Sin embargo, como cuento con el bene placito de los
lectores de este blog, incluso de los que se mueven extra muros de
mis ideas, ¿por qué no voy a arriesgarme? Confío en que, si me pillan in
fraganti, apliquen el sabio consejo de in dubio pro reo.
En cualquier caso, aunque esta divagación pueda no ser del
agrado de alguien, alea jacta est. Ya no tiene remedio, porque no todo en esta vida tiene que ser serio,
podemos y debemos visitar de vez en cuando el terreno de la frivolidad. Lo cual
no quiere decir ni mucho menos que este estilo se vaya a convertir de ahora en
adelante para mí en un statu quo.
De facto, a mí no me gusta demasiado el estilo
culterano en la escritura. Lo barroco siempre me ha cansado, lo que no
significa que me atraiga lo ramplón o lo simplista. Creo que aquí, como en tantos
otros órdenes de la vida, se puede mover uno en la moderación. Vocabulario rico sí, pero
sin extravagancias.
Por eso, lo que no quisiera es que esta reflexión mía de
hoy se convierta en un corpus delicti. No están los tiempos para ir dejando
huellas comprometidas. Aunque siempre me quedará la esperanza de que se me
aplique el derecho al habeas corpus.
Pero es que, además, no puedo olvidarme de un consejo que me
dieron hace muchos años y que he procurado seguir toda mi vida, el de carpe
diem. Si hoy me apetecía soltar este juego de palabras, por qué dejarlo para mañana.
De todas formas, que nadie pierda de vista que todos en la
vida practicamos constantemente y sin darnos cuenta el quid pro que. Es muy posible que haya escrito este artículo pensando en recibir a cambio algún guiño o alguna sonrisa, no porque me haya entrado un delirium
tremens .
Grosso modo y sin entrar en detalles, éste, como decía al principio, ha sido un artículo algo especial. Ergo, no creo que vuelva a repetirse.

Ya que has abierto la veda, me permito añadir unos cuantos latinajos más al repertorio: a priori y a posteriori, ad hoc, per se, ipso facto, motu proprio, vox populi, ad libitum, curriculum vitae, honoris causa, ad astra o el siempre oportuno tempus fugit. Seguro que entre todos podríamos llenar varias páginas.
ResponderEliminarY es que, nos demos cuenta o no, nuestra lengua sigue llevando en sus entrañas la huella de la madre de todas las lenguas romances: el latín. Dos mil años después, continúa vivo en nuestro vocabulario cotidiano, en el derecho, en la ciencia, en la medicina y, cómo no, también en la botánica.
Entre dos hortelanos no podía faltar esa referencia. Gracias al latín, un rosal es Rosa gallica en cualquier rincón del mundo, un manzano es Malus domestica, un olivo es Olea europaea y el romero, Rosmarinus officinalis. Parece una lengua muerta, pero cada primavera vuelve a brotar entre las flores, los árboles y los huertos.
En fin, verba volant, scripta manent. Así que tu artículo ya queda ahí, para recordarnos que el latín no está tan muerto como solemos decir. Al contrario: sigue vivo en nuestras palabras, en nuestros jardines y en nuestra manera de mirar el mundo.
Omnia dicta sunt. Por cierto, como supondrás, yo estudié botánica en la carrera. Me acuerdo de muy pocos nombres, sólo de la amapola, papaver roheas, y de la margarita, anacyclus clavatus. Me los preguntó una chica que me gustaba y no tuve más remedio que aprendérmelos. .
EliminarLuis, siguiendo con tu vena novelesca: ¿qué fue de aquella chica?
EliminarAngel
Me casé con ella.
EliminarBuena pregunta la de Ángel. Responde, Luis, queremos saber, pero no nos contestes en latín.
ResponderEliminarSiguiendo con la botánica: "Quod numquam satum est, numquam floruit".
EliminarAngel
Qué sabios eran los romanos
EliminarComo ya he dicho quien era esa chica, ahora añado que gracias a ella aprobé Botánica.
EliminarIngenioso y trabajado artículo, Luis.
ResponderEliminarGracias, Alfredo.
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