Estas reuniones, que empezaron como simples encuentros entre
padres, hijos, nietos y parejas de las tres generaciones sin ningún programa
predeterminado, han terminado adquiriendo un cierto protocolo propio, en el que
caben muchas actividades, dirigidas fundamentalmente a la participación de
todos, chicos o grandes. Precisamente la gracia está en la diversidad de
edades, porque no es fácil mantener aglutinados a cuarenta personas, con edades
comprendidas entre uno y ochenta y cuatro años.
Si tuviera que destacar alguna de mis impresiones sobre las guijarradas,
sería la cultura de convivencia y colaboración que se respira durante esos
días, como si unos hilos invisibles estuvieran moviendo a cada uno de nosotros
para hacer lo que se requiere de él en cada momento. No es preciso dar
órdenes, basta recordar a todos lo que viene a continuación para que la
maquinaria colectiva se ponga en marcha y no cese de funcionar hasta el último
momento, es decir, hasta el de las despedidas del domingo.
Pero hay algo más que me gustaría destacar, el hecho de que
el relevo generacional se está produciendo sin estridencias, porque los que van
recogiendo las distintas antorchas saben que les ha llegado el turno, ya que
los que hasta ahora las llevábamos, cada día que pasa estamos para menos
trotes. Esto no significa que alguien sobre, porque la participación de los
mayores, aunque no sea más que por la experiencia adquirida a lo largo de los
años, sigue siendo válida.
Este año hemos hecho la tradicional excursión, aunque por razones técnicas se haya tenido que cambiar algo el perfil, puesto que, en vez de trepar a los montes en todoterrenos, hemos optado por una visita de carácter cultural a la Iglesia de La Virgen de la Carrascosa de Bordón, a veinte kilómetros de Castellote, una auténtica joya arquitectónica de traza original gótica, modificada y ampliada a lo largo de los siglos.
Tampoco faltaron los tradicionales arroces el sábado, a la
hora de comer, ni la barbacoa ese mismo día, a la de cenar. Ni, por supuesto, la
sorpresa oculta en una caja cerrada, con el consiguiente premio, un queso de
Tronchón, para quien adivinara el contenido tras oír algunas pistas, recitadas en
el más puro estilo trovador. El premio quedó desierto, de manera que el queso
se fue “`pa” la cocina.
Por segunda vez en los últimos años, hubo una sesión de videos y fotos familiares, en la que se recogían algunas etapas de cuando los mayores éramos jóvenes. Este año se han proyectado dos temas monográficos, por un lado la historia de la recuperación de la casa de Castellote, para que las nuevas generaciones conozcan cómo era la vivienda que ahora disfrutan cuando mis padres la recuperaron después de la guerra civil; por otro, una completa secuencia de fotografías que recuerdan con bastante fidelidad los años que la familia vivió en Sidi Ifni, entonces colonia española. Quiero destacar el magnífico montaje visual y sonoro que pudimos contemplar y oír.
Tampoco faltó la tradicional sesión musical, en la que improvisados cantantes nos deleitaron con un popurrí de canciones, curiosa mezcla de jotas y de música de los Beatles.


Veintidós guijarradas ya son muchas guijarradas, Luis, lo cual indica que sois una buena familia, bien avenida y disciplinada, con mucho amor por las tradiciones, las costumbres y por ese bello pueblo aragonés llamado Castellote, que desde que lo oía nombrar en mi infancia a la yaya (abuelita) me sonaba a castillos medievales y batallas.
ResponderEliminarLo que empezó como una reunión de la familia Guijarro se ha convertido, después de tantos años, en una tradición con vida propia. Me ha gustado especialmente lo que cuentas del relevo generacional: las antorchas van pasando de unas manos a otras casi sin que nadie tenga que decirlo.
Y este año, además, habéis cambiado los todoterrenos por una pequeña excursión cultural a la iglesia de la Virgen de la Carrascosa de Bordón. Me parece un cambio estupendo: también hay que dejar que el patrimonio de nuestros pueblos se cuele de vez en cuando en las guijarradas.
Ahora, a por la vigésimo tercera. Y que no falten los arroces, la barbacoa ni, por supuesto, el queso de Tronchón. Me está entrando hambre solo de oír hablar de ello. Aunque, si hablamos de Castellote, lo que a mí me fascinó cuando estuve allí —creo que fue en 1991— fue la morcilla. Exquisita.
Gracias, Fernando. Observo que has captado perfectamente ciertos detalles que son difíciles de expresar por escrito.
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