11 de abril de 2021

Palos de ciego

Desde la transición he sido -y sigo siendo- un decidido defensor del Estado de las Autonomías. Nunca he dudado de que la organización territorial de España deba responder a un dibujo de carácter federal. La descentralización agiliza las administraciones y permite, además, el reconocimiento de las identidades históricas de cada una de las partes que componen el país. De manera que, a pesar de que algunos se hayan apoyado espuriamente en la actual articulación autonómica de España para llevar adelante sus intentos separatistas y de que otros la utilicen con mezquindad para hacer políticas insolidarias, sigo creyendo que los constituyentes acertaron al incluir el Título VIII en la carta magna.

Sin embargo, hay veces que mis convicciones se tambalean. Una de ellas es cuando observo el desbarajuste que estamos sufriéndo los españoles ante las medidas que se adoptan para prevenir los contagios por coronavirus. A veces me da la sensación de que los gobiernos autonómicos, en vez de remar todos al unísono y en una sola dirección, participaran en un campeonato de disparates o en un concurso de a ver quién dice la mayor majadería.

Cada uno de los gobiernos autonómicos ha estado haciendo desde que empezó la pandemia lo que le ha dado la gana, apoyándose en que la sanidad es una competencia transferida. Cuando al principio el gobierno central llevó el control mediante sucesivos estados de alarma, la oposición utilizó las medidas que se tomaban para intentar culparle de todo, hasta de lo fallecidos en las residencias de la tercera edad. Después, cuando se acabaron las restricciones controladas por el Estado, las autonomías entraron en una carrera desenfrenada de medidas dispares, sin orden ni concierto, que obligaba al ciudadano a leerse todos los días los cambios de normativa, poniendo mucho cuidado en si le afectaban o no, porque lo que no estaba prohibido en la provincia de al lado, en la suya podría ser causa de sanción. Nadie, por muy al día que estuviera, estaba seguro de hasta dónde se había limitado su libertad de movimiento.

Con la campaña de vacunación ha llegado el dislate total, una especie de camarote de los hermanos Marx, que induciría a la carcajada si no fuera por la gravedad del asunto. Los grupos de riesgo y el orden de prioridad, que al principio parecían estar perfectamente definidos, se han ido modificando al gusto del presidente o del consejero de la comunidad. Hasta el punto de que muchos de los pertenecientes al segmento de mayores de 80 y menores de 90 años siguen sin vacunarse, mientras que los funcionarios de MUFACE hacen colas en los campos de futbol. Algunos, en su ignorancia, se enteran de repente de que su vecino de abajo, con 60 años y una salud de hierro, ya ha sido citado, mientras que ellos, a punto de cumplir los 80, siguen esperando, sin que nadie les aclare nada.

Del suministro de vacunas puede que escriba otro día. Hoy me limitaré a decir que hace unos días hemos conocido la noticia de que Isabel Díaz Ayuso, impaciente por proteger a sus conciudadanos, ha entablado conversaciones con los rusos para importar por su cuenta y riesgo la Sputnik, cuando todavía la Agencia Europea del Medicamento no ha dado su aprobación. Menos mal que el consejero del ramo de esta comunidad ha explicado que nada de extraño tiene, cuando otros países (sic) de Europa ya han decidido ir adelante con esta vacuna. Está claro que ya son más de una las autonomías que se han declarado en rebeldía contra la nación a la que pertenecen.

A pesar de todo, yo sigo confiando en el Estado de las Autonomías.

7 de abril de 2021

En la variación está el gusto

Si fuera cierto lo que el proverbio que titula este artículo insinúa, yo no tendría gusto. Siempre he sido una persona de costumbres arraigadas, por no decir de hábitos repetitivos. Salirme de mis rutinas me produce alguna ligera inquietud, la que procede de no estar muy seguro de cuál será el siguiente paso a dar. Sin embargo, cuando repito aquello a lo que estoy acostumbrado y en el orden con el que suelo ejecutarlo, me siento tranquilo o al menos más confortable. Supongo que ser así no entraña ninguna virtud, pero aquí cuento las cosas como son.

Aunque es verdad que esta propensión a la rutina se ha visto incrementada con la edad, cuando hago un ejercicio de memoria y me traslado a épocas pasadas me encuentro con que siempre, en mayor o menor medida, he sido así. Lo cual no quiere decir que en mis años jóvenes no me gustara el constante picoteo de sensaciones nuevas; pero cuando alguna de las que probaba me gustaba, se convertía inmediatamente en repetitiva. Una cosa es probar para escoger y otra muy distinta convertir la búsqueda en una manera de vivir. Explorar está bien, pero, una vez hallado lo que buscas, para qué seguir explorando.

Al hilo de esta reflexión, he encontrado en el cajón de los refranes uno que tenía olvidado por completo: “Cada día gallina, amarga la cocina”. Ya he dicho en alguna ocasión que considero que el refranero es un pozo de sabiduría o, al menos, una recopilación de las experiencias de muchas personas a lo largo de muchos años. Si este refrán se refiriera sólo a los hábitos alimentarios, no tendría nada que objetar, porque en esto del comer procuro variar tanto como puedo. Pero si, como supongo, su propósito es más general, mis costumbres se apartan bastante del mensaje que transmite. Si la gallina me gusta, para qué probar el pavo.

Conozco a muchas personas que, muy al contrario de lo que a mí me gusta, nunca saben qué van a hacer a continuación. Viven improvisando, cambiando de planes constantemente, en un intento de liberarse de ataduras. Supongo que esa falta de compromiso con cualquier programa preestablecido les produce satisfacción, quizá la de considerar que en el desconocimiento de lo que pueda suceder a continuación esté la gracia, la sal de la vida. Me parece muy bien, porque en esto del estilo de vida cada uno hace con su capa el sayo que le da la gana. Lo único que me atrevo a decir es que esta manera de vivir no va conmigo, porque me inquieta la improvisación.

Es muy posible -no lo voy a negar -que la repetición sistemática de la rutina diaria implique cierta pereza vital, porque no deja de ser muy cómodo saber qué viene a continuación. Donde yo sí introduzco tantas variaciones como puedo es en los contenidos de cada una de las partes que componen mi programa. Procuro no pasear cada día por el mismo itinerario, cambio de estilo de lectura cada vez que acabo un libro, elijo películas de formatos muy variados, viajo procurando no repetir los lugares que conozco, todo lo cual me permite sentir la sensación de variedad. Con eso me conformo.

Cada vez que tengo que enfrentarme con algo que no estaba previsto en mis esquemas, los dedos se me hacen huéspedes. En estos casos me veo en la obligación de reprogramar todo para dedicar tiempo a la inoportuna tarea advenediza. Lo cual, se mire como se mire, no deja de ser un incordio, porque supone algo nuevo a lo que enfrentarme, pero sobre todo renunciar por falta de tiempo a alguna parte de mi programa.

Lo tengo que dejar aquí, porque se ha terminado la hora de escribir y ha llegado la de poner la mesa para cenar. Esa obligación forma parte de mi rutina diaria y no puedo fallar ni un solo día. A continuación buscaré en la guía una película para grabar esta noche y, después, alguna de las ya grabadas para verla, procurando al mismo tiempo que sus duraciones no excedan el tiempo que todos los días dedico a este menester. Y a la una a la cama, porque mañana tengo que levantarme a la hora de costumbre... para volver a empezar.

2 de abril de 2021

Soso, serio y formal

No sé quién fue el inventor de este triple intento de agravio a Ángel Gabilondo, pero sea quien fuera me ha hecho un gran favor al permitirme encabezar la reflexión de hoy sin necesidad de tener que agudizar el ingenio. Si salado, alegre e informal son los antónimos de los tres calificativos que titulan este artículo, yo prefiero que los políticos adolezcan de un poco de sosería, de bastante seriedad y sobre todo de una gran formalidad. Me sobran los payasos zapatones, los alborozados con el dinero de los demás y los incumplidores de las promesas demagógicas.

En alguna ocasión he dicho que el señor Gabilondo me parecía ausente como jefe de la oposición en Madrid. No me desdigo ahora, porque la escasa calidad intelectual, la chulería verbenera y la indisciplina ciudadana de la actual presidenta de la Comunidad de Madrid hubieran merecido una respuesta parlamentaria contundente, el ataque constante a su ineptitud. Sin embargo, o no ha sabido o no ha querido denunciar las barbaridades de doña Isabel, puede ser que porque su estilo esté muy alejado de la confrontación decidida que se necesita para combatir al populismo de la ultraderecha y a la demagogia de los que carecen de escrúpulos a la hora de hacer política.

En cualquier caso, ahora estamos en otra fase. Los madrileños se enfrentan a unas elecciones en las que un bloque monolítico -formado por los de la plaza de Colón- intentará hacerse con la mayoría que le permita continuar con sus políticas ultraconservadoras, las que han dejado la comunidad en manos de una pandemia que no perdona los errores. Frente a ellos, una izquierda dividida, no tanto por los objetivos, como por los métodos que proponen y los estilos que acompañan a algunos de sus líderes. Además, y por si fuera poco, un electorado progresista muy desmovilizado.

Ángel Gabilondo posee una enorme capacidad intelectual y un estilo personal que atrae a muchos. Quizá le falte garra, como decía arriba; pero en un escenario político como el actual, en el que la vulgaridad, la zafiedad y la ordinariez circulan como moneda corriente, un toque de calidad en el pensamiento y en el ademán puede tener éxito. Doy por hecho que el electorado que lo votó en las elecciones anteriores volverá a otorgarle su confianza. Pero mucho me temo que los que se decantaron por las otras izquierdas continúen con sus preferencias, ignorando que la inmensa mayoría de las clases medias española -que son las que deciden los resultados en las elecciones- rechaza las posiciones radicales. 

La maquinaria electoral de la derecha se ha puesto en marcha, utilizando la demagogia como acicate de un electorado muy propenso a aceptar cualquier acusación que se haga contra el adversario, desde las corrosivas mentiras que acusan a éstos de ser amigos de los terroristas y de los rompe-patrias, hasta las soeces insinuaciones de que el gobierno central es el culpable de los miles de muertes que está causando la pandemia. No importa que sea falso, si con la mentira se mueven conciencias.

Gabilondo está contraatacando sin perder en ningún momento la compostura. Genio y figura. No se le puede reprochar, porque precisamente en el gesto amable y en la palabra inteligente están sus virtudes. Lo que sucede es que quizá esto no baste, porque el panorama político está tan enrarecido, tan falto de calidad intelectual, que una gran parte del electorado se ha contagiado de la verborrea demagógica que vomitan los que ahora gobiernan la comunidad.

Las próximas elecciones autonómicas en Madrid pueden marcar el futuro político del país entero a corto plazo. Los de la derecha y la ultraderecha lo saben muy bien y por eso están volcados con todas las armas que tienen a su favor. ¿Lo saben también los votantes progresistas? Lo veremos dentro de muy poco.