Pero aquello es Alemania y esto es España. Que ahora el PP y
Vox den la sensación de andar a la gresca son sólo apariencias. Los dardos que
se lanzan entre ellos no son más que intentos de la ultraderecha por hacerse
con los votos conservadores y defensa de los populares para mantener su
hegemonía. Pero todos sabemos que cuando llegue la hora de la verdad pactarán,
porque es posible que por separado no tengan la mayoría necesaria para gobernar. Aquí no caben acuerdos entre
socialistas y conservadores, porque las diferencias de pensamiento son
abismales. El PP no es la moderada CDU.
Cuando llegue el momento de la campaña electoral, ni el PP
ni Vox reconocerán explícitamente que tienen la intención de pactar, porque intentarán mantener
su propia identidad frente a sus correspondientes caladeros de votos. Pero en cuanto termine el
escrutinio y si los números les salen, empezarán a darse besos en la boca. No es
un vaticinio, sino la constatación de la experiencia vivida en los gobiernos autonómicos. Es más, el PP no sólo
entrará en el juego porque no contará con más aliados que los de la ultraderecha
de Vox, sino además porque en las filas populares hay muchos cuya ideología
está muy cerca de la que guía a los ultras.
A mí nunca me ha gustado la expresión cordón sanitario, porque prefiero hablar de defensa de la democracia y de los derechos humanos. Lo
primero me parece pasivo, lo segundo activo. Las ultraderechas de todos los
países del mundo parecen cortadas por un mismo patrón, son cesaristas, despóticas y
totalitarias, además de racistas, homófobas y xenófobas, ideologías que un demócrata debe combatir con todos
los recursos que permita la legislación. Las alianzas para evitar que gobiernen es uno de ellos.
La Historia es machacona y repetitiva. Cuando oigo los mensajes de Trump, de Abascal o de Le Pen, me parece estar oyendo los de Mussolini o de Hitler, cuyas consignas se impusieron en casi todo el continente europeo durante decenios, y a los que sólo se pudo derrotar tras una sangrienta guerra mundial, gracias, por cierto, a que EE. UU. intervino en defensa de las democracias occidentales. Da miedo pensar qué hubiera sucedido si en el gran país americano en vez de tener a Roosevelt como presidente hubieran tenido al actual.
No, no es un cordón sanitario lo que se necesita para frenar el avance de la extrema derecha, sino un decidido empeño democrático de parar los pies a los fascistas. ¿Estarían el PP y el PSOE dispuestos a ello como sus colegas alemanes? Mucho me temo que no.