10 de septiembre de 2026

¡Cuánta suciedad!

 

Nunca me ha gustado refugiarme en lamentaciones, en parte porque las considero inútiles, pero sobre todo porque prefiero enfrentarme a las causas del lamento en vez de refugiarme en el victimismo. Lo que sucede es que cuando lo que uno ve a su alrededor supera ciertos niveles de indignación, sólo queda la denuncia. El actual lenguaje que utilizan ciertos políticos no es digno de un país civilizado que ha demostrado durante un ya largo periodo de tiempo que sabe vivir en democracia y que confía en el funcionamiento de sus instituciones.

Lo que está ocurriendo en España con el estilo de oposición que utiliza el dúo de la bencina incendiaria no conoce precedentes. Yo he seguido las comparecencias en el Congreso de varios presidentes y de otros tantos jefes de la oposición, de manera que puedo asegurar que nunca he visto tanta mala baba y tanto “macarrismo”, ni en las expresiones ni en los “epítetos cariñosos”. De un estilo de hacer política en el que se valoraba la gracia y el donaire parlamentario, hemos pasado a otro en el que cuantas más vulgaridades se introduzcan más aplauden los acólitos.

Lo lamentable es que esto no ha empezado hoy, sino que viene sucediendo desde que Pedro Sánchez es presidente del gobierno, es decir, desde hace ocho años. Cuando se gobierna se cometen errores y el actual presidente no iba a ser el único que se librara de este riesgo. Pero esta oposición encabezada por Feijóo-Abascal, en vez de denunciar los fallos y proponer soluciones razonadas, hace un totum revolutum de la figura del presidente y de todo aquello que lo rodee, lanza soflamas incendiarias a los cuatro vientos, pero ni dice qué habría que hacer para solucionar lo que a ellos no les gusta ni plantea alternativas.

Este comportamiento tiene varias causas. Yo diría que la primera es el afán de revancha, porque no han podido digerir que un voto de censura, basado en la corrupción del PP condenada en sede judicial, los desplazara del poder. La segunda, que, sin un programa definido, guiados sólo por la inercia conservadora de oponerse a todo aquello que signifique progreso, carecen de propuestas que poner sobre la mesa, de manera que es mucho más fácil insultar, llamar traidor o corrupto a quien preside el gobierno, que razonar. La tercera, que la falta de escrúpulos de esta oposición, su errática trayectoria les hace confiar más en la internacional ultra que en las instituciones de su país.

Ahora bien, que tengan en cuenta que por la boca muere el pez.

2 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo contigo, Luis. Más allá de las diferencias ideológicas, lo que me preocupa de la derecha actual es la pérdida de cierta tradición de cultura política, de educación y hasta de elegancia en la discrepancia. Se puede ser muy firme en la oposición sin convertir el Parlamento en un concurso de descalificaciones.

    Echo en falta esa derecha más asentada, con sentido institucional y capacidad para argumentar, que en otros tiempos formaba parte de la vida política española. Hoy, salvo excepciones —el PNV me parece una de ellas—, veo demasiada estridencia y muy poca reflexión. Y quizá lo más preocupante sea que ese lenguaje termina degradando no sólo a quien lo utiliza, sino también el espacio común en el que todos tenemos que convivir.
    Por eso me quedo con tu última frase: por la boca muere el pez.

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  2. Gracias Fernando. La desmesura nunca ha sido buena consejera. Lo que sucede es que la competencia entre PP y Vox se ha convertido en una especie de campeonato de insultos contra el "sanchismo", a ver quien lo suelta más hiriente.
    Puede ser que sea el único estilo que conozcan, de manera que no lo puedan evitar. Pedirles elegancia en el debate es algo así como esperar que Trump, uno de sus ídolos, deje de decir majaderías.

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