22 de febrero de 2026

Amistades peligrosas o las cosas no son como eran

 

Con este título no voy a referirme ni a la conocida novela de Choderlos de Laclos ni a la película basada en ella ni a ningún grupo musical que ostente tan sonoro nombre. Lo que me propongo hoy aquí es reflexionar sobre la amistad pura y dura, porque mi propensión a la nostalgia, ese sentimiento de tristeza por haber perdido algo que todavía retiene la memoria, me ha llevado en varias ocasiones a intentar recuperar viejas amistades perdidas en el túnel del tiempo, con bastante decepción al comprobar los resultados del intento.

Yo ya sé que la culpa es mía y no de ellos, porque mi ingenuidad me lleva en ocasiones a considerar que el paso del tiempo no altera la realidad que conocimos en su día, que todo sigue igual, que la edad de las personas poco influye en los caracteres y, sobre todo, que el desarrollo de las personalidades a lo largo de la vida no cambia en nada lo que un día fuimos.

No voy a entrar en detalles, porque no quisiera herir susceptibilidades por culpa de mi torpeza. Lo voy a dejar en abstracto, tarareando la música, pero sin pronunciar la letra. Supongo que de esa manera se podrá entender lo que quiero explicar, por aquello de que a buen entendedor con pocas palabras basta.

Cuando al cabo de muchos años de haber perdido el contacto con los que en otros tiempos fueron tus amigos intentas recuperar los lazos que a ellos te unían, te sueles encontrar con que la trayectoria de sus pensamientos los ha alejado de los tuyos, a veces situándolos en posiciones, no ya lejanas, sino opuestas. Pero lo peor no es eso, sino que tu mente, anclada en unos recuerdos difusos, tiende a agrandar las diferencias porque le resulta inconcebible que haya podido producirse tal mutación. En realidad, es una reacción motivada por el olvido, porque no recordamos bien como eran tus viejos amigos ni tampoco como éramos nosotros mismos. Estamos construyendo un modelo falso de discrepancias sobrevenidas, cuando posiblemente ya existieran en su momento.

Pero volvamos a la nostalgia y a ese intento de recuperar el pasado. Cuando después de reanudar el contacto con tus viejos amigos te encuentras con algo muy distinto a lo que creías que te ibas a encontrar, sobreviene la decepción. Lo cual significa que empiezas a considerar que tu nostálgico intento de volver en cierto modo al pasado, no sólo no te ha dado las satisfacciones que presumías, sino por el contrario te ha traído algún disgusto, aunque sólo sea por no haber encontrado lo que esperabas.

Como no me gustaría dejar esta reflexión en términos quejumbrosos, voy aprovechar estas líneas para contar una anécdota muy reciente que contrasta mucho con lo anterior. Una de mis viejas amistades recuperadas al cabo de muchos años de distanciamiento, un amigo de la infancia, está en estos momentos sumido en una profunda decrepitud senil, de tal forma que ni reconoce a nadie ni puede vivir sin el constante auxilio de terceros, en primer lugar el de su mujer. Pues bien, el otro día, en un voluntarioso intento de hablar por teléfono con él, cuando me identifiqué como Luis Guijarro, me contestó al segundo: ¡ah!, sí, Luis Guijarro Miravete.

Ni que decir tiene que, aunque sé que se trata de un reflejo vegetativo, su respuesta me emocionó. Hay recuerdos que, a pesar del deterioro cognitivo, prevalecen.

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