Que nos sintamos orgullosos de nuestra identidad nacional y de nuestra cultura es lógico. Formamos parte de un colectivo que comparte unas tradiciones y unas costumbres, de manera que, aunque sólo sea por un prurito de diferenciación frente al resto de la humanidad, sentimos la satisfacción de disponer de nuestras propias características. Pero que ese sentido le sirva a algunos para justificar el rechazo a los diferentes, no es otra cosa que disfrazar la intolerancia de patriotismo.
Se observa con mucha frecuencia la utilización de los
conceptos de identidad nacional, tradición y cultura para justificar la xenofobia. En los
últimos tiempos, desde que la ultraderecha campa por sus respetos, no hay día
que no aparezcan en determinados medios de comunicación alusiones a los
perjuicios que los inmigrantes pueden causar en nuestras venerables costumbres.
Vienen a decir que, si continua la llegada de inmigrantes, terminaremos
contagiados por sus primitivas costumbres y caeremos como consecuencia en un
profundo abismo cultural.
Claro está que, incluso en tan censurable actitud, hay clases, quiero decir clases de inmigrantes, porque a la xenofobia se le une su hermano gemelo el racismo. Para los xenófobos no es lo mismo un venezolano que un subsahariano, un rumano que un magrebí. Porque, además de la condición de extranjero, para los intolerantes pesa otra, la del color de la piel.
Los movimientos migratorios han existido siempre. La riqueza
no está repartida por igual sobre la superficie de la tierra y parece lógico que los
pobres pretendan igualar sus condiciones de vida a las de los ricos. La tensión
creada por esas diferencias es tal que las migraciones nunca desaparecerán
y, a no ser que se blinden las fronteras con campos de minas -permítaseme la
exageración-, los inmigrantes seguirán llegando a nuestras costas y a nuestros
aeropuertos sin que nadie pueda evitarlo. En otras épocas de la humanidad lo hacían
al galope de sus caballos y con los sables desenvainados; ahora a la chita
callando y con el mayor sigilo posible.
Dada esta realidad, en vez de acudir a falsos razonamientos
sobre perdidas de identidad, deterioros de la cultura y otras pamplinas por el
estilo, lo que las sociedades ricas deberían hacer es encauzar en la medida de lo
posible la llegada de inmigrantes, por supuesto sin vulnerar los derechos
humanos; pero sobre todo establecer políticas activas de asimilación, lo que no
significa hacerles tragar nuestras costumbres y nuestra
manera de ser, sino enseñarles las normas que permiten nuestra convivencia. No
hace falta que les gusten nuestras tradiciones, pero por elementales razones de coexistencia, deben acatar nuestro ordenamiento jurídico y nuestra constitución, como lo hacemos los españoles. En caso contrario, para eso están los tribunales de justicia.
Más racionalidad y menos visceralidad.

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ResponderEliminarMe parece perfecta tu distinción entre el orgullo legítimo por lo propio y ese patriotismo de cartón piedra que solo sirve para camuflar la intolerancia. Y me parece fundamental tu apunte sobre la asimilación frente a la integración: no se trata de imponer gustos, sino de exigir el acatamiento de las normas de convivencia que nos hemos dado. Sin embargo, me queda una duda sobre el burka: ¿consideras que prendas como el burka son una anécdota cultural que debemos tolerar en nombre de la libertad, o entran dentro de esas tradiciones que chocan frontalmente con nuestro ordenamiento y que, por tanto, no deberían tener cabida en nuestra convivencia?
ResponderEliminarNota: mi primer comentario lo eliminé por algunos errores gramaticales, nada más.
Fernando, no quería entrar en lo del burka precisamente porque requeriría espacio y tiempo para intentar explicarme. A mí que las mujeres se vean obligadas a ponerse esa prenda me rechina. Pero no creo que haya que convertir este asunto en un dos de mayo o, como decíamos cuando éramos jóvenes, en un Dien Bien Fu.
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