enfrentarse a la deriva ultraderechista de los populares y a los mensajes antisistema de Vox, todo ello dentro de un parlamento dividido en una gran variedad de tendencias, progresistas o conservadoras, de ámbito nacional o autonómico.

De ahí viene el ¡ay! del título, porque no acabo de entender su enmienda a la totalidad de la gestión de Sánchez. La discrepancia no sólo es legítima, sino además beneficiosa. Pero en política hay formas, por lo que resulta incomprensible que nos anuncie un voto en blanco, para regocijo de la derecha y la ultraderecha y perplejidad de los progresistas moderados. Tal actitud, lo confieso abiertamente, no tiene cabida en mi lógica.

Tampoco puedo entender sus comparaciones entre Bildu y Vox. Los primeros, a pesar de sus antecedentes, han reconducido el independentismo vasco de izquierdas desde la miserable violencia asesina que nos acosó durante tantos años, a la participación democrática en las instituciones españolas. Los segundos están dispuestos a asolar este país, en comandita con las ultraderechas europeas y el aciago Trump. Por tanto, Felipe González debería explicar a los españoles de dónde saca su parangón.

Mi admiración por el Felipe que yo voté en su día sigue intacta. Pero sus inexplicables derivas de hoy me sumen en la tristeza más absoluta.

11 de febrero de 2026

Musk contra el perverso Sánchez

Dicen, no estoy seguro de que sea cierto, que Elon Musk es el hombre más rico del mundo. Pero, aunque esta afirmación pueda no ser más que una exageración periodística, a mí no me cabe la menor duda de que pobre no es. Es más, desde que lo vi en el despacho oval con su hijo a caballito en los hombros, su elegante gorra de golf calada hasta las cejas, en presencia del presidente de los EE. UU. y mirando al tendido universal con cara de aquí estoy yo, tengo la sospecha de que sus poderes económicos no deben de dejar mucho que desear. Otra cosa es que se le se note a cada paso que da el pelo de la dehesa, una expresión que utilizaba mucho una de mis abuelas y que me gusta repetir en su honor cada vez que tengo ocasión. Mejor que ahora, nunca.  

Pero vayamos al grano. Como a Sánchez se le ha ocurrido sumarse a las iniciativas contra el mal uso de las redes sociales, empezando por proponer un control de la entrada en las mismas a los menores de dieciséis años, para qué queremos más. Elon Musk, a quien no caracteriza la mesura en sus expresiones, ha abierto la caja de los truenos contra el presidente del gobierno de España, no vaya a ser que cunda el ejemplo y se propague la lucha contra los abusos de las tecnológicas. Habrá pensado, porque este pensamiento forma parte del decálogo de los buitres del capitalismo, que hay que cortar por lo sano, sin contemplaciones.

Confieso que a mí cuando oí los primeros exabruptos del amigo de Trump me asusté, porque no me parecía muy prudente enfrentarse a este tipo de individuos. Pero en cuanto supe que Abascal aplaudía al multimillonario y después que Feijóo aseguraba que él no se iba a meter en los jardines que se metía Sánchez, empecé a tranquilizarme, porque la discusión descendía a la arena de la política y eso cambiaba el panorama. Si algo odia el votante equilibrado es la intromisión de los magnates extranjeros en los asuntos de su país.

Tras los primeros días de las declaraciones de Musk contra Sánchez, como los periodistas acuden con frecuencia a frases estereotipadas, se empezó a utilizar la expresión guerra de las tecnológicas, hipérbole que desde mi punto de vista no tiene cabida en este contexto. Yo preferiría hablar de ética, porque las intromisiones del dueño de X en los asuntos de un país soberano se caracterizan por faltar a los principios que marca la moral más elemental y no a los enfrentamientos bélicos. La falta de escrúpulos suele ser la seña de identidad de los millonarios todopoderosos.

Estoy convencido de que Sánchez ha medido muy bien la repercusión de sus iniciativas en este asunto, que cuenta con el respaldo de gran parte de los mandatarios europeos y que capitalizará a su favor el barullo que Musk intenta organizar. Por supuesto sus enemigos en España se pondrán a favor de las iniciativas del magnate, porque dado su odio son capaces de aliarse con el diablo. Incluso es posible que Isabel Díaz Ayuso proponga para el multimillonario la Medalla de Madrid, para premiar su contribución a la paz mundial.

Por cierto, yo hace tiempo que decidí no utilizar las redes sociales. Pero eso sería objeto de otra reflexión. Hoy no toca.

7 de febrero de 2026

Regularización de inmigrantes, otra barrabasada de Sánchez

 

Para empezar, confesaré que hubo un tiempo en el que yo estaba convencido de que en España no había ni racistas ni xenófobos, que vivía en una sociedad tolerante. No es porque no hubiera indicios de actitudes sospechosas de desprecio hacia otras etnias, sino que me parecía un fenómeno tan minoritario que no me llamaba la atención. Pero de un tiempo acá se me han caído los palos del sombrajo. El racismo y la xenofobia campan por sus respetos, poniendo de manifiesto que estaba completamente en las nubes.

Quizá lo que sucedía entonces era que, al estar nuestra sociedad muy encerrada en sus fronteras, el contacto con los extranjeros no existía, salvo el que se tenía con los rubios del norte de Europa, que no sólo no molestaban, sino que por el contrario adornaban nuestras playas con cierto aire de modernidad y exotismo. Pero eso ha cambiado por mor de la inmigración, de tal manera que la intolerancia, soterrada hasta el momento en el que ciudadanos de países con problemas económicos empezaron a llegar a España, ha surgido por todas partes.

La regularización de inmigrantes que ahora propone el gobierno responde al reconocimiento de la realidad. Porque ese medio millón de personas ya residen en España, casi todas ellas trabajando de forma ilegal, sin contratos de trabajo y como consecuencia sin derecho a percibir prestaciones sociales, exactamente igual a como lo hacían los esclavos en los aciagos días de la esclavitud. Por tanto, están contribuyendo a nuestro desarrollo económico y a que nuestro país progrese, pero en el más miserable limbo social.

Es curioso y al mismo tiempo deprimente observar como la derecha y la extrema derecha, con mayor intensidad y menor disimulo en la segunda que en la primera, pero cada vez más cerca las posiciones de unos de las de los otros, han sacado los sables de la intolerancia de sus vainas para esgrimirlas contra la medida regularizadora y contra sus patrocinadores. No les importa la opinión de las organizaciones católicas, entre ellas la Conferencia Episcopal, porque su espíritu religioso debe de ser el de con flores a la virgen que madre nuestra es o el de incienso y gregoriano en las misas catedralicias, pero no el del humanismo cristiano.

Por eso, porque sus mentalidades están más cerca del Ku Klus Klan que de Vicente Ferrer o de Teresa de Calcuta, piden a gritos que se expulse a los emigrantes que violan a nuestras hijas, que quitan el trabajo a los españoles, que ocupan nuestros edificios en ruinas y que -esto ya es el colmo de la incultura- si se les regulariza dará votos a la izquierda, porque la confusa ignorancia de los que así piensan los lleva a no distinguir regularización de nacionalización, en este último caso con derecho al voto. 

¡Qué equivocado estaba yo cuando creía que en España no había racistas ni xenófobos!

2 de febrero de 2026

Concesiones o capacidad negociadora

Es curioso observar como lo que para unos es virtud, la capacidad de negociar, para otros se convierte en defecto, el de hacer concesiones indeseables. Me estoy refiriendo a la habilidad demostrada por Pedro Sánchez para conseguir apoyos, a lo largo de una legislatura con un parlamento muy fragmentado, en el que no hay ningún grupo que no defienda a capa y espada sus programas y la preservación de su propia identidad como les exigen los que los votan.

Cuando se está en democracia y se cree en ella, lo razonable es pensar que los programas avancen en la dirección que responda a la composición del Congreso. Por muy minoritaria que sea la presencia de un grupo en el hemiciclo y por muy radical que resulten sus planteamientos, está en su derecho democrático a jugar lo mejor posible las cartas parlamentarias que le hayan concedido sus electores. Por eso, para conseguir mayorías suficientes hay que negociar con las minorías, por supuesto sin sobrepasar los límites que marca la Constitución.

Hasta ahora Pedro Sánchez lo está consiguiendo. Por eso, aun a trancas y barrancas, va sacando sus propuestas adelante, provocando el consabido vocerío de los partidos de la oposición, que no tardan en acusar al presidente del gobierno de las mayores atrocidades que uno se pueda imaginar, entre ellas la de estar rompiendo España.

En ocasiones, cuando los detractores de los acuerdos de Sánchez se ven incapaces de argumentar que se haya infringido el mandato constitucional, se remiten al futuro, se ponen el gorro de adivino y nos anuncian los males que lloverán en el futuro sobre nosotros por culpa de las actuales barrabasadas del presidente. Como el presente contradice sus acusaciones, refugiarse en un mañana que ni ha llegado ni sabemos cómo será, es tarea fácil aunque inútil.

Qué Pedro Sánchez sabe sortear con habilidad política, en beneficio de la continuidad de la legislatura, las dificultades que ofrece un Congreso tan dividido, es algo que ni en los corrillos conservadores se niega. Saben que se trata de un serio inconveniente para acceder al poder de forma inmediata como les gustaría y no encuentran la manera de meterle mano. De ahí las acusaciones de estar rompiendo España y de ahí las conjeturas sobre un mañana catastrófico.

No sé que sucederá en el futuro, porque el resultado de esta dinámica parlamentaria tan enrevesada es impredecible. Puede que llegue un momento en el que los intereses de uno de los grupos que le apoyan le decidan a abandonar la alianza de facto que ahora existe entre los llamado socios de la investidura y, como consecuencia, el presidente del gobierno se vea obligado a convocar elecciones anticipadas. Pero tengo la sensación de que Pedro Sánchez sigue teniendo capacidad negociadora suficiente para conseguir agotar la legislatura. 

Después, las urnas hablarán una vez más y ya se verá lo que sucede.