3 de enero de 2022

Lista de propósitos para el nuevo año

Escribo estas deshilvanadas ideas bajo el influjo de la llegada del nuevo año, cuando tantas personas se proponen cambiar de hábitos, empezar nuevos proyectos, abordar aquellas viejas ideas que tantas veces han querido poner en marcha y nunca han conseguido llevar adelante. Debe de ser porque el cambio de año supone un momento muy propicio para la ilusión desbordada, entre cuyas características está la de olvidar las limitaciones propias, que al fin y al cabo por lo general son las causantes del incumplimiento de los propósitos. Yo, a esta altura de mi vida, he debido de aprender hasta dónde puedo llegar en mis pretensiones, porque, en lugar de confeccionar todos los años una nueva relación de metas a conseguir, saco la del año anterior, la pongo encima de la mesa, la releo, me río un poco de mi ingenuidad y la vuelvo a guardar hasta el año que viene.

No debería mostrarme tan escéptico, porque quizá los más jóvenes o los más optimistas se escandalicen. Pero la realidad me ha enseñado que cuando uno debería establecer propósitos firmes es al principio de su existencia, cuando todo está por suceder. No se trataría entonces de fijar pequeños objetivos, sino de elegir un modelo de comportamiento, de intentar saber qué quieres hacer con tu vida, hasta dónde pretendes llegar. Establecido este teórico marco de actuación, aunque no sea más que a modo de propósito general, lo demás debería venir por añadidura, sin necesidad de renovar propósitos todos los años mientras se toman las uvas y se saborea el champán. Los empeños anuales no  serían más que movimientos operativos para continuar hacia la meta propuesta.

No quisiera que alguien interpretara que me estoy refiriendo exclusivamente a los aspectos materiales de la vida, aunque es evidente que sería absurdo que los dejara a un lado. Nunca he compartido las teorías que sostienen que hemos venido a este mundo a sufrir, sino todo lo contrario, porque creo que cuanto menos dura nos resulte la existencia, mejor. El ascetismo, esa escuela filosófica que proclama que hay que renunciar a los placeres materiales con el fin de adquirir unos hábitos que conduzcan a la perfección moral y espiritual, nunca me ha atraído demasiado. Estoy reñido con la austeridad que no redunde en beneficio de terceros. Las privaciones automortificantes no forman parte de mi estilo. Me parecen una forma de masoquismo.

De manera que, dejando claro que los aspectos materiales están incluidos en el modelo de vida a alcanzar, aunque no sean los únicos a tener en cuenta, lo que se debería hacer desde mi punto de vista no es establecer nuevos propósitos a principios de año, sino revisar el estado de consecución de los objetivos generales, aquellos que se establecieron cuando todavía se podía, es decir, cuando se tenía la vida por delante. Y en cualquier caso corregir, si todavía se está a tiempo, las desviaciones.

Lo que sucede es que la mayoría de las personas nos vemos obligadas a construir nuestro modelo a trompicones, a base de lo que la realidad de la vida nos va imponiendo, sin contar con un “plan director”, con una línea de actuación a seguir. De tal manera que, carentes de directrices, de vez en cuando apetece establecerlas, y qué mejor momento que cuando llega el año nuevo. Año nuevo, vida nueva, porque la de hasta ahora no resulta demasiado convincente.

Quizá me esté poniendo demasiado serio -y nada más lejos de mi deseo-, aunque quien me conoce sabe que en cuanto me descuido tiendo a filosofar. Filosofía de andar por casa, es cierto, pero al fin y al cabo filosofía. Y es que escribir bajo el influjo de un nuevo año tiene a veces esta consecuencia, la de que te dejas llevar confiado en que las musas te inspirarán, cuando en realidad no se puede confiar en ellas.

Por eso, para no dejar mal sabor de boca en los lectores, acabaré recomendándo a los que lo hacen habitualmente que continuen confeccionando sus listas de propósitos. Pero, eso sí, si luego no los cumplen que no se lleven un disgusto. Esas listas están hechas para ser incumplidas.


 

30 de diciembre de 2021

Los palos del sombrajo

Predicar con el ejemplo siempre ha sido una recomendación de carácter moral que casi nadie discute. Los ciudadanos suelen tener claro que allá donde estén, sea cual fuere el lugar que ocupen en la sociedad, su comportamiento debe ser lo más ejemplar posible. Me refiero a los ciudadanos de bien, porque los otros siempre han caminado por sus tortuosas veredas haciendo lo que les viene en gana y nunca les ha importado demasiado si daban buen ejemplo o escandalizaban al prójimo.

Tengo la sensación de que hablamos tanto de las instituciones y de la necesaria ejemplaridad de quien las encarna, que terminamos confundiendo el exacto sentido de lo que queremos decir. La Monarquía solamente se sustenta si se le otorga el carácter de institución ejemplar, de punto de mira del comportamiento de la sociedad. Todas las demás ventajas que se le atribuyen, su aportación a la estabilidad del país, el posible arbitraje entre los distintos poderes del Estado o el respeto a la Historia y a las tradiciones de España se convierten en humo cuando la ejemplaridad, no sólo desaparece, sino que se convierte en un grotesco fraude a la confianza de los ciudadanos.

Yo voté que sí a la Constitución de 1978, aun consciente de que algunos de sus artículos no me gustaban. Hice, como muchos otros españoles, un ejercicio de confianza en que el conjunto de la ley podría funcionar, de tal manera que, aunque nunca había visto ventajas en la sucesión dinástica para encarnar la jefatura del Estado, introduje en la urna una papeleta afirmativa. Mi voto no era el de un monárquico, sino el de un español convencido de que tras la dictadura había que llegar a acuerdos.

Después he vivido durante muchos años convencido de que las cosas estaban funcionando, que el rey había interiorizado su responsabilidad ante la nación y que mi decisión no había sido desacertada. Recuerdo perfectamente el 23-F y la sensación que sentí al ver a Juan Carlos I dirigiéndose a todos nosotros, con el gesto circunspecto y posiblemente el pulso acelerado, para transmitirnos que había dado órdenes a los militares de alto rango para que contribuyeran a la restauración del orden constitucional. Pensé que quizá fuera aquella una especie de confirmación de que mi voto de confianza había estado justificado.

A partir de un determinado momento, mucho antes del esperpéntico incidente de los elefantes de Bostwana, empecé a intuir que mis ilusiones descansaban sobre arenas movedizas. Las tímidas murmuraciones que se oían por todas partes desde hacía tiempo empezaron a convertirse en insistentes, vulgares líos de faldas, trapicheos económicos, comisiones irregulares y defraudaciones a Hacienda. Todo además mezclado, como si en vez de hablarse del rey se estuviera hablando del protagonista de una mezcla de vodevil y novela negra. Ni que decir tiene que en ese momento se empezó a derruir en mi interior la imagen que me había formado del monarca. Se empezaron a caer los palos del sombrajo.

Aun así, todavía dudaba de la veracidad de las informaciones que llegaban, quizá porque no quería que un escándalo tan impresionante erosionara los cimientos del Estado. Pero empecé a oír a los defensores de lo indefendible, que acusaban a los delatadores de la conducta del rey de antipatriotas, como si el patriotismo consistiera en esconder los delitos del monarca y no dar credibilidad a las denuncias que llegaban de todas partes. Y me preocupé aún más, porque comprendí que un sector de la derecha y de la ultraderecha española estaba dispuesto a negar la evidencia por razones partidistas. Iban a convertir el comportamiento del rey en bandera reivindicativa de sus manejos políticos. No estaban dispuestos a defender las instituciones como se debe hacer, depurando responsabilidades.

Sigo muy atento el comportamiento y las declaraciones de Felipe VI, porque, nos guste o no, su imagen está muy comprometida por los manejos del anterior monarca. No es fácil su postura, lo entiendo. Pero la magnitud del descalabro institucional que estamos viviendo es de tal magnitud, que no debería permanecer al margen. Está obligado a defender las instituciones, es decir, a no negar la evidencia como intentan hacer los sectores reaccionarios, aunque, por cierto, la derecha de este país nunca haya sido monárquica, salvo excepciones minoritarias. Tiene una responsabilidad que no puede eludir. Porque en caso contrario la omisión se volverá contra la institución, es decir, contra el Estado.

26 de diciembre de 2021

Las ciudades están vivas

Confieso que soy un urbanita, que en las ciudades me muevo a gusto. Recuerdo que en una ocasión le oí decir al desaparecido crítico de cine Alfonso Sánchez, aquel simpático comunicador de voz gangosa al que tantos cómicos imitaban, que le horrorizaba el campo, hasta el extremo de que cuando subía la Cuesta de las Perdices, a diez kilómetros escasos de la Puerta del Sol de Madrid, creía que estaba entrando en la jungla. Yo no llego a tanto, porque salgo de mi ciudad con frecuencia, a la montaña o a la playa o a visitar lugares desconocidos por mí; pero cuando regreso, cuando distingo el “sky line” de Madrid, noto que empiezo a respirar mejor. Está claro que mis pulmones necesitan un poco de contaminación, que el exceso de ozono me descoloca.

Bromas aparte, si me gusta la ciudad es porque creo que todos los días descubro algo distinto en ella, itinerarios por los que nunca había pasado, edificios con placas que rememoran algún hecho destacable o algún vecino ilustre, nuevos ensanches hacia el extrarradio, derribos de lo caduco, reconstrucción de lo ruinoso o nuevas edificaciones para dar cabida a necesidades no cubiertas hasta ahora. Porque las ciudades están vivas, tanto como lo esté el espiritu de sus habitantes. Por eso, como le sucede a las personas, necesitan tratamientos para mejorar la salud o, en ocasiones, para disimular el paso de los años.

Ha llegado a mis manos una detallada descripción del plan denominado Madrid Norte, un proyecto que cuando se lleve a cabo prolongará el eje de La Castellana hacia la sierra, con docenas de edificios de gran altura rodeados de amplios parques, un nuevo barrio que estará dotado además de avances tecnológicos de última generación, como la recogida de basuras por un sistema de conductos neumáticos, del que dispongo de pocos datos. Una ciudad del futuro que dará cobijo a centenares de madrileños, en unas condiciones de vida que cabe imaginar de gran calidad.

Sin embargo, como el concepto ciudad goza de muchos detractores, no me extraña que el proyecto esté suscitando grandes controversias, desde los que lo acusan de “faraónico”, hasta los que hablan de pura especulación para que se enriquezcan unos cuantos. Eso ha sucedido siempre y siempre sucederá, porque las novedades provocan reacciones en contra. Las crónicas cuentan que la construcción de la Gran Vía de Madrid movilizó a la opinión pública de tal manera que los promotores estuvieron a punto de desistir de la idea. Afortunadamente triunfaron los reformistas y hoy contamos con esa gran arteria que atraviesa el viejo Madrid. De otra forma, nos encontraríamos posiblemente con un enorme distrito de calles tortuosas, con un caserío decrépito, con un barrio que el paso del tiempo habría convertido en intransitable.

Todavía recuerdo la cantidad de tinta que se gastó para criticar la iniciativa de construir las torres de la ciudad deportiva del Real Madrid, vaticinando los detractores toda suerte de desgracias para los habitantes de esa zona de la capital de España. Lo cierto es que el proyecto fue adelante, la ciudad ha ganado en habitabilidad y zonas verdes, y los ciudadanos, no sólo no han salido perjudicados, sino que por el contrario se están beneficiado de nuevas infraestructuras y mejoras de las antiguas.

Como sucedió con el Madrid Río, del que sólo se hablaba de las obras de soterramiento de la M 30 y de las molestias que las mismas provocaban a los conductores, cuando en realidad se estaba proyectando un fantástico parque lineal a lo largo de la ribera del Manzanares, del que han salido beneficiados miles de ciudadanos. Una vez más la iniciativa siguió adelante y Madrid en su conjunto ha ganado en prestaciones.

Yo amo los barrios antiguos de las ciudades, donde se encuentra su Historia. Me gusta pasear por sus calles porque es donde me encuentro más a gusto. Quiero que se las proteja, que se las embellezca y que se las adapte en confort y calidad a los tiempos que corren. Pero ese amor a lo antiguo no quita que me encante observar los proyectos que se ejecutan en los barrios perifericos, porque creo que los centros históricos se quedarían aislados de la realidad si el inmovilismo urbanístico venciera sobre las iniciativas reformistas.

En cada tiempo se debe hacer lo que corresponda, porque las ciudades están vivas.