14 de febrero de 2026

¡Ay!, Felipe del alma

 

Vamos a ver si me explico. El “Felipe” al que me refiero en el título no es otro que Felipe González. “Del alma” es una expresión coloquial, hiperbólica y figurada, que por lo general expresa admiración, cariño y respeto. Por último, “¡ay!” suele ser la interjección que se utiliza para expresar ciertos estados de ánimo, por lo general susto, queja, tristeza o sorpresa. De manera que este párrafo de La Revoltosa me viene que ni pintado para encabezar mi opinión sobre las últimas declaraciones del expresidente del gobierno español.

Empezaré diciendo que yo voté la candidatura encabezada por Felipe González hasta en cinco ocasiones, cuatro de ellas celebrando el triunfo en las urnas y la quinta y última lamentando la derrota. Lo digo, porque esta circunstancia pone de manifiesto mi admiración y respeto ante una figura política histórica que considero irrepetible. Sacó al PSOE de la clandestinidad, eliminó de su ideario los flecos que le quedaban de la retórica “guerracivilista”, puso en marcha una dinámica de protección social que cambió el panorama de las clases trabajadoras en España y metió a nuestro país en Europa.

Añadiré que, como consecuencia de la impresión que me produjeron sus mandatos y su legado, he seguido confiando en el partido socialista que el puso en marcha, entre otras cosas porque a mi juicio su evolución ha ido respondiendo a los cambios de escenario en la política española. No es lo mismo tener como adversario al PP de entonces, en un panorama rabiosamente bipartidista, que enfrentarse a la deriva ultraderechista de los populares y a los mensajes antisistema de Vox, todo ello dentro de un parlamento dividido en una gran variedad de tendencias, progresistas o conservadoras, de ámbito nacional o autonómico.

De ahí viene el ¡ay! del título, porque no acabo de entender su enmienda a la totalidad de la gestión de Sánchez. La discrepancia no sólo es legítima, sino además beneficiosa. Pero en política hay formas, por lo que resulta incomprensible que nos anuncie un voto en blanco, para regocijo de la derecha y la ultraderecha y perplejidad de los progresistas moderados. Tal actitud, lo confieso abiertamente, no tiene cabida en mi lógica.

Tampoco puedo entender sus comparaciones entre Bildu y Vox. Los primeros, a pesar de sus antecedentes, han reconducido el independentismo vasco de izquierdas desde la miserable violencia asesina que nos acosó durante tantos años, a la participación democrática en las instituciones españolas. Los segundos están dispuestos a asolar este país, en comandita con las ultraderechas europeas y el aciago Trump. Por tanto, Felipe González debería explicar a los españoles de dónde saca su parangón.

Mi admiración por el Felipe que yo voté en su día sigue intacta. Pero sus inexplicables derivas de hoy me sumen en la tristeza más absoluta.

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