13 de julio de 2022

¿Cañones o mantequilla?

Empezaré diciendo que yo soy uno de los que en su momento votó SÍ a la entrada de España en la OTAN. No tuve ninguna duda en aquel momento, aunque confesaré que me guiaba más la intuición que la razón. La idea de pertenecer a un “club” formado por países democráticos, para defendernos juntos de la amenaza soviética, no me planteaba grandes dudas. En un mundo polarizado, como era el de la guerra fría, o estabas con unos o estabas con otros. La equidistancia “neutral” en política exterior nunca me ha convencido, porque en mi opinión no es más que una ingenua utopía que no tiene en cuenta el inevitable juego de la geoestrategia. No veo a mí país formando parte de los no alineados.

Han pasado muchos años desde entonces y la Unión Soviética ya no existe. Sin embargo, la bipolarización continúa. Es cierto que ha habido muchos intentos de acercamiento entre las dos partes, entre Rusia y el llamado mundo occidental, que nunca han llegado a buen puerto, porque la desconfianza mutua es ancestral. No es de ahora, viene de la Historia, que como se sabe es tozuda. Rusia mira a Europa con recelos mal disimulados y, por su parte, a la Unión Europea le preocupa la presencia de una gran potencia en sus fronteras que nunca ha disimulado sus tendencias expansionistas.

La vieja frase de cañones o mantequilla siempre me ha parecido una falacia, porque no hay mantequilla si no evitas que te la quiten por la fuerza. La neutralidad, por otra parte, no es otra cosa que intentar mirar para otro lado y procurar que no te vean, algo imposible en un mundo globalizado donde las dependencias son inevitables. Cuando los polos existen, si estás en uno no puedes estar al mismo tiempo en el otro. Y España está imbricada en el llamado mundo occidental, dentro de la Unión Europea y con férreos lazos económicos con Estados Unidos. Ésta es una realidad que, si no se tiene en cuenta, cualquier otra consideración se tambalea.

Algunos dicen que la OTAN es un instrumento al servicio de Estados Unidos, lo cual desde mi punto de vista no es del todo cierto, porque, aunque es evidente que a USA le interesa mantener sólidos vínculos con los restantes miembros de la organización para asegurar mejor su defensa frente a las amenazas rusas, eso es algo que les sucede también a los demás países miembros. Se trata por tanto de una necesidad mutua, donde todos somos instrumentos de los demás. Hay países en Europa en los que no se han olvidado de que, si no fuera por la intervención de los americanos en la Segunda Guerra Mundial, es muy posible que nuestro continente hubiera terminado bajo las botas de los “nacis” de Hitler o de los comunistas de Stalin.

La OTAN ha pasado por muchas situaciones. El presidente Trump, llevado por su ultranacionalismo, estuvo a punto de cargarse la organización. Sus delirios megalómanos le aconsejaban una política exterior independiente de sus aliados europeos, a los que menospreciaba sin disimulos. Pero Trump ya no está, y confío en que no vuelva, y la actual administración americana le ha dado un vuelco a la situación, consciente de que, en el plano defensivo, necesitan tanto a Europa como Europa a ellos.

Yo también soy pacifista, pero no idiota. La mejor paz es la que, gracias a los cañones disuasorios, te permite seguir comiendo mantequilla. Todo lo demás son ingenuidades, cuando no malas intenciones. La paz sólo se consigue si tu capacidad defensiva impide a tus enemigos atacarte. Porque enemigos, que nadie lo olvide, haberlos haylos. El mundo es como es y no como nos gustaría que fuera.

7 de julio de 2022

Sanidad pública, sanidad privada

Siempre he defendido a la sanidad pública porque la considero un bien social irrenunciable. Creo que se trata de uno de los mayores logros de las sociedades modernas, de manera que, por muchos esfuerzos que se hagan para mejorarla, siempre me parecerán insuficientes. Por eso, cuando observo involuciones o pasos atrás en el desarrollo de nuestro sistema público de salud, me hago cruces, por no decir que se me llevan los demonios de la indignación. Los gobiernos conservadores tienden a disminuir las dotaciones presupuestarias para la sanidad pública, quizá porque en su pensamiento político figure la privada como su modelo asistencial ideal. Suele haber una clara correlación entre el color de los gobiernos autonómicos de turno y la preocupación de los mismos por la sanidad pública. Cuanto más azules, menos interés.

Desde hace muchos años, en realidad desde que empecé a trabajar y como consecuencia a ganar un sueldo, he dedicado una parte de mis ingresos a pagar un seguro médico, que con los años cada vez supone mayor cuantía, porque las aseguradoras calculan las primas en función del riesgo y éste aumenta con la edad. Se trata de una de las llamadas sociedades médicas, en las que la póliza está en función de las contingencias cubiertas. Con los coches, no cuesta lo mismo un seguro a todo riesgo que otro contra terceros. Con los seguros médicos sucede, como es lógico, otro tanto.

Yo soy usuario de la sanidad pública y también de la privada. En cada momento elijo dónde ir a que me curen o a que, al menos, lo intenten. No voy a entrar en detalles de cómo tengo repartidas las preferencias, primero, porque no viene al caso, y, segundo, porque depende de las circunstancias. Lo que sí me interesa es exponer que no creo que se deban contraponer los dos tipos de sanidad. Tanto la una como la otra están ahí, y cada cual, si dispone de ambas, elige la que le interesa en cada momento, en función de sus condiciones personales.

Cuento esto, porque he observado que algunos han convertido su elección por una o por otra en casi un precepto religioso de obligado cumplimiento. Estoy harto de conversaciones bizantinas en defensa o en ataque a alguna de las dos, como si al haber optado por una de ellas la otra resultara contaminante. En mi opinión se trata de un burdo maniqueo, que consiste en defender a capa y espada el sistema que se utiliza, al mismo tiempo que como consecuencia se denigra al otro.

En estos tiempos en los que la práctica médica se atiene escrupulosamente a los protocolos establecidos, y teniendo en cuenta además que los profesionales de la medicina, médicos y enfermeros, suelen ser los mismos, o al menos con conocimientos similares, poco sentido tiene hablar de diferencias de calidad entre la sanidad pública y la privada. Otra cosa es la accesibilidad, porque si algo diferencia a una de otra son las listas de espera, cada vez más largas en la primera, hasta el punto de que no es raro tener que esperar seis meses para que a uno le hagan una colonoscopia. En la privada, basta un volante del especialista para que en unos días el asunto quede resuelto. Y éste no es más que un ejemplo.

También está la comodidad, porque mientras que los hospitales públicos suelen estar abarrotados, con salas de espera repletas hasta la bandera, en los privados es algo que se cuida con esmero, ya que sus gestores son conscientes de que a los pacientes les cuesta un ojo de la cara las primas de sus seguros. Al fin y al cabo, se trata de un negocio en el que hay que atender la calidad si no se quiere ahuyentar a los clientes, en este caso pacientes.

Lo repetiré cuantas veces sean necesarias. Soy defensor de la potenciación de la sanidad pública, hasta el punto de que no voto a partidos que no la defiendan sin vacilación. Ojalá llegue un día en el que los factores accesibilidad y comodidad no supongan una diferencia con la privada, lo que difícilmente se conseguirá bajando los impuestos como piden los partidos de derechas. 

2 de julio de 2022

Tender puentes en vez de encender mechas

Desde que el nuevo presidente del Partido Popular empezó a moverse de aquí para allá con el propósito de darse a conocer ante la opinión pública, se le han detectado varios lapsus, precisamente en asuntos económicos, el área donde ha prometido centrar su oposición. Sin embargo, estas equivocaciones son tan burdas, que yo no estoy seguro de que se trate de equivocaciones por descuido, sino que mucho me temo que sean intencionadas. Hinchar la prima de riesgo hasta triplicar la real, no puede ser error sino falsedad informativa para tratar de descalificar al adversario. En cualquier caso, sea lapsus o embuste, esta tergiversación de datos nada dice a su favor.

En el asunto del Sahara y del consecuente rebote del gobierno argelino, me gustaría que don Alberto nos explicara que haría él si llegara a ser presidente del gobierno. Debería andarse con mucho tiento, porque la jugada de Sánchez, aunque haya levantado inevitables ampollas, tiene mucho sentido desde el punto de vista de la seguridad nacional. Tener un vecino a tiro de piedra, o si se prefiere a tiro de patera, con el que las relaciones diplomáticas sean tan tensas como lo eran, no es una buena recomendación, y eso lo saben hasta los alumnos de primero de la carrera diplomática. El señor Núñez Feijoo con sus declaraciones está poniéndose en la tesitura de que en Marruecos se le tache de antimarroquí y, si llegara a gobernar, volvamos a la situación de máxima tensión en la que hemos vivido en los últimos meses.

Las relaciones con el Reino de Marruecos siempre han sido difíciles de manejar por la diplomacia española. La proximidad geográfica de las dos naciones, unida a la gran distancia cultural y económica entre sus sociedades, propicia desencuentros. Por eso España, con gobiernos de todo tipo, siempre ha procurado tender lazos en vez de realimentar conflictos. Pero por una serie de circunstancias la tirantez había aumentado en los últimos años, poniendo incluso en peligro la seguridad de nuestras fronteras, algo que por razones obvias no está al alcance de la opinión pública, pero que sí conoce perfectamente el gobierno y, concretamente, su presidente y los responsables de Exteriores, de Interior y de Defensa. La última reorganización del ejército español, en la que se ha creado un mando de Canarias que agrupa a todas las unidades encargadas de la defensa inmediata de las fronteras con Marruecos, atestigua la preocupación del gobierno con la seguridad.

Que esta situación no la conozca la opinión pública, porque al tratarse de un asunto que afecta a la seguridad nacional se debe manejar con la máxima discreción posible, es perfectamente comprensible. Pero que los responsables de la oposición la utilicen como argumento político para desgastar al gobierno demuestra una falta de sentido de la responsabilidad muy preocupante. Se trata de un asunto de Estado, del que deberían abstenerse de opinar en público, entre otras cosas porque lo único que consiguen es tensar la cuerda y poner a España en peligro. Lo último que necesitamos en estos momentos es realimentar las tensiones con nuestros vecinos del sur. Un político en activo, con pretensiones de llegar a ser presidente del gobierno, como es el señor Núñez Feijoo, debería saberlo y no ir echando leña al fuego de la discordia.

El nuevo residente del PP lleva poco tiempo en el cargo. Pero en tan poco tiempo ha puesto de manifiesto su desconocimiento de los parámetros macroeconómicos más elementales y su falta de tacto en asuntos tan delicados como son las relaciones exteriores y la seguridad de nuestro país.

PD. Cuando ya había terminado de redactar estas líneas, nos ha llegado la noticia del trágico intento de asaltar la valla fronteriza de Melilla. Es posible que de esto escriba más adelante. Sin embargo, anticipo que, en mi opinión, una vez más la oposición, en vez de analizar con objetividad los pros y los contras  de los acuerdos con Marruecos para el control de fronteras, carga las tintas contra el pacto con nuestros vecinos, con el único propósito de desgastar al gobierno. Ya se han olvidado de las pelotas de goma que lanzaron contra un puñado de nadadores que se acercaban a las costas de Ceuta, con el saldo de varios muertos. Cosas veredes.