Yo ya sé que la culpa es mía y no de ellos, porque mi
ingenuidad me lleva en ocasiones a considerar que el paso del tiempo no altera la
realidad que conocimos en su día, que todo sigue igual, que la edad de las
personas poco influye en los caracteres y, sobre todo, que el desarrollo de las
personalidades a lo largo de la vida no cambia en nada lo que un día fuimos.
No voy a entrar en detalles, porque no quisiera herir
susceptibilidades por culpa de mi torpeza. Lo voy a dejar en abstracto,
tarareando la música, pero sin pronunciar la letra. Supongo que de esa manera
se podrá entender lo que quiero explicar, por aquello de que a buen entendedor
con pocas palabras basta.
Cuando al cabo de muchos años de haber perdido el contacto
con los que en otros tiempos fueron tus amigos intentas recuperar los lazos que
a ellos te unían, te sueles encontrar con que la trayectoria de sus
pensamientos los ha alejado de los tuyos, a veces situándolos en posiciones, no
ya lejanas, sino opuestas. Pero lo peor no es eso, sino que tu mente, anclada
en unos recuerdos difusos, tiende a agrandar las diferencias porque le resulta
inconcebible que haya podido producirse tal mutación. En realidad, es una
reacción motivada por el olvido, porque no recordamos bien como
eran tus viejos amigos ni tampoco como éramos nosotros mismos. Estamos
construyendo un modelo falso de discrepancias sobrevenidas, cuando posiblemente
ya existieran en su momento.
Pero volvamos a la nostalgia y a ese intento de recuperar el
pasado. Cuando después de reanudar el contacto con tus viejos amigos te
encuentras con algo muy distinto a lo que creías que te ibas a encontrar,
sobreviene la decepción. Lo cual significa que empiezas a considerar que tu nostálgico
intento de volver en cierto modo al pasado, no sólo no te ha dado las satisfacciones
que presumías, sino por el contrario te ha traído algún disgusto, aunque sólo
sea por no haber encontrado lo que esperabas.
Como no me gustaría dejar esta reflexión en términos
quejumbrosos, voy aprovechar estas líneas para contar una anécdota muy reciente que contrasta mucho con lo anterior.
Una de mis viejas amistades recuperadas al cabo de muchos años de distanciamiento,
un amigo de la infancia, está en estos momentos sumido en una profunda decrepitud senil, de tal forma que ni reconoce a nadie ni puede vivir sin el constante
auxilio de terceros, en primer lugar el de su mujer. Pues bien, el otro día, en un
voluntarioso intento de hablar por teléfono con él, cuando me identifiqué como
Luis Guijarro, me contestó al segundo: ¡ah!, sí, Luis Guijarro Miravete.
Ni que decir tiene que, aunque sé que se trata de un reflejo
vegetativo, su respuesta me emocionó. Hay recuerdos que, a pesar del deterioro cognitivo, prevalecen.








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