13 de mayo de 2022

Comida de compañeros de colegio octogenarios

Hoy voy a hablar de algo personal, una vivencia reciente de la que me siento, no sólo satisfecho, también muy orgulloso. Hace cinco años, los recuerdos me llevaron a intentar localizar a un compañero de colegio, al que posiblemente no había vuelto a ver desde hacía más de sesenta años. Lo conseguí, y desde entonces empezamos a vernos de vez en cuando, a pesar de que viviéramos en distintas localidades, él en Castelldefels y yo en Madrid. Un día, en nuestras conversaciones surgió la idea de reunir en una comida al mayor número de condiscípulos de nuestra promoción de bachillerato que fuéramos capaces. Nos pusimos en el empeño, y poco a poco fuimos tirando del hilo, contactando con aquellos con los que por alguna razón estaban localizables, hasta que nos decidimos a convocar una comida, a la que acudimos un total de seis. La experiencia fue muy interesante, me atrevería a decir que entrañable. Cuando nos despedimos, habíamos decidido repetirla con cierta frecuencia, para lo que intentaríamos contactar con otros compañeros.

Para no alargar el preámbulo, sólo añadiré que hace unos días celebramos nuestro tercer encuentro -el segundo fue el pasado mes de octubre-, al que asistimos un total de trece comensales, porque, aunque el número de contactados fuera algo mayor, alguno excusó su asistencia por razones de salud, afortunadamente en ningún caso de importancia. El ambiente desenfadado y cercano se repitió. Aunque hiciera tantos años que habíamos dejado de vernos, la sintonía entre nosotros se reavivó enseguida entorno a los recuerdos, a las anécdotas, a las vivencias que, a pesar del tiempo transcurrido, permanecían inalterables en nuestras memorias, quizá ya algo debilitadas.

Todos teníamos algo en común: la formación escolar. La vida nos había llevado después por caminos muy distintos, supongo que el de algunos más arduo que el de otros. Pero lo importante en ese momento no era saber cómo habíamos hecho frente a cada uno de los escollos que nos fuimos encontrando a lo largo de nuestras ya dilatadas existencias, sino recordar viejos tiempos y avivar los recuerdos.

Como estas comidas son largas y se termina hablando en ellas de lo divino y de lo humano, hay tiempo suficiente para sacar algunas conclusiones más allá de lo anecdótico, para comprender que las encrucijadas por las que nuestras respectivas existencias nos llevaron a cada uno de nosotros nos han dotado inevitablemente de diferentes enfoques ideológicos, de distintas maneras de juzgar la sociedad, a pesar de que todos recibiéramos en su momento un idéntico adoctrinamiento. No digo que habláramos ni de política ni de religión ni de ningún tema de los considerados trascendentes; pero, para un observador atento, hay asuntos que no requieren demasiadas palabras, porque se deducen de los gestos y hasta de los silencios.

Incluso me di cuenta de que en algunos casos las divergencias de enfoque no eran menores, sino considerables. Pero sea porque las circunstancias no eran las apropiadas para entrar en debates ideológicos, o porque la antigüedad de nuestra amistad prevalecía sobre cualquier otra consideración, lo cierto es que, después de varias horas de conversaciones distendidas, nos despedimos entre risas, chascarrillos y abrazos, pero sobre todo comprometidos a repetir la experiencia, cuantas más veces mejor.

Porque lo que sí teníamos todos en común, sin excepción, es la educación que nos dio el colegio donde pasamos tantos años juntos, de esas que no le recomiendan a uno sacar los pies del plato ni salirse por peteneras. Aunque ahora, como ha quedado dicho, la vida nos haya convertido a unos en tirios y a otros en troyanos.

8 de mayo de 2022

Monumentos esperpénticos

Desde hace algunos años, en muchas plazas, plazuelas, rotondas, glorietas y avenidas de nuestros pueblos y ciudades han empezado a aparecer de la noche a la mañana ridículos monumentos de dudoso gusto. Pretenden ser vanguardistas, y a veces, no siempre, se proponen representar simbólicamente alguna realidad relacionada con el lugar. Suelen ser grandes, cuánto más mejor para sus promotores, y casi todos están construidos con elementos muy simples, vigas de hierro retorcidas, mazacotes de cemento, materiales de derribo o utensilios industriales o agrícolas. Pocas veces tienen formas definidas, porque sus autores, posiblemente por la incapacidad de diseñarlos con cierto realismo, acuden a la deformación intencionada, convencidos de que se mueven en el terreno del arte de vanguardia.

Supongo que la causa de esta proliferación de estrafalarios monumentos no es otra que el intento de imitar las obras de arte que adornan con mayor o menor gusto los parques y jardines de las grandes ciudades o de los pequeños pueblos. Lo que sucede es que como el presupuesto es escaso, se acude a la extravagancia mediocre. Es mucho más fácil y más barato retorcer media docena de vigas de hierro oxidado, entrecruzarlas y colocarlas de cualquier forma en mitad de una plaza o de una avenida, que acudir a un concurso de ideas, con un jurado que entienda de arte. Lo primero se resuelve con cuatro ideas de profanos en la materia, aprovechando materiales en desuso, fáciles de encontrar en cualquier rincón de nuestra geografía. Lo segundo requiere contratar a un artista y disponer de elementos nobles, todo ello mucho más caro que lo primero.

A mí siempre me han llamado la atención los monumentos urbanos, hasta el extremo de que en muchos de mis paseos ciudadanos voy buscando placas o estatuas o monolitos. Me gusta admirarlos, juzgar su belleza, analizar el impacto que causan en el entorno y, si procede, estudiar la razón de su presencia. Es curioso, por ejemplo, que muchos de ellos hayan sufrido un largo peregrinaje a través del tiempo, o bien porque los emplazamientos anteriores se hayan modificado y ya no encajen en él, o simplemente por capricho de los munícipes de turno, cuando no como consecuencia de la especulación urbanística.

Seguir su rastro es en ocasiones toda una lección de Historia, con mayúscula, o de historia, con minúscula, porque rara vez no hay en la existencia de cualquier monumento una profunda relación con la historiografía del lugar. Adornan las ciudades, ayudan a pensar en acontecimientos concretos de mayor o menor trascendencia, pero siempre educativos, y terminan integrándose en el paisaje del lugar. Son herederos de una cultura milenaria que desde hace siglos ha pretendido perpetuar los acontecimientos históricos importantes o los simples hechos significativos de un lugar, son obras de arte que representan simbólicamente el pasado.

Pero los monumentos esperpénticos a los que me refiero arriba -a los que también denomino "horror-rotondas"- son un invento de nuestros acelerados tiempos, que no sólo no recuerdan nada ni a nadie, sino que además afean el entorno y entorpecen la visión. Suelen ser unos auténticos bodrios, sin gracia de ningún tipo, simples amasijos de desechos, unas vulgaridades que desdicen la calidad del lugar. Sus promotores podían haberse ahorrado el esfuerzo y el dinero, y sus conciudadanos se lo hubieran agradecido. 

En una revista que leo habitualmente hay una sección que se titula "Rosas y cardos", en la que se alaba lo bueno y se critica lo malo. Yo a las "horror-rotondas" les otorgaría un cardo gigante, y creo que me quedaría corto.

3 de mayo de 2022

Algo se mueve en la izquierda

La fragmentación del voto en tendencias parecidas, que sólo se diferencian en pequeños o no tan pequeños matices, es un hecho consumado. El PP y Vox son un caso y el PSOE y lo que se conoce por Podemos otro. A estas alturas de la legislatura, no creo que haya nadie que no esté de acuerdo en que cualquier posibilidad de que el PP vuelva a gobernar pasará por sus alianzas con la ultraderecha de Vox, como ha sucedido en Castilla y León; de la misma manera que estoy convencido de que pocos dudan de que, si los socialistas quieren seguir gobernando tras las próximas elecciones, tendrán que ir necesariamente de la mano de los situados a su izquierda. Tanto en un caso como en el otro, a los votantes de los partidos “genuinos” les gustaría que las cosas fueran distintas, pero negar la evidencia es engañarse.

Sin embargo, desde mi punto de vista existen diferencias sustanciales entre los dos casos, entre la alianza de los conservadores y la de los progresistas. En el primer caso, Vox aspira a la supremacía y no cederá hasta conseguirlo. Ha crecido mucho en poco tiempo y sus líderes deben de estar convencidos de que conseguir el “sorpasso” está muy cerca. En el de los progresistas, el gobierno de coalición ha provocado una interesante catarsis, sobre la que pretendo reflexionar hoy. Se han producido desencuentros, sí, y seguirán produciéndose, pero están gobernado en conjunto y llevando adelante todo un programa de medidas de carácter social, fruto del entendimiento entre lo básico de sus programas, lo cual a los votantes de izquierda, tanto a los de un partido como a los del otro, les permite considerar que el pacto no está siendo tan malo como algunos vaticinaban.

Pero la principal diferencia entre la alianza de derechas y la de izquierdas es otra. A mi entender consiste en que entre los progresistas se ha producido un acercamiento, porque la radicalidad de Podemos, al menos en algunos de sus dirigentes -no en todos-, ha disminuido, y la “timidez” progresista del PSOE ha bajado en intensidad. Los primeros ya no hablan de asaltar los cielos, y los segundos le han perdido el miedo a meter el bisturí en temas en los que antes no se atrevían. Ha habido un sutil acercamiento, que no se le debería escapar al electorado progresista.

En política, muchas veces, por no decir todas, hay que leer entre líneas. Tengo la sensación de que Pedro Sánchez y Yolanda Díaz han entendido perfectamente el juego que puede volver a permitirles repetir la actual coalición, porque deben de ser conscientes de que por separado no lo conseguirían. La moderación en los discursos de la líder de Podemos, junto a un escrupuloso cuidado para  no crear fricciones con el presidente del gobierno, pone de manifiesto que la vicepresidenta segunda ha asumida perfectamente las cartas que debe jugar, las de los matices diferenciales, pero sin caer en el enfrentamiento abierto. Sus mensajes están medidos milimétricamente, lo que a mi entender demuestra toda una estrategia para el futuro.

En cuanto a Pedro Sánchez, sin dejar de ejercer su autoridad en ningún momento como presidente del gobierno, está dando cancha a sus aliados, evitando en todo momento decir una sola palabra que pueda ser interpretada como reproche hacia ellos. Se trata de un equilibrio muy difícil de mantener, pero ya sabemos que si algo caracteriza al secretario general del PSOE es su cintura política y su pragmatismo. Conoce bien el terreno que pisa y no está dispuesto a dejarse sorprender.

Al final todo dependerá, por supuesto, de la aritmética parlamentaria, porque está por ver si esta manera de hacer las cosas gusta o no gusta de verdad al electorado progresistas. Obstáculos no van a faltar, entre otros los ataques de la derecha denunciando esta estrategia, pero también los de los radicales que todavía quedan en Podemos, algunos de cuyos líderes no van a admitir con facilidad que Yolanda Díaz les quite la autoridad sobre su electorado. Las salidas de tono de Ione Belarra demuestran con claridad que los radicales de siempre están dispuestos a seguir presentando batalla, aunque con su actitud faciliten la llegada de la derecha pura y dura.