16 de septiembre de 2021

Separadores y separatistas

Creo que fue Unamuno quien en una ocasión dijo que temía más a los separadores que a los separatistas. No estoy seguro de que fuera él, pero en cualquier caso me adhiero a esta reflexión, sea de quien fuera. Al separatismo se le combate con políticas adecuadas, y si fuera necesario imponiendo la ley, pero el daño que hacen los separadores, los que toman la parte por el todo y demonizan a una región porque en ella haya separatistas, suele ser irreparable. Y estos abundan como las amapolas en primavera.

Muchas veces me he preguntado a cuento de qué proliferan tanto los separadores. Pero la respuesta no es sencilla, porque en esto, como en tantas otras cosas, las causas pueden ser muy diversas. En el caso de Cataluña, estoy convencido de que muchos lo son por razones históricas, al haber heredado a lo largo de los siglos un legado de rebeldía contra el centralismo catalán. La Corona de Aragón tuvo durante un gran periodo de su existencia a Cataluña como epicentro de las decisiones políticas y como consecuencia en el resto de los territorios de aquella confederación se recelaba del poder catalán. Me estoy refiriendo a los antiguos reinos de Aragón y de Valencia y, en menor medida, al de Mallorca.

Otra causa, muy distinta de la anterior, aunque en algunos casos la realimente, es la de considerar al separatismo catalán como un agravio contra el resto de España, pero sobre todo creer por extrapolación simplista que cualquier catalán es separatista. Es el caso de los que boicotean a los productos catalanes o el de los que menosprecian a su cultura, incluida en ésta el idioma catalán. Son los que recelan de los catalanes por el mero hecho de serlo. ¡Uf, catalán! Me decía alguien cuando le propuse comer en un conocido restaurante de Madrid, famoso por su escalibada.

Sin embargo, no es lo mismo no ser separatista que ser separador. Los no separatistas combaten el separatismo desde la racionalidad política, intentando acercar posturas, procurando llegar a acuerdos o buscando puntos de encuentro. Los separadores abren las heridas de la discordia, reafirman a los separatistas en sus convicciones y con su actitud aumentan el número de adeptos a la independencia. Consiguen todo lo contrario de lo que en principio dicen perseguir, porque separan más.

No sé qué va a suceder ahora con la llamada mesa de negociación, porque el desencuentro entre las dos partes que van a dialogar ha llegado a tales extremos que parece muy difícil conseguir acuerdos. Pero lo que sí tengo claro es que es una vía que hay que explorar, quizá la única que en estos momentos pueda aportar algo positivo al proceso catalán. Hay algunos que opinan que mejor dejarlo estar, porque la reivindicación separatista morirá por inanición. Craso error desde mi punto de vista, porque lo que pudiera suceder es que se produjera un cierto aletargamiento por cansancio, pero las reivindicaciones reaparecerían tarde o temprano, como ha sucedido a lo largo del tiempo, cuando la herida se ha cerrado en falso tantas veces.

A los separadores no les gustan las negociaciones, porque al fin y al cabo suponen un reconocimiento de que el conflicto existe. Posiblemente preferirían una actitud pasiva por parte del Estado, porque en su fuero interno consideran que a los catalanes -no a los separatistas- hay que negarles el pan y la sal. Deben de sentirse más felices viviendo en medio de la discordia entre españoles.

Definitivamente, me dan más miedo los separadores que los separatistas. Con los primeros no hay nada que hacer, porque lo llevan grabado en su genoma; a los segundos se les puede convencer por la vía de la racionalidad. Por eso espero con expectación el resultado de la mesa de negociación, aunque tardemos tiempo en comprobarlo. Los inicios no pintan mal.

13 de septiembre de 2021

Los pueblos se vacían (y no hay quien lo remedie)

Ya he confesado aquí en varias ocasiones que a veces me meto en jardines que no debiera, pero es que últimamente ando muy preocupado con lo del despoblamiento acelerado en algunas zonas del interior de España. No lo estoy sólo por el hecho en sí, también porque he llegado a la conclusión de que ni el gobierno central ni las autonomías ni los ayuntamientos saben cómo meterle el diente al problema y, lo que todavía es peor, tengo la sensación de que solucionarlo les importa un bledo. Algunas manifestaciones callejeras ruidosas, unas cuantas discusiones en el Congreso de los Diputados y determinadas peticiones en los medios de comunicación para que se mejoren las infraestructuras, pero ninguna respuesta que permita abrigar la esperanza de que la huida de la población rural a las ciudades se vaya a frenar algún día. El interior del país se está vaciando a pasos agigantados y, como las provincias afectadas aportan pocos diputados al conjunto del parlamento, se trata de un problema que no está en la agenda de los partidos políticos. De ninguno.

Yo tengo una teoría, que me atrevo a traer aquí, la de que la distribución de la población en España en algunas regiones es insostenible. Los diez mil municipios existentes en la actualidad tienen su origen en una agricultura precaria que se está transformando muy deprisa, aquella de los minifundios, de la carencia de tecnología y de la economía basada en la subsistencia. Todo ello afortunadamente ya no existe, o está en vías de desaparición, pero la población sigue viviendo en los mismos núcleos urbanos que aparecieron a lo largo de los siglos para dar cabida a los ciudadanos que trabajaban en aquellas condiciones. Por tanto, nada tiene de particular que estos pueblos se vayan quedando vacíos poco a poco, hasta convertirse en inviables.

Si aceptamos lo anterior, habrá que concluir que lo que hay que hacer es cambiar el modelo de sostenibilidad y no empeñarse en mantener con parches lo que no tiene futuro. Las pequeñas industrias en los pueblos, las iniciativas para atraer capitales mediante cesiones de suelo u otras zanahorias de esta especie no tienen ningún futuro, porque la inercia económica irá desplazando estas empresas hacia lugares más competitivos en costes, como son las pequeñas o grandes ciudades. Sin embargo, a nadie le gusta que su pueblo desaparezca y tampoco nadie está dispuesto a que el rico legado patrimonial repartido a lo largo y ancho de la España rural vaya a desaparecer por dejadez. Se trata de nuestra Historia, individual y colectiva.

¿Qué hacer entonces? En mi opinión, no hay más que una salida, la de la “concentración urbana”, es decir la puesta en marcha de medidas dirigidas a promover entidades municipales con una población que asegure la sostenibilidad de los servicios médicos, escolares, de seguridad, de hostelería, etc. Se me dirá que eso es precisamente lo que persiguen las comarcas, compartir recursos, pero la comarcalización no resuelve el problema de la diseminación poblacional y, por tanto, no evita la huida de los jóvenes a las ciudades. Hay poblaciones en España con tamaño adecuado para subsistir y para absorber más población y hay otras que no soportarán mucho tiempo la paulatina despoblación.

¿Significa esto que los pueblos que no se conviertan en núcleos de “concentración urbana” tienen que desaparecer? A esa pregunta yo contestaría que algunos sí -los que carezcan de valor turístico o recreativo- y otros no -los que estén dotados de atractivos para los visitantes o residentes. Lo que sucede es que para lograr esto hace falta, en primer lugar, un plan director de infraestructuras poblacionales y, en segundo, las correspondientes dotaciones económicas, dos asuntos que pasan necesariamente por los despachos de los políticos y que terminan en manos de la iniciativa privada. Si los políticos allanan el terreno, el dinero acudirá para la construcción de nuevas infraestructuras y de nuevas viviendas y para la promoción del potencial turístico.

Ya decía arriba que a veces me meto en jardines intrincados. Pero es que esto no puede seguir así, con la amenaza de que los diez mil municipios que tiene España en la actualidad queden reducidos a cuatro mil en muy pocos años y nadie haga nada. O se coge el toro por los cuernos o pobres pueblos de nuestro interior.

6 de septiembre de 2021

Lo peor de envejecer

Me decía el otro día un buen amigo que lo peor de envejecer no es observar el deterioro paulatino de tu cuerpo y de tu espíritu, sino comprobar al mismo tiempo cómo tu entorno también va envejeciendo. Si uno viviera aislado de los demás y no tuviera otra referencia que su propia existencia, es posible que aceptara con mayor resignación cómo le flaquean las fuerzas, cómo le falla la memoria y cómo le disminuye la resistencia ante las adversidades. Pero como vivimos rodeados por personas que han compartido contigo infancia, juventud y madurez, y descubrimos en ellas a diario que ya no son lo que eran antes, que ya no pueden acompañarte como lo hacían en otras etapas de esta gran aventura que es la existencia, no podemos ignorar, aunque queramos, que la vejez ha llegado y que las cosas ya no son como eran en otros tiempos.

Sin embargo, no es mi estilo la lamentación, sino todo lo contrario, de manera que pondré sordina al discurso.  Siempre he sido optimista, porque siempre he creído que el mejor antídoto contra las depresiones es la animosidad. Recrearse en los aspectos negativos de la vida es a mi entender lo peor que se puede hacer si se pretende ser feliz, porque por lo general el pesimismo se retroalimenta de nostalgia y de desaliento, y como consecuencia contribuye a empeorar las causas objetivas de cualquier situación molesta. De manera que, como la vejez es una de esas situaciones, no voy a permitir que sus fauces me devoren.

Yo no soy de los que tienen como lema “morir con las botas puestas”, porque me parece que bajo esa idea se esconde una especie de intento de ignorar la realidad. Por el contrario, creo que lo mejor que se puede hacer es ir cambiando de botas poco a poco, es decir modificando los paradigmas a medida que los años van pasando. Nunca he entendido a los sesentones que van al gimnasio a levantar pesas, ni a los setentones que exhiben michelines en las playas creyéndose Adonis, ni las camisas estampadas con margaritas y aco iris en los ochentones. Creo que a cada edad le corresponde un modelo de vida y que en la vejez hay que adaptar usos y costumbres, lo que no significa amuermarse, sino actualizarse. Quizá aquí me valiera el conocido refrán de “los mismos perros con distintos collares”.

Pero es que además la vejez, aunque parezca mentira, tiene algunas ventajas. En caso de incendio te desalojan primero; si tropiezas y te caes en la calle, en vez de provocar carcajadas acuden a levantarte; en los autobuses te ceden el asiento; en las colas te dejan pasar delante. Qué más se puede pedir. Nos quejamos sin razón. Todavía me acuerdo de una gracieta de mi juventud: la ventaja de cumplir los cuarenta es que ya no te movilizan para ir a la guerra.

De ahí la reflexión de mi amigo respecto a que la vejez se podría soportar bastante bien si no fuera porque tu entorno también envejece. Esa sí que es una realidad de la que no puedes huir, porque te rodea por todas partes, porque por mucho que intentes ignorarla es un espejo de tu propia realidad. Aquellos que te acompañaban en los viajes, ya no lo hacen porque no pueden con las maletas ni soportan las colas en los aeropuertos; y tus amigos de parrandas, francachelas y jaranas están a dieta por aquello del colesterol. Incluso hay veces que ni siquiera queda como recurso la rememoración de las vivencias compartidas, porque la memoria no responde. Esa sí que es una constatación inequícoca de que uno se ha hecho viejo

Aun así, siempre quedará el recurso de pensar que la alternativa a cumplir años es peor. A mí me vale, aunque no estoy muy seguro de que le valga a todos.