13 de abril de 2022

Perdedores y ganadores

Si hiciéramos caso de lo que nos cuentan los políticos después de unas elecciones, nunca habría perdedores, sólo ganadores. Si nos creyéramos lo que nos transmiten los líderes de los partidos cuando se cierran las urnas, hasta Ciudadanos habría ganado en las que se celebraron hace unas semanas en Castilla y León. Decían que íbamos a desaparecer -proclaman ufanos- y ahí seguimos. Y tienen razón, tanto en lo primero como en lo segundo, porque Igea, el hasta hace poco vicepresidente del gobierno autonómico de Castilla y León, ha conseguido su escaño. Uno sólo, pero para él todo un triunfo.

Me duele decirlo, pero aquí sólo ha habido un vencedor, el neofascismo representado por Vox. Todos los demás han perdido, incluso el Partido Popular. Mañueco, azuzado por Génova, quería hacerse con una mayoría que le permitiera gobernar en solitario, porque, según decía, Ciudadanos no le dejaba libertad de movimientos; y resulta que ahora se ha quedado en manos de la ultraderecha, una situación mucho más incómoda que la anterior.  Incómoda para él y para el ala más centrada del PP, que mira con preocupación el giro que están tomando los votantes conservadores en España, cada vez más derechizados.

Al PSOE le han perjudicado varios factores, uno de ellos el inevitable desgaste del gobierno central. Además, la proliferación de partidos de ámbito local les ha quitado muchos votos, porque los simpatizantes de estos últimos proceden en gran medida de la izquierda. Es un fenómeno que habrá que tener en cuenta a partir de este momento: la fragmentación no ha hecho más que empezar.

Ahora todo está por ver. Sin embargo, lo predecible era que Vox, una vez instalado en el gobierno autonómico exijiera que se aplicaran sus políticas de intolerancia, como sus líderes no han dejado de proclamar desde el primer momento, y, por otro lado, que el PP se doblegase a sus exigencias, como al final ha sucedido. Algunos preclaros representantes de los populares -entre ellos Núñez Feijoo- insisten en que es la mejor solución, que no hay por qué tener complejos y que gobernar con la ultraderecha no es tan malo como la izquierda dice. A los que así opinan, no sólo no les asusta esta alianza, sino que les encanta. Al fin y al cabo ya lo están haciendo en otros lugares, donde, aunque no hayan entrado a formar parte del gobierno, los neofascistas, con su apoyo, deciden las leyes que se aprueban o rechazan. La distancia ideológica que separa a algunos de estos líderes de Santiago Abascal es imperceptible.

Yo no creo que lo sucedido en Castilla y León pueda extrapolarse al resto de España, primero, porque la media del electorado de esta comunidad es más conservadora que la del país en su conjunto; segundo, porque a nivel nacional concurren partidos que nunca estarían dispuestos a permitir un gobierno en el que participara Vox. No obstante, las alarmas están encendidas y la izquierda debería poner las barbas a remojar. La ultraderecha está ahí, cada vez más afianzada, y la derecha tradicional les permite seguir avanzando.

En el PP también están aquellos a quienes la perspectiva de verse obligados a gobernar con Vox les espanta, porque supone un giro que los aparta por completo de la idea de centroderecha que todavía algunos defienden. No creo que a Moreno Bonilla en Andalucía le guste la idea, como tampoco a Núñez Feijoo, aunque este último defienda la alianza en Castilla y León. Ni mucho menos a los populares europeos, porque así como en España la derecha tradicional se codea con la ultraderecha, en el resto de Europa prefieren pactar antes con el diablo que con ellos. Ni en Alemania ni en Francia están dispuestos a permitirles que den un paso adelante. Les niegan el pan y la sal.

Pero en España las cosas son distintas, porque muchos de nuestros conservadores proceden del franquismo sociológico, con lo que codearse con los neofascistas es algo que, no sólo asumen con facilidad, sino que además les produce un cierto placer morboso. Es como volver a tiempos pasados.

Miedo me da.

 

8 de abril de 2022

Los conservadores se renuevan. ¿O no?

El señor Casado cometió bastantes errores políticos durante su presidencia del partido, pero curiosamente el "establishment" popular lo ha enviado al ostracismo nada más y nada menos que por denunciar irregularidades en las contrataciones de la comunidad autónoma que preside la señora Díaz Ayuso. Todo hace suponer que la cúpula del PP estaba esperando un pretexto para quitárselo de encima y que sacar a la luz una posible corrupción interna fue el detonante que necesitaban para actuar. Lo cierto es que Casado y su segundo, García Egea, ya no están donde estaban y que como consecuencia podría pensarse que el estilo de oposición vaya a cambiar. El de hasta ahora era nefasto desde un punto de vista democrático, una especie de cantinela continua sobre las “maldades” del gobierno de Sánchez, una letanía que por exagerada y fuera de contexto carecía por completo de credibilidad. Nada más que insultos y críticas de lo anecdótico, absoluta carencia de una auténtica oposición al estilo europeo.

Este cambio ha coincidido con la guerra de Ucrania, de manera que nos quedaremos sin saber cómo habría reaccionado el señor Casado ante una situación tan complicada como es ésta. La señora Gamarra, doña Cuca, hasta hace poco portavoz del PP en el Congreso y desde hace unos días secretaria general de los populares, no ha cambiado el estilo que mantenía cuando se sentaba al lado de su jefe anterior. El apoyo a las medidas adoptadas por Pedro Sánchez frente a la crisis duró tan sólo unas horas, porque ya ha empezado con las viejas cantinelas de usted se aprovecha de la guerra de Ucrania para justificar sus fracasos. Habrá por tanto que esperar para ver cómo actua Núñez Feijoo. Pero don Alberto, el flamante nuevo presidente de los populares, ya ha empezado a justificar la injustificable alianza de Mañueco con Vox, culpando a los socialistas de haberlo obligado, y a justificar la última condena por corrupción al PP diciendo que hay que tomárselo con deportividad. Mire usted: la sinvergonzonería no es un deporte. Mal principio.

El latiguillo de que España necesita una derecha equilibrada, alejada de los populismos extremistas, se ha convertido en un tópico en los últimos días. Yo estoy totalmente de acuerdo con esta necesidad, la de una oposición civilizada y democrática que sirva de contrapunto al actual un gobierno. La de hasta ahora servía de muy poco, sólo para alejar a los votantes conservadores de la derecha tradicional, algunos hacia la abstención y otros hacia las filas de la ultraderecha. El crecimiento de Vox sólo se explica por la inoperancia del equipo de Casado. Pero mucho me temo que los recién llegados sigan cayendo en los mismos errores. No sé si serán capaces de comprender que la ultraderecha se los va a comer con patatas, permítaseme la comparación gastronómica.

El señor Núñez Feijoo viene acompañado de buenas credenciales, no sólo por el éxito electoral en su comunidad, también por un supuesto talante moderado. Pero España no es sólo Galicia, por lo que  habrá que esperar para ver qué sucede. Ese respaldo incondicional que le ha dado a la señora Díaz Ayuso, una auténtica “trumpista”, con más osadía que conocimiento, inquieta a muchos. Está bien que deje de momento a un lado las acusaciones de corrupción que investiga la fiscalía hasta que ésta se pronuncie, pero debería ser más cauto con las alabanzas a una líder populista que no le hace feos a los de Vox.

Me gustaría que el Partido Popular volviera a la senda de la centralidad o, al menos, que abandonara la algarabía parlamentaria y la oposición inútil. No sé si será capaz de hacerlo, porque en los momentos actuales, desaparecido prácticamente Ciudadanos, puede que continúe con la tentación de ir del brazo de la ultraderecha que representa Vox. Haría bien el nuevo equipo en rectificar el rumbo que seguían en los últimos años, porque, no lo olvidemos, sus anteriores victorias electorales se han debido siempre más a los votos del centro conservador y moderado que a los de los extremistas de derechas. Ellos verán lo que hacen; yo me limito aquí a señalar el peligro que corren, el de que Vox los devore.

Casado ya no está y de Núñez Feijoo sabemos poco. Sólo queda esperar y ver.

4 de abril de 2022

La cultura de la violación

A través de una lista de WhatsApp, de esas en las que algunos de sus integrantes, convencidos de que difunden cultura, se dedican a enviar video-panfletos de dudoso origen, de manifiesta intencionalidad y de pésima calidad, me ha llegado uno del que no puedo evitar hacer algún comentario, porque desde mi punto de vista no tiene desperdicio. Es muy corto, está truncado al principio y al final, pero el contexto se adivina desde la primera frase. Se trata de un discurso radical antifeminista.

Una tal Alicia Rubio -escritora, de unos sesenta años de edad-, en una conferencia que no consigo identificar porque, como he dicho antes, lo que envía el “whatsapero” es muy breve, empieza diciendo que “el feminismo nos sale carísimo”. No contenta con esta afirmación, que por cierto no explica, añade que ahora, con la martingala de defender los derechos de la mujer, “los chicos no saben cómo dirigirse a las chicas y las chicas odian a los chicos”. Y más adelante, por si fuera insuficiente tamaña aseveración, suelta lo siguiente: “hay una cultura de la violación, que salió (sic) con alguna de las ideólogas del feminismo, que consiste en que cualquier relación es una violación, incluso que los hombres van por ahí únicamente pensando en violar mujeres”.

He leído y he oído muchas diatribas contra el feminismo, pero hasta ahora ninguna majadería tan grande como ésta. Ya sabemos que el feminismo, es decir la defensa de la igualdad de oportunidades entre las mujeres y los hombres, despierta rencores en muchos sectores conservadores de nuestro país. Por un lado, porque se trata de un movimiento progresista, y por tanto para ellos de dudosa intencionalidad; por otro, porque en la mente de algunos, condicionada por su formación judeo-cristiana, no cabe la equiparación de derechos entre los sexos. De esto ya he hablado en alguna ocasión y hoy no voy a insistir.

Lo que me ha llamado la atención en este vídeo es comprobar hasta dónde se puede llegar en la condena del feminismo. Relacionar la defensa de la igualdad de derechos entre mujeres y hombres con la “cultura de la violación” es, cuando menos, una auténtica estulticia, digna de mentes obtusas. Doña Alicia, ¿no sé que chicos y chicas conoce usted? Le puedo asegurar, quédese tranquila, que en general ni ellos están pensando en violar ni ellas en que pueden ser violadas. Otra cosa es que ahora ellos conozcan perfectamente a qué se exponen si lo intentan y ellas estén advertidas de que los violadores existen.

Siempre he pensado que cuando en la defensa de una posición ideológica se acude al esperpento, es porque no se tienen otros argumentos a mano. Hasta ahora no he encontrado a ningún antifeminista que dé razones de su postura. Es más, cuando a uno de ellos se le pregunta al respecto, se arranca por peteneras. “Soy femenina y no feminista”, me dijo una vez una amiga, eludiendo la pregunta de qué opinaba sobre el feminismo. Y ahí lo dejó, seguramente convencida de que había dicho la frase del siglo. “El feminismo nos sale carísimo”, dice Alicia Rubio en el vídeo que ha dado origen a esta reflexión, pero no explica por qué.

Yo estoy en algunas, muy pocas, listas de WhatsApp, y siempre por razones logísticas. Resultan útiles para que un grupo de personas, relacionadas entre sí por alguna razón, dispongan en un momento determinado del mismo nivel de información sobre algo que afecta a todos. Lo que sucede es que en ellas siempre hay alguno que se deja llevar por sus demonios internos, por no decir por la imprudencia, y aprovecha la facilidad de comunicación para soltar a los demás lo que cree un mensaje maravilloso, sin ponerse a pensar en que quizá esté lanzando un auténtico panfleto que pueda incomodar a los demás.

El vídeo de doña Alicia, torpe donde los haya, me ha dado pie a reflexionar una vez más sobre la conveniencia de insistir en la defensa de la lucha por la equiparación de los derechos de las mujeres y los hombres. Se pongan como se pongan los antifeministas, éste es un tema en el que se "progresa adecuadamente", aunque a ellos no les guste.