Querido y admirado Vargas Llosa:
dice usted que lo importante de
unas elecciones no es que haya libertad, sino votar bien. Parece que en su
opinión la libertad no es necesaria en un proceso electoral, pero que la
calidad del voto es imprescindible. Doy por hecho que para usted no vale el de cualquiera, sino el que
merezca su aprobación. Porque claro, ¿quién decide la diferencia entre voto bueno y voto malo?
Supongo que habla por experiencia, porque cuando hace años se presentó a las elecciones presidenciales de su país perdió de manera indiscutible. Debió de ser porque los votos que dieron la victoria a su rival, aun siendo malos, nadie fue capaz de separarlos a un lado; y, claro, una vez metidos en las urnas se mezclaron con los buenos y así pasó lo que pasó.
Conozco a una persona que, cuando observa a alguien con credenciales de autoridad intelectual soltar sinsentidos, suele decir que se lo ha dejado todo en la carrera. Supongo que cuando haya oído su memorable recomendación habrá dicho o pensado que en este caso se lo ha dejado usted todo en su maravillosa escritura, porque el contraste entre la calidad de sus novelas y la pamplina que soltó el otro día es de los que llaman la atención. Quizá alguien debiera recordarle, don Mario, aquello de zapatero a tus zapatos.
Señor Vargas Llosa, no todos sirven para todo. Yo seguiré leyendo sus escritos, porque le confieso que soy un entusiasta “vargasllosista” desde que lo descubrí hace ya muchos, muchísimos años. Pero me abstendré de atender sus recomendaciones políticas, ya que mucho me temo que en estos menesteres no tenga usted las ideas muy claras. O puede que las tenga, pero con una clara tendencia a subvalorar la libertad en beneficio de lo que usted cree bueno. Y tenga en cuenta, porque ellos no se lo van a decir, que con declaraciones políticas tan peculiares contamina a quien lo invita a sus convenciones.
Por si fuera poco, ahora se le
relaciona con los papeles de Pandora, esa lista de defraudadores fiscales que los
investigadores periodísticos han sacado a relucir en los últimos días. Prefiero
no hacer demasiado caso a las sospechas, porque practico a ultranza el
principio de presunción de inocencia. Sin embargo, debe usted reconocer que
esas conjeturas no le hacen ningún favor a quién lo invitó a bombo y platillo a su
conciliábulo y recibió su incondicional promesa de voto, en este caso de voto
bueno, hasta ahí podíamos llegar. Se unió usted a la presencia de Sarkozy, éste sí culpado por la justicia, nada más y nada menos que por financiación ilegal. Está claro que sus anfitriones han pasado durante los últimos días por una mala racha.
Los escritores tienen el derecho a opinar en política como cualquier otro ciudadano y usted lo hace con frecuencia en los medios de comunicación. Pero ojo con las declaraciones mitineras, porque suelen nacer de la improvisación y ampararse en el calor de unas audiencias enardecidas. Ahí se suele patinar, con la particularidad de que a un político profesional se le perdonan las tonterías porque forman parte de su oficio, pero a un intelectual lo desacreditan de manera contundente. Créame que su imagen ha quedado en entredicho, lo que sinceramente lamento.
En cualquier caso, seguiré disfrutando con la lectura de sus novelas, porque haré un esfuerzo por separar su indiscutible calidad literaria del sus opiniones políticas.
Atentamente



