27 de junio de 2026

Motosierras, lanzallamas y mucho plomo

Para elegir este título tan “explosivo” no he tenido que devanarme demasiado los sesos. Está en los mensajes de muchos seguidores de la ultraderecha, aparece constantemente en sus declaraciones y, aunque mantengan que se trata de un lenguaje figurado, en ocasiones se exhiben con alguno de estos artefactos en las manos. No doy nombres, porque la lista no cabría en este artículo.

Lo malo de este alarde de matonismo no son las palabras, sino las intenciones. Han mamado en las tetas de la violencia dialéctica y ya se sabe que la línea que separa las palabras de las acciones es muy delgada. Forma parte de su ADN, entre otras cosas porque confunden valor con agresividad y debate con refriega. Por eso, no les hacen ascos al uso de la violencia.

Lo que está sucediendo en estos momentos con la ultraderecha, ese auge que parece que los va a llevar a conquistar el universo, no es nuevo sobre la faz de la tierra. Se trata de uno de tantos fenómenos cíclicos, en estos momentos favorecido por la presencia de ciertos líderes internacionales que han llegado a la política a lomos de la demagogia y el populismo. Que el actual presidente de los EE. UU. se levante por la mañana meditando sobre qué país atacara ese día, favorece mucho la proliferación de pequeños caudillos a lo largo y ancho del mundo, imitadores de su todopoderoso ídolo.

España no se libra de este fenómeno. Una escisión en el Partido Popular, fundado durante la transición por un ministro de la dictadura, que hasta es momento navegaba por aguas relativamente moderadas, dio lugar al nacimiento de Vox, con un líder fanfarrón, presuntuoso y jactancioso a la cabeza, un antiguo militante del PP que, como no debía de encontrar hueco acorde con sus aspiraciones caudillistas, se vio impulsado a crear su propio espacio, en el que nadie le pudiera hacer sombra.

Pero es que el nacimiento de un rival procedente de su propia matriz ha obligado al PP ha radicalizar su ideología, hasta tal extremo que ahora es muy difícil distinguir la antigua derecha de la nueva ultraderecha. Por eso, ya sin pudor de ningún tipo, nos anuncian a bombo y platillo una alianza poselectoral tras las próximas elecciones generales.

Todavía no se les ha visto ni a uno ni a otro, ni a Feijóo ni a Abascal, con motosierras en la mano. Pero al paso que vamos no me extrañaría que algún día contemplemos esa escena. Es tanta la agresividad que emana de sus bocas, que diera la sensación de que ya no tienen suficiente desahogo con las palabras. El próximo paso pudiera ser la exhibición de utensilios esperpénticos.

Pero hay otro síntoma que identifica a las ultraderechas de cualquier parte del mundo, plantear dudas sobre la limpieza de las elecciones, no se sabe si para sembrar cizaña o para curarse en salud ante una posible derrota. Abascal ya ha empezado con esta cantinela, por supuesto sin aportar prueba alguna, inventando conspiraciones procedentes del exterior, maquinadas para mantener a Sánchez en el poder. 

Es que son como niños. 

2 comentarios:

  1. No entiendo este matonismo de la derecha. No sé por qué, para explicar sus programas de gobierno, la derecha de este país tiene que atacar de esa manera tan destructiva el sistema legítimamente construido.
    Pero teniendo en cuenta nuestra experiencia histórica, hay razones para tener, al menos, inquietud; por no decir miedo. >
    Yo no diría que son como niños, sino más bien como leones enjaulados.

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  2. La comparación con los niños se debe a que estaba pensando en su falta de madurez.

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